Em artigo publicado pelo Instituto Cato, Marian L. Tupy y David Deutsch afirmam que a oferta de minerais é teoricamente finita, mas o conhecimento e a criatividade dos humanos não têm limites:
La
población mundial se ha multiplicado por ocho desde 1800, y el nivel de
vida nunca ha sido tan alto. A pesar del aumento del consumo, y en
contra de las profecías de generaciones de maltusianos, el mundo no se
ha quedado sin un solo metal o mineral. De hecho, en general los
recursos se han abaratado en relación con los ingresos en los dos
últimos siglos. Incluso a mayor escala cósmica, los recursos bien
podrían ser ilimitados.
¿Cómo
puede una población creciente ampliar la abundancia de recursos?
Algunas formas son bien conocidas. Consideremos el aumento de la oferta.
Cuando el precio de un recurso aumenta, la gente tiene un incentivo
para encontrar nuevas fuentes. Los geólogos sólo han estudiado una
pequeña parte de la corteza terrestre, por no hablar del fondo de los
océanos. A medida que mejoren las tecnologías de prospección y
extracción, los geólogos e ingenieros llegarán más profundo, más rápido,
más barato y de forma más limpia a minerales hasta ahora vírgenes.
El
aumento de la eficiencia también contribuye a la abundancia de
recursos. A finales de los años 50, una lata de aluminio pesaba cerca de
3 onzas. Hoy pesa menos de media onza. Esa menor masa representa un
considerable ahorro medioambiental, energético y de materias primas. Los
incentivos del mercado motivaron a la gente a buscar oportunidades o
nuevos conocimientos para reducir el costo de un insumo (aluminio) para
producir un producto más barato (una lata de Coca-Cola). La mejora
tecnológica impulsa un proceso continuo por el que podemos producir más
con menos.
La
innovación crea oportunidades de sustitución. Durante siglos, el
esperma de ballena, una sustancia cerosa que se encuentra en la cabeza
de los cachalotes, se utilizó para fabricar las velas que iluminaban los
hogares. Mucho antes de que las ballenas se agotaran, nos pasamos a la
electricidad. ¿Le preocupa disponer de litio suficiente para alimentar
todos los vehículos eléctricos que circulan por las carreteras? Las
baterías de iones de sodio de carga rápida ya están en el horizonte. Hay
mucho más sodio que litio en la superficie de la Tierra o cerca de
ella.
Vivimos
en una era de desmaterialización. No hace mucho, todas las habitaciones
de hotel de Estados Unidos estaban equipadas con un grueso cable de
cobre azul para conectar el portátil del huésped a Internet. Hoy en día,
los huéspedes utilizan Wi-Fi, sin necesidad de cables. Del mismo modo,
el smartphone ha minimizado, si no eliminado, la necesidad de
calendarios, mapas, diccionarios y enciclopedias de papel, así como de
radios de metal o plástico, cámaras, teléfonos, equipos de música,
despertadores y demás.
Quizá
se aprecie menos que, aparte de una minúscula cantidad de aluminio y
titanio que hemos disparado al espacio exterior, todos nuestros recursos
materiales siguen aquí en la Tierra. Puede que se hayan "utilizado"
enormes cantidades de acero para construir nuestros rascacielos, y de
cobre en los cables eléctricos, pero todo ese metal podría recuperarse y
reasignarse. Durante la Segunda Guerra Mundial, 14.000 toneladas de
plata del Depósito de Lingotes de West Point del Tesoro de Estados
Unidos se convirtieron en alambre de plata para electroimanes como parte
del Proyecto Manhattan. Prácticamente toda la plata fue devuelta.
El
sentido común implica que, puesto que ningún recurso físico es
infinito, la despensa acabará por quedarse vacía. Dado que el consumo es
cada vez mayor, llegaremos a un nivel en el que todos los átomos útiles
se incorporarán físicamente a objetos que hagan la vida agradable. ¿No
se estancará el crecimiento económico o se invertirá por completo en ese
punto? No se puede tener un crecimiento ilimitado en un planeta con un
número finito de átomos. ¿O no?
Este
argumento no tiene nada que ver con el problema real de los recursos.
Invoca un futuro hipotético en el que extraemos elementos raros del
núcleo de la Tierra y vaciamos sus océanos para mantener a miles de
millones de seres humanos sedientos. Se trata de un futuro tan lejano
que no es relevante para ninguna política o planificación actual. Hoy,
el cuello de botella no son los recursos físicos, sino el conocimiento
de cómo utilizarlos en nuestro beneficio. No sólo conocimientos
teóricos, sino conocimientos prácticos de ingeniería. Tenemos que
mejorarlos lo antes posible.
Durante
milenios, sabios y charlatanes soñaron con transmutar elementos. En
1919, el físico Ernest Rutherford logró la primera transmutación
artificial al convertir el nitrógeno en oxígeno. Hoy, la transmutación
nos rodea. Los detectores de humo contienen americio, un elemento
artificial producido por transmutación. Los físicos nucleares lograron
la transmutación del plomo en oro hace décadas, aunque el proceso
requiere demasiada energía para ser una alternativa viable a la minería.
Pero
el costo de la energía está destinado a bajar. El sol es un reactor de
fusión nuclear que transforma millones de toneladas de masa en energía
cada segundo. Algún día podremos capturar toda la energía que queramos
mediante paneles solares supereficientes. La dificultad no será cosechar
esa energía, sino deshacernos del calor residual irradiándolo al
espacio. Puede que nos resulte más cómodo fabricar nuestros propios
reactores de fusión. Todos los elementos que se encuentran en la Tierra,
salvo el hidrógeno y el helio, se fabricaron por transmutación en
diversos tipos de estrellas. En un futuro lejano, podríamos utilizar la
fusión artificial no sólo para obtener energía, sino también para la
transmutación artificial, para fabricar los elementos que queramos. Todo
lo que necesitamos es energía abundante e hidrógeno, que abunda en el
agua que cubre la mayor parte de la superficie de la Tierra y es el
elemento más común del universo.
Mucho
antes de que los humanos hayamos extraído todos los átomos útiles de la
corteza terrestre y los océanos, desarrollaremos la sofisticación
tecnológica necesaria para obtener muchos más átomos y energía de
asteroides, planetas y más allá. En ese futuro, como siempre ha
ocurrido, el único cuello de botella será el ritmo de creación de nuevos
conocimientos. Y nada nos impide mejorar también ese ritmo. El
conocimiento es el recurso por excelencia y su creación no tiene
límites.
Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (Estados Unidos) el 20 de julio de 2023.
Postado há 3 weeks ago por Orlando Tambosi
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