Para alguns, a decepção foi o Gulag, para outros a fome na Ucrânia ou a Guerra Civil espanhola. Para Daniel Bell, um dos grandes intelectuais do século XX, foi Kronstadt, conforme texto traduzido e publicado por Letras Libres:
En
1932, a los trece años, me uní a la Liga Socialista de Jóvenes,
comúnmente conocida como los Yipsels, la división juvenil del partido
socialista. Había crecido en los barrios bajos de Nueva York. Mi madre
había trabajado en una fábrica de ropa desde que tengo uso de razón; mi
padre murió cuando yo era un bebé. A mi alrededor veía las hoovervilles,
las villas de chabolas de hojalata cerca de los muelles del East River,
donde los parados vivían en casas improvisadas y rebuscaban en la
basura para conseguir comida. A última hora de la noche iba con una
pandilla de chicos a los mercados de verduras al por mayor del West
Side, a robar patatas o a recoger tomates magullados en la calle para
llevarlos a casa, o a comer alrededor de las pequeñas hogueras que
hacíamos en la calle con las cajas rotas de los mercados. Me preguntaba
por qué las cosas tenían que ser así. Mi conversión en sociólogo fue
inevitable. En la sucursal Ottendorfer de la Biblioteca Pública de Nueva
York me acuclillaba ante la sección de sociología –que en el sistema de
clasificación Dewey que se utilizaba entonces estaba en el número 300–,
agradecido no solo por la gratuidad de la biblioteca sino también por
el acceso abierto a los anaqueles, que me permitía hojear a voluntad y
leer a Robert Hunter sobre la pobreza o los Principios de sociología de
Herbert Spencer.
Los
fines de semana iba a la Escuela Dominical Socialista, donde
estudiábamos The case for socialism de Fred Henderson y el Marx esencial
de Algernon Lee. Dos veces a la semana, por las tardes, iba a la Rand
School of Social Science de la calle 15 para asistir a un grupo de
lectura sobre El capital de Marx –el texto, sin embargo, era un resumen
de un hombre llamado Borchardt (según recuerdo), y había sido editado
por Max Eastman– e incluso asistí a un curso sobre materialismo
dialéctico. En ese curso aprendí que el materialismo ordinario veía los
acontecimientos en términos simples de causa y efecto, como una piedra
que cae de una cornisa y golpea a alguien en la cabeza, mientras que el
materialismo dialéctico buscaba las causas en los contextos naturales y
sociales más amplios, de modo que había que entender que la piedra se
había caído porque el suelo se había erosionado por la explotación de la
tierra. Me impresionó. Tenía trece años.
Al
igual que muchos de los Yipsels de la época, me sentí tentado por el
movimiento comunista. John Dos Passos había dicho entonces que afiliarse
al partido socialista era como beber near beer, la cerveza débil y casi
sin alcohol que se permitía en aquella época bajo la Ley Seca. (En años
posteriores, Dos Passos se convirtió en un “borracho reformado” y a
veces actuaba como tal.) La victoria de Hitler, y la rápida destrucción
del poderoso movimiento socialdemócrata, me hizo creer que,
efectivamente, estábamos ante el conflicto final, y que cada uno debía
ocupar su lugar. Muchos de mis compañeros se unieron a la Unión de
Jóvenes Comunistas; unos pocos, más sofisticados, se convirtieron en
trotskistas. Yo estaba dividido entre los dos. Se lo comenté a unos
parientes anarquistas, primos de mi madre, un matrimonio ruso-judío que
vivía en Mohegan Colony, un asentamiento radical a ochenta kilómetros de
Nueva York, donde yo pasaba una o dos semanas en verano después de
terminar mi trabajo en el distrito de la confección, donde empujaba
pesados carritos de ropa por las calles y repartía folletos
propagandísticos del Sindicato Internacional de Trabajadoras de la
Confección. No les importaba que me hubiera hecho socialista. Pero que
pensara en hacerme comunista o trotskista les horrorizaba.
Me
llevaron a ver a Rudolf Rocker, el venerable líder anarquista, un
hombre imponente y corpulento, con una gran cabeza cuadrada y una
imponente mata de pelo gris, que entonces vivía en la Colonia. Rocker
simplemente me dijo que los bolcheviques –me llamó la atención entonces,
y recuerdo casi medio siglo después, que nunca los llamaba comunistas
sino bolcheviques– se habían apropiado del poder en nombre del pueblo
utilizando lemas anarquistas como el de la tierra para el pueblo; que
los sóviets, los consejos de obreros y soldados, eran movimientos
espontáneos que demostraban la veracidad de las sentencias anarquistas,
pero que los bolcheviques habían tomado el poder y los habían destruido.
Al despedirse, me dio varios panfletos anarquistas, de Malatesta, de
Kropotkin (sobre la Comuna de París), y en particular dos panfletos de
Alexander Berkman, La tragedia rusa y La rebelión de Kronstadt, escritos
en inglés pero “preparados e impresos para Der Syndikalist”, Berlín,
1922 –panfletos que tengo ante mí mientras escribo (uno con una
dedicatoria, con grandes letras redondas, “con saludos fraternales, A.
B.”)– y me sugirió que leyera El mito bolchevique de Berkman, el diario
de sus años en Rusia, 1920-1922, un ejemplar que pronto encontré y que
aún conservo. Se dice que cada generación radical tiene su Kronstadt.
Para algunos fueron los Juicios de Moscú, para otros el Pacto
Nazi-Soviético, para otros Hungría (el Juicio de Rajk o el año 1956),
Checoslovaquia (la defenestración de Masryk en 1948 o la Primavera de
Praga de 1968), el Gulag, Camboya, Polonia (y habrá más por venir). Mi
Kronstadt fue Kronstadt.
