BLOG ORLANDO TAMBOSI
Al término de la Gran Guerra, miles de obreros y campesinos llevaron a cabo una revolución pacífica en Múnich, encabezada por un líder que parecía encarnar la utopía. A contracorriente de ese entusiasmo, Max Weber dictó una célebre conferencia en la que señaló los peligros de hacer política guiados por la convicción y no por la responsabilidad. En un mundo, como el actual, dominado por el populismo de soluciones fáciles y pureza ideológica, su visión realista resulta imprescindible. Texto de Enrique Krauze, publicado por Letras Libres:
Desgarraba todos los velos del pensamiento ilusorio,
y sin embargo nadie podía dejar de sentir que en el corazón
de aquella mente clara latía una profunda seriedad humana.
Karl Löwith
Me
emociona profundamente evocar, en esta ocasión tan honrosa para mí, la
figura de Max Weber. Pocos pensadores intentaron como él responder a la
pregunta implícita en el nombre de esta Real Academia, esas tres
palabras cuya compleja relación se discutía ya en el ágora de Atenas:
¿cuál es la Verdad que media entre la Política y la Ética? Weber, como
sabemos, abordó el problema en “La política como vocación”, célebre
conferencia que dictó en Múnich el 28 de enero de 1919 ante la Libre
Unión de los Estudiantes y cuyo contenido ha llegado hasta nuestros días
como una advertencia sobre los peligros convergentes, mil veces
comprobados, de la demagogia, los liderazgos carismáticos y los
fanatismos ideológicos.
Mi
propósito es ofrecer una lectura histórica y biográfica de la
circunstancia en que Weber dictó su perdurable lección. Me refiero a la
revolución de Múnich en 1919, episodio crucial para comprender el
sentido de su mensaje en la inesperada antesala de su muerte. Un drama
histórico y un drama personal se conjuntaron para impregnar aquellas
palabras con la gravedad de una profecía bíblica.
“¿Cuál
es el hogar ético para la política?”, se preguntaba Weber. La clave
residía en el contraste entre la “ética de la convicción” y la “ética de
la responsabilidad”. Para Weber –que, sin dejar de reconocer los fueros
de la primera, se inclinaba por la segunda– la genuina “vocación
política” suponía abrazar con pasión una causa, pero hacerlo sin vanidad
ni desbordamientos, con mesura y un atento sentido de responsabilidad.
Solo un político así merecía “poner su mano en la rueda de la Historia”.
No
era el caso de los demagogos que, “actuando bajo una ética absoluta,
solo se sienten responsables de que flamee la llama de la convicción, la
llama, por ejemplo, de la protesta contra las injusticias del orden
social”. Si su acción no alcanza el fin deseado, “responsabilizarán al
mundo, a la estupidez de los hombres o a la voluntad de Dios, que así
los hizo”. Weber notó la semejanza de los revolucionarios de su tiempo
con los profetas milenaristas del siglo XVII confiados en la inminente
llegada de Cristo: la misma sensación de “quiliasmo orgiástico”, igual
certeza en una “apertura escatológica de la Historia”. Demagogos,
profetas, revolucionarios anunciaban un futuro radiante que está por
llegar y, para apresurarlo, cualquier medio les parecía legítimo. Pero
la convicción subjetiva sobre el valor absoluto de los fines no
justificaba y menos santificaba el descuido irresponsable sobre las
consecuencias objetivas de los medios.
Tampoco
los pacifistas de su tiempo –esos políticos de la inacción– salían
librados del predicamento. Lo sabían los cuáqueros de la guerra de
Independencia americana, cuya pasividad frente al mal –basada en el
Sermón de la Montaña– los hizo responsables de un mal mayor. Dado que el
medio específico del poder es la fuerza, Weber lamentaba “la ingenuidad
de creer que de lo bueno nace solo lo bueno y del mal solo el mal”. A
menudo –decía– ocurre lo contrario, y quien no lo viese “era un niño,
políticamente hablando”. Esa paradoja conducía a admitir que “hay una
urdimbre trágica en la condición humana”, y en ninguna actividad era más
evidente que en la política. Por eso definió la genuina vocación
política como “un lento taladrar de tablas duras”.
