BLOG ORLANDO TAMBOSI
Aqui está, seis meses depois do atentado em que perdeu um olho e quase lhe custou a vida, disposto a prosseguir como romancista - e que ninguém lhe tire este direito. Juan Gabriel Vásquez para El País:
En las imágenes que ha publicado la prensa en los últimos días —una foto de la revista The New Yorker, una ilustración en EL PAÍS—,
Salman Rushdie lleva unas gafas parecidas a las que ha llevado durante
años, pero uno de los lentes, el del ojo derecho, es negro. Las imágenes
han aparecido a propósito de Ciudad Victoria, la novela que Rushdie
terminó de corregir en julio del año pasado; tres semanas después,
cuando se aprestaba a tener una conversación pública en apoyo de los
escritores refugiados del mundo entero, un fanático islamista vestido de
negro subió al escenario y lo atacó a cuchilladas.
Como consecuencia del ataque, Rushdie perdió el ojo derecho y el uso
parcial de una mano, y en su cara y en su cuello quedaron cicatrices que
todavía son visibles; y las nuevas imágenes se han convertido entonces,
por lo menos para mí, en un terco memorando de lo que pasó en agosto,
pero también en un testimonio conmovedor de la asombrosa resistencia del
hombre.
Aquí
está Rushdie, seis meses después de la agresión que casi lo mata,
dispuesto a seguir siendo novelista: dispuesto a que nada, ni siquiera
la violencia irracional que le ha descarrilado la vida, le quite ese
derecho. Todos conocen las líneas generales de esta vida tan extraña que
le han obligado a llevar las fuerzas más oscuras de nuestro tiempo.
Todos saben que publicó en 1988 una novela llamada Los versos satánicos,
que el ayatolá Jomeini lo condenó a muerte
por blasfemo, que se vio obligado a pasar más de una década
escondiéndose del mundo para que los fanáticos no lo mataran y que a
partir de cierto momento decidió que no se escondería más. La primera
vez que hablé con él sobre un escenario, en la primavera de 2009, fue
para presentar en una biblioteca de Barcelona su novela La encantadora
de Florencia, y lo que más recuerdo —aparte de la llegada al lugar en
una furgoneta blindada con escoltas armados— es la expresión de
testarudez con la que se negó a ponerse un chaleco antibalas como el que
llevaba la gente de prensa de la editorial. Eran sus esfuerzos por
recuperar la normalidad que la amenaza persistente le había robado, y
los llevaba a cabo tratando al mismo tiempo de que sus acompañantes no
pasaran por más incomodidades de las necesarias.
Pero todo esto era lo visible: detrás de la anécdota había una historia más compleja. Rushdie la dejó por escrito en Joseph Anton, un
libro valeroso y lúcido que debería leer cualquiera para apreciar
debidamente la magnitud del atentado de agosto. Son las memorias de los
años de la fetua, contadas a partir de ese documento que nos debería
causar escalofríos de espanto y que muchos, sin embargo, toleraron o
justificaron: “Informo a los orgullosos musulmanes del mundo que el
autor del libro de Los versos satánicos, que va contra el Islam, el
Profeta y el Corán, y todos los involucrados en su publicación que hayan
estado conscientes de su contenido, son sentenciados a muerte”. El
título de las memorias es el pseudónimo que Rushdie escogió para llevar
su vida clandestina, una composición hecha con los nombres de pila de
Joseph Conrad y Anton Chéjov: en palabras de Rushdie, “el creador de
agentes secretos en un mundo de asesinos” y el “maestro de la soledad y
la melancolía”.
