O filósofo e escritor chileno Axel Kaiser critica, em novo livro, os demagogos que exploram em benefício próprio a inveja de certos grupos e as boas intenções dos mais ingênuos. Miguel Ors Villarejo para The Objective:
Todo el marxismo se levanta sobre una falsedad, explica Axel Kaiser en El economista callejero:
la teoría del valor trabajo. De acuerdo con ella, los bienes tienen un
precio objetivo que se deriva del esfuerzo dedicado a su fabricación.
«Así», escribe Kaiser, «si un diamante vale más que un litro de agua […]
es porque el diamante requiere de muchísimo más trabajo para ser
conseguido». Pero si ese fuera siempre el caso, ¿por qué Los almiares de Claude Monet son más caros que un Airbus 319?
Podría argumentarse que el cuadro es único, pero supongamos que un
habilidoso copista pintara una réplica perfecta, invirtiendo en ella los
mismos colores y materiales y demorándose en su realización idéntico
tiempo. ¿Le pagarían lo mismo? Es improbable.
A
pesar de estas objeciones, Marx da por buena la hipótesis y se pregunta
a continuación: ¿de dónde saca entonces los beneficios el empresario?
Siendo el trabajo la fuente exclusiva de valor, no tiene más remedio que
apropiarse de una parte y entregar a sus empleados lo menos posible.
«Por eso», argumenta el Manifiesto Comunista,
«los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al
mínimo de lo que necesita para vivir». Como la lógica del sistema lleva
asimismo al patrono a sustituir la plantilla por máquinas, cada vez
dispone de menos plusvalía que succionar. El resultado es, por un lado,
una tasa decreciente de beneficios y, por otro, una famélica legión de
proletarios. En consecuencia, «a la par que avanza, [la burguesía] se
cava su fosa y cría a sus propios enterradores».
Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Los obreros occidentales viven hoy tan holgadamente que, si Marx resucitara, pensaría que su sueño comunista se ha consumado. Tampoco los beneficios empresariales han dejado de crecer. ¿De dónde salen?
La sana competencia
«Supongamos»,
escribe Kaiser, «que en la capital de un país, el precio del queso es
muy alto, mientras que, en las regiones más alejadas, es más bajo porque
ahí se concentra su elaboración». Un individuo «alerta» no tardará en
detectar una oportunidad en esa disparidad. Calculará los costes de
envío, distribución, almacenaje, etcétera y, si los números cuadran,
pondrá en marcha el acarreo. «Lo interesante es que […] ganará dinero y,
al mismo tiempo, creará valor para el resto de la sociedad». Los
fabricantes de las regiones más alejadas verán crecer su demanda y los
consumidores de la capital podrán gastar menos en queso y destinar los
ingresos ahorrados a otras necesidades. Con su innovación, el
emprendedor ha contribuido a elevar el nivel general de bienestar.
No
faltará quien apunte: «¿Y los productores locales de lácteos?» Si en el
ejemplo sustituimos «regiones más alejadas» por «países extranjeros»,
la objeción les resultará más familiar. Para los antiglobalización, el
mercado libre es una fuerza devastadora. «Es común», dice Kaiser, «oír
entre líderes intelectuales, religiosos y políticos la idea de que la
competencia desintegra el orden social, nos hace egoístas y socava la
solidaridad», pero «es un análisis erróneo». Lo que es malo es el
monopolio. Cuando se es el proveedor único de lo que sea (telefonía,
transporte aéreo), no se tienen grandes incentivos para prestar un
servicio barato y de calidad. Acuérdense de la Telefónica previa a la
liberalización. Tardaba lo que le daba la gana (no menos de seis meses)
en instalarte una línea y te cobraba luego una barbaridad por cada
llamada. Hoy entras en una tienda de móviles y, a los pocos minutos,
estás hablando prácticamente gratis. ¿Y cuánto costaba volar en Iberia?
«Como
en el deporte», dice Kaiser, «la competencia sirve para sacar lo mejor
del espíritu humano». Y aunque los agentes menos espabilados corren el
riesgo de desaparecer, «esto es positivo, porque permite a otros más
eficientes usar mejor los recursos disponibles para satisfacer las
necesidades de la población». Esta destrucción creadora puede parecer
cruel, pero piensen en una pastilla que, por un dólar, sanara cualquier
enfermedad imaginable. ¿Deberíamos oponernos a su venta porque vaciaría
los hospitales y dejaría sin ocupación a millones de médicos y
enfermeros? «Es lo mismo que si para evitar que quebraran los
fabricantes de máquinas de escribir, se hubieran prohibido los
computadores».
Marx
propugnaba que uno se hacía rico empeorando la vida de los demás,
arrebatándoles algo que tenían, pero la fortuna de gente como Steve Jobs
o Amancio Ortega se debe a todo lo contrario: a que nos ofrecen algo
que no teníamos. Se han hecho millonarios porque han mejorado nuestras
existencias. Es, por lo tanto, esencial, dice Kaiser, que los
«innovadores, comerciantes y gente de negocios puedan hacerse ricos,
pues solo así podrán enriquecer a todos los demás».
Kaiser
incluso justifica la opulencia más ociosa y ostentosa. «Para muchos»,
argumenta, «los automóviles eran un lujo», una cosa «totalmente
innecesaria, pues los carruajes y caballos hacían la tarea». Sin
embargo, si se hubiera prohibido su compra a los pocos excéntricos que
podían permitírselo, la industria no habría dispuesto de los recursos
necesarios para mejorar la tecnología, reducir los costes y democratizar
su uso.
«Si
hay una lección que evidencia la historia», concluye, «es que, en todas
las épocas, han existidos demagogos que explotan en beneficio propio la
envidia de ciertos grupos y las buenas intenciones de personas ingenuas
y soñadoras que, por ignorancia económica, terminan apoyando ideas que
perjudican precisamente a quienes supuestamente han de ayudar».
BLOG ORLANDO TAMBOSI


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