Berlin se opunha radicalmente àqueles que estavam convencidos de ter uma resposta para tudo. Alberto Gordo para El Cultural:
Qué
experiencias formaron el pensamiento de uno de los principales
ideólogos liberales del siglo XX? Página Indómita publica Lo singular y
lo plural, un libro de conversaciones, muchas inéditas, de Isaiah Berlin
con el sociólogo Steven Lukes, en el que el filósofo repasa su
biografía vital e intelectual.
Hay una cita en Lo singular y lo plural (Página Indómita) que muestra con claridad el talante de Isaiah Berlin
(Riga, 1909- Oxford, 1997), uno de los grandes pensadores liberales del
siglo XX: "Me aburre leer a la gente que, por así decirlo, es aliada, a
quienes piensan más o menos como yo. Y es que a estas alturas
determinadas cosas parecen básicamente un catálogo de lugares comunes.
Todos las aceptamos, todos creemos en ellas. Lo interesante es leer al
enemigo, porque este atraviesa las defensas, encuentra los puntos
débiles. Me interesa saber qué es lo que falla en las ideas en las que
creo, saber por qué estaría bien modificarlas o incluso abandonarlas".
Henry Hardy, su albacea literario, lo explicó con otras palabras cuando
mencionó "la radical oposición de Berlin a quienes están convencidos de
tener una respuesta para todo".
Para
Roberto Ramos, editor y uno de los traductores junto a Ana González de
Lo singular y lo plural, la importancia de Berlin hoy tiene que ver con
los temas que aborda. Así, cuenta el editor a El Cultural que Berlin,
además de ocuparse de "muchas ideas que todavía condicionan nuestro
presente", habla de cuestiones tan actuales como "el auge de los
enemigos de la sociedad plural, la crisis de la socialdemocracia y el
futuro de una izquierda comprometida con un proyecto común basado en los
valores de la Ilustración y el liberalismo".
Lo
singular y lo plural reúne las conversaciones, muchas de ellas
inéditas, de Isaiah Berlin con el sociólogo Steven Lukes. En un momento
determinado Berlin le explica a Lukes que el primer libro que le
encargaron debía tratar sobre Karl Marx.
Cuenta Berlin que cuando recibió el encargo no había leído "ni una sola
línea" del alemán, así que partió de cero. "Entonces leí a Marx más de
lo que sería recomendable para mí o para cualquiera", dice, si bien a
renglón seguido le reconoce su valor como creador "de un par de grandes
ideas". El editor Roberto Ramos apunta, en el mismo sentido, que en su
relación intelectual con Marx, que fue siempre su gran enemigo
ideológico, "Berlin intenta comprender y ser respetuoso con su
pensamiento".
Para
Berlin existía ciertamente una lucha de clases, pero era un conflicto
al que no se podía reducir todo lo demás. Además Marx, dice, "que era un
genio de la síntesis, erraba al reducir la pertenencia de clase a una
posición en el sistema productivo". La clase sería más bien, en opinión
de Berlin, "una forma de vida en su conjunto, incluyendo el tipo de
lenguaje que emplea la gente, las viviendas que habita, las relaciones
permanentes entre las personas…". Por si fuera poco, concluye, "una
clase se funde con otra con mayor frecuencia de lo que a Marx le gustaba
admitir".
"Cualquiera
que, como yo, hubiese presenciado la Revolución rusa difícilmente podía
sentir atracción por el comunismo", prosigue Berlin en su conversación
con Lukes. Él se consideraba a sí mismo un hombre de izquierdas,
simpatizante del Estado de Bienestar, de un moderado socialismo y del
New Deal de Roosevelt. "Estaba en contra del laissez-faire puro y de
reducir al mínimo el papel del Estado. Al mismo tiempo siempre fue un
activo anticomunista".
El exilio como patria
Berlin
nació en la Riga previa al Holocausto, ciudad perteneciente al Imperio
ruso pero que en realidad era entonces, como recordaría el propio Berlin
más tarde, "fundamentalmente alemana". Allí convivían en relativa
armonía letones, judíos, alemanes y rusos, pero repartidos en diferentes
estratos sociales bien diferenciados. Criado en una familia de judíos
de ascendencia jasídica, su padre, agnóstico, había abandonado la
ortodoxia y se dedicaba a los negocios. Su madre era sionista. En casa,
como era habitual en las familias acaudaladas judías, no se hablaba
yiddish, sino alemán y ruso. De hecho, lo normal era que las familias
judías ricas hablaran alemán, y no ruso, y esto se debía, según le
cuenta Berlin a Lukes, a que la mayoría de los judíos no podía ir a las
universidades rusas, dada la estricta cuota que se les reservaba, así
que sus padres, si tenían los medios, los enviaban a estudiar a
Alemania.
En
1915 toda la familia se mudó a Petrogrado, en donde el niño Berlin
presenció el triunfo de la Revolución rusa. Aunque en las entrevistas
menciona los horrores que presenció, según Roberto Ramos no fueron estas
experiencias las que marcaron su carácter: "Creo que, más que la
revolución -él era un crío entonces-, tiene gran peso su condición judía
y las experiencias del exilio, del auge de los totalitarismos y de la
Guerra Fría", comenta el editor.
Su
exilio real comenzó algo más tarde, cuando, a los once años, llegó a
Inglaterra. Su padre había elegido Inglaterra y no América (destino más
habitual entonces para los judíos que no querían ir a Palestina) por una
declarada anglofilia. Allí, además, "los judíos no eran perseguidos, e
incluso ocupaban posiciones elevadas". Berlin recuerda que "tanto
Inglaterra como Holanda eran países europeos que practicaban un noble
liberalismo". En Inglaterra fue a la escuela y a la Universidad.
Ya
en Oxford tuvo como mentor a Frank Hardie. Según Berlin, era "un
profesor fantástico, extremadamente meticuloso". Su método le sirvió
para afinar esa cualidad tan notable en los textos berlinianos: la
claridad. "En aquella clase, si decías algo que no estaba claro, el
profesor te interrumpía y tenías que aclararlo. Fue un buen
entrenamiento", le cuenta a Lukes. Después, en las clases de Robin G.
Collingwood adquiriría el interés por la filosofía de la historia y, más
tarde, por la historia de las ideas. Esa sería la disciplina en la que,
cual "reportero fiel y empático -según las palabras de Lukes-, dejaría
una de las obras intelectuales más lúcidas y comprometidas del siglo
XX".
En
el libro se detalla también el trabajo de Berlin como funcionario
público. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para el Ministerio de
Información en Washington y después para la Embajada Británica en
Moscú. En Leningrado, en la inmediata postguerra, conoció a Ajmátova,
con la que pasó doce horas charlando sin parar ("fue la conversación más
maravillosa que he tenido nunca", dice). La poeta, que acababa de
sobrevivir al espeluznante cerco de Leningrado, le dedicaría más tarde
algunos poemas. Esos meses en Rusia sometido a permanente vigilancia le
reafirmaron en su idea de que aquel era "el régimen más terrorífico"
bajo el que había vivido, le cuenta a Lukes. Y añade una frase en la que
se condensa la naturaleza real del estalinismo: "Tuve la continua
sensación del horror".
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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