blog ORLANDO TAMBOSI
A vanguarda parece determinada a nos empobrecer e a limitar nossa liberdade. Um desafio frente ao qual só cabe opor a política que apela ao povo. Javier Benegas para The Objective:
Nos hemos acostumbrado, o tal vez nos han acostumbrado, a percibir el populismo
invariablemente como una actitud política extremadamente peligrosa. Un
populista sólo puede ser entendido como el político que promueve medidas
destinadas a ganar la simpatía de la gente, aun cuando esas medidas
socaven la democracia y acaben perjudicando a la propia gente que las
apoya.
Sin
embargo, el populismo no es por definición negativo o peligroso, puede
ser muy útil, incluso puede ser necesario, en especial en aquellas
sociedades en las que la política, lejos de ser esa actividad dedicada a
analizar problemas y proponer alternativas, se ha vuelto inoperante o,
peor, contraproducente porque no atiende a problemas reales sino a
intereses marginales.
Es
cierto que buenos políticos populistas ha habido muy pocos, aunque
ciertamente los ha habido. La razón es que el populismo bien entendido,
lejos de ser un recurso fácil, representa un enorme desafío para el que
muy pocos son aptos. El político populista, además de tener ciertas
cualidades, como don de gentes y capacidad para explicar la naturaleza
de los problemas de manera que casi todo el mundo pueda entenderlos, ha
de trabajar duro para, con la ayuda de terceros, adquirir un
conocimiento certero de la situación y atinar en las propuestas.
Por
si esto fuera poco, además el político populista necesita ser radical
porque su razón no es practicar la política ordinaria en un país que
funciona con normalidad, sino afrontar situaciones límite que ponen en
grave riesgo la libertad y el bienestar de sus conciudadanos. Ocurre que
radical es otro término que no goza de buena prensa. No hay nada que
más tema un político con aspiraciones de llegar al poder por el mero
automatismo de la alternancia que ser tachado de radical, porque teme, y
con razón, que esa etiqueta le deje sin turno pues, al fin y al cabo,
poco o nada tiene que ofrecer.
Sin
embargo, también aquí las palabras no son lo que parecen. Radical
literalmente es aquel que es partidario de reformas extremas,
especialmente en sentido democrático. Y en una democracia donde las
instituciones y la política se han degradado de forma extraordinaria
cualquier iniciativa que aspire a revertir la situación será por fuerza
radical. Y no porque lo sea en sí misma, sino porque la situación es
extrema.
Esta
dificultad a la hora de practicar el buen populismo hace que la inmensa
mayoría de los aspirantes sólo alcancen a representarlo pésimamente.
Pueden, si acaso, señalar problemas y hacer ostentación de su amor al
pueblo, pero sus propuestas, o bien son brindis al sol, o bien, de ser
auténticas, abundan en el error.
De
alguna manera, hoy casi todos los políticos son malos populistas porque
se limitan a decir lo que creen que la gente quiere oír y, a la hora de
la verdad, no mitigan los problemas; en el mejor de los casos, los
dejan como están y en el peor, los agravan. Faltaría, si acaso, el
ingrediente de la radicalidad. Pero, a su manera, también lo poseen.
Aunque cuiden las formas, su tendencia a recurrir a las más severas
admoniciones, si no se les vota, los convierte en extremistas.
Pero
el uso del término populismo para desacreditar a todo aquel que se
salga del recuadro revela, sobre todo, una pretensión incompatible no ya
con la democracia, sino con la más elemental participación del pueblo
en los asuntos públicos. Esta pretensión consiste en convencernos de que
los problemas que afrontamos son demasiado complejos como para que la
acción política tenga en cuenta nuestra opinión. De esta forma, la
política puede quedar restringida a una vanguardia convenientemente
acreditada que no sólo determinará los problemas presentes y cómo
abordarlos, sino que estará facultada para identificar riesgos futuros
y, en consecuencia, confeccionar políticas a aplicar de forma
anticipada.
