Há 3.500 anos a hora vem sendo usada, politizada e convertida em arma. David Rooney demonstra isto em 12 exemplos em seu novo livro. David Barreira para El Cultural:
Una
tarde de febrero de 1894, el portero y dos de los astrónomos del Real
Observatorio de Greenwich, en Londres, salieron corriendo del edificio
hacia un camino donde se elevaba una columna de humo. Allí se
encontraron una estampa espantosa:
un hombre con los intestinos reventados, los nervios colgando y el
omóplato que le sobresalía por un agujero en la espalda. Fue trasladado a
un hospital cercano, donde murió veinticinco minutos después. Nunca
dijo lo que había ocurrido.
Su
nombre era Martial Bourdin, un anarquista francés, y su verdadero
objetivo, hacer estallar con una bomba casera el reloj público del
observatorio. Probablemente sus planes se vieron truncados por un
tropezón mortal. ¿Pero cuáles eran sus motivaciones? Los gobernantes
occidentales habían decidido una década antes que Greenwich sería el
meridiano cero y todos los pueblos del mundo debían marchar al ritmo de
ese reloj.
Tres
días atrás, otro anarquista llamado Émile Henry había atentado en un
abarrotado café parisino con los mismos medios. En su juicio defendió
que su movimiento social era "la reacción violenta contra el orden
establecido". Y qué mejor ejemplo de ese orden, explica el historiador
David Rooney, que el trabajo de los científicos
que realizan mediciones. El ataque contra el observatorio fue, por lo
tanto, "un golpe contra el imperialismo científico patrocinado por el
Estado".
Respaldan
esta explicación las palabras disparadas en 1944 por el también
anarquista canadiense George Woodcock: "El reloj es un elemento de
tiranía mecánica en la vida de los hombres modernos más potente que
cualquier explotador individual o que cualquier otra máquina".
El
episodio del fallido ataque contra el observatorio londinense resume
una de las principales tesis del libro del investigador británico,
titulado A tiempo. Una historia de la civilización en doce relojes
(Alianza): la hora ha sido utilizada, politizada y convertida en un arma
durante miles de años. En concreto, apunta que en los imperios de todo el globo
los relojes públicos, erigidos en lo alto de torres o edificios
céntricos, organizaron la vida de la gente y proyectaron un mensaje de
poder y orden.
La narración despega en la Antigua Roma
en el año 263 a.C. En las campañas iniciales de la Primera Guerra
Púnica, el cónsul Manio Valerio Máximo había logrado conquistar la isla
de Sicilia, dominada por Cartago. En el botín incluyó un reloj de arena
que al llegar a la Urbs mandó colocar sobre una columna triunfal del
Foro. Pero si en ese contexto celebratorio representaba el poderío
militar de la República, este instrumento, al que se le sumaron decenas
más por toda la ciudad, empezó a regir las actividades diarias de los
romanos. Una tecnología de precisión que no tardaría en suscitar
mordaces comentarios de escritores y dramaturgos. Uno de ellos incluso
pidió que los "odiosos" dispositivos fueran derribados.
Relojes y religión
Desde Babilonia y el Antiguo Egipto hasta el Raj británico,
donde se construyeron más de un centenar de torres, los relojes —de
agua, de sol, acústicos, mecánicos, etcétera— han sido un mecanismo de
proyección del poder político. Abdul Hamid II, uno de los últimos
sultanes del Imperio otomano, fomentó un gran programa de construcción
de este tipo de monumentos a finales del siglo XIX. Eran, según se podía
leer en una inscripción, "una obra maestra tan enorme que no tiene
parangón. Aparentemente, un reloj da la hora, pero en definitiva es el
gobierno tocando las campanas".
El
interesante, vertiginoso y personal ensayo de Rooney disecciona las
historias de doce relojes separados por abismos temporales y
geográficos, en las que se revela un aparato de mayor significado que el
de simple contabilizador del tiempo. El historiador explica cómo el
reloj de la Bolsa de Valores de Ámsterdam anunciaba ya en 1611 el
nacimiento del capitalismo moderno; y se sirve de la gran torre de La
Meca, mucho más grande que el Big Ben e inaugurada en 2012, con la que
se reivindicó la función central del mundo del meridiano de Greenwich,
para recordar el péndulo de la supremacía de las naciones.

Y
si los relojes hunden sus raíces en la relación con el poder, también
son inseparables de la fe y la religión. Uno de los capítulos más
interesantes del libro es el dedicado a la revolución silenciosa de los
relojes de arena en la Edad Media.
La representación más antigua conocida de uno de estos dispositivos la
pintó Ambrogio Lorenzetti en 1338 en el Palazzo Pubblico de Siena. Lo
sostiene una Templanza antropomorfa y alertaba de que el tiempo se
estaba agotando.
Pero
de constituir un mensaje de moderación y autocontrol, la templanza pasó
a definir en pocos años la existencia más divina. Fue el monje Heinrich
Suso, autor de El reloj de la sabiduría (c. 1334), un tratado moral
profundamente influyente, el responsable de equiparar esta virtud con la
sabiduría y con el propio Jesucristo. Es decir, una vida templada era
una vida mejor. Ese mensaje se perfeccionó con la aparición del reloj
mecánico, que en medio siglo arraigó en el imaginario europeo.
No
obstante, el reloj de arena terminaría por adquirir un papel simbólico
adicional, muy influido por el arte: el de la finitud humana. Lo
ejemplifica el escalofriante cuadro El triunfo de la muerte, de Pieter
Brueghel el Viejo. A la izquierda de la infernal escena, emergen dos
esqueletos —uno detrás de un rey caído y otro que conduce un carro lleno
rebosante de cráneos humanos— que sostienen uno de estos instrumentos.
La parábola se resume en que la Muerte es el futuro de todos: viejos y
jóvenes, ricos y pobres, hombres y mujeres. Y los relojes nos lo
recuerdan.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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