Weber
no predicaba quietismo, conservadurismo o reacción. Tampoco ofrecía
caminos de salvación o recetas para la felicidad. Abría una vía
práctica, apasionada pero realista, para actuar sin sensaciones
románticas, con prudencia y fortaleza interna, en defensa de los más
altos valores humanos. En eso consistía la “ética de la
responsabilidad”.
Los
innombrados demagogos, revolucionarios y pacifistas de su conferencia
tenían rostro. Weber no los mencionó porque estaban implícitos: sus
jóvenes oyentes, la mayoría revolucionarios, sabían a quiénes se
refería. Su objetivo no era hablar a la posteridad sino influir en ellos
e incidir en la coyuntura inmediata. Pero, como todo clásico, el texto
rebasó su circunstancia.
Creo
ser un modesto testigo de esa permanencia. Desde hace medio siglo sentí
que Weber hablaba también a mi propia generación, la generación de los
sesenta en México, América Latina, Estados Unidos y Europa, igualmente
enamorada de la revolución. Por desgracia, ni aquella generación alemana
ni la mía atendieron su llamado. Yo preferí leerlo y releerlo. Al
cumplirse un siglo de la conferencia, decidí acercarme a Múnich en aquel
invierno de 1919. Y he creído entrever por qué Weber ha sido nuestro
contemporáneo.
*
A
veces los grandes momentos de la historia son los pequeños momentos de
la historia. Es el caso de la fugaz revolución de Múnich. Comparada con
las guerras mundiales o las revoluciones en Rusia o China parece apenas
el pie de página de un ejercicio fallido. Pero su significación es mucho
mayor: fue un terremoto social cuyas réplicas, cada vez más intensas,
marcaron al siglo XX. Se desplegó de noviembre de 1918 a mayo de 1919 en
tres etapas de creciente radicalidad (socialdemócrata, anarquista,
comunista) hasta desembocar en la brutal reacción militar, nacionalista y
antisemita que dio origen al partido nazi. Acaso ningún otro episodio
del siglo XX europeo contiene una densidad histórica similar.
Comenzó
al día siguiente de la derrota alemana en la Gran Guerra. A lo largo de
cuatro años, la exaltación inicial, la embriaguez patriótica, la
promesa de gloria habían desembocado en un infierno de racionamiento,
hambre, peste, y la confrontación de un saldo atroz: 1.7 millones de
soldados muertos, cuatro millones de heridos, un millón de prisioneros.
Mientras la suerte de Alemania dependía de Francia, Inglaterra, Estados
Unidos (la Rusia soviética acababa de pactar con Alemania la paz en el
Tratado de Brest-Litovsk), el antiguo orden se derrumbaba para siempre.
En Weimar, la ciudad de Goethe, se declaraba el 9 de noviembre la
república, que encabezarían los líderes del Partido Socialdemócrata, el
SPD. Pero la vida parlamentaria era un desenlace inadmisible para los
revolucionarios alemanes que buscaban emular (corregir, superar) el
reciente ejemplo de Lenin. Se prendieron varios focos de rebelión en
puertos y ciudades. En Berlín, dos líderes legendarios, Karl Liebknecht y
Rosa Luxemburgo, fundaron la Liga Espartaquista destinada a crear una
república libre socialista. El 15 de enero de 1919 serían brutalmente
asesinados, pero para entonces una revolución triunfante buscaba
arraigar en Múnich, capital del reino independiente de Baviera.
Dos
meses atrás, la antiquísima monarquía bávara había caído en cinco días
bajo el ímpetu de una movilización pacífica de decenas de miles de
obreros y soldados, encabezada por el menos probable de los líderes
políticos, un intelectual judío de 51 años llamado Kurt Eisner.
Neokantiano tocado por un idealismo mesiánico, había sido editorde
Vorwärts (el combativo diario del SPD), donde escribía columnas
políticas, textos satíricos y críticas de teatro. Encarcelado a
principios de 1918 por su postura pacifista y liberado en octubre,
Eisner se convirtió en el héroe del momento. En las plazas, los
auditorios, las asambleas y las cervecerías de Múnich, su discurso
electrizaba a “las masas”, término clave en la visión y el vocabulario
de la revolución. (Conviene notar que, en el momento más álgido de la
revolución, esas masas movilizadas se componían de decenas de miles de
personas, la mayoría obreros, acaso el 10% de la población.) El 8 de
noviembre, el Landtag, parlamento bávaro, nombró ministro presidente de
la república de Baviera a Eisner, quien contó también con la
legitimación de los consejos obreros, dando paso a un poder dual que
resultaría insostenible.
