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oaquín Torán comenta, em Letras Libres, o livro de de Bob McCabe sobre o célebre grupo, intitulado "Monty Python. Autobiografia":
oaquín Torán comenta, em Letras Libres, o livro de de Bob McCabe sobre o célebre grupo, intitulado "Monty Python. Autobiografia":
Tres
milagros –una aparición, un renacimiento y una resurrección– alumbraron
La vida de Brian (1979). Los tres son referidos en el libro Monty
Python. Autobiografía (2021), suerte de hagiografía, exégesis y sketch
en la que el crítico cinematográfico Bob McCabe indaga en la vida –y
milagros– del famoso sexteto británico compuesto por Graham Chapman
(1941-1989), John Cleese (1939), Michael Palin (1943), Eric Idle (1943),
Terry Jones (1942-2020) y Terry Gilliam (1943), cuatro ingleses, un
galés y un estadounidense nacionalizado inglés que pusieron patas arriba
con su humor surrealista, absurdo e incisivo las convenciones de la
comedia cinematográfica. Libros del Kultrum lo publica con un retraso de
dieciocho años respecto de su edición original; las arrugas del tiempo
no se notan en los pliegues de este volumen, notablemente más manejable
que la edición vernácula, y también más íntimo: su encuadernación, con
solapa interior plegable, le confiere el aspecto de un cofre, de un
receptáculo que alberga un tesoro de secretos, confesiones, lamentos y
–dada la categoría de sus protagonistas– pullas y carcajadas. Es un
libro que se ríe de la fatalidad, de la muerte, de los prejuicios y de
la rutina, y que celebra, con una sonrisa que nunca desfallece, la
amistad, el esfuerzo y el entretenimiento.
Esta
biografía funciona a modo de un sobrio documental a cámara: los seis
protagonistas –Graham Chapman, fallecido en 1989, es invocado desde el
más allá en base a las memorias de su hermano, de su pareja, y de la
ocasional voz de sus textos– desfilan ante las páginas prestando
recuerdos, contraponiendo opiniones, evaluándose y riéndose de sí
mismos. El libro es desenfadado ya desde su contracubierta; las
instructivas notas del editor contextualizan y ejercen de voz en off y
acotación de los monólogos reproducidos. La estructura es clásica,
cronológica, y se divide en siete partes, tantas como las edades del
hombre que los Python intentaron abarcar en su última y fallida –por
inacabada– película conjunta, El sentido de la vida (1983), con la que
quisieron homenajear a El discreto encanto de la burguesía de Luis
Buñuel. McCabe procura mantenerse fuera de foco, como simple
transcriptor, aunque no puede ocultar sus simpatías hacia la ternura de
Palin, la espontaneidad de Idle, la adusta creatividad de Gilliam, la
apabullante confianza de Cleese, los anhelos de Jones y los destellos de
Chapman.
En un libro así es fácil que florezcan los milagros. McCabe, como buen showman, los abona durante páginas, hasta el momento álgido de la función, cuando toda la atención del lector alcanza su cenit. La biografía regala así sus momentos más lúcidos, sus estampas más surrealistas, y se cuaja de declaraciones con la fuerza de titulares. De repente, el escenario nos sitúa en Barbados, durante dos semanas de principios de enero de 1978. En una mansión “de cuento de hadas”, antiguo resort de vacaciones de Winston Churchill, los Monty Python al completo resurgen tras la ruptura por hartazgo de John Cleese, sin el cual han rodado la cuarta y a la sazón última temporada de Flying Circus (1969-74), la serie por la que la posteridad los reconoce. A doce manos empezarán a escribir un guión ambientado en “una Judea imbuida de auténtico fervor mesiánico”.
Del
ambiente favorable se beneficiaría sobre todo Graham Chapman.
Alcoholizado durante la mayor parte de su vida, durante el rodaje de La
vida de Brian se comportó como un santón abstemio, un curandero que
abrió una consulta –era médico de profesión– en Túnez, el set natural
donde se grabaron varias de las tomas en exteriores. “De un modo muy
curioso” –rememora David Sherlock, su pareja, con un ápice de
melancolía– “su vida fue un largo ensayo para su papel de Brian, pues
para prepararlo se inspiró en sus propias vivencias.” Así pues, Brian,
el vecino de al lado de Jesucristo, nació de una catarsis.
Y
también de una aparición oportuna. El comparsa que apostó por la
película cuando las grandes distribuidoras se echaron atrás, ante el
temor de estar apoyando una herejía, fue George Harrison: hipotecó su
casa y aportó los cuatro millones de libras (de la época) necesarios
para completarla. “La financió él solo, porque quería verla. Debió de
ser la entrada para el cine más cara de la historia”, cuenta Idle, el
amigo íntimo del Beatle que facilitó su intermediación. El propio Idle,
ideólogo de la película –“Alguien me preguntó: ¿Tenéis algún proyecto en
mente?, y yo le respondí: Bueno, nuestra próxima película se titulará
Jesucristo ansias de gloria”– resume el espíritu del filme, una parodia
feroz contra el mesianismo que funciona también como enmienda a la
totalidad de los fanatismos y populismos. “Es una película muy
protestante, una crítica contra la gente que interpreta, que dice que
habla por boca de Dios y que mata por Dios, práctica aún en boga. La
gente se siente muy amenazada cuando alguien cuestiona su sistema de
creencias establecido, porque para ellos ese sistema es un asidero y no
toleran que nadie lo ponga en tela de juicio”, sostiene.
Largo
será el camino que conduzca a Brian. En las páginas previas, el lector
encontrará una elegía a los programas radiofónicos que nutrieron la
imaginación de los jóvenes Python y que sembraron la semilla de su
estilo; apuestas arriesgadas como The Goon show, un completo delirio de
voces, rápidos juegos de palabras y situaciones surrealistas a cargo de,
entre otros, Peter Sellers, que, según Palin, “daba a entender que el
mundo es un absurdo sin ningún sentido y que la gente está totalmente
chalada”, o Beyond the fringe, el espacio “que pasaba al ataque” y daba
un baño de humildad a una encorsetada sociedad británica. Transitará
también por los efervescentes escenarios teatrales universitarios de
Oxford y Cambridge que fraguaron las vocaciones interpretativas y
dramatúrgicas de los futuros Monty Python, y que fungieron de escaparate
y trampolín para el incipiente medio televisivo, ávido de guionistas
avispados y creativos. Habrá hueco para los groupies que deseen saber
más de los entresijos, a veces casuales, del Flying Circus, la tarjeta
de presentación televisiva en 45 capítulos del grupo que combinó “algo
repugnante como una pitón” con lo que parecía “el nombre de un
representante de actores casposo”, y que introdujo el monólogo interior
catódico a partir de unas animaciones de bajo presupuesto. E incluso se
hará un alocada parada en una “versión sucia y original de la Edad
Media” alejada del glamour de Hollywood (Los caballeros de la mesa
cuadrada y sus locos seguidores, 1974), en la que el rey Arturo trota al
ritmo de unos cocos por diez sketches y tres canciones.
Bob
McCabe traza la senda pythoniana en su prólogo: “Quienes cambian el
mundo no lo hacen necesariamente a bombo y platillo; a veces lo hacen
justo cuando la gente está mirando hacia otro lado.” Muchas páginas
después, John Cleese, en una de esas escenas post-créditos tan dignas de
Monty Python, zanja la experiencia con un epitafio: “Creo que
conseguimos que el público se sintiera mejor. […] Hicimos reír a mucha
gente, y esa es una de las mejores experiencias que se pueden regalar.” Y
leer con irreverencia.
BLOG ORLANDO TAMBOSI


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