BLOG ORLANDO TAMBOSI
Se o poder político não fosse limitado, seria tirânico e não teria que respeitar nem a vida nem os direitos dos indivíduos singulares. J. L. González Quirós para Disidentia:
Muchas
personas creen que una buena política es la que impone el Bien, pero en
esa idea se mezclan los deseos piadosos con formas peligrosas de
ignorar que cualquier poder que pueda ayudarnos a vivir algo mejor ha de
ser por fuerza limitado. El poder político, que siempre tiende a
expandirse, se desliza en forma subrepticia de su función de evitar
ciertos males para investirse con un nuevo poder, la capacidad de
imponer ideas sobre el Bien.
La
política como vida colectiva se nutre siempre de las amenazas y
problemas que hay que combatir porque impedirían una vida digna y
fructífera, pero tendría que abstenerse de proponer formas de
sustitución o de perfeccionamiento de la vida privada, y, con mayor
motivo, en las formas de pensar de cada cual, ámbitos en los que una
cierta soberanía privativa de los individuos, su capacidad fundamental
de decidir cómo quieren vivir, tendría que ser absoluta e inviolable.
Por
supuesto que las sociedades tienen formas de homogeneizar, hasta cierto
punto, las formas de pensamiento y de moralidad, cosa que se hace a
través de la educación, pero el riesgo que ahora amenaza a las
sociedades occidentales es que se pierde de vista la distinción esencial
entre lo que es la ciencia y lo que son los hechos, por un lado, y las
cuestiones en las que la discrepancia intelectual y moral no solo es
legítima sino enriquecedora.
Cierto
es que los límites precisos entre lo privado y lo público no pueden
establecerse con toda nitidez al margen de las circunstancias del
momento histórico; no son ni evidentes ni fijos, pero deberíamos
preocuparnos por el hecho de que los poderes políticos quieran encontrar
una línea de expansión de su influencia en lo que supone una abolición
directa de la distinción entre lo público, que puede y debe estar
sometido a un escrutinio del mismo tipo, y lo privado, que debiera
permanecer ajeno a esas miradas, porque en la medida en que no lo haga
irá desapareciendo cualquier atisbo de libertad.
Ahora
mismo la amenaza más directa a las libertades no deriva tanto del
Estado como de los grupos ideológicos que pretenden imponer sus normas y
que alcanzan un grado muy alto de poder cuando se infiltran en las
instituciones públicas y las ponen a su servicio, como a pasado entre
nosotros con la ideología de género, por ejemplo.
Constituye
un error ceder a la tendencia de que los Estados impongan un cada vez
mayor número de exigencias a las actividades de todo tipo de los
ciudadanos con la excusa de garantizar una vida sin decepciones, ni
conflictos; pero las tendencias al colectivismo, a las tiranías
mayoritarias, ya llevan mucho tiempo siendo fuertes amenazas de la
libertad más decisiva, que es la de pensamiento.
El
poder tiene que ver con el mal, tanto porque trata de evitarlo como
porque lo emplea como castigo. Sin el mal no existiría el poder, porque
nada habría que temer y nada habría que evitar, impedir o promover; pero
sin utilizar (bien) el mal tampoco habría poder efectivo porque no
habría medios para reprender y castigar a quien no hace aquello que debe
hacerse y cuya omisión esté penada. Por eso se puede caracterizar al
poder político como la institución en que reside la capacidad de hacer
daño sin que sufra castigo. Esta definición se debe matizar en las
democracias que funcionan bien, porque los electores pueden castigar al
gobierno, pueden destituirlo de manera pacífica, lo que es conforme con
la idea de que el poder legítimo emana del pueblo.
La
práctica de diversas formas de daño es una facultad sin la cual ningún
poder podría ejercerse, porque no hay otra manera de imponer conductas
que nadie desearía de poder evitarlas —por ejemplo, el pago de
impuestos—, aquellas que, por mucho que convengan a todos, son dolorosas
para quien deba sostenerlas.
La
buena política no puede inspirarse solo en evitar el mal, sino que debe
aspirar a organizar las cosas bien, a busca ciertas formas de
perfección y de bienestar. El problema está en que el bien no puede
imponerse, que cualquier acción que respete un bien moral deja de ser
admirable y ejemplar si se hace bajo coacción, una situación en la que,
desde el punto de vista moral, porque nadie gana, ni el que coacciona,
que atenta a la libertad ajena, ni el coaccionado que no puede reclamar
mérito alguno.
En
casi todas las situaciones y momentos históricos, pero muy en especial
ahora, ha existido gran variedad de objetivos positivos y admirables que
pueden resultar incompatibles, lo que conduce a que la política
democrática tenga que ser un tanto escéptica respecto a la importancia y
vigencia de las normas que se supongan fundadas en bienes morales
absolutos, claro es que cuando esos ideales no resulten compartidos por
todos.