Alexander
Berkman era un anarquista de origen ruso que había cumplido catorce
años de prisión por disparar a Henry Clay Frick, el director de la
siderúrgica Carnegie, durante la sangrienta huelga de Homestead en 1892,
y había escrito el hermoso y elocuente libro Memorias de un anarquista
en prisión. En 1917, él y su compañera Emma Goldman fueron detenidos
tras el estallido de la guerra, cumplieron condena en prisión y, en
1919, fueron deportados a Rusia. Emma Goldman, de hecho, había escrito
un panfleto justo antes de ir a la cárcel durante dos años, titulado La
verdad sobre los Boylsheviki (¡sic!), en el que alababa los “planes
libertarios” y la “integridad incorruptible” de Lenin y Trotski,
“grandes figuras de la Revolución”. Ojalá fuera posible reimprimir
íntegramente las doce páginas del diario de Berkman en Petrogrado, desde
finales de febrero hasta mediados de marzo de 1921, ya que ningún
resumen puede transmitir la inmediatez, la tensión y el dramatismo que
vivieron los marineros de la primera y segunda escuadras de la flota del
Báltico en Kronstadt, los hombres de la base naval de Petrogrado que
habían catalizado las jornadas de octubre de 1917, cuando hicieron un
llamamiento, tras las huelgas espontáneas de los trabajadores en
Petrogrado y Moscú, para establecer la libertad de expresión y de prensa
“para los obreros y campesinos, para los partidos anarquistas y
socialistas de izquierda”, por la liberación de “todos los presos
políticos de los partidos socialistas”, para “igualar las raciones de
todos los que trabajan”, etc. Para Trotski, que era presidente del
Sóviet Militar Revolucionario, eso era mvatezh, o sea, un motín. Exigió
que los marineros se rindieran u “os dispararé como a faisanes”. Las
tres últimas entradas de los diarios de Berkman relatan el lamentable
final:
7 de marzo. Un estruendo lejano llega a mis oídos mientras cruzo la Nevsky. Vuelve a sonar, más fuerte y cercano, como si rodara hacia mí. De inmediato me doy cuenta de que se está disparando la artillería. Son las 6 de la tarde. Kronstadt ha sido atacada.17 de marzo. Kronstadt ha caído hoy. Miles de marineros y trabajadores yacen muertos en sus calles. Continúa la ejecución sumaria de prisioneros y rehenes.18 de marzo. Los vencedores celebran el aniversario de la Comuna de 1871. Trotski y Zinoviev denuncian a Thiers y Gallifet por la matanza de los rebeldes de París.
Seguí siendo socialista y me desplacé hacia el ala derecha del partido.
Las mentiras del partido
La
conmoción emocional al leer sobre Kronstadt se vio reforzada por los
detalles fácticos sobre la cooperación comunista con los nazis en Berlín
en 1932, la espantosa teoría del “fascismo social” en la que la
Comintern proclamaba que no eran los nazis, sino los socialdemócratas,
los principales enemigos de los comunistas. A esto se añadieron las
espantosas escenas de febrero de 1934, cuando el partido socialista
celebró una gran reunión en el Madison Square Garden de Nueva York para
demostrar su solidaridad con los socialistas austriacos (que se habían
levantado en conflicto armado contra el Heimwehr de Dollfuss), solo para
que esa reunión fuera violentamente interrumpida por los comunistas,
que estaban llevando a cabo literalmente, en la práctica, la teoría del
socialfascismo. Todo esto, y más, es historia. Pero no es la historia de
los “vencedores”. Y el hecho de ser los “vencedores” no explica el
recurrente atractivo del comunismo, mucho después de que los
acontecimientos de Kronstadt se repitieran una y otra vez. La
explicación –tras las repetidas desilusiones– ha sido dada muchas veces,
y recientemente de forma más vívida y convincente por Jorge Semprún en
Autobiografía de Federico Sánchez, las experiencias de un intelectual
comunista contadas en forma novelística.
Semprún
se afilió al Partido Comunista Español en el exilio en 1947. ¿No
conocía los fusilamientos de anarquistas en Barcelona, los violentos
atentados contra el cuasitrotskista poum, el papel asesino del dirigente
comunista francés André Marty al ordenar la ejecución de “opositores”
dentro de las Brigadas Internacionales, el siniestro papel de la gpu? No
importa. “Al fin y al cabo”, escribe Semprún sobre su alter ego, “los
aspectos cotidianos de la política siempre le han aburrido; la política
solo le ha interesado como riesgo y como compromiso total”. Y cuando, en
el otoño de 1952, Semprún leyó en L’Humanité que, en el juicio de
Slansky, Josef Frank, el secretario general adjunto del Partido
Comunista de Checoslovaquia, había confesado haber trabajado bajo las
órdenes de la Gestapo en Buchenwald , “te paralizó por un momento un
extraño escalofrío”, pues Frank había sido su camarada en Buchenwald, y
convivió con él durante dos años, y supo “inmediatamente […] con esa
certeza física y brutal que imponen las verdades materiales […] que la
acusación era falsa”. Pero:
No dijiste nada, sin embargo. No proclamaste en ningún sitio la inocencia de Frank, la falsedad de la acusación que se le hacía. Sin duda, de haber proclamado esa inocencia habrías terminado siendo expulsado del partido. Decidiste permanecer en el partido. Preferiste vivir, dentro del partido, la mentira de la acusación contra Frank que vivir, fuera del partido, la verdad de su inocencia. Frank fue condenado a muerte y ajusticiado en la horca.
Aunque
las memorias de Semprún aparecieron en 1977, fue esa historia, ya
contada por Koestler, Silone, Manes Sperber y docenas de otros un cuarto
de siglo antes, y mi propio recuerdo vivo de Kronstadt, lo que me hizo
ser tan receptivo, cuando las leí en 1947, a las páginas finales de La
política como vocación (1918) de Max Weber. La de Weber es la
declaración más conmovedora que conozco sobre las tensiones de la ética y
la política, y una descripción descarnada de las opciones a las que se
enfrenta el individuo que se compromete con la política. No hace falta
que repita la discusión de Weber sobre la “ética de la responsabilidad” y
la “ética de los fines últimos”, y la corrupción inherente a cada
camino si se sigue hasta el final: la pérdida de principios por el
compromiso constante de la “responsabilidad”, y el fanatismo cuando los
fines se utilizan para justificar cualquier medio moralmente
aborrecible. “No se puede prescribir a nadie”, escribió Weber, “si debe
seguir una ética de los fines absolutos o una ética de la
responsabilidad, o cuándo lo uno y cuándo lo otro”. Weber comprendió,
dadas las tormentas de su propia vida de 1910 a 1920, los dilemas y
paradojas éticas de estas opciones. En sus últimos años, cuando los
impulsos eróticos consiguieron superar algunas represiones profundas,
Weber se sintió atraído por las corrientes románticas de la época. Sin
embargo, por educación, por posición social y, en última instancia, por
temperamento, siguió la ética de la responsabilidad. En el diálogo
tácito con Nietzsche que recorre como un hilo escarlata su obra
posterior sobre religión y política, Weber dice: Sí, a mí también me
gustaría ir a la cima de la montaña, como Zaratustra, para pararme en
Pisgah; pero si voy, ¿quién se “quedará a cargo de la tienda”, quién se
ocupará de las tareas monótonas y prosaicas del mundo mundano? Como
sabía Weber, después de la erupción carismática viene el aburrido día
siguiente, de nuevo con la ronda diaria de tareas. “La política estriba
en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias”, escribió.
