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O que a rebelião do grupo Wagner demonstrou, sem pretendê-lo, é que o Estado russo está fragmentado em uma pluralidade de grupos de interesses, tanto econômicos quanto políticos e tanto civis quanto militares. Rafael Calduch Cervera para El Independiente:
Si
hubiese escrito este artículo hace tan sólo dos años, no habría dudado
en considerar a la Federación de Rusia una superpotencia militar,
avalada por sus arsenales nucleares, así como una potencia económica
mundial por su posición dominante en el mercado energético. Hoy esa
consideración sería, tal vez, una quimera tras su incapacidad para
dominar militarmente a Ucrania e impedir la rebelión interna de Wagner.
Respecto a este último suceso, que el propio Vladimir Putin públicamente ha reconocido que estuvo a punto de provocar una guerra civil, existen todavía muchas incógnitas aunque también algunos hechos ciertos.
Ante
todo, ya sabemos que el objetivo nacional prioritario de la Presidencia
de Vladimir Putin, desde su llegada en 2000, fue lograr la restauración
de Rusia como potencia mundial dominante apoyándose, en buena medida,
en una recuperación del espacio estratégico de la antigua Unión
Soviética. Para ello recurrió a procesos de integración política y
económica, como hizo con Bielorrusia, pero también a la instauración de
sistemas aliancistas, como la Organización de Seguridad Colectiva, y en
último extremo a la intervención y el control militar directo, como en
el caso de Abjasia y Osetia del Sur o Crimea.
Es
en el marco de ese ambicioso objetivo nacional y ante la necesidad de
llevar a cabo acciones híbridas en terceros países, con intervenciones
militares necesariamente encubiertas, cuando se impulsó desde el Kremlin
la constitución de una empresa privada militar denominada el Grupo Wagner, bajo la dirección de Yevgeni Prigozhin.
Las
exitosas intervenciones del Grupo Wagner en la guerra civil en Siria,
en Mali y, sobre todo, en la guerra civil de Ucrania y la anexión de
Crimea en 2014, lo convirtieron en el instrumento por excelencia del
Gobierno ruso cuando era necesarias intervenciones militares encubiertas
en Europa, el Cáucaso, Asia Central, Oriente Medio o el continente
africano.
Sin
embargo, al igual que ha ocurrido en el caso de Estados Unidos con
Blackwater, a largo plazo este tipo de empresas militares privadas
terminan perjudicando los intereses estratégicos de los Gobiernos y
países que las promueven y utilizan. La causa es la misma que está en su
creación.
En
efecto, estas empresas gozan de una amplia capacidad de actuación
militar independiente, debido a su escasa y oculta vinculación
institucional con las autoridades gubernamentales, ya que ello permite a
éstas últimas la «negación plausible», es decir, negar su autoría y
responsabilidad en aquellas operaciones ilegales que fracasan.
En
semejantes circunstancias, el conflicto de intereses entre la empresa
privada y el Estado suele ser escaso en sus efectos, mientras los
mercenarios se emplean en operaciones encubiertas de escasa o limitada
entidad estratégica. Sin embargo, no fue el caso del Grupo Wagner que,
casi desde sus inicios, se utilizó en dos conflictos bélicos: Siria y
Ucrania (2014 y 2022), operando como unidades militares de elite en
sustitución de unidades militares del propio ejército ruso.
Era
previsible que las tensiones entre Wagner y el Ministerio de Defensa
ruso se acentuaran en la medida en que el planeamiento estratégico de la
guerra en Ucrania le correspondía al Ministerio, pero una parte
decisiva de la ofensiva rusa se hacía descansar en las unidades de elite
de Wagner, como ocurrió en el frente de Bajmut.
Muy pronto surgió la rivalidad la autoridad militar de Serguei Shoigu
en Moscú y el liderazgo de Prigozhin con las tropas de Wagner en el
frente.
El
desencadenante de la rebelión fue la decisión legal de someter todos
los grupos privados de seguridad al control del Ministerio de Defensa.
Ello suponía anular a Prigozhin como autoridad máxima de Wagner y, por
tanto, despojarle de su fuente de poder y riqueza. La respuesta fue una
demostración de fuerza por parte de Wagner para tratar de destituir a
Shoigu. El resultado, de momento, es la continuidad de las dos partes.
Prigozhin salva su negocio militar, aunque reducido y fuera del control
directo de Rusia y su legalidad, mientras que, también por ahora, Shoigu
sigue al frente del Ministerio de Defensa.
Una solución salomónica que salva la situación sin resolver el problema.
Porque lo que la rebelión de Wagner demostró, sin pretenderlo, es que
el Estado ruso está fragmentado en una pluralidad de grupos de
intereses, tanto económicos como políticos y tanto civiles como
militares, que impiden una respuesta clara, decisiva y centralizada de
las instituciones y las fuerzas y cuerpos de seguridad ante la evidencia
de una rebelión interna. Este grave hecho viene a sumarse a la
constatada falta de control de amplias zonas fronterizas con Ucrania.
Pero el verdadero problema para los rusos, aunque también para el resto
de los europeos y potencias occidentales, es en qué medida la capacidad
destructiva total de los arsenales nucleares estratégicos de Rusia puede
quedar bajo la autoridad de un presidente y un gobierno que no es capaz
de controlar ni tan siquiera a la empresa de mercenarios que creó a su
servicio.
Rafael
Calduch Cervera es catedrático de Derecho Internacional Público y
Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid
Postado há 3 weeks ago por Orlando Tambosi

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