De
pronto, aquella ciudad apacible, culta y dinámica fue el escenario
donde se ensayaba el siglo XX. La gigantesca novedad de un gobierno
revolucionario tomó a todos por sorpresa. Y los acomodos fueron
inmediatos. Los consejos obreros, encabezados por intelectuales,
conquistaron aliados entre los soldados recién llegados del frente, pero
los principales partidos del centro a la derecha, la burocracia, la
burguesía y las clases medias, la prensa mayoritaria, el clero católico y
otros grupos religiosos (incluida la comunidad judía), las hermandades
secretas ultranacionalistas, buena parte de los maestros y estudiantes
universitarios, las legaciones diplomáticas de los países aliados a
Alemania, y sobre todo los agricultores (predominantes en Baviera), la
vieron como una anomalía, en algunos ámbitos, intolerable.
Todas
las ideologías del siglo XIX y XX, no solo los liberales y los
marxistas, los Settembrini y los Naphta, convergieron en Múnich. Y era
casi increíble el elenco intelectual, artístico y político que se dio
cita en aquella Babel. Una presencia mayor, al lado de Eisner, fue
Gustav Landauer, el mayor pensador del anarquismo alemán. Otros
intelectuales –literatos, economistas y sociólogos, algunos serios,
otros bohemios– se incorporaron también, creyendo reconocer en aquella
súbita revolución la aurora de la historia. A propósito de todos ellos,
criticando su “ética de la convicción”, dictó Max Weber su conferencia.
Entre los escépticos estudiantes que lo escuchaban se encontraba Max
Horkheimer, que años después fundaría la Escuela de Frankfurt. En Múnich
conspiraban los revolucionarios espartaquistas y los agentes de Lenin,
pero también varios futuros nazis, como Rudolf Hess y Ernst Röhm.
Alarmado por el ascenso revolucionario y sus protagonistas judíos, el
nuncio Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, enviaba informes al Vaticano.
Testigos de primera mano, registraron los hechos: Thomas Mann, Rainer
Maria Rilke, Victor Klemperer, Martin Buber y Gershom Scholem. Y un
oscuro soldado veterano de la guerra, pintor fracasado, merodeaba
confusamente los mítines y cuarteles buscando dónde y cómo verter su
vocación de odio. La encontró en Múnich: Adolf Hitler.
La
revolución de Múnich fue un vertiginoso teatro de las ideas, pero no de
ideas puras sino de ideas armadas. Cuando el 28 de enero de 1919 Weber
dictó su conferencia, habían pasado escasas diez semanas desde el arribo
de Eisner al poder. El orden republicano se mantenía. No había traza,
realmente, de una revolución bolchevique. Y la sangre no había llegado
al río. No obstante, Weber consideraba desastroso al gobierno de Eisner.
Antes de dirigirse a su público, comentó: “Esto no merece el honroso
nombre de revolución: es un carnaval sangriento.” Pero su rechazo por lo
que había pasado era la medida de su angustia por lo que veía venir.
Estaba persuadido de que la historia de su país, la de Europa y quizá la
del mundo, se decidía ahí y entonces. Y su visión era sombría. Ese don
anticipatorio es el don específico de todo profeta. Weber, el gran
científico de la sociedad, lo extraía de su experiencia, su sabiduría y
su descarnado realismo. Alejado de toda fe, paradójicamente, él también
era un profeta.
*
La
conferencia perfilaba al “tipo ideal” del político responsable. ¿A
quién correspondía el retrato? Por sorprendente que parezca,
correspondía a él mismo. En noviembre de 1918 Max Weber acababa de
llegar a Múnich, para incorporarse después de muchos años a la tarea
académica. Tenía 54 años de edad y tras de sí una obra monumental.
