Os clássicos mais antigos exigem um exercício de compreensão que só será possível se deixarmos em suspenso os nossos valores. Rafael Narbona para El Cultural:
Los
clásicos literarios desafían a los dioses, pues evidencian que un ser
humano puede crear un universo. Por eso muchos pueblos han considerado
que los libros deberían arder. En 'Los teólogos', un cuento de Jorge Luis Borges
incluido en El Aleph, los hunos entran a caballo en una biblioteca
monástica y queman todos sus libros, pues entienden que blasfeman contra
su dios, que es una cimitarra de hierro. ¿Cómo acercarnos a unas obras
que desprenden el terrorífico resplandor de lo sagrado? ¿Cómo adentrarse
en un territorio que los siglos han convertido en un recinto misterioso
y a veces hermético? Pienso que el primer paso es leer esas obras que
han sobrevivido a la implacable criba del tiempo y no cesan de ser
estudiadas, anotadas y comentadas.
Pese
al fervor y los honores que se les tributan, lo clásicos son grandes
desconocidos. España es el país del Quijote, pero muchos españoles no
han leído la novela, disuadidos por su extensión, sus arcaísmos y la
sensación un poco humillante de que ya no es posible un juicio adverso.
Para vencer esos reparos, recomiendo adoptar una actitud irreverente.
Los clásicos no son ídolos que esperan genuflexiones, sino textos que
nacieron muchas veces con la intención de entretener a un público poco
selecto. Cervantes celebró que el Quijote se leyera en ventas. No me
parece una mala idea frecuentar sus capítulos con la misma expectación
que concita una buena serie. La solemnidad sobra. Si Cervantes hizo todo
lo posible para arrancar carcajadas, ¿por qué escatimarlas ahora?
Shakespeare no pretendía que los espectadores de sus tragedias y
comedias asistieran a las representaciones con la seriedad de un
filósofo escolástico, sino con el espíritu del que se halla dispuesto a
dejarse asombrar. La literatura no es solo entretenimiento, pero eso no
significa que excluya el entretenimiento, el goce, el placer. Me produce
perplejidad que alguien pueda aburrirse con el Quijote o con Romeo y
Julieta, el mejor melodrama de todos los tiempos.
El
segundo paso para leer a los clásicos debería consistir en hacerlo
desde la perspectiva de su época. Si leemos la Ilíada con los valores de
nuestras sociedades democráticas, nos parecerá una oda a la barbarie.
Los aqueos y los troyanos se matan con ferocidad, despreciando cualquier
forma de compasión. Apiadarse del enemigo abatido es un gesto de
cobardía. El valor exige atravesarlo con la espada o la lanza. Homero,
Virgilio, el Antiguo Testamento, la Canción de Roldán, los libros del
ciclo artúrico, Garcilaso de la Vega y Cervantes celebran la guerra y no
podemos juzgarles con la óptica de nuestros días. La humanidad necesitó
mucho tiempo para repudiar la violencia, lo cual no significa –por
desgracia- que haya desaparecido.
Guerra
y Paz, de Tolstoi, está más cerca de nuestra mentalidad que la llíada,
pero en los dos casos se trata de obras extraordinarias. La violencia de
la guerra de Troya no impide que a veces aparezca la piedad. Aquiles
devuelve el cadáver de Héctor a Príamo, su padre y rey de Troya. Príamo
agradece el gesto, besando las manos que han sido el instrumento de la
muerte de su hijo. La escena nos conmueve profundamente, en especial si
reparamos en las costumbres de la época, donde era frecuente ejecutar a
los vencidos y esclavizar a sus familias. Los clásicos más antiguos
exigen un ejercicio de comprensión que solo será posible poniendo en
suspenso nuestros valores.
Calificar
de machista La fierecilla domada, de Shakespeare, nos impide apreciar
sus diálogos chispeantes, la hábil caracterización psicológica, el ritmo
vertiginoso de las escenas, los golpes de ingenio. Además, no nos deja
advertir que Shakespeare no hace en ningún momento una apología de la
violencia contra la mujer. Petruccio nunca responde a las agresiones de
Catalina, que se comporta como un basilisco. Simplemente, remeda
grotescamente su conducta, mostrándole que actúa de forma injusta e
irracional. Su forma de “domar” a una mujer tan insoportable como la
Jantipa de Sócrates,
que cocinaba de mala gana y le vaciaba el orinal en la cabeza, consiste
en utilizar la parodia, una eficaz pedagogía que obliga a la
“fierecilla” a mirarse en el espejo. Catalina no soporta la imagen que
Petruccio le devuelve de sí misma y decide cambiar.
