BLOG ORLANDO TAMBOSI
A desconfiança no coletivo, muito além da comunidade primitiva, inunda os filmes de Eastwood. Eduardo Fort para Disidentia:
Así
como Juan Donoso Cortés afirmaba que toda discusión es en definitiva
teológica, puede decirse que toda manifestación artística es política.
Existen, claro, obras de arte más expresamente ideologizadas: una
película de Sergei Eisenstein, una novela de George Orwell o un cuadro
de Diego Rivera.
Sin
embargo y específicamente en el mundo del cine, existen sobrados
ejemplos de películas que, al socaire de un supuesto entretenimiento,
postulan un mensaje ideológico mucho más potente y concreto que miles de
panfletos partidarios juntos. Es el caso de uno de las leyendas vivas
del cine estadounidense: Clint Eastwood. Nacido en 1930, 87 años
después continúa alimentando una carrera cinematográfica coherente y
heredera de colosos como John Ford, Sergio Leone (de quien fue un
notable discípulo) o Akira Kurosawa (quizá el más estadounidense de los
directores de cine asiáticos).
En una entrevista televisiva
con “la” referente del star system progre norteamericano, Ellen
DeGeneres, Eastwood explicó su recorrido ideológico iniciado en la
década del ’50. Fascinado por la figura del general Dwight Eisenhower
(1890-1969), que fue presidente de los Estados Unidos entre 1953 y 1961,
se afilió al Partido Republicano. Desencantado durante la presidencia
de Richard Nixon (1969-1974), Eastwood pasó a declararse
“independiente”, para luego llegar a su última estación ideológica. Hoy
en día, se considera “libertario”: toda una declaración de principios.
EASTWOOD SE ALEJA DEL PARTIDO REPUBLICANO
El
término libertario, que en el mundo hispanohablante identifica a
aquella persona que «defiende la libertad absoluta y, por lo tanto, la
supresión de todo gobierno y toda ley» (esto es, un anarquista clásico)
adquiere un sentido nítidamente distinto en el mundo anglosajón y,
específicamente, en Estados Unidos: en ese caso, un “libertario” es
alguien que sostiene aquella doctrina defensora de la libertad
individual y que apoya una reducción de las regulaciones
gubernamentales, así como una apuesta decidida por la libertad de
mercado; en otras palabras, un liberal clásico. Tradición política que,
según el propio Eastwood, el Partido Republicano traicionó y dejó de
lado, convirtiéndose en “una pandilla que gasta más dinero que un
marinero borracho, con perdón de la Marina”.
Muchas
personas se sorprendieron cuando Eastwood defendió, en la citada
entrevista, el derecho de las parejas homosexuales a contraer
matrimonio. En la más pura tradición liberal, aseguró que “hay que dejar
a cada persona en paz, para que haga lo que quiera mientras no moleste a
los demás”. Esta visión de la realidad se vio confirmada cuando un
bromista Eastwood declaró, en referencia a la engañosa entrevista
que Michael Moore le realizó a Charlton Heston para su documental anti
Segunda Enmienda (que garantiza el derecho de los ciudadanos a poseer
armas) Bowling for Columbine: “Michael, si alguna vez te presentas en mi
casa con una cámara, te mataré”.

A
priori, es más sencillo descartar a Eastwood como una especie de
“redneck venido a más”; un sureño (aunque provenga de la Costa Oeste)
blanco y pobre, con una cosmovisión que une tradición, religión, familia
y propiedad con una ignorancia supina de la multiplicidad de factores
que configuran el mundo en general y Estados Unidos, en particular. La
amistad o alianza estratégica del viejo Clint con legendarios directores
y guionistas conservadores como John Milius, Don Siegel o Michael
Cimino no ayudan a distinguir la realidad.
UNA PERSONALIDAD MUY COMPLEJA
Clint
Eastwood nació en San Francisco, California y pertenece a esa
generación de estadounidenses creyentes en una sociedad dinámica
desarrollada, en el seno de un país-potencia y en el marco de la Guerra
Fría. A diferencia del núcleo de pensamiento trumpista, no hablamos de
personas necesariamente racistas -aunque la diferencia de cuna se haga
notar, por ejemplo, en su película Gran Torino-: todos (negros,
italianos, judíos, irlandeses…) están invitados a colaborar en la gesta
americana, sin importar su origen, fundiéndose en un auténtico crisol de
razas.
