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Ensaio de Francisco Massó Cantarero para Entreletras:
Procusto
fue un personaje legendario de la antigua Ática que trabajaba de
bandido y posadero. En su caso, no había paradoja; nunca se planteó ser
una cosa o la otra, ya que su conciencia era relacional, esto es, sólo
se relacionaba consigo misma y le permitía desarrollar ambas funciones,
sin reparo alguno.
Él
ofrecía hospedaje a los viajeros que, exhaustos, acudían a su albergue y
les ofrecía una magnífica cama de hierro, cómoda y bien equipada donde
Morfeo, el dios del sueño, les iba a regalar magníficas experiencias
oníricas.
El
otro, el viajero, cansado y sin fuerzas, o confiado y seducido por la
promesa de felicidad celestial, se dormía plácidamente sin temblor, ni
temor alguno. Cuando el huésped estaba dormido, Procusto se
metamorfoseaba en bandido; ataba al viajero a los barrotes de la cama y
serraba aquellos miembros de su cuerpo que sobresalieran del lecho, si
el viajero era mayor que éste; o bien, descoyuntaba las extremidades
hasta conseguir que toda la plataforma del lecho quedase ocupada. Luego,
les robaba el equipaje.
Para
comprender la subjetividad de este personaje, hay que saber que toda su
existencia era relacional, incluida su conciencia, como he dicho. Él
tenía que vivir; por tanto, ofrecía un servicio, una prestación
confortable y generosa en medio del páramo, con asistencia incluida de
la divinidad. Hasta aquí, no hay objeción alguna, a menos que nos
resulte excesivo garantizar la intervención celeste entre los servicios
hoteleros, en cuyo caso, entraríamos en sospecha y podríamos temer un
engaño. Pero, el cansancio y la falta de opciones alternativas no dejan
resquicio a la sospecha. Nos prometen la luna y allá vamos tan
campantes.
Procusto
tiene superado cualquier conflicto interior: en su conciencia, un
valor supremo es la uniformidad, todo el mundo ha de ser igual, porque
el otro ha de ser igual al otro y conformarse con su igualdad. Esto nos
alivia de tener que elegir entro el uno y el otro; todos los otros son
iguales al uno, obedeciendo la norma. Esta, evidentemente, es el tamaño
de la cama. Así pues, o cortamos lo que sobra, o estiramos lo que falta.
De hecho, el apodo de Procusto era “El Estirador”. En su conciencia
relacional, tampoco esto es una opción; la norma es la norma y Procusto
había convenido consigo mismo que la norma era el tamaño de la cama. El
problema era del otro por su diferencia, bien que fuera demasiado largo,
bien un poco corto. Pero, en ningún caso, problema del posadero,
fervoroso defensor de la igualdad.
Resuelta
con la uniformidad la congruencia interna de la conciencia de
hostelero, quedaba por resolver el alcance de su justicia: de qué vivir
hasta que llegue otro viajero extraviado. Si sólo cobraba la pernocta de
una noche, cómo afrontaría las carencias de las demás noches. Si
mañana, el viajero que ha llegado hoy vuelve a irse con su equipaje y
dinero, no hay justicia distributiva; él se va rico y deja pobre a
Procusto. La igualdad es la igualdad y, por tanto, el viajero tendrá que
hacer mayor esfuerzo fiscal a favor de los pobres, por las malas, ya
que, por las buenas, no es una opción a la vista, y Procusto se había
instalado en la paradoja de vivo sin vivir en mí-y tanto de la historia
espero -que de vanagloria muero.
Hoy
Procusto es el Legislador, un poder altivo, principio de todos los
principios, de los derechos que originan y de las normas que los
desarrollan. Normas, derechos y principios éticos casan con la
mentalidad previa de Procusto, su ideología, suplantadora de la
conciencia, que es magnífica de pretensiones y excluyente del otro, de
cualquier otra opción o presupuesto conceptual, ya que hasta la realidad
tiene que ajustarse a las conceptualizaciones previas del legislador.
El concepto ideológico no varía, porque es exacto, antes y después de
crear la norma. Si la realidad no cabe en el concepto, el problema es de
la realidad, habrá que estirarla o cortarla para que encaje con la
exactitud conceptual.
