Saber que a morte não é um mal, mas um aspecto da vida e uma necessidade, nos liberta da angústia e do terror. Rafael Narbona para El Cultural:
Se conoce a Montaigne
por su epicureísmo, sabiamente matizado por sus convicciones estoicas.
Su filosofía —si es que su pensamiento admite ese calificativo sin
ejercer violencia sobre su negativa a incluirse en la nómina de Sócrates,
Platón o Aristóteles— se muestra escéptica sobre la posibilidad de
hallar la verdad. De hecho, admite que los grandes misterios, como la existencia de Dios,
superan la capacidad de comprensión del conocimiento racional. No le
parece una desgracia, pues la duda y el límite son el alimento
espiritual de la tolerancia.
Por
el contrario, el que alardea de poseer la verdad absoluta no tarda en
levantar hogueras para combatir las opiniones divergentes. La filosofía
de Montaigne tiene un propósito muy sencillo: explicar en qué consiste
el buen vivir. La felicidad no se obtiene con grandes pasiones ni con
renuncias heroicas, sino con placeres sencillos y un espíritu
benevolente. El arte de buen vivir ha de incluir necesariamente el arte
del buen morir, pues la muerte es el destino final de todos, lo cual
siembra inquietud y zozobra, malogrando muchas veces el gozo que podemos
hallar en un instante de plenitud.
Montaigne se enfrentó a la muerte muchas veces. Perdió a cinco hijos y presenció los estragos de la peste
en Burdeos, donde ocupó el cargo de alcalde. De hecho, la epidemia le
arrebató a su mejor amigo, Étienne de la Boétie, al que había conocido
en los tribunales y con él que se compenetró de tal manera que casi
desapareció la distinción entre uno y otro, creando la sensación de que
componían una sola alma desdoblada en dos cuerpos.
Cuando
Étienne falleció prematuramente, Montaigne escribió desolado: "Desde el
día en que le perdí no hago más que arrastrarme lánguidamente; y aun
los placeres que se me ofrecen, en lugar de consolarme, redoblan mi
dolor por haberlo perdido. Estaba tan hecho y acostumbrado a ser en todo
uno de dos, que ahora me parece ser solamente medio".
En
el libro I, capítulo XIX, de sus Ensayos, Montaigne diserta sobre la
muerte, partiendo de la idea de que filosofar es —como apuntaron
Sócrates, Platón
y Cicerón— preparase para decir adiós a la vida. La verdadera sabiduría
consiste en no tener miedo de morir, pues no hay otra forma de vivir
bien y felizmente. El fin natural de la existencia es el placer, no el
malestar o el sufrimiento. Montaigne se burla de los que identifican la
virtud con el sacrificio y la abnegación. No se vive para sudar sangre,
sino para disfrutar. No de las pasiones turbulentas, que desordenan
nuestro espíritu, sino de los placeres sencillos.
La
perspectiva de la muerte no debería oscurecer la capacidad de hallar
placer en las cosas buenas y nobles. No pensar en la muerte, como hace
el vulgo, no es una buena alternativa, pues la muerte no se olvida de
nosotros y puede interrumpir nuestra rutina en cualquier instante.
Montaigne cita el caso de su hermano, un hombre joven que jugando a la
pelota sufrió un fuerte golpe en la cabeza y murió unos días más tarde.
Si
uno no piensa en la muerte, cuando esta le golpee, arrancándole a uno
de sus seres queridos, sufrirá terriblemente, pues no será capaz de
asumirlo. La muerte no es un enemigo que se pueda evitar. Saldrá a
nuestro paso antes o después. Solo hay una forma de oponerle
resistencia. Frecuentarla continuamente, acostumbrarse a ella.
Montaigne cuenta que la muerte siempre está presente en su cabeza, especialmente en los momentos de alegría y regocijo. Cita el ejemplo de los egipcios,
que en mitad de los banquetes exhibían un esqueleto, invitando a los
comensales a disfrutar de las viandas, pues algún día —quizás muy
pronto— solo serían polvo. La premeditación de la muerte es un ejercicio
de libertad. Nos ayuda a superar la servidumbre del miedo. Saber que la
muerte no es un mal, sino un aspecto de la vida y una necesidad, nos
libera de la angustia y el terror. Si los individuos no murieran, el
mundo no se renovaría. Hay que dejar sitio a los que vienen detrás.
