BLOG ORLANDO TAMBOSI
Não adiane dizer que o passado foi melhor. Toca-nos agora conviver e competir com uma Inteligência Artificial que apenas deu seus primeiros passos. Manuel Pimentel para The Objective:
Tenemos veredicto: la discusión ha terminado y las dudas han sido disipadas. La inteligencia artificial (IA) es capaz de escribir, dibujar o componer
con la misma calidad que los humanos, si no, incluso, superior, con una
pasmosa facilidad y rapidez. Y eso, que solo estamos ante una primera
fase de la IA generativa, a la que todavía podemos considerar como tonta
en comparación con la por venir. Queramos o no verlo, debemos
acostumbrarnos a ser batidos, sucesivamente, en espacios que creíamos
exclusivamente humanos por esa portentosa inteligencia digital que hoy
nos asombra, sin conocerle todavía techo ni límite.
En
1997 el ordenador Deep Blue de IBM derrotó al genial campeón del mundo
Gary Kasparov y un escalofrío de asombro y temor recorrió el ánimo de
una humanidad que acababa de comprobar como el duelo entre el hombre y
la máquina se acababa de inclinar hacia la cacharrería iluminada. El
ajedrez es matemáticas, se consolaron muchos, es normal que un ordenador
sea más rápido en cálculos y combinaciones. Y así quedó la cosa, con
aquello tan socorrido, repetido por gurús, de que la máquina nunca
sustituiría a la prodigiosa inteligencia humana.
Pero,
mientras la humanidad se consolaba en su supuesta superioridad frente a
los algoritmos digitales, al menos en cuanto cuestiones de creación,
imaginación y sentimientos se tratara, las tecnológicas continuaron
desarrollando, algoritmo tras algoritmo, portentosos sistemas
inteligentes, cuyos primeros fulgores comenzamos ahora a conocer. Bastó
que ChatGPT, entre otros sistemas, se popularizara, para que la
industria cultural temblara desde sus cimientos. La inteligencia
generativa –imagen, música, texto, animación – escribía, dibujaba,
ilustraba o componía con una calidad sorprendentemente humana, o… quizás
superhumana, como todavía no nos atrevemos a susurrar.
Y la IA comenzó a infiltrarse en la industria cultural y su uso se popularizó. Fue en el mundo del cine donde se produjo la primera de las muchas confrontaciones por venir.
Muy cerca de Silicon Valley, en Hollywood, estalló una huelga histórica
y sorprendente, la de sus guionistas, a la que acaban de poner punto y
final tras un acuerdo con las grandes productoras cinematográficas.
Pero, ¿huelga de guionistas? Si tenían un trabajo atractivo, reconocido,
aparentemente bien pagado… ¿Cómo es que, entonces, congelaron su
creatividad y se enfrentaron a las grandes productoras?
En
principio, podríamos suponer que los hicieron por salarios y
condiciones de trabajo, como es habitual. Pues no, en esta ocasión, sus
reivindicaciones fueron más complejas y novedosas. Además del vil metal,
sobre todo en lo referente al reparto de los ingresos por streaming,
los guionistas exigían algo más revolucionario y excéntrico, propio de
los guiones de ciencia ficción que crearon y que tanto nos deslumbraron y
sedujeron, al menos hasta ahora. ¿Qué pedían? Pues, ni más ni menos que
limitar, o tratar de controlar, el uso de la inteligencia artificial en
la industria audiovisual, que ya les come los pies y amenaza con
abaratar el oficio hasta precios de derrumbe.
Al
final, alcanzaron un acuerdo con las grandes productoras, cuyos
contenidos básicos recogemos a continuación. La IA podrá ser usada como
herramienta por los guionistas, pero no impuesta por la empresa. El
guionista humano no deberá firmar guiones creados exclusivamente por la
IA. Si una empresa usa sólo inteligencia digital, deberá indicarlo
expresamente, para que su audiencia lo conozca. La obra creada por IA no
genera derechos de autor. Se acordó, también, el número mínimo de
guionistas humanos a participar en series y películas, en función de sus
características y duración. Por último, se intenta prohibir el uso de
guiones sometidos a derechos de autor como texto de entrenamiento para
la IA. Y, más o menos, hasta aquí lo más destacado.
Bien
está lo que bien… ¿acaba? Habrá que felicitar a las partes por su
consenso, aunque, visto desde fuera, más bien parece un vano intento de
poner puertas al campo, un canto del cisne melancólico, un último gesto
asustadizo antes de la jubilación por obsolescencia. Muchos entienden
que el acuerdo alcanzado reforzará la posición creativa humana frente a
la digital, aunque otras voces, entre las que me encuentro, creen que se
trata de un simple parche de emergencia.
