BLOG ORLANDO TAMBOSI
El escritor aborda en 'Hasta que las piedras se vuelvan más ligeras que el agua' la espiral de deshumanización de un conflicto que duró 14 años. Rafael Narbona para El Cultural:
Las
guerras proporcionan lecciones terribles, como que la agonía de un ser
humano se parece extraordinariamente a la de un animal. António Lobo Antunes
(Lisboa, 1942) sirvió en la guerra de Angola como médico militar
durante más de dos años y en toda su obra se aprecia el eco de esa
experiencia. En su última novela, Hasta que las piedras se vuelvan más
ligeras que el agua, aborda una vez más la espiral de deshumanización de
un conflicto que duró 14 años y dejó un rastro de 800.000 muertos y 4
millones de refugiados.

Ninguno
de los dos bandos escatimó la crueldad con el adversario. Lobo Antunes
narra la peripecia de un militar portugués que asalta una choza y corta
las orejas y las manos de una mujer antes de acabar con su vida. Sin
embargo, su cuchillo se abstiene de degollar a su hijo, casi un bebé. No
es un gesto de compasión, sino de hastío. Aunque lo adopta, nunca
ocultará el desprecio que le inspira el color de su piel. Y el niño
crecerá odiándole y con el anhelo de vengar el agravio sufrido.
Lobo
Antunes hila una trama con la atmósfera de las tragedias griegas y los
grandes relatos del Antiguo Testamento. Y le imprime profundidad,
desdoblándola en el tiempo y el espacio. El relato transita
constantemente de Angola a Lisboa, sin respetar las normas aristotélicas
que exigen un desarrollo lineal y transparente. El lector puede
experimentar la sensación de extraviarse en el caos, pero es un desorden
fecundo. Lobo Antunes es un maestro de la introspección. Su forma de
narrar, similar a la de autores como Hermann Broch, Céline, Proust o Clarice Lispector, le permite bajar hasta lo más profundo.
Gracias
a las reiteraciones, las dislocaciones y las omisiones, sentimos el
tacto del amor, el rencor o el desengaño. Lobo Antunes no aporta atisbos
de esperanza. Su mirada es profundamente pesimista. La especie humana
se mueve por impulsos primarios, como el deseo sexual, la codicia
material y la ambición de poder. A pesar de esa perspectiva áspera, la
novela está salpicada de notas líricas, con grandes dosis de intuición,
belleza e incluso ternura. Las fosas saturadas de cadáveres no pueden
sofocar la obstinación de la vida.
Aunque
la tierra bajo la que yacen los cadáveres parece un sepulcro
inviolable, la fuerza de la gravedad no puede evitar que las piedras se
vuelvan más ligeras que el agua. La materia no puede ahogar la fuerza
ascendente de los recuerdos y el poder de la imaginación para convocar y
revivir el pasado. El ayer siempre regresa. La familia portuguesa que
ocupa el centro del relato sufrirá las consecuencias de la guerra,
precipitándose en el abismo del miedo, la culpa y el rencor. La
violencia mata el cuerpo, pero también reduce a ruinas el espíritu.
Lobo
Antunes merece el Nobel, pero quizás nunca lo reciba. No le preocupa.
Cuando le han preguntado por el galardón, ha contestado: “Me cago en el
Nobel. Los premios no mejoran los libros”. A pesar de haber superado la
barrera de los 80, su literatura no ha perdido sus cualidades
esenciales: intensidad, lirismo, hondura. Sería absurdo buscar en ella
conceptos como el perdón o la expiación, pero siempre nos toparemos con
una dolorosa lucidez.
Poética
y despiadada, Hasta que las piedras... redunda en una de sus ideas
esenciales: la clarividencia es la única cualidad que exime al ser
humano de ser una criatura miserable. Pienso que Esquilo y Nietzsche
suscribirían esta trágica sabiduría.

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