A vida privada de um esceitor não está em sua biografia, mas em seus livros. No caso de Vargas Llosa, seu primeiro matrimônio inspirou um divertidíssimo romance com caráter precursor. Rafael Narbona para El Cultural:
La
vida privada de un escritor no está en su biografía, sino en sus
libros. Nunca me han interesado las peripecias sentimentales o la
historia familiar de los creadores. Solo merecen ser estudiadas cuando
se cruzan con sus obras, transformándose en materia artística. En el
caso de Vargas Llosa,
su primer matrimonio –nada menos que con su tía Julia, que le sacaba
diez años- inspiró una novela divertidísima y con un carácter precursor.
La tía Julia y el escribidor apareció en 1977, cuando aún no se hablaba
de la novela del yo, ni de la posibilidad de mezclar ficción y
realidad, difuminando las barreras que separan los hechos de las
ensoñaciones. Vargas Llosa aprovechó su experiencia para hablar sobre el
erotismo y los riesgos de la creación artística, un deicidio que
amenaza la cordura del que se atreve a inventar personajes, territorios y
tramas, usurpando una tarea reservada a los dioses. Ambientada en el
Ochenio de Manuel Odría, una dictadura militar que combinó el
autoritarismo, el populismo y las fórmulas económicas liberales, La tía
Julia y el escribidor narra un romance escandaloso, que provocó un
cataclismo familiar, y, además, aborda la áspera confrontación del joven
Mario con su padre, un hombre intransigente y violento que percibía la
vocación literaria de su hijo como una peligrosa extravagancia. Su
determinación de que siguiera otro camino llegaría a incluir –si la
memoria no me engaña- una estrafalaria persecución por Lima con una
pistola en la mano. El padre prefería matar a Mario antes que tolerar
que se convirtiera en un literato, un oficio que deshonraría a la
familia, pues pensaba que escribir solo era el primer paso hacia una
vergonzosa homosexualidad.
La
tía Julia y el escribidor es una temprana novela del yo, donde lo
autobiográfico y lo histórico conviven con lo disparatado e insólito.
Una fiesta literaria que me costó un suspenso en matemáticas, pues
siempre que podía abandonaba el árido terreno de las abstracciones para
adentrarme en unos capítulos tan hilarantes como una comedia de Jardiel
Poncela o una novela de Wenceslao Fernández Flórez. Leyendo La tía Julia
y el escribidor me pregunté qué era más doloroso: la pérdida prematura
de un padre querido o la colisión con un padre intolerante y brutal. Yo
perdí a mi padre con casi nueve años por culpa de un infarto de
miocardio. Su muerte abrió un vacío que se ha prolongado hasta hoy, pero
no se trató de un dolor infructuoso, sino de una herida fecunda. Sin la
biblioteca que me legó –unos cinco mil libros con dedicatorias de
Baroja, Torrente Ballester, Aleixandre, Buero Vallejo, Cela o Carmen
Laforet- no habría descubierto los libros, los principales proveedores
de felicidad que he conocido. Mi padre es un escritor olvidado con un
pequeño nicho en la posteridad. Con una calle en Córdoba y otra en San
Miguel de Salinas, Orihuela, sus libros ya no se leen, pero ahora flotan
en el mundo digital, como pequeñas islas que recuerdan la resistencia
del ser humano a ser devorado por el olvido. Con la perspectiva de los
años, ahora creo que siempre es preferible la pérdida al enfrentamiento,
el desconsuelo a la frustración. Yo solo viví ocho años y ocho meses
con mi padre, pero los recuerdos que conservo de esa época, más
abundantes de los que se puede presuponer por la escasa edad que tenía
entonces, han pervivido como una experiencia de felicidad y complicidad.
Nunca le tuve miedo a mi padre y siempre esperé con ilusión sus
apariciones. Cuando volvía del trabajo, solía traerme algún detalle que
compraba en los puestos callejeros que existían en el Madrid de los
sesenta, pequeños y precarios establecimientos donde convivían los
indios y vaqueros de plástico con los coches de juguete, las barras de
regaliz, los tirachinas y las pistolas de agua. Vargas Llosa no conoció
la alegría de esperar a un padre querido. De hecho, muchas veces se
metía en la cama vestido y fingía que dormía para no hablar con él.
Mimado y agasajado por la familia de su madre, la inesperada aparición
del padre cuando él tenía once años le reveló la existencia de la
violencia, el despotismo y la arbitrariedad.