De lo que más desconfiaba era de la “excitación estéril” (frase de Georg
Simmel que repite dos veces en las últimas páginas) de los
intelectuales en el “carnaval” al que se da, para embellecerlo, el
orgulloso nombre de Revolución. Es un “romanticismo de lo
intelectualmente interesante”, un “vacío desprovisto de todo sentimiento
de responsabilidad objetiva”. Y detestaba a los políticos
Weltanschauungs, los “charlatanes que no se dan cuenta del todo de lo
que asumen pero que se intoxican con sensaciones románticas”.
En
mi primer libro, Marxian socialism in the United States (1952), adopté
el marco de Weber en un esfuerzo por comprender la política radical. El
bolchevique, como quiliasta o escatólogo, escribí, no está en este mundo
ni es de este mundo, y por tanto no asume ninguna responsabilidad moral
por las acciones de la sociedad burguesa; sigue una ética de fines
últimos. El movimiento sindical, que tiene que lidiar con el día a día,
la lucha contra tenaces resistencias, necesariamente está en y es de
este mundo, y sigue una ética de la responsabilidad. El socialista (y
para mí Norman Thomas era el ejemplo) era de este mundo, pero no estaba
en él, sino que estaba atrapado en la pureza moral y el compromiso
político. Al igual que Weber –tanto por razones de mi propio
temperamento como por las “penas tempranas” de la política– opté por la
ética de la responsabilidad. En su juventud, Weber había estudiado las
ideas del sacerdote unitario y pacifista estadounidense de principios
del siglo xix William Ellery Channing, que había influido en el
pensamiento de la madre de Weber. Al rechazar cualquier absolutismo
ético, escribió, en una carta de juventud, “la cuestión no me parece tan
desesperada si no se pregunta de forma demasiado exclusiva: ‘¿Quién
está moralmente bien y quién está moralmente mal?’, sino si uno se
pregunta más bien: ‘Dado el conflicto existente, ¿cómo puedo resolverlo
con el menor daño interno y externo para todos los implicados?’.” Y este
es el punto de vista que defendí. Este punto de vista corre el riesgo
de ser oportunista, pero el principio de compromiso en la política es
primordial porque, como insistió Weber, “el medio decisivo para la
política es la violencia”, y los que recurren a la violencia creyendo
que tales acciones están justificadas tienen que estar preparados
también para aceptar las consecuencias, “las fuerzas diabólicas que
acechan a toda violencia”. Lo que me conmovió fue la forma en que,
después de casi cuarenta páginas de distinciones didácticas e incluso
áridas sobre sistemas de partidos y tipos de roles políticos, irrumpe en
su conferencia una pasión personal que culmina en unas preocupaciones
atormentadas y atribuladas y unas palabras finales estoicas. Hacía
tiempo que había identificado detrás de sus últimas observaciones cierta
tensión, y el pasaje que durante mucho tiempo permaneció en mi mente, y
que en numerosas relecturas de ese ensayo siempre me hizo detenerme,
fue este:
Ahora bien, en el plano de las realidades, observamos de continuo cómo aquellos que proceden conforme a la ética de la convicción se convierten con gran rapidez en profetas quiliásticos; vemos, por ejemplo, a quienes han predicado repetidamente el amor frente a la fuerza acogerse en seguida a la fuerza, a la fuerza definitiva que trae implícito el aniquilamiento de la violencia total […] Para quien actúa de acuerdo con la ética de la convicción resulta intolerable la irracionalidad ética del mundo. Se trata de un racionalismo cósmico-ético. Al respecto, todo aquel que haya leído a Dostoievski recordará sin duda la escena del Gran Inquisidor, en la cual se plantea este problema en términos muy profundos. No podemos meter en un mismo saco la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, nos resultará imposible, así como tampoco es posible determinar éticamente los fines que pueden santificar tales o cuales medios cuando pretendemos hacer alguna concesión a este principio.
El idealismo suicida de Ernst Toller
Weber
debe de haber tenido a alguien en mente. ¿Quién? Había dos jóvenes
angustiados que formaban parte del círculo de Heidelberg de Weber
durante la Primera Guerra Mundial, dos hombres cuyos tormentos
contemplaba con simpatía. Ambos, por los mismos impulsos, se habían
unido a causas revolucionarias, y ambos, a su manera, sufrieron destinos
trágicos. Uno de ellos era Ernst Toller, poeta y dramaturgo
profundamente emotivo. Sensible al antisemitismo de las universidades
alemanas, Toller se fue a estudiar a Grenoble, pero regresó a Alemania
en 1914, voluntariamente, para alistarse en el ejército. Herido en el
frente en 1916, sufrió una crisis nerviosa y, licenciado del ejército,
asumió con una pasión excesivamente moralizante la causa del pacifismo.
En las sesiones de puertas abiertas que Weber celebraba los domingos por
la tarde, en el invierno de 1917-18, leía sus poemas en voz alta. Sus
oyentes, como relata Marianne Weber, se sentían “conmovidos por el
aliento de un alma pura que tenía fe en la bondad original y la
solidaridad de los seres humanos”. Toller reunió a su alrededor a un
grupo de jóvenes devotos con el pacifismo y pidió a Weber que apoyara su
causa. Como escribe Toller en su autobiografía, Fui alemán,
La mayoría de los jóvenes de la época se acercaron a Max Weber profundamente atraídos por su honestidad intelectual. Detestaba el romanticismo político y atacaba amargamente a [Max] Maurenbrecher [un destacado reformador social que proclamaba la misión de Alemania de revitalizar Europa] y con él a todos esos eruditos alemanes… ¿De qué sirve, decía, encontrar la propia alma cuando la propia nación anda a tientas en la oscuridad exterior? El Estado alemán era una autocracia.