Recientemente,
Procusto, el Legislador, ha creado dos normas, casadas en relación a su
conciencia y bien ajustadas a la relación ocasional con usuarios que
pueda surgir eventualmente. Todo es relacional, si no amenaza con
salirse del concepto previo ideológico.
La
nueva ley de “sólo sí es sí”, que sustituye al viejo concepto del
consentimiento, que ya constaba en el Código Penal, se ha manifestado
como incuestionable, no admite reparos, ni siquiera ortográficos. Es un
dogma. En el inverso, se encuentra doña Belén Landáburu, aquella
procuradora y gran filóloga, que hacía parlamentos de media hora para
justificar la importancia de retirar una coma o poner una tilde. Eran
las Cortes de la etapa de Franco y en algo habían de entretenerse.
Aquella era una tozudez compensatoria, hoy la tozudez es analfabeta y
paranoica. Pero radical como Procusto.
La
otra ley de Procusto se la denomina “ley trans”, como si habláramos por
“watsapps”, es la ley de la transexualidad, de la transvaloración de la
sexualidad y de la transgresión de la Naturaleza. Cuando yo estudiaba,
el par 23 definía el carácter sexual de la persona. Éramos concebidos
como hombres (XY), o como mujeres (XX), el hermafroditismo y los
síndromes de Turner y Klinefelter se consideraban anomalías, un capricho
de la madre Naturaleza y ni siquiera se tocaban, porque lo anómalo era
también sagrado.
Hoy,
Procusto no repara en límites y dada la progresía de su conciencia
relacional, las ocurrencias del par 23 no son óbice para alterar
apariencias. La morfología de los caracteres sexuales primarios se puede
estirar, o capar, a voluntad, según la relación convenida entre
legislador y usuarios; y los caracteres secundarios dependen de la
química de las hormonas que se suministren artificialmente, dejando al
par 23 en una reliquia, por no decir en ridículo, aunque condicione el
metabolismo y la estructura corporal. Ya no sabemos qué somos: Unidas
voluntad y apariencia, Podemos ser cualquier cosa, en el ara de la
igualdad Socialista. ¡Qué gazpacho!
En
este sentido, Procusto se sitúa fuera de la realidad, en un vivir
ciego, donde la voluntad es absoluta. Ya no hay cosa en sí, con su
correspondiente apariencia (Kant), sino voluntad absoluta y
representación circunstancial (Schopenhauer); pero, como la voluntad es
también absolutamente voluble, sus representaciones han de oscilar por
semestres, arrastrando la identidad por el rastrojo: hoy hombre, dentro
de seis meses mujer, para volver a ser hombre seis meses más tarde, a
conveniencia y capricho. Esto es una ley de un país tan progresista que
se sale; se sale de la lógica, se sale del conocimiento y se sale de la
realidad antropológica. Destruida la entidad física, tampoco nos queda
entidad metafísica. Somos, al albur de Procusto en relación con nuestra
propia veleidad, cualquier ocurrencia temporal.
Tal
desnaturalización no es debida a un afán incontinente de protagonismo
de Unidas-Podemos-Socialismo; detrás, hay toda una estrategia de
ingeniería humana. Se allana la entidad física para no dejar resquicio a
ninguna otra entidad. De paso, se aniquila cualquier poder exógeno al
Estado, en concreto el de la familia, uno de los cuatro viejos que Mao
consideraba que había que destruir y cuyo certificado de defunción
extendió la Excma. Sra. Celaá, educada ella por Teresianas, cuando
promulgó que tus hijos no son tus hijos, sino del Estado.
Por
eso, si el Estado, digo, Procusto ha llegado a un acuerdo con relación
a la identidad sexual de alguien, aunque sea un adolescente en plena
crisis de ambigüedad, su padre y su madre no tienen nada que decir, ni
pintan papel alguno en tal drama. No digamos que haya de escucharse lo
que dicen antropólogos, médicos o psicólogos, por mucho que hayan
estudiado el asunto y crean que saben algo. Prevalece omnímodamente la
conciencia relacional de Procusto, con su sentido de la igualdad, y la
de su huésped con las añagazas de su voluntad capciosa.
Con
tanto progreso, la humanidad va a terminar en el nihilismo: soy Nadie,
diría Ulises, y como nadie no sé quién, ni qué soy, pero tengo derechos.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi

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