BLOG ORLANDO TAMBOSI
Hay toda una rama podrida de la filosofía que es abierta y orgullosamente antihumanista que plantea una sociedad sin hijos. José Carlos Rodríguez para Disidentia:
El diario El País publicaba el último día de 2023 un artículo
titulado Las familias son cada vez más pequeñas, delgadas y alargadas;
como un menú en un restaurante caro. El título es confuso. No porque no
refleje el contenido, sino porque parece anunciar un nuevo logro en el
ámbito social del actual gobierno. Pero no, no es eso.
El
objetivo del artículo es describir las principales conclusiones de un
estudio titulado Projections of human kinship for all countries; algo
así como Proyecciones sobre la familia humana para todos los países. Por
eso, y a pesar del título, el artículo no tiene un tono de celebración.
El País reconoce que sería demasiado presuntuoso presumir de que su
campaña contra la familia tiene efectos en todo el orbe.
El
artículo del diario español comienza diciendo que “una niña que nazca
en 2024 apenas tendrá hermanos o primos”. Como el chiste, su prole se
limitará a uno o ninguno. Y cuando muera, será muy anciana. Y estará
sola.
Con
las proyecciones demográficas ocurre como con las previsiones que
podamos hacer sobre nuestro comportamiento en el próximo minuto: se
cumplen prácticamente siempre. Por ello, este tipo de predicciones
resultan muy preocupantes. No las podemos tomar como las profecías sobre
el apocalipsis climático.
El
tamaño de las familias, continúa resumiendo el artículo, no ha dejado
de descender desde los años 50. En una media mundial, una mujer de 65
años tenía en 1950 41 parientes, y a finales del presente siglo tendrá
25. El descenso es generalizado, pero más lento en aquéllos países donde
esa transición demográfica se ha acelerado, como es el caso de España.
Caemos desde más abajo.
La
poda del árbol familiar es por las ramas. Tenemos, y tendremos, menos
hermanos y primos. Pero como viviremos más, volveremos a ver a los
bisnietos saludando a los más mayores. A eso se le llama “paso de la
familia horizontal a la vertical”. Como en tantas cosas, el país que
lidera esta tendencia es China. En los años 50 las niñas nacían con once
primos, y a final de este siglo ese número se habrá diezmado, hasta los
1,1 primos de media.
Parte
de esta transición es consecuencia del desarrollo de las sociedades de
mercado. Multitud de bienes y servicios que se prestaban en casa,
comenzando por la comida, se pueden adquirir desde fuera de ella.
Además, la incorporación de la mujer al trabajo ha hecho más complicada
la división del trabajo dentro de la familia. Muchas solventan la
situación contratando los servicios de personas externas que cumplan con
ciertas tareas domésticas. Las migraciones han facilitado estos cambios
en los países ricos. Pero a medida que los sueldos suban (o, en casos
como el de España, a medida que el Estado quiera llevarse una mayor
tajada de estos acuerdos privados), eso va a ser más complicado.
Los
impuestos han sustituido a los hijos. Bien, es una exageración, pero
sólo una exageración. A medida que nos hemos hecho ricos, hemos
aumentado el gasto por hijo con el objetivo de darles una educación más
cuidada. El hecho de que el Estado se quede con una parte creciente del
aumento de la renta en los países ricos (en España, en las últimas dos
décadas han subido los impuestos, pero no la renta), no ha ayudado. Por
otro lado, el número de hogares aumenta más que la población, porque los
hogares tienen cada vez menos personas. Esto presiona sobre el precio
de las casas, que cada vez es mayor. Otro aspecto que drena nuestra
renta y presiona sobre la planificación de tener más hijos.
He
estado tentado de ilustrar el artículo con negras estadísticas sobre el
cambio social, pero no es del todo necesario. Aumentan los hogares con
una sola persona. Sumados a los que tienen dos, suponen el 54% del
total.
Pero
también hay otros aspectos cuya incidencia no es tan directa, pero no
es menos efectiva. Hay un hostigamiento a la familia. Se le llama
“tradicional” para poder denostarla, y se proponen fórmulas alternativas
al padre, la madre y los hijos como si fueran las únicas aceptables. Se
lanzan mensajes apocalípticos sobre el clima, con efectos sobre la
sociedad que no veíamos desde el año 1000. Acusamos a nuestra cultura de
los peores crímenes y escondemos con vergüenza sus asombrosos éxitos. Y
planteamos a los jóvenes que, en un mundo absurdo, carente de valores y
que se autodestruye, lo único razonable es vivir el momento.
Todo
lo que nos una a la institución que nos ha forjado como personas nos
aleja de convertirnos en siervos del Estado todopoderoso. Por eso,
llamar “tradicional” a la familia trae aparejada la acusación de ser
conservadora. Pero a eso vamos, a una sociedad de personas que llenarán
el vacío de su independencia con “experiencias”, y se plegarán a la
ideología del poder, que nos lo va a dar todo a cambio de quitárnoslo
todo.
Por
descontado que tener un hijo es un atentado contra la humanidad y, lo
que es peor, contra el ocio. Lo explicaba recientemente Javier Benegas. Hay toda una rama podrida de la filosofía que es abierta y orgullosamente antihumanista que plantea una sociedad sin hijos.

Nenhum comentário:
Postar um comentário