Catalunha, como o País Basco, é algo mais que os nacionalistas. Há muita gente que tem fé na democracia para conviver, prosperar e ser livre. Jorge Vilches para The Objective:
Lo
preocupante de esta España inestable y caótica, que pende de un hilo
indepe, es la pérdida de lo que Jacques Maritain llamó «credo secular»
de la democracia. El francés se refería en su obra El hombre y el Estado
(Ediciones Encuentro, 2023) al conjunto de ideas y prácticas
compartidas entre las distintas opciones políticas. Dicho acervo común
permitía la convivencia en paz y libertad aunque se disputara el poder
en las urnas y en las instituciones. Hoy en nuestro país es evidente que
ese «credo» basado en el espíritu de la Transición y la Constitución
como contrato se ha roto en mil pedazos y no hay manera de recomponerlo.
El sanchismo ha abrazado a los rupturistas tan fuerte que se han
fundido en un solo cuerpo con varias cabezas.
En
ese «credo» común Maritain mencionaba principios inexcusables como el
respeto a la verdad y a la dignidad humana, la defensa de la libertad,
el mantenimiento de la fraternidad, y la moralidad de la vida pública.
Esos valores deberían ser la guía de los dirigentes políticos -con sus
fallos y delitos, ya, porque son humanos, pero corregibles o
sancionables- para concitar un mínimo de confianza del pueblo en el
sistema político y transmitir la importancia de la convivencia
democrática.
Algún
precipitado dirá que esto es realismo mágico, pero no es así porque la
ruptura de ese credo ocurrió en la Europa de entreguerras y favoreció el
auge del totalitarismo, como demostró Juan José Linz hace 40 años. Allí
donde se quebró la democracia fue por obra y gracia de lo que Maritain
denominó «minorías proféticas de choque». El francés se refería a esos
grupos políticos que llamaban a la violación del Estado de Derecho y al
desprecio al credo común para imponer su fórmula «salvadora». En cambio,
allí donde se mantiene ese «credo» sobrevive la democracia, como en el
Reino Unido, Estados Unidos
o Suecia, en Francia desde la V República, en Alemania desde 1949, en
la Italia republicana, o en nuestro vecino Portugal a partir de la
Revolución de los Claveles.
Esa
«minoría profética» se puede distinguir perfectamente en la política
española. Son esos que llaman a violentar la legislación desde la
oposición, e incluso estando en el Gobierno, y tras colonizar el Estado,
las instituciones judiciales y el Tribunal Constitucional. Ese llamamiento a vulnerar el credo común puede ser directo, como hacen Podemos y los nacionalistas, o indirecto, como el PSOE
de Sánchez. Me refiero a los que esconden un interés privado hablando
de «progresismo», al tiempo que, de manera indigna, como un totalitario
de medio pelo, tosco y bufón, dicen que hay que desjudicializar la
política; esto es, patear el Estado de derecho para quedarse en el
poder.
La
maniobra espuria y rupturista de esta «minoría profética» debería ser
despreciada mayoritariamente por los ciudadanos, pero no es así. Todo lo
contrario. La jalean y la votan con tal de que no gobierne el
adversario, que resulta ser el constitucionalista, no el que pone en
cuestión el «credo común», esto es, las reglas de vida democrática. El
hecho es de una anormalidad peligrosa.
En
una democracia normal la mayor parte de la ciudadanía tendría esa «fe
secular» de la hablaba Maritain, y habría dado la espalda al PSOE. Sin
embargo, nuestro sistema político ha construido «ciudadanos» que han
asumido el feminismo y el ecologismo como religiones seculares, al modo
marcado por Rousseau, al estilo de un nuevo culto civil obligatorio. Hay
muchos ejemplos que lo ilustran.
Sin
embargo, no ha pasado lo mismo con las costumbres democráticas y el
respeto a los derechos de los demás, a no ser que sea su identidad
sexual. Solo así se entiende que la mayoría acepte la exigencia de los
independentistas de decidir en un referéndum los derechos de todos los
españoles. Dicha aceptación no es extraña. De hecho los propagandistas
del sanchismo tienen la desvergüenza de hablar de «heridas abiertas de
Cataluña» para referirse a la represión legal del golpe de Estado de
2017. Ni fue «Cataluña» entonces ni lo es hoy. Fueron entonces «minorías
proféticas» cuyos partidos, ERC y Junts, han sido relegados a la cuarta
y quinta posición electoral.
Chesterton
escribió que la superstición de la democracia es la peor de todas las
supersticiones, porque hace creer al incauto que el número es más
importante que el mantenimiento de la libertad. Ya, pero mucho peor es
el cansancio de los que aún creemos en la necesidad de un «credo común».
Es
por esto que cada vez se oyen más voces que ahondan en la indiferencia,
en que da igual que se celebre un referéndum de independencia. Son esos
que tras sufrir la humillación de ver indultados a golpistas y
malversadores entienden la amnistía como la segunda parte inevitable del
negocio de unos pocos. Me refiero a los que se han quedado solos
defendiendo el «credo común» de la Transición, esos mismos que hablan de
consenso a un PSOE que se burla de la propuesta mientras pacta con los
rupturistas. Hablo de los que están tan hartos de los insultos y la
irracionalidad que acompaña a todo nacionalista que prefiere que se
salgan con la suya y quitárselos de encima.
No
obstante, no hay que olvidar que Cataluña, como el País Vasco, es algo
más que los nacionalistas. Que hay mucha gente que sostiene ese «credo
común» porque tiene fe en la democracia para convivir, prosperar y ser
libre. Personas que no quieren vivir bajo el temor al rodillo
nacionalista, a esa bota totalitaria y arcaizante, oligárquica y
empobrecedora, al que este PSOE legitima todos los días. Merece la pena
resistir a la matraca progresista y nacionalista. Siempre.
Postado há 3rd October por Orlando Tambosi

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