La
eficacia del acuerdo —importante porque será imitado—, es limitada por
varios motivos. El primero, porque es un documento restringido y con
sola eficacia para las partes firmantes, el WGA —Sindicato de Guionistas
de Estados Unidos—, por una parte, y la Amptp, Alianza de Productores
de Cine y Televisión, por otra. Las grandes tecnológicas que desarrollan
la IA, entre otras la generativa, no lo han suscrito, por lo que
continuarán creando sistemas más potentes, inteligentes y creativos. El
segundo, porque nos parece más bien una declaración de buenas
intenciones que un acuerdo que pueda controlarse y verificarse. Y,
tercero, porque es una muestra palpable de que la IA ya supera a la
creatividad humana y comenzamos a protegernos contra ella. No estamos
ante un acuerdo que mira hacia adelante, sino ante uno que establece
reservas indias para los que ya fueron derrotados.
Pero
no son los guionistas los únicos que se sienten amenazados por la
inteligencia generativa. Fotógrafos, diseñadores, ilustradores,
portadistas, traductores, editores, músicos. Algunos escritores
superventas, como John Grisham o George R.R. Martin, han demandado a la
propietaria de ChatGPT, OpenAI, por lo que consideran «un robo a gran
escala», al entender que el sistema utiliza sus textos como inspiración
de sus creaciones, lo que supone una vulneración de sus derechos de
propiedad intelectual. Otra cuestión en litigio es la voz utilizada por
los sistemas inteligentes. Algunos dobladores y actores les han acusado
de usar sus voces sin su permiso. Y así, suma y sigue. Son muchos los
oficios de la industria cultural que advierten alarmados cómo las
creaciones de la IA sustituyen a las suyas, por unos precios ridículos,
además. La lucha por la creatividad ha comenzado y todo apunta al
superior potencial de los sistemas digitales sobre las capacidades
humanas, quién lo hubiera dicho 20 años atrás.
Somos
humanos y, por tanto, predecibles. La primera reacción será la
confrontación. Los oficios demandarán y los jueces tendrán que resolver
los litigios, mientras que la realidad seguirá yendo más deprisa que las
leyes. Así, las tecnológicas esperan demandas de aquellas profesiones
de la industria cultural que consideren en peligro sus derechos de
propiedad intelectual y han decidido prepararse legalmente frente a
ellas. De hecho, algunas, como Microsoft, intentan tranquilizar a los
usuarios de sus sistemas inteligentes asistiéndoles jurídicamente y
garantizándoles, en su caso, los costes que pudiera suponerle una
sentencia condenatoria.
Nada
detendrá el fulgurante avance de la IA. ¿Hasta dónde? Pues ya veremos.
Soy de los que piensa que más pronto que tarde la singularidad se
producirá, y la IA tomará conciencia y tendrá intereses propios, al
punto de hacernos trabajar para ella. Pero eso, a día de hoy es ciencia
ficción para muchos –que no para mí– por lo que nos quedaremos en la
fase intermedia que atravesaremos, en la que la IA dejará de ser una
mera herramienta para ir tomando mayor peso en procesos y decisiones
creativas, lo que nos conducirá ineludiblemente al trabajo en
complejidad, donde lo humano y lo digital tendrán contornos difusos,
confundiéndose entre sí.
La
famosa prueba de Turing ha sido superada. A día de hoy ya nos resulta
indistinguible la creación humana de la de la IA. Pronto nos superará.
Los lectores, los melómanos, los aficionados al cine decidirán. ¿Qué
historias les emocionarán más, cuál les harán llorar o reír en mayor
medida? ¿Las escritas por los humanos o por la IA? Pues esa, y no otra,
es la gran cuestión. Entramos en unos tiempos apasionantes y arriesgados
en los que tendremos que navegar – creadores, artistas, editores,
productores y el conjunto de oficios de la industria cultural – sobre
aguas turbulentas. No existen plan ni ruta trazada, ni otra brújula que
el instinto y la certeza de que todo va a cambiar. Sabemos que se trata
de un viaje arriesgado, pero el mayor error sería el de quedarse anclado
y a la defensiva frente a una IA que, hagamos lo que hagamos, avanzará
hacia horizontes a día de hoy impredecibles e insospechados.
La
industria cultural siempre fue imaginativa y vanguardista. No puede
quedarse anclada sollozando por una época que ya pasó. No nos vale
aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Nos toca ahora
convivir, usar, competir y trabajar con una IA portentosa que apenas ha
dado sus primeros pasos. Quien tenga ojos, que vea y se prepare. El que
los cierre, quedará varado en el piélago gris de los derrotados por
estos tiempos a los que quisieron negar. Y es que, como bien sabemos, a
los tiempos no se les puede negar, porque, ni buenos ni malos,
simplemente son los que son. Y a nosotros nos tocó lidiar con los de la
irrupción de la IA, que bienvenida sea, pese a todo.

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