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Em artigo publicado pelo Instituto Cato, Alberto Benegas Lynch (h) analisa as falácias mais comuns e explica vários tipos de raciocínios que são verdadeiros apenas na aparência:
Comencemos
con las falacias, es decir razonamientos con apariencia de verdad pero
que son errados. Aristóteles fue el primero en detallar y explicar las
falacias y tal vez el listado más abundante fue realizado por David
Hackett Fisher quien se refiere a ciento catorce falacias. Aquí nos
referimos a diez que son las más comunes en nuestro medio.
Primero,
la falacia ad populum, es decir, si lo hacen todos está bien, si no lo
hace nadie está mal. Con este criterio no hubiéramos pasado del
taparrabos y el garrote pues el primero que empleó el arco y la flecha
habría que condenarlo y así con todos los inventos de la humanidad.
Segundo, la falacia ad hominem, esto es, referirse peyorativamente a la
persona del contrincante y no a su argumentación. Decir, por ejemplo,
que la contraparte está equivocada porque es extranjera o porque
pertenece a tal o cual religión. Tercero, la falacia de generalización
que puede aplicarse al caso de un buen deportista que por ser tal se lo
consulta sobre la evolución de la economía o la política a lo que
responde entusiasmado el candidato sin percatase de la trampa.
Cuarto,
la falacia de carácter transitivo: se dice que una persona está
equivocada porque está vinculada a otra que sostiene este o aquel
principio. Puede ilustrarse esto con la pretendida refutación de un
argumento de A porque es amiga de B y C o porque pertenecen al mismo
país o grupo partidario. Quinto, la falacia ad baculum que amenaza con
la fuerza no necesariamente física sino referida a cantidad de personas
que apoyan la idea del opinante. Sexta, la falacia de autoridad que es
la que circunscribe su pretendida razón porque fulano o mengano lo
dicen. Séptimo, la falacia ad misericordiam, esto es la pretendida razón
apelando a la situación de la persona. La ilustración extrema que es la
más citada y la más ridícula es la del parricida que clama perdón por
quedar huérfano.
Octava,
la falacia de ignorancia que pretende un argumento valedero al concluir
que por el hecho de no poder demostrar la falsedad de algo resulta
verdadero o, por el contrario, por el hecho de no poder demostrar la
veracidad de algo resulta falso. Por ejemplo, sostener que hay
serpientes en cierto planeta no lo convierte en verdadero por el hecho
de no poder demostrar su falsedad o por el contrario el afirmar que no
hay esas serpientes en ese planeta no lo convierten en falso por el
hecho de no poder constatar su veracidad. Novena, la falacia de causa
falsa, esto es la pretensión de establecer nexo causal por el mero hecho
que un acontecimiento precede a otro. Y por último en nuestro
inventario en forma de decálogo, la petición de principio, la cual se
presenta reiterando en la conclusión lo mismo que se estableció en la
premisa.
Respecto
al valor de los datos estadísticos y los gráficos, ponemos en una
cápsula lo que hemos desarrollado detenidamente en otra oportunidad en
este mismo medio en torno al slogan de aquello que dato mata relato.
Ahora solo decimos que si fuera cierto que dato mata relato no habría
relato pues hubiera fenecido dado el abarrotamiento de estadísticas que
aparecen por doquier, sin embargo observamos que los relatos no sólo no
han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en
nuestra época.
¿Por
qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de
fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de
mucho mayor peso, cual es la confrontación entre interpretaciones
contrarias de los nexos causales de la realidad y recién entonces, una
vez comprendidos estos nexos, puede agregarse como una demostración de
aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en
esa instancia sirve para reconfirmar el punto.
Esto
que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía
Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado "The Facts in
Social Sciences" donde muestra la gran diferencia entre las ciencias
naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan
hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce
tal o cual resultado, sin embargo en ciencias sociales no hay
laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que
interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que
hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si
por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa
aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos
de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que
ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben
reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien
sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó
no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través
del desarrollo de nexos causales.
Lo
que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su
interpretación y todas sean valederas, habrá unas que se acercan más a
lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. El asunto
entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se
resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos pues esos
mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras
precisamente respecto al otro plano que venimos comentando. Como queda
consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no
hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico
requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por
eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D.
Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de
series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray
Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y
Hayek no contienen una sola serie estadística para probar sus puntos.
Entonces, para combatir el relato hace falta mucha más argumentación que
lamentablemente por el momento está en gran medida ausente. Por eso en
esta etapa los liberales en gran medida estamos perdiendo la batalla
cultural. Los socialismos disimulan con estadísticas pero otros flancos
argumentan a fondo con insistencia bajo el lema del mayo francés:
“Seamos realistas, pidamos lo imposible”.
Por
último, respecto a lo que se discute en torno al realismo, se ha dicho
que lo que no es percibido no es real, es decir, la tesis originalmente
expuesta por Berkeley. Pero eso habría que extenderlo al mismo sujeto
que observa, esto es, que no existiría si no lo percibe otro y así
sucesivamente lo cual no termina en la Primera Causa ya que,
paradójicamente, no tendría existencia real si no es percibida por otro,
situación que conduce a la inexistencia de todo (incluso de la
afirmación del no-realismo).
Por
otra parte, hay cosas que se estiman percibidas como, por ejemplo, los
espejismos, las ilusiones y las estrellas que creemos observar cuyas
luces navegan en el espacio pero que pueden haber dejado de existir hace
tiempo.
