Texto publicado no Blog de Carlos Alberto Montaner, sobre um tema praticamente ignorado no Brasil - e quando aparece, é para elogiar a candidata Clinton:
Finalmente,
en Nueva York, tuvo lugar el primer debate entre los candidatos
presidenciales Hillary Clinton y Donald Trump. Un evento devenido en
forcejeo del que, según la mayoría de los expertos, salió victoriosa la
exsecretaria de Estado.
Hillary
llevaba semanas preparándose para este primer encuentro. Por el camino,
le habían declarado una “neumonía” y se había “desmayado” en público, el
11 de septiembre frente a las Torres Gemelas. Todo estaba listo para
que fuera vista con cierta compasión, o empatía, durante su
enfrentamiento con el irascible “Donald”. Esta condición neutralizaría
relativamente, indirectamente, la principal arma del empresario, que
suele ser una mezcla de bullying y soberbia alardosa. Un grandote
haciéndole bullying a una mujer enferma, alardeando mientras ella lo
observa sonriente a la espera de que le permitan expresarse… un
escenario que los asesores del magnate seguramente le habrían
recomendado evitar.
Y Trump
lo evitó parcialmente –tan groseramente como solo puede hacerlo él–,
consciente además de que su campaña atravesaba, atraviesa,
circunstancias extremadamente propicias, y no era necesario arriesgarse.
Porque, desde un punto de vista racionalista, hay que decir que no
habría forma de que Donald Trump perdiera en noviembre. Nunca en la
historia moderna una situación nacional e internacional fue más
favorable a un candidato presidencial en Estados Unidos. Numerosos
atentados de naturaleza islamista sucediéndose en territorio
estadounidense. Revueltas raciales en decenas de ciudades americanas,
circunstancia cuyo denominador común es la necesidad de mano dura contra
una delincuencia amparada en la protesta y que ya se ha cobrado decenas
de vidas. Una candidatura demócrata –la de Hillary– con índices de
desaprobación popular espectaculares y muchos oscuros episodios
pendientes. Sin mencionar que del éxito de Trump depende que el Tribunal
Supremo de Justicia no se incline a la izquierda definitivamente,
supuesto que tanto la derecha trumpista como la anti-trumpista quieren
evitar a como dé lugar.
Pero hay
un problema montado en la cresta de la ola de todas estas situaciones
desfavorables para los demócratas y que, de cierta manera, compensa las
adversidades de contexto del obamismo reciclado: Una máscara llamada
Donald Trump.
De cara
al electorado indeciso, digamos moderado, todo o casi todo en la actual
representación de Trump resulta desagradable, y esto se vio
exponencialmente en el debate del lunes pasado. La voz quebrada, hosca, a
ratos aflautada. El rostro coagulado en la expresión porcina. La
presuntuosa supuración de la gestualidad, rústica, maleante, como si no
fuera Trump el que hablara sino la caricatura de Trump interminablemente
reproducida por la sobreactuación de Trump. O la procacidad de la
máscara. Uno esperaba que de un momento a otro la faz de Trump fuera
arrancada de cuajo por el propio Trump y brotara de una vez por todas el
rostro real, secuestrado por Hillary Clinton. Si esta mujer fue capaz
de desaparecer 33,000 emails relacionados con su gestión de gobierno
bien podría tener amenazado al magnate con no devolverle su verdadera
cara hasta tanto la máscara que se hace pasar por Trump no sea derrotada
en las urnas.
¿Cuál es
el verdadero candidato republicano? ¿La careta que se pasea por los sets
de televisión de Estados Unidos derrochando muecas a diestra y
siniestra, creyéndose seductora u ocurrente, un objeto de complot
clintoniano –la teoría conspirativa– o existe algo más capaz de
describir planes de gobierno, mantenerse dignamente frente a las cámaras
o sonreír con naturalidad mientras habla de economía y lucha contra el
terrorismo? De que haya un Trump más sobrio y argumental al acecho,
esperando saltar como un tigre en los próximos dos debates, depende en
mucho que los republicanos consigan retomar la Casa Blanca en 2017. O
mejor dicho, que el trumpismo acceda por primera vez al Despacho Oval.
El trumpismo ni siquiera es republicano. La máscara ni siquiera es
conservadora.
BLOG ORLANDO TAMBOSI
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