Esta
renuncia del poder político a imponer bienes morales puede llegar a ser
difícil de comprender para muchas conciencias cuando choca con
creencias muy sentidas y puede causar una repugnancia asimilable a la de
quienes son incapaces de comprender que la existencia de un Dios bueno
sea compatible con el sufrimiento de los inocentes.
La
incompatibilidad entre fines atractivos pero que benefician más a unos
que a otros crea la necesidad de la política como alternativa a formas
de competencia más cruentas y menos inteligentes entre los grupos que
planean proyectos incompatibles o sostienen idearios rivales. La
democracia como sistema para establecer la preeminencia entre las
fuerzas dominantes, como mecanismo electoral, aparece como un
procedimiento para medir las fuerzas de cada cual y determinar, por
tanto, qué grupo es el que acabaría ganando si existiese una contienda
violenta.
Es
aconsejable ver la democracia como un trasunto inteligente de lo que
podría ser una batalla a muerte, como un método que busca sustituir con
gran ventaja una reyerta sangrienta por una lucha simbólica, y trata de
poner en lugar del devenir incierto de las guerras los procedimientos
precisos que garantizan la limpieza y la eficacia de una contienda
sometida a reglas razonables, eficaces y caballerosas. Popper dijo a
propósito del conocimiento científico que encargamos a nuestras teorías a
que mueran en nuestro lugar; en las democracias ocurre algo similar.
Vistas
las cosas así, la mayoría no gobierna porque tenga razón o porque sus
propuestas sean de mayor calidad moral o más cercanas y eficaces para
alcanzar bienes primordiales, sino porque tiene el poder que le otorga
su tamaño. El problema del disconforme está, por tanto, en hacer que lo
pierda o lo gane el contrario, pero la mayoría tiene derecho a ejercer
un poder legítimo, porque como dice con sorna el anónimo castellano,
«Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios protege a
los malos / cuando son más que los buenos».
El
parlamentarismo inglés ha creado una representación plástica de esta
guerra entre unos y otros que han sabido derivar hacia formas de
afrontar las discrepancias y los conflictos de una manera incruenta: en
los Comunes, una raya central separa a los grupos en abierta discordia,
en un enfrentamiento que recuerda al de dos ejércitos en orden de
batalla, y, en lo alto de esa línea simbólica, un árbitro procura que se
respeten el resto de las reglas que configuran este combate ritual,
porque, al fin y al cabo, es mucho más razonable y económico evitar la
agresión, ya que siempre resultará mejor contarse que matarse.
La
contabilidad de votos evita la de cadáveres, porque es razonable
suponer que el resultado final de cualquier guerra sería casi siempre el
mismo que el que se acabaría obteniendo mediante una contabilidad fría
de las fuerzas en presencia. Si merced a esta estratagema simbólica
tanto la victoria como la derrota suponen unos costos muy inferiores,
¿para qué vamos a matarnos si se puede evitar y obtener un resultado
similar y mucho menos oneroso?
De
semejante cálculo inteligente surge también la conciencia de lo muy
conveniente que es el respeto a la minoría: podemos vencerla pero no
acabar con ella sin pagar un precio demasiado alto, porque, si la
minoría se ve agredida, se defenderá ocasionando bajas en nuestras
filas: respeto pues, el mismo que la minoría debe tener por la mayoría,
una dinámica que establece una competencia creativa muy interesante,
porque la mayoría se va a llevar la mejor parte del pastel hasta que la
minoría deje de serlo, cuando la mayoría actual pase a ser la nueva
minoría tras perder la batalla electoral decisiva. Esta idea tan
operativa está detrás de la intuición que considera que la alternancia
siempre es un bien.
Las
tiranías no han tenido inconveniente en sumar muertos y adhesiones
hasta conseguir una mayoría de sometimiento, y, si acaso, han hecho el
paripé de las votaciones una vez que han eliminado a los discrepantes
del censo; pero en las democracias la apuesta por la mayoría y el
respeto a los derechos de quienes se oponen debe funcionar siempre como
una forma de rechazo absoluto a la violencia, aunque, en ocasiones, el
cálculo, la prudencia y el deseo de acabar con el crimen hayan
consentido en integrar a los violentos en el censo de los pacíficos:
siempre se tratará de una apuesta muy arriesgada, porque supone una
retribución política a la violencia, de la que no cabe esperar nada
bueno, además de un desprecio moral del sacrificio de las víctimas; pero
cierta generosidad puede no resultar siempre estéril.
La
subsistencia de una soberanía individual, que es el fundamento último
de cualquier otra, es previa a cualquier representación y es el
fundamento de los límites del poder político. Si el poder político no
fuese limitado sería tiránico y no tendría que respetar ni la vida ni
los derechos de los individuos singulares; pero un poder de ese tipo no
podría ser representativo, pues carece de sentido la idea de otorgar
poderes a otros para que nos maltraten. Como escribió Niebuhr, la
capacidad del hombre para hacer justicia hace posible la democracia,
pero la inclinación a la injusticia la hace necesaria.
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