Así,
la vanguardia justifica su desatención sobre aquello que el común
considera prioritario, incluso puede dictar leyes y normas que le
supongan graves perjuicios. Y lo hará por su bien porque, como
vanguardia, va varios pasos por delante y ve mucho más allá de lo que la
gente, absorta como está en sus pequeños asuntos, es capaz de ver.
Es
esta vanguardia la que argumenta que el populismo es peligroso porque
propone invariablemente soluciones simples a problemas complejos, esos
problemas que, por su puesto, el común es incapaz de comprender. Pero
frente a esta acusación se contrapone una realidad: que el populismo
surge precisamente porque la vanguardia desprecia al común, sólo atiende
a sus proyecciones sobre el futuro para distraer su inoperancia
respecto del presente.
«Lo extraordinario es que esta vanguardia se califique a sí misma de progresista cuando todas sus políticas resultan regresivas»
Si
ya es complicado, incluso para los especialistas en la materia,
determinar los resultados de una medida aislada, confeccionar planes que
entrelazan infinidad de medidas para abordar desafíos futuros, no ya a
años, sino a décadas vista, difícilmente acabará bien. Pero ¿cómo puede
el común discriminar si determinadas políticas son acertadas o
equivocadas cuando están destinadas a atender lo que está por suceder?
Sencillamente, no puede. He ahí el truco. Pero sí puede comprobar si le
facilitan o complican la vida en el presente. Y lo cierto es que, por lo
general, se la complican cada vez más. Por eso el populismo tiene una
nutrida clientela.
En
realidad, la vanguardia, que se presenta a sí misma como empírica y
racional, resulta bastante taumatúrgica. Al fin y al cabo, confiar en su
clarividencia es un acto de fe: exige que creamos en aquello que no
podemos ver, que demos pábulo a sus profecías. Es como un augur que nos
advierte de terribles males venideros en base a hipótesis y a cálculos
tan enrevesados que algunos prefieren validarlos, aun sin comprenderlos,
por lo que pueda suceder. Después de todo, si las intenciones son
buenas, ¿cómo puedes oponerte?
Con
todo, lo más extraordinario es que esta vanguardia se califique a sí
misma de progresista cuando prácticamente todas sus políticas,
orientadas como están a prevenir el apocalipsis que ella misma
profetiza, resultan regresivas para la industria, la agricultura, la
ganadería, el comercio y, en general, el crecimiento económico y la
prosperidad.
De
hecho, la vanguardia no tiene reparo en señalar al crecimiento
económico como la principal amenaza de nuestro tiempo, aunque se cuida
mucho de contraponer expresiones que dulcifiquen esta conclusión, como
crecimiento sostenible. En la práctica, la vanguardia vacía la idea de
progreso convirtiéndola a todos los efectos en una religión que exige
actos de fe y renuncias, que excomulga a los críticos y enaltece a los
crédulos. Y que por supuesto, cobra mucho más que un diezmo, a los que
son sus feligreses… y a los que no. Porque ese progreso no es como
cualquier otra religión. La vanguardia lo convierte en una religión
obligatoria mediante el poder político.
Es
cierto que a menudo los políticos populistas usan la desesperación del
pueblo como una palanca con la que catapultar su carrera. Pero no menos
cierto es que la vanguardia, con el pretexto de evitarnos terribles
males futuros, parece determinada a empobrecernos y a limitar nuestra
libertad de manera radical. Un desafío frente al que sólo cabe oponer la
política que apela al pueblo, no con falsas promesas, sino explicando
las cosas, enfocándose en las cuestiones ampliamente compartidas para
sumar voluntades, proponiendo alternativas bien trabajadas y devolviendo
el protagonismo a quien corresponde a cambio, claro está, de que asuma
la parte de responsabilidad que le corresponde.
Postado há 3 weeks ago por Orlando Tambosi

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