Lo
que Toller quería era la aprobación de una proclama que pedía, entre
otras cosas, el gobierno de Eros en el mundo y la abolición de la
pobreza. Weber se horrorizó “ante este programa confuso y poco realista”
(como escribe Marianne Weber), pero cuando Toller fue detenido por
provocar una huelga general, Weber pidió que se le permitiera testificar
y consiguió su liberación. En febrero de 1919, los diversos partidos
socialistas de Baviera, dirigidos por Kurt Eisner, se unieron para
proclamar una república socialista independiente. El famoso economista
Lujo Brentano y el joven filósofo austriaco Otto Neurath fueron puestos
al frente de un programa de “socialización total” para frenar el
creciente movimiento comunista. Fracasaron, y en abril una coalición más
radical, en la que destacaban Toller y el ensayista y filósofo
anarquista Gustav Landauer, proclamó una nueva república soviética, solo
para que una facción bolchevique aún más radical, dirigida por Eugen
Levine, proclamara un régimen comunista.
Eisner
había sido asesinado en las primeras turbulencias. Cuando las tropas
gubernamentales regresaron en mayo, Toller, con veintiséis años, se
convirtió en el comandante del Ejército Rojo y dirigió los destacamentos
obreros en la brutal lucha callejera. Cuando la república soviética fue
aplastada, Landauer fue asesinado y Neurath y Toller fueron juzgados
por traición. Weber compareció ante el tribunal por ambos. Atestiguó la
integridad de Neurath y habló especialmente “en favor de Toller, de cuyo
pensamiento idealista estaba tan seguro como de su inmadurez política”.
Durante la vista judicial (como continúa Marianne Weber), Max Weber
caracterizó a Toller como un Gesinnungsethiker (un hombre guiado por una
ética de fines últimos) que era weltfremd (visionario) frente a las
realidades políticas que habían apelado, inconscientemente, a los
instintos histéricos de las masas. “En un arrebato de cólera”, dijo Max
Weber, “Dios lo convirtió en político”. Toller fue condenado a la
prisión fortaleza de Niederschönenfeld donde, en octubre de 1919, en un
período febril de dos días y medio, escribió su famosa obra
expresionista Masse-Mensch (título que posteriormente se tradujo como
Las masas y el hombre: Un fragmento de la revolución social del siglo
XX).
Masse-Mensch
es una obra moral, tan descarnada y sencilla como Jedermann, pero su
tema es el dilema del uso de la violencia por una causa justa. La líder
de la revolución es una mujer, Sonia, que desea una revolución de la
Masse pero también reverencia la individualidad, Mensch. La revolución
comienza con sangre y se ahoga en sangre. Durante la revolución, Sonia
(la única persona individualizada) pierde el control de los
acontecimientos ante der Namenlose, el sin nombre, la imagen sin rostro
de la violencia de masas. La revolución fracasa y Sonia es condenada a
muerte. Der Namenlose aparece en la cárcel y le dice a Sonia que puede
ser liberada, pero solo a costa de la muerte de un guardián. Sonia se
niega, y en un diálogo que tiene ecos de Weber y que recuerda a Brecht
(la apología de la revolución escrita diez años después, Die Massnahme,
un Lehrstück cuyo título recuerda inquietantemente al de Toller), Toller
escribe:
El Sin Nombre: Lo que cuenta son las Masas, no el hombre. ¡No, tú no eres nuestra heroína, nuestro líder! Cada uno lleva consigo sus debilidades de origen; y las marcas de nacimiento de su clase: debilidad y autoengaño.La Mujer: ¡No, tú no amas a la gente!El Sin Nombre: Nuestra Causa va primero. Amo a la gente que será, amo el futuro.La Mujer: La gente es lo primero. Sacrificas a la gente de ahora por unos dogmas.El Sin Nombre: Nuestra Causa requiere de su sacrificio. Pero tú traicionas a las Masas, traicionas la Causa. Tienes que decidir hoy. El que vacila ayuda a nuestros amos, a los que nos oprimen y matan de hambre. El que vacila es nuestro enemigo.La Mujer: Si tomara una sola vida humana, traicionaría a las masas. Quien actúa así acaba sacrificándose a sí mismo. Escúchame: ningún hombre ha de matar por una causa. Maldita sea toda causa que necesite matar. Cualquiera que pida derramar la sangre de los hombres es Moloch. Dios era Moloch. El Estado es Moloch. Y las Masas… Moloch.
Conocí
a Toller en Nueva York en 1937. Yo era entonces presidente de la Huelga
de Estudiantes contra la Guerra en la sede del City College de Nueva
York. Había leído su Masse-Mensch y citado con pasión sus argumentos
contra “la izquierda”. Había devorado El libro de las golondrinas, el
largo poema escrito en la cárcel, y luego Mirar a través de los
barrotes, sus cartas escritas desde la cárcel, incluyendo sus poemas. Su
autobiografía y sus obras de teatro habían moldeado mi conciencia.
Compartía su romanticismo, pero también temía el holocausto que podría
desencadernarse por culpa de los excesos de la pasión. Le escribí
expresando mi admiración, y le pedí que se uniera a nosotros como él,
veinte años antes, había pedido a sus mayores que se unieran a él. Me
respondió con una nota triste en la que expresaba su consternación por
el giro de los acontecimientos en el mundo, pero aceptó participar. Era
un día de abril, corría un viento frío. Se acercó a nuestro estrado, un
hombre delgado y compacto, de tez oscura, con ojos negros profundos.
Comencé a decirle con entusiasmo lo mucho que me gustaban sus escritos,
pero parecía perturbado y no se sentía a gusto con esa atención. Lo
presenté al público, que en su mayoría no había oído hablar de él. Habló
despacio, entrecortadamente, en un inglés roto. La mayoría de los
estudiantes no lo escucharon. Al cabo de un rato se detuvo y, tras un
breve saludo a los que estábamos en el estrado, se marchó. Dos años más
tarde, tras la invasión nazi de Checoslovaquia, se suicidó, actuando
según su propia ética del fin último.
