Antoine Compagnon examina, em "Baudelaire, o irredutível", a vida e a obra de uma das grandes figuras da poesia francesa do século XIX. Luis Antonio de Vilhena para El Cultural:
Charles
Baudelaire (1821-1867) es tenido, con razón, por uno de los grandes
modernos de la poesía, un iniciador de la modernidad con Las flores del
mal, los Pequeños poemas en prosa o sus notas y escritos críticos como
El pintor de la vida moderna, títulos capitales de la nueva literatura
como Los paraísos artificiales, que llevaron a un crítico a decir que
Baudelaire era “un nuevo escalofrío” en la literatura francesa…

¿Es
esa la irreductibilidad a que alude el título del ensayo –originalmente
publicado en 2014– del conocido profesor francobelga Antoine Compagnon
(Bruselas, 1950)? Sí, pero no. Nuestro libro está en la línea
inaugurada por el autor con Los Antimodernos en 2005 (traducción de
2007) cuyo subtítulo es imprescindible recordar: De Joseph de Maistre a
Roland Barthes.
Pues
si De Maistre es de antiguo reconocido como notable autor reaccionario,
Barthes fue uno de los modernos del texto y la semiología, mediando el
siglo XX. Compagnon, que tiene otros libros sobre el poeta, como Un
verano con Baudelaire (2015), pinta minuciosamente, describe, analiza,
todo lo que hizo de Baudelaire un claro antimoderno, notablemente su
disgusto por hechos e inventos de la modernidad: su desprecio por el
periodismo de gran tirada –como era La Presse–, su desdén por el
daguerrotipo o la fotografía (pese a su sombreada amistad con el notable
Felix Nadar), su horror ante la gran ciudad y las muchedumbres que la
pueblan y –no es poco– su fastidio ante el alumbrado urbano con gas, que
daba mucha más claridad. Bien que –digámoslo enseguida– nuestro
Baudelaire no dejó de aprovecharse (o de intentarlo) de casi todas las
novedades que le parecían mesocráticas y viles.
Baudelaire
ve vulgar “el baño de multitud” –metáfora entonces nueva– o la horrible
“tiranía del rostro humano”, pero –como Poe– sabrá utilizar esos
ingredientes en su arte. Eliot cifró casi todo Baudelaire (y su
modernidad) en dos versos de Las flores del mal: “Hormigueante ciudad,
ciudad llena de sueños, / donde el espectro asalta de día al
viandante…”.
Esa
nueva imagen es para el poeta espejo de la gran ciudad “inmunda”
(Benjamin lo estudió) que le lleva a rimar “cité” con “atrocité”,
ciudad-atrocidad. De modo semejante, la cámara oscura del fotógrafo y
las largas sesiones de posado (“el suplicio del posado”) son sólo
vulgaridad masiva, que –como si la foto sustrajera el alma– quitan al
rostro matices.
Pero
como otros enemigos de la fotografía, Gautier o Flaubert entre ellos,
posó para Nadar y para Carjat y debió decir, a la postre, que podían
llegar a ser artistas. Se dice que Baudelaire posó con “inmortalidad
melancólica”. Los grandes periódicos –se enfadó con directores y
redactores– le parecían un nido de mediocres (incluso Arsène Houssaye,
su viejo amigo de bohemia) pero quiso publicar sus nuevos poemas en
prosa –lo más moderno del poeta– en el faldón donde iba el folletín en
esos diarios.
Era
por dinero –que siempre necesitó– pero no desdeñaba nuevos lectores, y
aunque terminara rechazándolo, dedicó a Houssaye su Esplín de París que
luego sería los Pequeños poemas en prosa. Y si la ciudad se hace “la
gran barbarie iluminada por el gas”, su explosión es positiva y
negativa, ilumina a las putas del cieno de las calles, pero él no las
desdeñó.
El
París del Baudelaire final es el de los tumultuosos grandes bulevares
en construcción (que aborrece), el del gas, la fotografía y las vulgares
multitudes, pero de todo ello –mal de masas que a veces subsiste–
Baudelaire construye su arte nuevo, entre el desdén y el esplendor. Del
libro de Antoine Compagnon se infiere que muchos grandes modernos brotan
del odio a la modernidad, o de un desprecio que se torna análisis.
Acierto sorprendente.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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