En “La sombra del padre”, un artículo recogido en Piedra de toque,
Vargas Llosa confiesa: “Tuve una relación desastrosa con mi padre, y
los años que viví con él, entre los once y los dieciséis, fueron una
verdadera pesadilla. Por eso siempre envidié a mis amigos y compañeros
de infancia y adolescencia, que se llevaban bien con sus progenitores.
[…] Probablemente desde esa época se me ocurrió pensar que una buena
relación con el padre debe dejar en quienes la viven algo positivo en el
carácter, tal vez eso que llaman buena entraña”. Vargas Llosa ha
contado que su padre buscó la reconciliación en los últimos años, pero
él rehusó concederle el encuentro que le solicitaba. Imagino que fue una
decisión difícil. En algún lugar he leído que tal vez debería haber
sido más comprensivo, teniendo en cuenta el esfuerzo que representaba
para un hombre como su padre realizar un gesto susceptible de ser
interpretado como una claudicación. Es imposible retroceder en el
tiempo, cambiar algo que desearíamos no haber hecho o hecho de otro
modo, pero cabe preguntarse si somos realmente libres, si decidimos
nosotros o son las circunstancias las que nos empujan en una u otra
dirección. Algunos han apuntado que Vargas Llosa no habría escrito sin
el maltrato de su padre. Para el niño atemorizado que se refugiaba
debajo de las sábanas, la lectura constituía –según sus palabras- “un
refugio, un lugar donde podía vivir otras vidas”. Vidas diferentes donde
la soledad y la amargura se desvanecían temporalmente. Primero fue
Jules Verne; después vendría Víctor Hugo. Frente a la devastación
provocada por la incomprensión y la violencia, surgiría un nuevo
continente: la literatura. Paradójicamente, ese continente creció cuando
Ernesto Vargas Maldonado, padre de Mario, lo envió al colegio militar
Leoncio Prado. Allí descubrió que la ferocidad del ser humano desbordaba
su experiencia de niño maltratado y que la literatura era un territorio
más vasto de lo que había imaginado, pues acogía sin límites a todos
los que llamaban a sus puertas, huyendo de la realidad.
Sería complicado explicar lo que representó para mí La ciudad y los perros.
Publicada en el mismo año en que yo nací, 1963, creo que la leí a los
diecisiete años, cuando finalizaba mis estudios de bachillerato en un
colegio de curas del centro de Madrid. Si Crimen y castigo, de
Dostoievski, me reveló que la única patria que yo deseaba habitar era la
literatura, La ciudad y los perros me enseñó que el libro era el camino
ineludible para conocerme mejor a mí mismo. Ambas novelas me parecieron
perfectas, a pesar de sus diferencias. Dostoievski había escrito un
folletín sin cuidar apenas la estructura, pero los defectos formales
palidecían ante la intensidad de unos personajes que afrontaban los
dilemas más trágicos. Vargas Llosa sí era –con solo veintiséis años- un
maestro en la arquitectura narrativa. No dejaba ni un hilo suelto, pero
ese prodigio no me parecía tan asombroso como su mirada sobre el ser
humano, que no esquivaba ningún abismo ni caía en simplificaciones ni
maniqueísmos. Vargas Llosa no condena ni absuelve. Incluso El Jaguar,
que asesina a un compañero por la espalda, comparece en toda su
humanidad. Hijo de la marginación y la miseria, ama con pasión y
sinceridad a una mujer insignificante y cuando comprende que su crimen
ha sido abominable, se confiesa ante el teniente Gamboa, que le deja
marchar, pues sabe que el joven cadete de ojos de un azul violento
también es un perdedor, una víctima más de un país injusto y desigual, y
de una academia militar que exacerba los desencuentros. Si Crimen y
castigo es una novela sobre la culpa y la redención, La ciudad y los
perros es una obra sobre la imposibilidad de expiar los errores, pues en
la vida real no hay segundas oportunidades.