La
voz que cuenta el libro es uno de sus rasgos más sorprendentes. Es una
tercera persona que habla del protagonista como si fuera distinto del
autor, como si Rushdie hubiera querido, mediante ese recurso sencillo,
evitar cualquier tono de victimismo o de queja, o atenuarlo por lo
menos. Pero que no haya queja no quiere decir que no haya cierta
melancolía: por la debilidad humana, la de los individuos y también la
de las sociedades, y por la frecuencia con la que tanta gente digna de
mayor perspicacia no estuvo a la altura de los acontecimientos. Leer
Joseph Anton es lamentarse durante casi setecientas páginas de nuestra
miopía, nuestra pusilanimidad y nuestra incapacidad de apoyar a un
hombre condenado a muerte por escribir un libro. El arzobispo de
Canterbury, por ejemplo, pidió que fuéramos “más tolerantes con la ira
musulmana”; para demasiados de sus colegas, Rushdie “se la buscó”, o
“juzgó mal a la gente” y por lo tanto era responsable de su propia
tragedia; para otros, era simplemente un oportunista que había
encontrado una manera nueva de hacerse publicidad.
Rushdie
se vio enfrentado a esta paradoja: estaba escondido para que no lo
mataran, pero el hecho de que no lo mataran, por algún giro extraño de
la mente, se convirtió en la prueba incontrovertible de que nadie quería
matarlo. Y el mundo lo juzgaba por ello.
En los tabloides británicos, pero también en la prensa seria, se le
criticaba por exhibicionista, por tener guardaespaldas como si fuera un
rey, por su supuesta arrogancia que se daba por cierta sin más pruebas
que los rumores más frívolos o las antipatías de un periodista. Hay un
momento fascinante en que Rushdie, que tiene los párpados caídos por un
rasgo genético hereditario e inevitable, se los opera simplemente para
volver a ver con normalidad, y se da cuenta de que han sido siempre
parte del problema: la expresión de su mirada de párpados caídos lo
volvía antipático para mucha gente, o daba la impresión de arrogancia.
Rushdie, una de las personas más afables que conozco, descubrió que
luchaba contra un enemigo imposible: “La idea de que no era un hombre
muy agradable”, escribe, “iba a resultar muy perjudicial”.
El
cantante Cat Stevens, convertido al islam, aparece en televisión para
desearle la muerte y declararse dispuesto a llamar a los comandos de
asesinos si llegaba a enterarse de su ubicación. El novelista John Le Carré, cuyas
novelas he admirado por su clarividencia moral, declara que nadie tiene
derecho a “ser impertinente con las grandes religiones de manera
impune”, y que Rushdie debería “retirar sus libros hasta que lleguen
tiempos más tranquilos”. Y en este paisaje de infelicidades y
decepciones, los que se atrevieron a defender a Rushdie parecen
defensores de algo mucho más grande. Lo cual eran, sin duda: Mario Vargas Llosa, Carlos
Fuentes, Nadine Gordimer, Umberto Eco, Christopher Hitchens, José
Saramago y muchos otros aparecieron en eventos públicos y firmaron
cartas abiertas, y Bono lo invitó a subirse al escenario en un
concierto; y no deberíamos olvidar que lo hacían en el mismo mundo en
que los fanáticos habían asesinado al traductor japonés de Los versos satánicos, Hitoshi Igarashi, y en que su editor noruego, William Nygaard, había sobrevivido por muy poco a un atentado con arma de fuego.
Joseph
Anton termina en marzo de 2002, con una conversación entre Rushdie y
dos oficiales de la Rama Especial de la policía. Después de 13 años
protegiéndolo, han venido a notificarle que el nivel de amenaza ha
bajado drásticamente; si él está de acuerdo, pueden retirar la
protección. Le preguntan si eso le parece aceptable, y él dice que sí.
Lo demás ya se sabe: Rushdie ha publicado desde entonces unos quince
libros, ha aparecido en comedias de televisión para burlarse de su muy
serio destino, ha defendido la libertad de expresión en foros de todo el
mundo. Sobre todo, ha sobrevivido al ataque salvaje de un fanático que
luego, en entrevista con un tabloide, confesó que nunca había leído Los
versos satánicos, pero que había visto videos de Rushdie en YouTube. “No
me cae muy bien”, dijo. ¿Quién quiere hablar de la banalidad del mal?
Postado há Yesterday por Orlando Tambosi

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