Siendo, probablemente, el intelectual más respetado de Alemania, su
posición era difícil de encasillar. Había sido, como tantos, un
partidario entusiasta de la guerra. “No importa cuál sea el desenlace,
esta guerra es grande y maravillosa”, escribía en agosto de 1914. Pero
no lo movía un romanticismo pangermánico sino lo que consideraba un
destino geopolítico inevitable: Alemania no era Suiza. Suiza podía ser
guardiana no solo de “la libertad y la democracia sino de valores
culturales mucho más íntimos y eternos”, pero Alemania no tenía más
remedio que afirmar su poder frente a la Rusia zarista y la hegemonía
angloamericana. Según Ernst Bloch, Weber solía vestirse de militar cada
domingo. Habría querido servir en el frente. Su consuelo fue dirigir,
con la misma disciplinada pasión que ponía en sus investigaciones, los
hospitales militares en Heidelberg.
Muy
pronto, los manejos políticos, diplomáticos y militares de la guerra le
parecieron no solo equivocados sino literalmente estúpidos. Lamentó la
conversión de una guerra que consideraba defensiva (sobre todo por el
expansionismo zarista) en una insensata empresa de expansión encabezada
por los “locos” militares pangermánicos y sus aliados industriales.
Criticó las medidas anexionistas en Bélgica, y advirtió que los ataques
submarinos contra buques civiles atraerían –como de hecho ocurrió– a
Estados Unidos a la guerra. Ningún protagonista estaba a la altura, ni
el káiser, a quien despreciaba, ni los sucesivos cancilleres doblegados
ante la tozudez y soberbia militar, que complicaría inmensamente la
salida pacífica: “¡No hay un solo estadista, uno solo, para manejar la
situación! Y pensar que ese hombre que no existe es imprescindible”,
escribía en noviembre de 1915 a su viejo amigo el pastor y político
Friedrich Naumann. Weber pensaba que ese estadista podía ser él.
En
1916 se mudó a Berlín para intentar poner “la mano en la rueda de la
Historia”, pero sus deseos se frustraron. Ni sus advertencias sobre el
desenlace económico de la guerra ni sus planes para representar
oficiosamente a Alemania con Polonia (concediendo a ese país ocupado la
necesaria autonomía) recibieron la menor atención. “Es altamente
improbable que haya algo para mí”, se quejaba. Sus amigos más devotos,
como Karl Jaspers, lamentaban el tiempo que perdía en esos afanes,
desviándolo de su obra. Pero él lamentaba más su vida vicaria. Y aunque
confesaba estar “harto de irrumpir en las oficinas de la gente para
‘hacer algo’”, no perdía la esperanza: “todos saben que, si me
necesitan, estaré a la mano en cualquier momento”.
Para
Weber, la política en ese momento tenía un solo fin: asegurar la paz
para construir el futuro. Pero no la paz a cualquier precio, menos aún
la paz indigna que, a su juicio, proponían los pacifistas. De la
posibilidad de una paz digna dependía la viabilidad de la república
parlamentaria alemana. Pero esa opción republicana y constitucional era
tan contraria a la hegemonía pangermánica y militarista como a la
revolución social en cualquiera de sus facetas, desde la “huelga
general” hasta la insurgencia bolchevique, espartaquista o anarquista.
Desde la Revolución de 1905 en Rusia y con mayor urgencia tras el
triunfo de Lenin en octubre de 1917, Weber escribió profusamente sobre
el socialismo, criticándolo no en términos axiológicos sino en su
concreción práctica: no veía la forma en que las profecías del
Manifiesto comunista pudieran cumplirse.
La
política, habría dicho, era “su amor secreto”, y seguiría siéndolo
hasta el final. Pero la política lo evadía. Si no podía aconsejar,
influir ni actuar, menos aún mandar, al menos podía enseñar fuera de la
cátedra, al tiempo en que retomaba sus Estudios sobre la sociología de
la religión. Por fortuna, estaban los jóvenes. ¿Podría aportarles
claridad y objetividad sobre el momento histórico? Dos años antes de
dictar “La política como vocación”, Weber asistió a dos seminarios en el
castillo de Lauenstein (mayo y octubre de 1917) a los que asistieron
varios autores reconocidos de diversas posturas políticas y un grupo de
estudiantes de tendencias liberales, socialistas y pacifistas. Lo que
ocurrió ahí –vívidamente recogido por su esposa, Marianne Weber, en su
admirable biografía– es el ensayo del desencuentro generacional que
tendría lugar en enero de 1919 en Múnich.