Anthony
Burgess sostenía que “los movimientos de liberación de la mujer debían
considerarse, principalmente, como la elevación del mal genio a
categoría de virtud resplandeciente”. Frente a ese mal genio, que
alardeaba de llamar “cerdos” a los hombres, Burgess elogiaba la
pedagogía del amable Petruccio, que lograba transmutar la agresividad de
Catalina en cortesía y racionalidad. Hablé de poner en suspenso
nuestros valores, pero no sería menos deseable someterlos a un examen
crítico que nos permitiera averiguar su fondo último. En nombre de la
libertad, se han cometido los peores abusos o, como es en el caso de La
fierecilla domada, se ha desfigurado el significado de una obra.
El
último paso para leer a los clásicos es reconocer que la literatura es
lenguaje, estilo, artificio, una forma de decir las cosas que elude lo
fácil e inmediato. O que llega a lo fácil e inmediato después de un
largo rodeo. El falso debate entre fondo y forma ignora que la
literatura siempre es un fondo modulado por una forma. Separar esos
ámbitos es un ejercicio de miopía. ¿Es posible imaginarse la Ilíada bajo
otra forma que el hexámetro? ¿Podemos concebir la Comedia de Dante sin los tercetos encadenados que trazan la topografía del más allá? ¿Soportaría Paradiso, de Lezama Lima, una clarificación cartesiana que desmontara sus piruetas neobarrocas?
Para
leer a un clásico, hay que educar el oído hasta adquirir esa
sensibilidad que nos permite apreciar la sensualidad de las palabras
acoplándose como bailarinas de un coro. Eso no significa que la
literatura solo sea abundancia y pirotecnia. Quevedo y Góngora pulen su
estilo hasta lograr efectos casi mágicos, demostrando que el lenguaje,
con unas pocas reglas y fonemas, puede ser la matriz de infinitas
variaciones. En cambio, Hemingway
desnuda el lenguaje hasta despojarlo de adornos y contorsiones,
logrando que la lectura apenas difiera de una mirada filtrada por un
cristal de exacerbada transparencia. Flaubert
aborda el lenguaje como si fuera una catedral, convirtiendo las frases
en contrafuertes y arbotantes que sostienen el edificio. Joyce, en
cambio, destruye la sintaxis y conspira contra la lógica para demoler el
lenguaje, transformando las ruinas en un paradójico prodigio.
¿Cuál
es mejor escritor? Es una pregunta absurda. Ambos son grandes y
disímiles literatos. Madame Bovary y Molly Bloom son personajes
devorados por la misma inquietud: no pasar por la vida sin experimentar
esas pasiones que rompen la rutina, alumbrando instantes de plenitud.
Saben que su anhelo esconde la semilla de la autodestrucción, pero no
pueden interrumpir su vuelo, como esas polillas fatalmente atraídas por
la luz. La literatura es una sinfonía de palabras. Si no se afina el
oído, su rumor pasa desapercibido. Para leer a los clásicos, hay que
amar las palabras, disfrutar de su sonido y su tacto, dejarse embriagar
por ellas y no exigirles la precisión de los números, que no conocen la
ambigüedad y el espíritu lúdico. Dicho de otro modo: la literatura es
música, una melodía semejante a la de las sirenas que intentan arrastrar
a Ulises al abismo. Debemos dejarnos seducir por su canto y no lamentar
que nos lleve a regiones remotas y extrañas.
Los
clásicos literarios han dilatado el mundo. La buena literatura siempre
es poiesis, creación. No me refiero a la mera creación formal, sino al
milagro de incorporar al ser cosas nuevas cuya excelencia garantiza su
perdurabilidad. Como dice Javier Marías,
vivimos en una época que ha liquidado el concepto de posteridad. Sin
embargo, en esa posteridad viven los clásicos. Podría decir que nos
necesitan, pero creo que es al revés. Somos nosotros los que los
necesitamos a ellos. Sin Homero, Dante, Cervantes y Shakespeare, la
historia de la humanidad quedaría brutalmente mutilada y terriblemente
empobrecida. Un porvenir sin el Quijote, El rey Lear, la Comedia o la
Odisea se parecería a uno de esos pueblos abandonados, donde la
existencia solo es una mezcla polvo, tedio y miseria. No me gustaría
conocerlo.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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