BLOG ORLANDO TAMBOSI
Com poucas exceções, os intelectuais latino-americanos seguiram a linha do vitimismo. Enrique Fernández Garcia para El Independiente:
El
que no quiere enterarse, el que prefiere suponer que las cosas son de
cierta manera, mejor que comprobar que son de otro modo, no es un
intelectual.
Julián Marías
Entre
otros aspectos, la inmadurez implica que un individuo sea reacio a
reconocer su propia culpa. En lugar de admitir que sus vicios, malos
hábitos, falencias o cualesquier imperfecciones le ocasionaron
dificultades, busca responsables por afuera. Ellos serían la fuente de
sus desgracias, el obstáculo que le ha impedido contar con días mejores.
Conforme a esta lógica, no cabe pensar sólo en sus contemporáneos.
Ocurre que, más allá de considerar los problemas causados por quienes
nos acompañan en una misma época, se recurre también al pasado.
Consecuentemente, la historia se presenta como un campo bastante
generoso para el hallazgo de pretextos. Revisando lo que se ha hecho,
tendríamos la posibilidad de apuntar a los culpables. En síntesis, una
mirada como ésta contribuye a suscitar un fenómeno de carácter cultural
que marca todavía a distintos países: el victimismo.
Con
pocas excepciones, los intelectuales latinoamericanos se han decantado
por alimentar esa línea victimista. Tanto Rubén Darío como José Martí
pueden ser presentados bajo ese concepto. Finalizando el siglo XIX, sus
reflexiones, con regularidad poéticas, se preocuparon de la suerte que
corrían las naciones del subcontinente. No se puede negar que sus
móviles fuesen nobles. Porque, siendo perfectamente posible que se
dedicaran a temas literarios, exclusive, procuraban la identificación y
solución de problemas estructurales. La cuestión es que, aun cuando
medie un espíritu distinguido, se pueden cometer equivocaciones. Así, al
discurrir sobre lo que había perjudicado a estos países, concentraron
sus miradas en agentes externos. No debían preguntarnos qué pasaba
dentro de las fronteras nacionales, o regionales, sino tan sólo mirar
afuera, donde no faltarían los enemigos imperialistas.
Merced
a esa postura, respaldada por el Ariel de José Enrique Rodó, irrumpirá
el supuesto enemigo histórico que, en mayor o menor grado, no haría sino
afectarnos, Estados Unidos. Es la misma denuncia que, hace medio siglo,
1971, Eduardo Galeano volvería célebre con Las venas abiertas de
América Latina. Es una senda que no ha dejado de ser transitada.
Conviene acotar que los intelectuales renuentes a continuar alimentando
esta tradición, una sin la cual muchas fragilidades serían desnudadas,
suelen ser censurados. Se prefiere a los que piensan y escriben para
nutrir mitos colectivos; la gente con propósitos críticos desencadena
furia, cuando no desprecio. Poco importa que diferentes autores se
hubiesen esforzado para distanciarnos de las ilusiones, los engaños al
respecto.
No
se desconoce que, a veces, los intereses de potencias extranjeras
pueden perturbar cómo está desenvolviéndose un país. El punto es que se
trata de un factor. Las explicaciones no deberían agotarse ahí. Carlos
Rangel lo ha resumido con maestría cuando publicó Del buen salvaje al
buen revolucionario; en Bolivia, además, tenemos una voz coincidente con
esta perspectiva. Me refiero al notable Alcides Arguedas, cuyo
ejercicio del pensamiento lo llevó a una radical autocrítica para
entender los problemas nacionales. Debido a ese oficio, no se ganó sino
ataques por parte de quienes prefieren las ilusiones, los cuentos
nacionalistas, la poesía del patriotismo. Es la misma línea que ha
seguido H. C. F. Mansilla, quien denunció el carácter conservador,
autoritario, aun antidemocrático de la sociedad boliviana, en su
mayoría. Es lo que más hace falta: un razonamiento que llame a la
autocrítica, descartándose ese complaciente victimismo.

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