Estamos
hablando, en definitiva, de un estadounidense crecido en un país
forjado en el excepcionalismo, alimentado por un patriotismo fervoroso
y, detalle clave, en pleno enfrentamiento armamentístico e ideológico
con la Unión Soviética. El Estados Unidos al que nos referimos
(enmarcado en las presidencias de Dwight Eisenhower, John F. Kennedy y
Johnson) era, usando una expresión de Gabriel Celaya, “un arma cargada
de futuro” que presentaba notables similitudes con el “Destino
Manifiesto” de la segunda mitad del siglo XIX.
En
algún sentido, Eastwood recoge lo más clásico de la filosofía política
estadounidense, desde el liberalismo clásico de Thomas Jefferson y
Alexander Hamilton, pasando por la rebeldía de Henry David Thoreau y el
trascendentalismo de Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman.
Para
quien siga desde hace tiempo el devenir cinematográfico eastwoodiano,
esto no es una revelación. Cada película del director nacido en San
Francisco, incluyendo a aquellas en las que se limita a actuar, contiene
un mensaje político concreto y potente, aún en el caso de aquellos
filmes cuyo argumento, en principio, estaría alejado de cuestiones
ideológicas. En cada caso, los personajes de Eastwood son rebeldes
contra el orden establecido (The outlaw Josey Wales), nostálgicos de
glorias pasadas (In the line of fire, Heartbreak ridge, Gran Torino) o
antihéroes hechos a sí mismos, contra viento y marea (Escape from
Alcatraz, Bird, A perfect world).

No
es casualidad que su salto a la fama se produjera en un género
auténticamente estadounidense: el Western. Folclore norteamericano por
excelencia, las “películas del Oeste” son un terreno fértil para el
desarrollo de la idiosincracia eastwoodiana. En ellas, situadas en
Estados Unidos durante y después de la Guerra de Secesión, no existe un
Estado monolítico que regule la vida de las personas. Cada uno debe
hacerse valer por sus propios medios o, en su defecto, confiar en
aquellos más cercanos (la familia, los amigos). Ni siquiera el Ejército
tiene un rol aglutinante; funciona, más bien, como una enorme banda de
forajidos que sólo existe para generar una leva forzosa de mano de obra
no cualificada.
No
hay en Eastwood una glorificación de lo nacional durante el siglo XIX:
la derrota del Sur en la guerra prolonga la división entre
estadounidenses y la venganza hacia los vencidos es trágica y terrible.
Las relaciones humanas -o, mejor, entre individuos- adquieren entonces
una importancia fundamental; en palabras del fugitivo Josey Wales: “No
prometo nada extra. Sólo te doy la vida, así como tú me la das a mí.
También digo que los hombres pueden vivir juntos, sin masacrarse
mutuamente”.
Esta
desconfianza en lo colectivo, más allá de la comunidad primitiva,
inunda las películas de Eastwood. Sobran los ejemplos de ermitaños
aislados por propia voluntad, desengañados de lo que “el sistema” (con
el que mantienen una relación fugaz y puramente utilitaria) puede
darles. Así, el mayor retirado de la Fuerza Aérea Mitchell Gant vive en
una cabaña aislada del resto del mundo; el saxofonista Charlie Parker
vive un infierno personal que nadie alcanza a comprender; Harry Callahan
trabaja para el orden establecido, pero sólo porque no encuentra uno
mejor.
Pocos
directores con una filmografía tan diversa han sido -incluso-
bendecidos por Hollywood, que -progresista y pluralista- adoptó a
Eastwood como su propio “anticuerpo de derecha” que le sirve para
reafirmar su leyenda. En definitiva, el universo eastwoodiano configura
una de las cosmovisiones más originales del Séptimo Arte, invisible para
quienes se refugian en las convenciones estéticas e ideológicas de lo
políticamente correcto.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi
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