Los
jóvenes no buscaban claridad ni objetividad sino caminos de salvación.
Por eso no tenían paciencia para escuchar los errores del káiser, las
formalidades del sufragio universal o las sutilezas del régimen
parlamentario. Respetaban –recuerda Marianne– el “ethos controlado”, la
“sobria incorruptibilidad” de Weber, pero “les resultaba odiosa esa
mente científica incapaz de ofrecer una vía sencilla para resolver los
problemas […] y que a propósito de cada ‘ideal social’ se preguntaba por
qué medios y a qué precio podía alcanzarse”. Weber no desesperaba.
Estaba dispuesto a ser su maestro, siempre y cuando quisieran “romper
las duras nueces” del trabajo científico, buscar el conocimiento de sí
mismos y del mundo a través de datos, configuraciones y conexiones
objetivas, no de revelaciones.
Weber
descreía de las profecías sociales y sin embargo –según testimonio de
Marianne– su identificación más profunda no era con los incomprendidos
padres de la ciencia sino con el profeta Jeremías, “titán de la
invectiva” que clamaba contra su rey y contra su pueblo sin esperar ni
obtener respuesta, sin un séquito de apóstoles que lo siguiera, seguro
de su verdad. “Lo envolvía –recuerda Marianne– el pathos de la soledad
interna.”
¿Cuál
era el origen último de esa actitud? Un realismo trágico. Desde joven
supo que no le estaba dado el hechizo de la religión ni sus sucedáneos
ideológicos. A Weber –que comprendía ese hechizo y quizá hasta lo
añoraba– el mundo le incitaba la vocación inversa: deshacer el hechizo.
Se han trazado tres figuras prominentes en su genealogía: Darwin, Marx y
Nietzsche. Tres realistas. Del primero, la lucha por la vida con su
saldo inevitable de sufrimiento; de Marx, el riguroso análisis
materialista (pero limpio de su profetismo); de Nietzsche, el destino
del héroe, cantando al borde del abismo en un mundo sin Dios. En el
universo de Weber no cabían las ilusiones ni las reducciones: por el
tamiz comprensivo de sus “tipos ideales”, adquirían sentido las formas
económicas, las instituciones jurídicas, las éticas religiosas, las
fuentes de dominación política de la historia entera de Oriente y
Occidente. Pero si algo caracterizaba a ese tejido humano era la
inevitabilidad del conflicto. Frente a ella, la vocación más alta que
Weber podía concebir era la del político, porque ninguna otra actividad
alcanzaba como ella el núcleo trágico de la vida. Y porque, ejercida con
altura, podía tocar a las personas, a la calidad moral, a la nobleza de
su existencia.
Ese
fue el hombre que llegó a Múnich para descubrir que los jóvenes a
quienes predicaba la “ética de la responsabilidad” eran simpatizantes de
Kurt Eisner, un caudillo iluminado por la “ética de la convicción”,
demagogo surgido de las páginas sociológicas del propio Weber. Eisner
sería el villano secreto de la conferencia de Weber.
*
Eisner
era Hamlet en Múnich. Aunque lo desbordaba el ímpetu verbal, nunca se
apartó de las responsabilidades de un socialdemócrata: no nacionalizó la
prensa (que lo atacó sin piedad), no afectó la propiedad privada. En
cambio, logró introducir algunas reformas sustanciales (voto femenino,
descanso dominical, fin de la conscripción) e, inspirado por Landauer,
su consejero áulico, propuso un programa de “renovación espiritual”, que
incluía la educación secular al margen de la Iglesia (Baviera era
mayoritariamente católica). Pero terminó por no complacer a nadie. Su
ala izquierda lo empujaba hacia una revolución comunitaria o comunista,
que nunca consideró. La burguesía rechazaba sus reformas sociales. La
Iglesia, sus reformas educativas. Los regionalistas bávaros, su origen
prusiano. Y los nacionalistas, su condición judía.