Lukács y Kierkegaard
El
segundo joven del círculo de Weber con el que los Weber “entablaron una
estrecha amistad” (como dice Marianne Weber) fue György von Lukács. Era
hijo de un banquero húngaro-judío, György von Lukács, que había
recibido una patente de nobleza por los servicios prestados a la
monarquía austro-húngara, y el hijo conservó el “von” heredado hasta que
se unió al Partido Comunista Húngaro en 1918. En los años que
precedieron a la Primera Guerra Mundial, Weber había salido de su propio
puritanismo ascético para explorar relaciones eróticas; había conocido,
a través de Friedrich Gundolf, al famoso poeta estético Stefan George; y
se había convertido en el centro de un grupo de jóvenes estudiantes
rusos con los que mantuvo largas discusiones sobre Dostoievski y
Tolstói, especialmente sobre Tolstói, cuya dedicación a la pureza moral y
sus discursos sobre el Sermón de la Montaña le atraían profundamente.
En
este contexto, Lukács, con sus propias y candentes preocupaciones
estéticas y éticas, encontró un público dispuesto. En 1910, con
veinticinco años, había publicado una colección de ensayos en húngaro,
El alma y las formas, que apareció en forma algo ampliada en alemán un
año después. Uno de los ensayos, “El estilo de vida burgués y el arte
por el arte”, una meditación sobre Theodor Storm –un novelista y poeta
hoy casi olvidado pero que en el tercer cuarto del siglo xix fue, con
Eduard Morike y Theodor Fontane, uno de los escritores más importantes
de Alemania– plantea una paradoja en su título y la resuelve mediante
una formulación que se convirtió en un motivo recurrente en el pesimismo
cultural que ha persistido hasta nuestros días. En su época de auge,
decía Lukács, la vida y la cultura burguesas se fundían en forma de
vocación:
La profesión burguesa como forma de vida significa, en primer lugar, la primacía de la ética en la vida: la vida dominada por algo que se repite sistemática y regularmente, algo que sucede una y otra vez en obediencia a una ley […] Su consecuencia más profunda, quizás, es que esa dedicación puede vencer la soledad egoísta.
Pero
en una época de disolución la comunidad se disuelve, el artista vive
alejado del mundo cotidiano de la burguesía, mientras que el artesano
solo encuentra su sentido en la práctica de su vocación, del deber, como
un fin en sí mismo. En este ensayo Lukács daba expresión, a través de
la estética, a lo que el propio Weber había presagiado en las
melancólicas últimas páginas de La ética protestante una media docena de
años antes: la imagen prohibitiva de la “petrificación mecanizada” del
ascetismo mundano, y lo que Thomas Mann había retratado en su gran
novela publicada tras el cambio de siglo, Los Buddenbrook: Decadencia de
una familia, sobre el ciclo de cuatro generaciones de una familia
mercantil burguesa que termina en una desintegración que el esfuerzo del
último hijo, Hanno, cuya vida está enteramente comprometida con el
arte, no puede evitar. Esta tensión entre “forma” y “vida” era el centro
de la estética de Lukács. No se podía establecer una “forma” en la
vida, porque la vida, caótica y alienada, carecía de centro; sin
embargo, la forma seguía existiendo en el arte, y la cuestión para
Lukács era si la forma artística podía superar la vida alienada que
estaba disolviendo la cultura. El alma y las formas, como ocurre con
cualquier escrito apasionado de un joven, tiene sus dimensiones
autobiográficas, y el verdadero héroe del libro (como han señalado
Andrew Arato y Paul Breines) es Soren Kierkegaard. En gran medida
descuidado después de su vida, excepto por un largo estudio del crítico
danés Georg Brandes en 1877, Kierkegaard se dio a conocer rápidamente en
Alemania antes de la Primera Guerra Mundial gracias a las traducciones
de su obra entre 1909 y 1914. Lukács fue uno de los primeros en explorar
su pensamiento.
El
ensayo sobre Kierkegaard se titula, significativamente, “La fundación
de la forma contra la vida”, y se subtitula “Soren Kierkegaard y Regine
Olsen”. El ensayo trata menos de cualquiera de los argumentos teológicos
de Kierkegaard que de su renuncia a Regine Olsen como paso necesario
para convertirse en el héroe ascético y también en la búsqueda de una
vida absoluta a través de medios absolutos: “El mundo de la comunión
humana, el mundo ético cuya forma típica es el matrimonio, se sitúa
entre los dos mundos del alma de Kierkegaard: el mundo de la poesía pura
y el mundo de la fe pura.” Su gesto de renuncia fue “un camino hacia el
gran y único amor absoluto, el amor de Dios”. Kierkegaard, escribió
Lukács, “construyó toda su vida a partir de un gesto”. Su “heroísmo fue
que quiso crear formas de vida. Su honestidad es consecuencia de haber
visto una encrucijada y haber llegado hasta el final del camino que
había elegido. Su tragedia fue querer vivir lo que no se puede vivir”.
Escritas en 1909, estas palabras se convertirían en un gesto diez años
más tarde y bien podrían servir, como veremos, de epitafio para la
propia vida de Lukács. De 1912 a 1915, fue miembro del círculo de Weber,
sobre todo en las habituales jornadas de puertas abiertas de los
domingos, en las que la presencia de Weber dominaba la escena aunque,
como escribió su esposa, “solo algunos de los invitados, como Gundolf o
Lukács, fueron capaces de expresar sus ideas lo suficientemente bien
como para convertirse en puntos de interés independientes”.
Weber
se interesó por el trabajo de Lukács en el campo de la estética, pero
lo que más le atrajo fue un relato suyo escrito en 1912, “Von der Armut
am Geiste” (De los pobres de espíritu), sobre el autorreproche de un
joven tras el suicidio de una chica a la que había amado –un hecho más o
menos autobiográfico–. El núcleo de la discusión es la idea de “bondad”
que, al igual que la idea de carisma de Weber, significa “ser agraciado
con el poder de romper las formas”. Un tono dostoievskiano recorre el
relato. Al igual que en Memorias del subsuelo, hay una crítica al
comportamiento “orientado a los objetivos”, “responsable” o “útil”, en
definitiva, burgués:
Qué le importan a la bondad las consecuencias […] La bondad no tiene utilidad como no tiene razón […] La bondad es divina, metapsicológica. Cuando la bondad aparece en nosotros, el paraíso se ha convertido en realidad y la divinidad se despierta en nosotros. […] ¿Recuerdas a Sonia, al príncipe Myschkin, a Alexei Karamasoff en Dostoievski? Me has preguntado si hay hombres buenos: aquí están.
