Os melhores dias da cultura ocidental, escreve David Rieff na Letras Libres, ficaram para trás. E, se há uma nova cultura a ponto de nascer, não virá do woke, do "antirracismo", da nostalgia neotribalista e de noções de raça:
Con
disculpas a Christopher Caudwell (el crítico marxista británico, que no
debe confundirse con el escritor conservador estadounidense Christopher
Caldwell)
Solo
el 8% de los estudiantes universitarios del Reino Unido se matricula en
asignaturas de humanidades. Este es el contexto en el que se disputan
las guerras culturales: como dijo Borges de la Guerra de las
Malvinas/Falklands, son dos calvos que se pelean por un peine. Esto no
significa que los temas en disputa no sean importantes. Ni mucho menos.
La locura de lo woke y las inanidades bárbaras sobre el “antirracismo”
(¡atención a las comillas!) van camino de destruir la alta cultura en la
anglosfera y probablemente también en partes de América Latina y
Occidente, aunque en esas regiones haya un empuje cultural que casi ha
desaparecido en la anglosfera. Eso se debe a que la mayor parte de la
derecha de Estados Unidos, Canadá y Australia no está más comprometida
con la alta cultura que con la preservación del medio ambiente, mientras
que, en Europa Occidental y América Latina, la alta cultura no es, al
menos desde hace un siglo, un monopolio de la izquierda, si no una
monocultura, por utilizar la expresión que el crítico Harold Rosenberg
utilizó una vez para describir a los intelectuales judíos. Por el
contrario, desde Borges hasta Houellebecq, sigue viva una tradición
conservadora en Europa occidental y América Latina, mientras que en la
anglosfera, una vez que se pasa de Chesterton, Eliot, Flannery O’Connor y
Walker Percy, los restos culturales son realmente escasos.
Sin
embargo, es probable que dentro de cincuenta años estas guerras
culturales se parezcan más a los últimos espasmos de un pez que aletea
desesperadamente en sus últimos momentos en la cubierta de un pesquero
que al conflicto ideológico y ético existencial que tan a menudo parece
ser hoy. Seamos sinceros por una vez: lo que se ofrece hoy en día en
términos de cultura contemporánea a ambos lados de la línea de batalla
woke/anti-woke es una sombra de la cultura del pasado. Eso no quiere
decir que no haya gente con talento en ambos bandos. Pero si somos
rigurosos, decir que los mejores días de la cultura occidental han
quedado atrás es solo constatar un hecho. No hay nada inusual en ello.
Las culturas y las civilizaciones son tan mortales como los seres
humanos. El gran historiador y político del Renacimiento Guicciardini
dice en alguna parte que un ciudadano no debe llorar la decadencia de su
ciudad. Todas las ciudades declinan, escribe. Si hay que lamentar algo
es que a uno le haya tocado la mala suerte de nacer cuando su ciudad
está en decadencia.
Sin
embargo, un amante de la alta cultura debería tener una visión clara de
la calidad de lo que se produce hoy en día. En el mejor de los casos es
buena, pero no grandiosa. Y un creyente en la gran revolución cultural
de los woke debería ser igualmente lúcido: la fantasía de que la cultura
puede ser en gran medida la representación de lo históricamente no
representado o que el testimonio es arte es una ficción consoladora. En
cierto modo, la fantasía woke es una especie de mezcla infernal de Blake
y Mao Tse Tung: el culto a la experiencia fusionado con el culto a la
revolución cultural. En su peor versión, la cultura woke no es otra cosa
que fantasías occidentales sobre la autenticidad y la nobleza de lo
tribal y lo premoderno, y encima en una época en la que la identidad
racial nunca ha sido tan fluida y en la que el mestizaje de las razas es
cada vez más la norma (véase con quién se casan los judíos
estadounidenses y los japoneses-estadounidenses para ver un caso
extremo). “Por mi raza/pueblo hablará mi espíritu”, escribió el gran
pensador mexicano José Vasconcelos (es difícil transmitir el significado
exacto en inglés de la palabra española “raza”). Pero los woke y los
“antirracistas” se están atando al mástil de una comprensión
esencialista de la identidad justo cuando esta se desvanece en el aire.
Si
hay una nueva cultura a punto de nacer, no vendrá de los woke y del
“antirracismo”, de la nostalgia neotribalista y de nociones de raza que,
tipológicamente aunque por supuesto no jerárquicamente, habrían
complacido al peor científico supremacista blanco del siglo XX. Pero la
alta cultura occidental tampoco ascenderá nunca a las alturas que tantas
veces, y tan gloriosamente, alcanzó en el periodo comprendido entre el
Renacimiento y la mitad del siglo XX. Esa carrera ha terminado. Y la
cuestión es que en algún lugar, en el fondo, todo el mundo lo sabe. Si
tenemos esto en cuenta, ¿por qué, en nombre de Dios, querría uno
estudiar una asignatura de humanidades? Por supuesto, también hay
razones materiales para la muerte de las humanidades. Pero hay que ser
materialista, aunque no demasiado materialista: allegro ma non troppo,
por así decirlo. La vieja cultura está agonizando, y lo que pretende ser
su sucesor ha nacido muerto.
BLOG ORLANDO TAMBOSI
Nenhum comentário:
Postar um comentário