O poeta mexicano foi um dos primeiros intelectuais a denunciar sem titubeios os crimes das autoridades soviéticas, cuja ortodoxia marxista cativou várias gerações. Rafael Narbona para El Cultural:
Cuándo
empezó el idilio entre los intelectuales y el marxismo? ¿Quizás en los
años veinte del pasado siglo, cuando el capitalismo colapsó por culpa de
una descomunal crisis económica? ¿O tal vez antes, cuando se admitió
que la violencia era un recurso legítimo para materializar la utopía de
una sociedad igualitaria y perfecta? El marxismo incorpora a su
filosofía el terror jacobino y la dialéctica de la historia de Hegel,
justificando la guerra revolucionaria. El marxismo cautivó a varias
generaciones de intelectuales, explotando el mesianismo que ya se había
esbozado en el siglo XVIII, cuando se abolieron los dogmas del Antiguo
Régimen para reemplazarlos por nuevos mitos como la voluntad general –o
popular-, la paz perpetua, la igualdad o la infalibilidad de la razón
científica. Durante la posguerra de 1945, los intelectuales se mostraron
implacables con las imperfecciones de los países democráticos, pero
transigieron con las gravísimas violaciones de los derechos humanos
cometidas en la Unión Soviética, alegando que la construcción del
socialismo no podría realizarse sin firmeza contrarrevolucionaria. Es
decir, sin represión y autoritarismo. Octavio Paz
fue uno de los primeros intelectuales que se atrevió a denunciar sin
titubeos los crímenes de las autoridades soviéticas. Al igual que George Orwell,
experimentó un profundo desengaño en España. Durante su participación
en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la
Cultura, descubrió que las milicias populares pasaban por las armas sin
juicio a los que consideraban “fascistas”, un término muy amplio que
englobaba a todas las formas de disidencia. Las tácticas represivas de
socialistas, comunistas y anarquistas apenas diferían de la violencia
fascista. El totalitarismo es un monstruo de dos caras, como Jano. El
fascismo asesinaba en nombre de la Raza; el socialismo, en nombre del
Pueblo. En ambos casos, se utilizaban entelequias para amparar el odio y
la intolerancia.
En marzo de 1951, Octavio Paz publicó en la revista Sur, dirigida por la escritora Victoria Ocampo,
un artículo titulado “Los campos de concentración soviéticos”. Le
inspiró el testimonio de David Rousset, que había sobrevivido a
Buchenwald y había narrado sus penalidades en El universo
concentracionario, gracias al cual ganó el Prix Renaudot. Cuando
descubrió que en la Unión Soviética existían campos de concentración,
Rousset levantó su voz para denunciarlo. Fue la primera persona que
utilizó en Francia el término “Gulag”. El periódico comunista Les
Lettres françaises le acusó de mentir y falsear datos. Rousset presentó
cargos contra el periódico y ganó el juicio. Paz aprovechó la polémica
para recordar que en la Unión Soviética no había libertad sindical ni
derecho de huelga. Las purgas y las deportaciones eran moneda corriente
en el paraíso socialista: “La URSS es joven y su aristocracia todavía no
ha tenido el tiempo histórico necesario para consolidar su poder. De
ahí su ferocidad”. Octavio Paz finalizaba su artículo salvando al
socialismo, una ideología que aún contaba con su simpatía: “La
planificación de la economía y la expropiación de capitalistas y
latifundistas no engendran automáticamente el socialismo, pero tampoco
producen inexorablemente los campos de trabajos forzados, la esclavitud y
la deificación en vida del jefe. Los crímenes del régimen burocrático
son suyos y bien suyos, no del socialismo”.
En
1973, Octavio Paz dio un paso más, escribiendo un artículo sobre el
caso Heberto Padilla, represaliado por la dictadura castrista. Obligado a
incriminarse en público y a repudiar su obra, el encarcelamiento de
Padilla por atreverse a disentir corroboraba la deriva autoritaria del
castrismo: “En Cuba ya está en marcha el fatal proceso que convierte al
partido revolucionario en casta burocrática y al dirigente en césar”.