La
historia, más claramente que la mayoría de escritos de Lukács, revela
las dos almas en su seno: una, la que busca estar entre los pocos
elegidos que pueden prepararse para la “bondad”, que pueden liberarse de
su “determinación psicológica” (es decir, su propio pasado burgués),
para lograr la “necesidad metapsíquica”, el “giro del estado empírico a
la vida auténtica”, donde los hombres buenos son “gnósticos de la
acción”; la otra, la noción formal de obligación ética, el hallazgo del
propio daemon, la aceptación de la idea del deber, y ser “poseído” por
el propio trabajo, que es la verdadera virtud
Como
recuerda y resume Marianne Weber aquellos días y estados de ánimo,
escribiendo una década después, tras la muerte de su marido:
Para Lukács el esplendor de la cultura del mundo interior, en particular su lado estético, era el Anticristo, la competencia “luciferina” contra la eficacia de Dios. Pero debía haber un desarrollo pleno de este ámbito, pues no se debía forzar al individuo a elegir entre su mundo interior y lo trascendente. La lucha final entre Dios y Lucifer está aún por llegar y depende de la decisión de la humanidad. El objetivo final es la salvación frente al mundo, no, como piensan [Stefan] George y su círculo, la realización en él [énfasis en el original].
Lukács
había esperado instalarse en la tranquila paz académica de Heidelberg,
pero la guerra, junto con el apoyo prestado a Alemania por la mayor
parte de la intelectualidad, incluido Weber, echó por tierra esas
intenciones. En 1914-15, escribió Teoría de la novela, que es el más
concentrado de sus escritos sobre la novela como forma. El análisis es
frío en todo momento, hasta las últimas páginas, en las que irrumpe un
estallido de pesimismo cultural y Lukács declara que “la novela es la
forma de la época de la pecaminosidad absoluta, como dijo Fichte, y debe
seguir siendo la forma dominante mientras el mundo esté gobernado por
las mismas estrellas”. Solo en Dostoievski, proclamó, se vislumbra un
mundo nuevo, de un escritor quizá tan grande como Homero o Dante. “Será
tarea de la interpretación histórico-filosófica decidir si estamos a
punto de salir de la época de la pecaminosidad absoluta”, o si esas
esperanzas serán aplastadas “por el poder estéril de lo existente”.
De Dios a la revolución
En
1915 Lukács regresó a Budapest, y en torno a él y a su amigo Bela
Balazs se formó un pequeño grupo que se reunía los domingos por la tarde
para mantener debates inspirados en las reuniones del círculo de Weber.
Entre los miembros más jóvenes se encontraban Karl Mannheim, Arnold
Hauser, Frederick Antal y Michael Polanyi, hombres que se hicieron
famosos en el mundo angloamericano, así como un grupo de intelectuales
húngaros de mayor edad y hoy menos conocidos. El tema de discusión era
siempre elegido por Lukács e invariablemente se centraba en alguna
cuestión ética sugerida por los escritos de Dostoievski y Kierkegaard.
La política y los problemas sociales, como recordaría posteriormente
Arnold Hauser, nunca se discutían. Además, el grupo creó una “Escuela
Libre” en 1917, y varios miembros dieron conferencias sobre sus
intereses. Como señaló Mannheim en una conferencia programática, la
tradición cultural con la que la escuela deseaba identificarse incluía,
“en la Weltanschauung y la actitud ante la vida, a Dostoevski; en
nuestras convicciones éticas, a Kierkegaard”.
El
Partido Comunista Húngaro se formó el 24 de noviembre de 1918. Lukács
se unió al partido al mes siguiente junto con su esposa Yelena Grabenko y
Bela Balazs. Los miembros de su club de debate de los domingos, que
seguían sin comprometerse, recibieron la noticia con estupor. Como
relata Lee Congdon: “Le habían conocido bien y le habían oído hablar a
menudo de Dostoievski y Kierkegaard y de los grandes problemas morales
universales que definen la condición humana. Pero nunca le habían oído
hablar de Marx o de la necesidad de la participación política.”
Los
comunistas estaban aún más desconcertados. En su autobiografía, el
escritor proletario Lajos Kassak recordaba su sorpresa al enterarse de
que Lukács escribía en revistas comunistas:
él, que unos días antes había publicado un artículo en Szabadgondolat (Pensamiento libre) en el que decía con énfasis filosófico que el movimiento comunista no tenía una base ética y que, por tanto, era inadecuado para la creación de un mundo nuevo. Anteayer escribió esto, pero hoy se sienta a la mesa de la redacción del Vörös Ujsdag.
En
ese artículo, “El bolchevismo como problema moral”, que se publicó,
irónicamente, en el mes en que Lukács ingresó en el partido, cuestionó
la opinión de que la victoria del proletariado acabaría con la opresión.
Si se admitían las afirmaciones de Marx, “entonces es necesario aceptar
el mal como mal, la opresión como opresión, el nuevo dominio de clase
como dominio de clase”. Los bolcheviques, en su creencia de que el bien
(la sociedad sin clases) podía surgir del mal (la dictadura y el
terror), estaban demostrando una fe que era un ejemplo de credo quia
absurdum est; y él era incapaz de compartir esa fe, ya que la mejor
parte de la sabiduría era el uso solo de medios morales para lograr
fines morales. Sin embargo, una semana después, Lukács había
experimentado una conversión. Al igual que Kierkegaard, Lukács apostó
entonces toda su vida por “un gesto”. En un ensayo de una década antes,
se había quedado prendado de las “etapas en el camino de la vida” de
Kierkegaard, que este había definido como lo estético, lo ético y lo
religioso. Pero estos no eran lugares para la elevación racional, ya que
entre cada uno de ellos había un “abismo insalvable”. El paso de uno a
otro solo podía darse mediante un “salto”, esa decisión existencial que
Lukács veía como “la metamorfosis de toda la existencia de un hombre”. Y
entonces Lukács también había dado un “salto”, no de lo ético a lo
religioso, sino de lo ético a lo político, que era a su vez religioso.
Con ese salto, se convirtió en uno de los virtuosos especiales cuyas
vidas están atrapadas en el ritmo interminable del pecado y la expiación
y la trágica sensación de no saber nunca si el resultado es la
salvación o la condena.