Por
el principio de no-contradicción, una proposición no pude
corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado
(el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar
que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que
es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la
objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos,
propiedades y procesos que existen o tienen lugar independientemente de
lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son
ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el
pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las
apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del
mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que
las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia
de lo que es.
Cuando
se dice que no puede tomarse partido por tal o cual posición debe
tenerse en claro que quien eso dice está de hecho tomando partido por no
tomar partido, del mismo modo que quien sostiene que no debe juzgarse
está abriendo un juicio. Como explicita Konrad Lorenz, si no hubiera tal
cosa como proposiciones verdaderas no tendría sentido ninguna
investigación científica puesto que no habría nada que investigar.
Paul
Watzlawick en su libro titulado ¿Es real la realidad? concluye que “la
tesis básica del libro según la cual no existe una realidad absoluta,
sino solo visiones o concepciones subjetivas, y en parte totalmente
opuestas [de lo que es] la realidad, de las que se supone ingenuamente
que responden a la realidad ´real´, a la ´verdadera´ realidad”.
Nos
parece que aquí se confunden planos de análisis. Como queda dicho, el
juicio subjetivo en nada cambia la existencia de las cosas, sus
propiedades y atributos. Ese juicio podrá desde luego estar más cerca o
más lejos de describir al objeto juzgado puesto que la proposición
verdadera consiste en la concordancia o correspondencia del juicio con
el objeto juzgado. Pero nuevamente decimos que esto no significa que las
dificultades de lograr el cometido se hayan disipado: el camino para
captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se
trata de una peregrinación. Hay en este sentido una permanente
navegación pues no hay puerto o destino final en el conocimiento ya que
remite a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Nunca el
ser humano llegará a una situación en que pueda ufanarse de haber
completado su faena de haber abarcado la totalidad de lo real ya que
estamos hablando de seres imperfectos, limitados y sumamente ignorantes.
Lo
dicho no quita para nada lo certera de la observación de Watzlawick en
cuanto a la influencia malsana del grupo en el individuo cuando un
sujeto se deja atropellar por lo que dicen o hacen otros.
Pero
esto no modifica nuestros comentarios sobre la realidad, solo que
demuestra la enorme presión de la multitud sobre quienes opinan
distinto, lo cual puede comprobarse a diario con personas que no se
atreven a opinar lo que se considera “políticamente incorrecto” y, por
ende, dejan de cumplir con su obligación moral de comportarse de acuerdo
con la integridad elemental y la honestidad intelectual por cobardía, y
así los timoratos dejan cada vez más espacio a la corriente dominante
para que imponga su visión.
Para
poner el asunto de otra manera, una cosa es afirmar erróneamente que la
realidad depende de la opinión y que, por tanto, no hay verdad objetiva
y otra bien diferente es reconocer que cada uno tiene el derecho de
interpretar, debatir, exponer y mostrar según su criterio cual es la
realidad de tal o cual cosa. Precisamente, en esto consiste la
posibilidad de progreso y acercamiento a la captación de diferentes
realidades. Como se ha apuntado, las sucesivas refutaciones parciales o
totales permiten el avance en el conocimiento.
La
duda (no de todo puesto que no dudamos que dudamos) y el racionalismo
crítico son buenos ejercicios: ubi dubiun ubi libertas (si no hay duda,
no hay libertad) puesto que en un mundo de dogmáticos no se requiere
libertad ya que todo sería certezas. Pero lo contrario no significa
escepticismo en el sentido de desconfianza en nuestra capacidad
perceptual, sino que la conciencia del error nos da la pauta que somos
capaces de distinguirlo de la verdad.
El
realismo –también crítico– profesa la existencia del mundo exterior al
sujeto que observa que es, por ende, distinto al sujeto que conoce. La
ciencia se refiere a la expansión del conocimiento de ese mundo exterior
que presupone para sus estudios y experimentos. La inteligencia, el
inter-legum, apunta a expandir el conocimiento que no se refiere solo a
lo que puede comprobarse en el laboratorio sino a fenómenos no
verificables en la experimentación sensible sino en el razonamiento de
procesos complejos.
Nicholas
Rescher en su obra Objetivity escribe que “La independencia ontológica
de las cosas –su objetividad y autonomía de las maquinaciones de la
mente– constituye un aspecto crucial del realismo” de lo cual no se
sigue que la mente pueda captar toda la realidad del universo, por lo
que “coincidimos con el realismo en el énfasis de la independencia del
carácter de la realidad, pero sabiendo que la realidad tiene una
profundidad y complejidad que sobrepasa el alcance de la mente”. Esto,
nuevamente recalcamos, es debido a las limitaciones de los humanos: el
esfuerzo por captar la realidad para nada elimina la posibilidad de
captar fragmentos de lo que existe.
Entonces
y en resumen, una cosa es la proposición falsa o verdadera y otra es la
lógica o ilógico del razonamiento para lo cual nada mejor que consultar
el formidable estudio sobre lógica de Aristóteles quien también criticó
a los sofistas al escribir que “la sofística es una sabiduría aparente,
pero no lo es” y que como apunta Julián Marías son relativistas. Morris
Cohen ha refutado la manía de sostener que una verdad debe ser
demostrada vía la verificación empírica al responder al opinante que su
conclusión no es verificable empíricamente y como nos ha enseñado Karl
Popper solo hay corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones,
pero en ningún caso en la ciencia hay verificación.
Este artículo fue publicado originalmente en Infobae (Argentina) el 20 de mayo de 2023.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi

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