Octavio Paz no había compartido el entusiasmo inicial de otros
escritores hacia la Revolución cubana. No asistió al famoso Congreso de
La Habana en 1967 y si bien aplaudió la caída de Batista, prefirió
mantener las distancias. El tiempo le dio la razón. La revolución de los
barbudos de Sierra Maestra siguió los mismos pasos que otras
revoluciones comunistas: represión de la disidencia, supresión de las
libertades, dictadura de partido.También en 1973, Paz publica en Plural
una severa crítica contra Jean-Paul Sartre,
que titula “El parlón y la parleta”. Sartre ha cultivado el estilo
hermético de Husserl y Heidegger, pero con el tiempo ha adoptado la
prosa airada del panfleto. Es una especie de Diógenes furioso, que vive
en un tonel de palabras: “Hoy habla a chorros sobre lo que ocurre,
ocurrirá o no ocurrirá en los seis continentes y el porqué de cada
acontecimiento”. Tras criticar el reformismo de Salvador Allende, Sartre
se ha mostrado partidario de coordinar la acción armada de las
guerrillas campesinas y urbanas. Elogia a los tupamaros, que ya han
adoptado esa estrategia, y celebra la clarividencia de Mao, que ha
vencido la tentación burocrática mediante el Libro Rojo, suficientemente
abierto y flexible para garantizar la libertad de pensamiento. Mao
fomenta el culto a su persona, pero no es tan sanguinario como Stalin.
Sartre no se muestran tan indulgente con los escritores “burgueses” como
Baudelaire
y Flaubert. El intelectual debe estar al servicio del obrero y ser él
mismo un obrero. Algo perplejo, Paz se pregunta si el intelectual podría
entonces desempeñar su papel como voz crítica e independiente. Sartre
no se inquieta ante las paradojas o contradicciones. Tampoco rectifica
sus errores. No entiende por qué la clase obrera no apoya la revuelta
estudiantil de Mayo del 68, que propone como modelo político y social la
China de Mao.
En
1974, Octavio Paz publica en Plural “Polvos de aquellos lodos”, un
vigoroso ejercicio de autocrítica sobre los escritores que se adhirieron
al comunismo, desviando la mirada hacia otro lado cuando los hechos
cuestionaban las exaltaciones utópicas. En esas fechas, muchos
intelectuales consideraban que la violencia revolucionaria y la
dictadura del proletariado eran fases inevitables en el camino hacia el
edén socialista. Sartre acusaba a los que denunciaban el sistema
represivo de la URSS de proporcionar argumentos al imperialismo
capitalista. En el contexto de la guerra fría, había que ser
beligerante, tomar partido. La equidistancia solo favorecía a los
enemigos de la clase trabajadora. Paz responde que la publicación en
1968 de El Gran Terror, del historiador británico Robert Conquest, había
dejado muy claro que el furor homicida de Stalin apenas diferiría de
las políticas genocidas de Hitler. El objetivo del Gulag no era
reeducar, ni explotar mano de obra barata. Se perseguía castigar,
intimidar y atemorizar, silenciando cualquier protesta. La insistencia
en las confesiones públicas y en las delaciones era una maniobra para
desacreditar a los opositores, convirtiéndolos en cómplices de sus
verdugos. El Gulag era “una institución de terror preventivo. La
población entera, incluso bajo el dominio relativamente más humano de
Jruschov y sus sucesores, vive bajo la amenaza de internación. Asombrosa
transposición del dogma del pecado original: todo ciudadano soviético
puede ser enviado a un campo de trabajos forzados. La socialización de
la culpa entraña la socialización de la pena”.
Octavio
Paz descarta responsabilizar a Stalin de una supuesta desviación de la
filosofía marxista.El terror apareció con Lenin y los bolcheviques.
Lenin fundó la Checa con el pretexto de combatir a los
contrarrevolucionarios, pero su propósito real era utilizar la tortura y
los campos de trabajos forzados para asegurarse un control absoluto del
poder político. Lenin instauró la dictadura del Comité Central sobre el
partido, liquidando cualquier atisbo de democracia interna. Octavio Paz
reproduce dos citas de Lenin que despejan cualquier duda. En 1921,
escribe: “El lugar de los mencheviques y de los socialistas
revolucionarios, lo mismo los que confiesan serlo que los que lo
disimulan, es la prisión…”. En una carta dirigida a Kámenev con fecha de
3 de noviembre de 1922, añade: “Es un error muy grande pensar que la
NEP [Nueva Política Económica, una especie de capitalismo de Estado] ha
puesto fin al terror. Vamos a recurrir otra vez al terror y también al
terror económico”. Lenin cuestiona que la clase obrera pueda acabar por
sí sola con el capitalismo. Es necesario un partido. No solo para hacer
la revolución, sino para evitar cualquier retroceso o desviación.
