O acadêmico e historiador da ciência José Manuel Sánchez Ron analisa, para El Cultural, a importante contribuição do matemático grego à luz de várias publicações:
Estudié
Física, carrera en la que abundan los cursos de Matemáticas. No lamento
en modo alguno haber elegido estudiar la ciencia de Newton y de Einstein,
ni aunque tras algunos años de haberme dedicado a la investigación en
Física Teórica, opté por la Historia de la Ciencia. La Física nos
enfrenta como ninguna otra ciencia a nuestras limitaciones, a la vez que
a nuestras inmensas posibilidades.
Limitaciones
de las que la naturaleza nos alerta comportándose de maneras que no
habíamos podido imaginar. Immanuel Kant pensó que la mente humana impone
“filtros” –los célebres a priori kantianos–, que él creía que estaban
representados por la geometría tridimensional plana (o euclidiana) y las
leyes del movimiento que había establecido Newton en su gran libro de
1687, Principios matemáticos de la filosofía natural.
Leyes de la naturaleza
Era
una suposición razonable, pero las leyes que obedece la naturaleza no
tienen por qué coincidir con nuestros modos más básicos de entender; de
hecho, el desarrollo de la física ha terminado sustituyendo la idea de
que el Universo obedece a la geometría tridimensional plana de Euclides
por una geometría curva de cuatro dimensiones, según establece la teoría de la relatividad general (Einstein, 1915), y reemplazando las leyes de la dinámica newtoniana por las de la relatividad especial (Einstein, 1905).
Si
hay un ejemplo particularmente transparente de que no podemos intuir
cuáles son las leyes que obedecen los fenómenos que tienen lugar en la
naturaleza, este es –lo he señalado varias veces en estas páginas– el de
la mecánica cuántica. Los físicos la aprendemos en los cursos en los
que se nos enseña, y mediante los libros que estudiamos nos
acostumbramos a resolver con ella problemas, superando los criterios
cognitivos a los que estamos habituados, producto de nuestra relación
directa con lo que nos rodea, que son en gran medida ajenos a los que
establece la mecánica cuántica.
Datos experimentales
Una
de las tareas que me planteé como historiador de la Ciencia fue
comprender cómo fue posible que se llegase a formular una teoría tan
contraintuitiva. Tras no pocos esfuerzos, pude entender (escribí un
libro sobre ello) que fue el fruto de un largo proceso en el que la
“guía” que dirigió las construcciones teóricas fueron los datos
experimentales.
La
Física es, en definitiva, una disciplina constituida por proposiciones
(leyes) falibles, con una indispensable base experimental, pero la
Matemática no es así; los procedimientos que emplea y los resultados a
los que llega son “seguros”, inevitables dentro de su estructura
interna, de los axiomas sobre los que se construye. Un sistema
matemático, si no contiene fallos, deficiencias de carácter lógico,
permanece inalterable para siempre.
La paz de la matemática
Como
decía, me enseñaron mucha física y no pocas matemáticas. Terminé
entendiendo que la primera es como una cura de humildad, que nos
recuerda los límites de nuestro entendimiento, que nuestra mente no
puede “imaginar el Universo” sin mirar lo que hay en él. Pero la
Matemática me dio siempre paz, y he llegado a pensar que es, en
realidad, algo así como una ventana abierta a los “pilares” últimos de
la naturaleza.
Para
que me entiendan, utilizaré una historia maravillosa, la que Platón
presentó en el capítulo VII de su libro La República: el mito de la
caverna. Allí, Platón animaba a considerar que lo que observamos acaso
no sea sino sombras de la auténtica realidad, a la que no podemos
acceder, encadenados como estamos a nuestras limitadas facultades
cognitivas. Por supuesto, no sabemos si esto es así, y me parece dudoso
que alguna vez seamos capaces de saberlo, pero ¿no serán los constructos
matemáticos lo único que se nos revela directamente, que no son
sombras?
Infinitas vidas
Me
ha animado a tratar estas cuestiones la reciente publicación de un
libro dedicado al texto matemático por excelencia: los Elementos de
Euclides: Las infinitas vidas de Euclides. Historia del libro que forjó
nuestro mundo (Shackleton Books, 2022), de Benjamin Wardhaugh. En
realidad no se sabe a ciencia cierta si es correcto decir “de Euclides”,
pues de su biografía se ignora casi todo; sí que vivió, en torno al 300
a. C., en Alejandría, la ciudad de la mítica biblioteca en la que se
reunió prácticamente todo el saber existente por entonces.

Edición de los 'Elementos' de 1482. Del libro 'Las infinitas vidas de Euclides'
Wardhaugh
expresa la opinión que han sostenido prácticamente todos los
historiadores del pasado cuando escribe que Euclides “recopiló todo el
material más sencillo conocido por los geómetras griegos de su tiempo y
lo reunió en un solo libro, además de organizarlo adecuadamente, tanto a
una escala general como a una escala más detallada”, y aunque
seguramente añadió algunas cosas de su propia cosecha, “hoy nadie puede
identificar con seguridad qué puede ser lo nuevo y qué lo anterior”.
Pero ¡qué importa que tomara resultados de otros! Lo admirable es la
organización del libro, que se constituyó en modelo de cómo
sistematizar, mediante teorías, el conocimiento científico.
Múltiples ediciones
Desde
que el impresor alemán afincado en Venecia, Erhard Ratdolt, publicase
en 1482 la primera edición impresa –una versión en latín– de los
Elementos, ningún libro, salvo la Biblia, ha sido objeto de más
ediciones. Y si ese texto religioso ha influido en millones y millones
de mentes y en la historia de la humanidad, otro tanto se puede decir de
los Elementos, que ha experimentado todo tipo de sucesos.
Ha
sufrido, o se ha beneficiado, de ampliaciones y simplificaciones; los
axiomas de los que parte han sido estudiados repetidamente, en
particular el quinto postulado, el de las paralelas, que finalmente en
el siglo XIX se comprobó que podía ser sustituido por otros, que dieron
lugar a geometrías no euclidianas; ha servido de modelo de cómo se debe
organizar el conocimiento, no solo para alcanzar certeza sino también
claridad (se han publicado libros con títulos como El Euclides de la
medicina, Elementos de jurisprudencia o Elementos de teología; también Spinoza intentó
en su Ética seguir su estructura organizativa); inspiró
irresistiblemente a los jóvenes Bertrand Russell y Albert Einstein, que
vieron en él una prueba del poder del intelecto humano.
Y,
no lo olvidemos, versiones simplificadas sirvieron de texto de
enseñanza en las escuelas. Y es que si moldear el carácter es
importante, hacer lo propio con la mente no lo es menos.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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