Mi
colegio no era el Leoncio Prado, pero muchos de los profesores eran
militares retirados, excombatientes del bando franquista. Los castigos
físicos eran moneda corriente: bofetadas, capones, tirones de pelo,
reglazos. Nunca nos llamaban por nuestro nombre. En su lugar, utilizaban
el apellido o el número asignado en las listas de cada clase. En el
patio nos alineábamos militarmente, doblando los codos para guardar la
distancia adecuada. Subíamos a las clases en hileras, cantando himnos
patrióticos. Entre las secciones de cada curso había unas rivalidades
tremendas, que se saldaban con peleas a puñetazos y patadas. La
debilidad solo despertaba desprecio. Por los baños circulaban las
revistas eróticas de la época y a veces nos colábamos en la sacristía
para beber vino y comernos las hostias sin consagrar. Yo fui muy
desgraciado en ese ambiente. En mi casa, jamás me habían pegado. Por
eso, siempre que podía rehuía las peleas con mis compañeros. Mi único
consuelo era la literatura. La lectura de La ciudad y los perros, lejos
de deprimirme, me ayudó a sobrellevar mi estancia en el colegio,
mostrándome que había mundo más allá del machismo, la estupidez y la
violencia.
La
vida privada de Vargas Llosa –insisto- está en sus libros. La otra, la
que a veces se airea con inequívoca malicia, solo le pertenece a él y a
mí, sinceramente, me trae sin cuidado. Nunca he sentido curiosidad por
los amores y desengaños ajenos. Celebro la libertad con la que actúa
Vargas Llosa. Su ruptura con el marxismo le acarreó las iras de la
izquierda más intolerante, que le difamó miserablemente. Se llegó a
decir que estaba al servicio de la CIA. Se afirmó lo mismo de Octavio
Paz, otra insensatez. Vargas Llosa hizo su viaje a Siracusa, transitando
del comunismo al liberalismo, sin convertirse en un reaccionario.
Siempre ha mantenido un firme compromiso con la libertad, la democracia y
los derechos humanos, criticando sin tregua el racismo, la xenofobia y
la discriminación de la mujer, los homosexuales y otros grupos
vulnerables. No comparto su fe en las recetas económicas del
neoliberalismo, pero tampoco creo en una economía dirigida basada en
impuestos abusivos. Creo que la mejor fórmula es la economía social de
mercado, donde las políticas solidarias conviven con la libre
competencia y se premia el esfuerzo y el mérito. Recuerdo con admiración
los artículos de Vargas Llosa sobre Nelson Mandela y sobre Drieu La
Rochelle. Mandela ha pasado a la historia como un símbolo de
reconciliación entre enemigos con una larga historia de odios y
agravios. Drieu La Rochelle, como un ejemplo de que el talento literario
puede coexistir con la vileza moral y la perversión ideológica. Durante
mis dos décadas de profesor de filosofía en centros de enseñanza
pública, utilizaba los artículos de Vargas Llosa en mis clases de ética
para exaltar la convivencia democrática y el respeto a la dignidad del
ser humano. Los leía en clase y nunca producían indiferencia. Los
alumnos, chicos de quince o dieciséis años, agradecían su claridad y su
firmeza.
Vargas
Llosa es indiscutiblemente el mejor novelista vivo en lengua
castellana. Después de recibir el Nobel, ha continuado escribiendo,
alumbrando creaciones tan notables como Tiempos recios.
No es una novela tan redonda como La guerra del fin del mundo o La
fiesta del chivo, pero refleja una vez más el magistral dominio de la
técnica narrativa y las grandes dotes para la introspección que han
caracterizado toda su trayectoria. A pesar de su admiración por Estados
Unidos, Vargas Llosa muestra con crudeza su reprobable intromisión en la
vida política de Guatemala, organizando un golpe de estado contra
Jacobo Árbenz, el presidente legítimo. Creo que la obra maestra de
Vargas Losa es Conversación en La catedral.
Publicada en 1969, compone un ambicioso fresco del Perú bajo la
dictadura de Odría, oscilando entre la crítica social y política, y la
exploración de las pasiones humanas desde una perspectiva irónica y nada
moralista. Es una indagación sobre el mal y la derrota, la corrupción y
la ética, la libertad y las fuerzas históricas que actúan sobre el
individuo, recortando su capacidad de elección. Una de las grandes
novelas del siglo XX que sitúa al escritor peruano a la altura de
Faulkner, Joyce o Thomas Mann. Una pieza de alta relojería con un latido
profundamente humano.
Vargas
Llosa ha manifestado varias veces que no tiene miedo a la muerte y que
espera morir con la pluma en la mano, trabajando en un nuevo libro. Solo
le pido a la muerte que sea considerada y le deje poner el punto final.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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