Trotski comparte ese punto de vista, descartando cualquier concesión al
diálogo: “El partido está obligado a mantener su dictadura sin tener en
cuenta las fluctuaciones transitorias de las masas y aun las
vacilaciones momentáneas de la clase obrera”.
El
marxismo propiciaba el despotismo con su exaltación de la violencia y
su desprecio de la democracia burguesa. Una ideología “socialista,
progresista, científica y popular” esconde mejor su barbarie que el
racismo hitleriano, pero lo cierto es que el régimen soviético se cobró
al menos quince millones de vidas. Al igual que la Alemania nazi, la
URSS retrocedió a las peores épocas de la Edad Media con sus grandes
matanzas. Las indudables injusticias de la economía de mercado empujaron
a muchos intelectuales a suscribir las tesis del marxismo. En América
Latina, la tradición del cesarismo golpista añadió un motivo más para
soñar con el paraíso socialista. El ser humano suele oponer una feroz
resistencia a los procesos de desmitificación que destrozan sus sueños.
Quizás esa es la razón del apoyo a Stalin por parte de figuras como
Aragon, Éluard, Neruda y Alberti: “Empezaron de buena fe, sin duda, […]
pero insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos
en una malla de mentiras, falsedades, engaños y perjurios hasta que
perdieron el alma. Se volvieron, literalmente, unos desalmados”. Octavio
Paz se incluye entre los que caminaron por el lado equivocado de la
historia, dejándose deslumbrar por los mitos del comunismo: “Nuestras
opiniones en esta materia no han sido meros errores o fallas en nuestra
facultad de juzgar. Han sido un pecado, en el antiguo sentido religioso
de la palabra: algo que afecta al ser entero. […] Digo esto con tristeza
y con humildad”.
La
clarividente denuncia del comunismo de Octavio Paz le acarreó un
elevado coste personal, que incluyó las acusaciones más disparatadas.
“Los adjetivos cambian, no el vituperio –apunta el escritor mexicano-:
he sido sucesivamente cosmopolita, formalista, trotskista, agente de la
CIA, ‘intelectual liberal’ y hasta ¡estructuralista al servicio de la
burguesía!”. En “Gulag: entre Isaías y Job”, un artículo de 1975
publicado en Plural, Paz salió en defensa de Solzhenitsyn, descalificado
por sus convicciones ortodoxas y su paneslavismo. Solzhenitsyn
no es un intelectual progresista, sino un tradicionalista que repudia
la modernidad surgida de la Ilustración y las revoluciones románticas.
No es liberal ni capitalista. Cree en la libertad, la caridad y la
dignidad humana, pero no en la democracia representativa: “Aceptaría que
Rusia fuese gobernada por un autócrata, si este autócrata fuese
asimismo un cristiano auténtico: alguien que creyese en la santidad de
la persona humana, en el misterio cotidiano del otro que es nuestro
semejante”. Su cristianismo no es intransigente ni inquisitorial.
Octavio Paz destaca su pasión moral: “La pasión moral es pasión por la
verdad y provoca la aparición de la verdad”. Su voz es profética,
bíblica. Nos hace pensar en Job e Isaías: “Nos habla de la actualidad
desde la otra orilla, esa orilla –confiesa Paz- que no me atrevo a
llamar eterna porque no creo en la eternidad”.
Solzhenitsyn
“toca la historia desde la doble perspectiva del ahora mismo y del más
allá”. Su Archipiélago Gulag no reveló nada nuevo, pero logró que el
fervor por la Unión Soviética se apagara definitivamente:“Los
intelectuales de izquierdas por fin aceptaron que el paraíso era el
infierno”. Octavio Paz señala que Solzhenitsyn tiene todas las virtudes y
todos los vicios del genio ruso: valeroso, compasivo y humilde, pero
también arrogante, insensible y brutal. La combinación de estos rasgos
antitéticos ha alumbrado escritores como Dostoievski, donde la piedad
convive con la brutalidad. Como hombre, Solzhenitsyn puede inspirar
mayor o menor simpatía, pero nadie puede negar que Archipiélago Gulag
sea un extraordinario testimonio del sufrimiento padecido por los
pueblos de la URSS bajo el totalitarismo soviético. “Nuestra
civilización ha tocado el límite del mal (Hitler, Stalin)”. Archipiélago
Gulag es uno de los relatos esenciales de esa abominación. En eso
reside su “grandeza”. Nos muestra a Job en el fango, incapaz de saber si
aún es posible hundirse más. Solzhenitsyn nos refiere conductas
bestiales, pero también gestos de santidad. La violencia totalitaria no
logra borrar la dimensión espiritual del ser humano, donde alientan el
sacrificio, el amor a la libertad y el heroísmo.