El
escollo para Lukács había sido el problema del terror y la probabilidad
de que la dictadura no se liquidara a sí misma. Había meditado
profundamente sobre Los poseídos de Dostoievski, había discutido la
cuestión con su esposa, Yelena Grabenko, que había cumplido una condena
en las cárceles zaristas por pertenecer al ala terrorista del Partido
Social-Revolucionario Ruso, y a diferencia de la mayoría de los
intelectuales que se afiliaron al partido, tuvo el valor de mirar de
frente a esa cabeza de Medusa. En un ensayo publicado en 1919, titulado
Táctica y ética, Lukács expuso su apología pro vita sua. En la “era de
la pecaminosidad absoluta” no hay escapatoria para los hombres que
desean conservar su pureza moral. Todos los hombres están atrapados en
el dilema de la violencia de la revolución y la violencia sin sentido
del viejo mundo corrupto. Sin embargo, la elección no es arbitraria si
se entiende la idea de “sacrificio”, que es el sacrificio del propio yo
moral. Lukács lo subrayó citando las novelas de Boris Savinkov, el
terrorista socialrevolucionario ruso que había sido uno de los asesinos
del ministro ruso Von Plehve:
El asesinato no está permitido; el asesinato es un pecado incondicional e imperdonable. Sin embargo, es ineludiblemente necesario: no está permitido, pero debe hacerse. […] Savinkov no ve la justificación de su acto (eso es imposible), sino su raíz moral más profunda en que sacrifica no solo su vida, sino también su pureza, su moralidad, incluso su alma por sus hermanos. En otras palabras, solo aquel que reconoce sin tapujos y sin reservas que el asesinato no es en ningún caso sancionable puede cometer el acto asesino que es verdadera –y trágicamente– moral.
Y
Lukács concluye: “Para expresar este sentido de la más profunda
tragedia humana en las incomparablemente bellas palabras de la Judith de
Hebbel: ‘Aunque Dios haya puesto el pecado entre mí y el acto que se me
ha encomendado, ¿quién soy yo para poder escapar de él?’.”
Cuando
leí por primera vez ese pasaje en 1974, me di cuenta de repente de que
era Lukács a quien Weber había tenido en mente en aquellas páginas
finales de La política como vocación; cuando dijo: “El defensor de una
ética de fines absolutos no puede enfrentarse a la irracionalidad ética
del mundo.” Era la decisión de Lukács la que había provocado la angustia
de Weber. Muchas imágenes borrosas se enfocaban ahora de forma
coherente.
Hace
mucho tiempo comenté con mi antiguo compañero del City College, Melvin
Lasky, las notables páginas de la obra de Franz Borkenau El comunismo
mundial (1938), en las que ese experto excomunista (el ángel caído de la
Escuela de Frankfurt) había citado un artículo poco conocido escrito en
1921 por Ilona Duczynska (la esposa de Karl Polanyi y una de las
fundadoras del movimiento comunista húngaro), con motivo de su temprana
ruptura con el movimiento comunista, refiriéndose de forma velada a
Lukács:
Un teórico y quizás el único cerebro del comunismo húngaro me dijo una vez: “El más alto deber de la ética comunista es aceptar la necesidad de actuar inmoralmente. Este es el mayor sacrificio que nos exige la revolución. La convicción del verdadero comunista es que el mal se transforma en dicha a través de la dialéctica de la evolución histórica.”
Y
fue esta “teoría dialéctica de la maldad” la que constituyó el núcleo
del famoso retrato de Lukács dibujado por Thomas Mann en el personaje de
Naphta, el dialéctico judío-jesuita de La montaña mágica. En mi
conferencia de Hobhouse en la London School of Economics en la primavera
de 1977, titulada “¿El retorno de lo sagrado?”, escribí una sección
sobre Lukács y las fuentes gnósticas de las religiones políticas. Pensé
entonces en establecer la conexión entre Weber y Lukács, pero no tenía
más pruebas que las alusiones especulativas y, aunque era fascinante
como historia moral de detectives, el excurso sería una digresión en el
hilo de mi argumento. En 1979 había iniciado una correspondencia con la
socióloga húngara Ágnes Heller, la última alumna de Lukács y su albacea
literaria. La señorita Heller, su marido Ferenc Fehér y su colega Andras
Hegedus, antiguo primer ministro comunista de Hungría, habían perdido
unos años antes sus puestos de profesor y fueron perseguidos de forma
mendaz por plantear públicamente cuestiones sobre la burocracia, el
derecho a la libre oposición y temas similares, aunque siempre dentro
del marco del socialismo.
Finalmente,
la señorita Heller y su marido pudieron marcharse y ocupar puestos de
profesores en Australia. En una de mis cartas, le planteé a la señorita
Heller mi creencia de que uno de los hilos ocultos del ensayo de Weber, y
la persona que tenía en mente en la sección crucial que he citado
antes, era Lukács. Ella respondió:
En cuanto a Politik als Beruf: el pasaje está interconectado con conversaciones y debates entre Weber y Lukács, pero no de forma directa… hay un vínculo directo [diferente]: en enero de 1919 Weber envió una carta personal de advertencia (eine Art von Kassandrabrief) a Lukács, que acababa de unirse al comunismo, cuyo contenido básico es: el experimento ruso, demasiado audaz, desacreditará –moral y sociológicamente– al socialismo durante cien años. Este fue un giro inesperado con Weber: preocuparse por el socialismo. Este es básicamente el trasfondo.
Dostoievski,
tiene razón, es fundamentalmente “importado” en este complejo de
problemas por Lukács. (Por separado, mi marido Ferenc Fehér le enviará
su ensayo Am Scheideweg des romantischen Antikapitalismus, que contiene
la historia “secreta” de un libro de Lukács-Dostoievski, la revolución
rusa, etc.) Pero en concreto este es un pasaje muy injusto
{{2
En el pasaje sobre medios y fines al que se refiere la señorita Heller,
Weber dice: “incluso durante la guerra, los socialistas
revolucionarios, facción de Zimmerwald, profesaban un principio que se
podría formular de forma llamativa: Si nos enfrentamos a la elección de
algunos años más de guerra y revolución, o la paz ahora y ninguna
revolución, elegimos ¡algunos años más de guerra! Sobre la cuestión
adicional: ¿Qué puede aportar esta revolución? Todo socialista con
formación científica habría tenido la respuesta: no se puede hablar de
una transición a una economía que en nuestro sentido se llamaría
socialista; una economía burguesa resurgirá, simplemente despojada de
los elementos feudales y de los vestigios dinásticos. Por este modesto
resultado, están dispuestos a afrontar ‘algunos años más de guerra’. Con
el bolchevismo y el espartaquismo, y, en general, con cualquier tipo de
socialismo revolucionario, ocurre precisamente lo mismo. Por supuesto,
es totalmente ridículo que se denuncie moralmente a los políticos del
poder del Antiguo Régimen por el uso de los mismos medios, por muy
justificado que esté el rechazo a sus objetivos.”}}
y definitivamente no es una respuesta a Lukács.