Montaigne
afirma que pensar en la muerte sin temor le permite afrontar la salud
con despreocupación y la enfermedad con indiferencia. Hace tiempo que
aprendió a estar listo para soltar amarras en cualquier instante: "Jamás
nadie se preparó para abandonar el mundo de manera más absoluta y
plena, ni se desprendió más completamente de él de lo que yo me esfuerzo
en hacer". Montaigne anhelaba que la muerte le sorprendiera cuidando
sus coles en su descuidado jardín. Opinaba que para morir en paz hay que
familiarizarse con los cementerios y los cadáveres.
La
naturaleza a veces nos ayuda a encarar nuestro final. Si la muerte
aparece repentinamente, no llegamos a tener tiempo de temerla. Si va
precedida de una agonía lenta, el dolor nos quita el deseo de vivir.
¿Por qué afligirnos cuando estamos a punto de desprendernos de un cuerpo
enfermo? Además, la muerte es breve, casi un parpadeo. ¿Es sensato
empañar décadas de vida por algo que dura tan poco? Lo único que debe
preocuparnos es no llegar al término de nuestra existencia y descubrir
que no hemos sido felices. En su poema El remordimiento, Borges admite haber fracasado en lo esencial:
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz.
Montaigne
habría leído con pesar esos versos. Morir no es nada al lado de la
desdicha. Transitar por el mundo con pesar y melancolía es mucho peor
que extinguirse al concluir nuestro ciclo vital. Las reflexiones de
Montaigne sobre la muerte no han perdido vigencia. Se ha dicho que sus
Ensayos representan el genio de Francia, así como la Comedia de Dante representa a Italia o el Quijote a España.
Yo creo que trascienden el marco de la gloria nacional. Su
universalidad y atemporalidad los ha convertido en patrimonio de todos.
Vivimos
en un tiempo que ignora los consejos de Montaigne sobre la muerte. Los
cementerios se levantan en la periferia de las ciudades, los cadáveres
apenas se exhiben, se lucha contra la biología para frenar el
envejecimiento. "Deja sitio a los otros como te dejaron sitio a ti",
escribe Montaigne. La muerte es imprescindible. Sin ella, no habría
progreso. Cada vida que despunta aporta una perspectiva nueva y
diferente. No hay dos seres humanos iguales. Pensar en la muerte,
preparase para su llegada no es malo, siempre y cuando que se haga desde
la serenidad y la razón.
Morir
no es irracional. Lo irracional sería vivir eternamente, al menos en
este mundo. Los inmortales de Jonathan Swift y Borges son seres
patéticos que han perdido su identidad. Su memoria hace tiempo que dejó
de almacenar datos y ya no es capaz de aprender nada. En una secuencia
infinita, todo se vuelve insignificante y redundante. La finitud es lo
que da sentido a la existencia. Se recuerda a un ser humano por sus
obras y por su forma de morir, que muchas veces expresa su visión más
íntima de las cosas. Cervantes lo comprendió así.
Alonso Quijano muere desengañado. Sabe que su idealismo ha sido
derrotado por el mundo. No renuncia a su sueño caballeresco. Solo
reconoce su impotencia.
Montaigne no era ateo. Creía en Dios y en la vida eterna. Eso sí, renunció a las fintas teológicas, pues estaba convencido de que la razón no puede explicar lo sobrenatural. Sus reflexiones sobre la muerte se atienen a este mundo, no a un hipotético más allá. Pienso que no se equivocaba al recomendarnos que disfrutáramos de los placeres sencillos y nos olvidáramos de las pasiones desbocadas. No debe preocuparnos morir, sino no alcanzar la felicidad. No descuidemos esa meta y no la aplacemos. La muerte puede aguardarnos en el próximo minuto. La dicha, también. Que no nos quite el sueño morir, pero sobre todo no desperdiciemos la oportunidad de gozar de unas flores de almendro, una noche suave de verano o una buena copa de vino.
BLOG ORLANDO TAMBOSI


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