En
1983, Octavio Paz publica “Crónica de la libertad”, un artículo sobre
la lucha de Polonia contra la dictadura comunista. Es una bella pieza
literaria que combina magistralmente periodismo, historia y política.
Paz afirma que Polonia ha logrado preservar su identidad cultural
gracias al catolicismo. La constitución polaca de 1791 es la primera
redactada y aprobada en Europa desde la época grecorromana. Establecía
la separación de poderes, la soberanía popular y la responsabilidad de
los ministros ante el parlamento. Catalina de Rusia acabó con la joven
democracia polaca, enviando al ejército para abortar una iniciativa que
consideró subversiva. Hasta 1918, Polonia no recuperó su independencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, su sufrimiento fue inenarrable:
Auschwitz, las fosas de Katyn, el levantamiento del gueto de Varsovia,
la sublevación posterior de la ciudad contra los nazis ante la mirada
impasible del Ejército Rojo. Abandonada por Roosevelt y Churchill en la
Conferencia de Yalta, Polonia quedó atrapada en el otro lado del telón
de acero. Desde entonces, se han producido varios levantamientos
populares para pedir pan, libertad e independencia. En 1956, el ejército
acalló las protestas con una represión que costó cincuenta vidas,
cientos de heridos y miles de detenidos.
Paradójicamente,
los obreros pedían libertad de asociación y derecho de huelga en un
país comunista. Entre 1967 y 1970 surgieron nuevas revueltas que se
resolvieron con centenares de muertos. El liderazgo de Lech Walesa y
Juan Pablo II puso al gobierno comunista contra las cuerdas. Octavio Paz
señala que Walesa no es un intelectual, sino “un hombre salido del
pueblo”. En 1981, el general Wojciech Jaruzelski proclamó la ley
marcial. De nuevo, se perdieron muchas vidas inocentes. El artículo de
Octavio Paz finaliza mucho antes de que la lucha de Solidaridad y la
caída del Muro de Berlín libraran a Polonia del comunismo. Paz nos
recuerda que en los años ochenta los obreros polacos luchaban por
derechos que los trabajadores de casi todo el planeta habían conquistado
cien años atrás. En un entrevista realizada diez años más tarde por
Komsomólskaya Pravda, Octavio Paz intentó explicar el éxito del
comunismo por medio de las insuficiencias de las sociedades libres y
plurales: “La gran ausente de nuestro mundo es la palabra fraternidad”.
Al margen de esa importante carencia, “las sociedades democráticas
liberales no ofrecen un proyecto de futuro. Carecen de lo que podría
llamarse metahistoria, es decir, de una visión del hombre que englobe su
pasado, su presente y su futuro. Una visión en la que todos se
reconozcan” (“Un escritor mexicano ante la Unión Soviética”).
En su ya clásico ensayo El opio de los intelectuales (1955) Raymond Aron
afirmó que expresiones como “revolución”, “proletariado” o “lucha de
clases” se habían convertido en iconos sagrados. La izquierda se inclina
ante ellas con reverencia, reprimiendo cualquier indicio de crítica o
titubeo. Ya no son ideas, sino dogmas y se considera herejes a todos los
que se atreven a cuestionarlas. El comunismo se ha convertido en el
opio de los intelectuales. Por eso son tan necesarios los escépticos. La
duda es la herramienta más eficaz contra los fanáticos. Octavio Paz,
con su espíritu crítico y su desconfianza hacia las ideologías, realizó
una significativa aportación en la lucha contra esa nueva forma de
inquisición que fue el comunismo. No cito al Santo Oficio por capricho,
sino por la semejanza en los procedimientos: denuncias anónimas,
interrogatorios brutales, imposibilidad de ejercer ninguna clase de
defensa, confesiones públicas bajo coacciones, castigos ejemplarizantes.
Ahora que vuelven los ídolos y surgen intentos de blanquear los
totalitarismos de distinto signo, conviene releer los artículos y
ensayos de Octavio Paz. Por sus páginas circula el inconfundible viento
de la libertad.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi

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