Es
injusto (a) porque amalgama a Lenin y a Rosa [Luxemburgo]: Lenin sí
tenía la convicción de que “noch einege Jahre Krieg und Revolution
anstatt ietzt Friede und keine Revolution” [“algunos años más de guerra y
revolución, o la paz ahora y ninguna revolución”]. Rosa definitivamente
no. La referencia al espartaquismo en este sentido y en este mismo
momento –el momento histórico de su carnicería– no es del todo
agradable. (b) Lukács nunca ha representado una ética del amor que se
convirtiera en una simple ética (maquiavélica) de la violencia “final”.
Pero es cierto que Lukács hizo comprender a Weber en muchos aspectos que
la ética personal del Gran Inquisidor y la ética colectiva del
revolucionario ruso tienen muchos rasgos importantes en común y que en
el contraste entre la ética del amor (impotente) del Jesús de la
parábola y la Gewaltethik materialista del Inquisidor se expresa la
antinomia moral básica de la época.
Así
que ahí estaba. Weber, angustiado al ver cómo los jóvenes que habían
estimulado su vejez se hacían revolucionarios, trató de disuadirlos, o
al menos intentó que rindieran cuentas ante la Historia. En un sentido
inmediato, su esfuerzo fue inútil. Pero ¿hay algo de caridad en todo
esto? Toller se había retirado a un pacifismo absoluto y al suicidio.
Lukács había atravesado un valle de lágrimas hasta el amargo final, fue
un racionalista cósmico llevado por un romanticismo fáustico al pacto
con el diablo que lo ató hasta el final de sus días.
Como
dijo el predicador Koheleth: “En mi vacía existencia lo he visto todo,
desde un justo que perece en su justicia hasta un malvado que envejece
en su maldad. No seas demasiado justo ni demasiado sabio.”
Mis
primeras penas, por fortuitas que fueran, habían llegado con el
conocimiento de Kronstadt. Ese conocimiento, combinado con mi
temperamento, me convirtió en un menchevique de toda la vida –he
elegido, casi siempre, el mal menor–. Como he sobrevivido –como
observador, gracias a Dios, más que como víctima– a las purgas
estalinistas y los paroxismos nazis, al Holocausto y el Gulag, a las
medidas fríamente calculadas para diezmar a una clase educada en Camboya
y la alegre matanza de diferentes tribus en Uganda, cuestiones todas
estas que han hecho de este siglo el más pavoroso de la historia humana,
hace mucho tiempo que empecé a temer a las masas en la política y a
aquellos que fustigan las pasiones de las muchedumbres “en nombre del
pueblo”, como en otro tiempo se hacía en nombre de Dios. Siempre me he
considerado socialista en economía, en el sentido de que he defendido el
principio de que los recursos de la comunidad, como primer gravamen,
deben utilizarse para satisfacer las “necesidades básicas” de todos (y
el concepto de “necesidades básicas” no es tan ambiguo; es lo que está
por debajo de los “ingresos discrecionales” del bolsillo de la clase
media).
Y
porque aprecio profundamente los hilos de continuidad que puede
proporcionar una tradición, frente al sincretismo que mezcla
indiscriminadamente todas las culturas, soy un conservador de la
cultura. Y en cuanto a la política: si hay alguna lección que aprender
de este espantoso siglo, es que la política ideológica, la política a
ultranza –la política que se grita en nombre del pueblo y que, como
observó una vez Groucho Marx, busca el poder para los que gritan “poder
para el pueblo”– destruye al pueblo y a menudo también a los que gritan.
La ética de la responsabilidad, la política de la civilidad, el miedo
al fanático y al fundamentalista –y al hombre moral dispuesto a
sacrificar su moral en el delirio egoísta de la desesperación total– son
las máximas que han regido mi vida intelectual. Y sin embargo, como ha
dicho Hegel, la historia no enseña nada a los que creen que pueden
cambiar “su” curso. (“Los ejemplos de virtud elevan el alma y son
aplicables a la instrucción moral de los niños”.)
El
romanticismo corrupto de la “Revolución” –¡el equivalente moral de la
guerra!– ejerce su constante y renovada fascinación. Contra la grosería
de la vida burguesa, como en Alemania, o el abatimiento burocrático,
como en Italia, los nuevos jóvenes terroristas, como la banda terrorista
Baader-Meinhof en Alemania o las Brigadas Rojas en Italia, recurren a
los atentados y a las ejecuciones para derribar el “Estado represivo”. Y
sin duda, cuando se publiquen sus cartas y se lean sus diarios,
tendremos también sus angustiosas reflexiones sobre el asesinato y la
moral. El lenguaje es ahora hueco y rebuscado, una autocomplacencia del
alma adolescente. Hace setenta años, entre los jóvenes terroristas
rusos, cada acto se realizaba con miedo y temblor, pues el joven
idealista reconocía que estaba cometiendo un asesinato y la mayoría de
las veces se suicidaban en el acto. Hoy, con el terrorismo cada vez más
presente, el sentido individual se ha anestesiado, y el terror se ha
convertido en un catecismo de los calibanes. Estoy demasiado cansado
como para escuchar, demasiado enfadado para oír. Todavía están en mi
mente los mandatos de Max Weber: “El que busca la salvación del alma, de
la suya y de la de los demás, no debe buscarla por la vía de la
política.” Fue esta cita con la que terminé mi monografía de 1952 sobre
el socialismo marxiano en Estados Unidos. Dado que la muerte del
socialismo es el hecho político más trágico –y no reconocido– del siglo
XX, es un mandato que debe ser atendido ahora más que nunca.
Traducción del inglés de Ricardo Dudda.
Publicado originalmente en Partisan Review. Vol. XLVIII, N.º 4 (1981), 532–551.
Postado há Yesterday por Orlando Tambosi


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