Weber
no tenía esos prejuicios. Su animadversión tenía otro origen. Una de
las decisiones más osadas de Eisner al llegar al poder había sido la de
sacar a la luz documentos confidenciales que a su juicio probaban la
activa responsabilidad alemana en el estallido de la guerra. Amplios
sectores de la sociedad alemana y bávara repudiaron ese acto. Que fuese
un judío quien blandiera esos argumentos y arriesgara esos actos
alimentó la falsa leyenda de “la puñalada por la espalda” que “los
judíos” habrían propinado a la patria alemana para entregarla
simultáneamente a los poderes imperiales de Occidente y a los
bolcheviques rusos. Weber, por supuesto, no creía esas patrañas, pero el
acto de expiación, de arrepentimiento le pareció deshonroso, impropio
de un estadista. Un ejemplo clásico de la “ética de la convicción”.
Weber responsabilizó a Eisner “de desprestigiar la paz, no la guerra”.
La
popularidad de Eisner había ido menguando rápidamente y con ella su
limitado poder. Lo visible era el desempleo, la inflación, la carestía
de productos básicos, la parálisis del transporte. Finalmente tuvo que
admitir la fragilidad de su situación y optó por convocar a elecciones.
Se llevaron a cabo el 19 de enero de 1919, con resultados desastrosos
para su partido, el USPD. Prometió dejar su cargo. Una semana después de
las elecciones, Weber pronunció su conferencia.
*
Una
nación en vilo, una ciudad polarizada y enfebrecida, un científico
profeta que clamaba en el desierto, un demagogo carismático en
desgracia, una revolución que buscaba llegar a las últimas
consecuencias, una reacción que acumulaba fuerzas inauditas. Ese
contexto histórico y biográfico explica quizá la vehemencia de Weber:
Quien busca la salvación de su alma y la de los demás que no lo haga por el camino de la política, cuyas tareas son muy otras y solo pueden ser cumplidas mediante la fuerza.
Aunque
planeaba escribir una sociología de la revolución que no llevó a cabo,
trazó la curva de degradación que tenía ante sus ojos. Una vez que el
líder –es decir Eisner– desata las pasiones es difícil dominarlas. No
dependen de él. Aunque lo inspire una pureza prístina, su acción
descansa en el aparato que ha formado, y ese aparato no está integrado
única ni mayoritariamente por seres puros, sino por “los guardias rojos,
los pícaros y los agitadores” que le exigirían premios internos y
externos:
En las condiciones de la moderna lucha de clases, el líder tiene que ofrecer como premio interno la satisfacción del odio y del deseo de revancha […] la necesidad de difamar al adversario y de acusarlo de herejía.
Los
premios externos para los apparátchiki eran “el poder, el botín, las
prebendas”, porque, “no nos engañemos –apuntaba, aplicando el marxismo a
los marxistas–, la interpretación materialista de la historia no es un
carruaje que se toma y se deja a capricho, y no se detiene ante los
autores de la revolución”.
En
el mensaje final de su conferencia, citó ante sus jóvenes oyentes el
Fausto, de Goethe. “El demonio es viejo; háganse viejos para
entenderlo.” Su repetida invocación a las “fuerzas demoníacas” en la
política tenía el tono de una profecía. Vislumbraba que, por diversas
razones, “una Era de Reacción se entronizaría en menos de diez años”. Y
entonces todos los bienes a los que ellos aspiraban (y que Weber
confesaba también anhelar) serían inalcanzables. Él cumplía con
alertarlos. Lo que esperaba a Alemania no era “la alborada del estío
sino una noche polar de una dureza y una oscuridad glacial”.
Tres
semanas más tarde, el 21 de febrero de 1919, Eisner se encaminó hacia
la sede del parlamento para presentar su renuncia. No pudo llegar. La
bala de un joven aristócrata llamado Anton Graf von Arco auf Valley le
quitó la vida. Dato premonitorio: el magnicida actuó para legitimar su
identidad alemana frente a la Sociedad Thule, grupo de extrema derecha
nacionalista que había rechazado su incorporación por tener madre judía.
El “carnaval” apenas comenzaba a merecer el adjetivo de “sangriento”.
*
Aunque
no vivió permanentemente en Múnich sino hasta junio de 1919, Weber
atestiguó la tragedia anunciada. Tras el asesinato de Eisner, un débil
gobierno socialdemócrata en el que participaron amigos cercanos de Weber
(los economistas Otto Neurath y Edgar Jaffé) intentó reformas serias y
originales, pero a fin de cuentas fue rebasado por los consejos obreros
que el 6 de abril de 1919 decretaron la Primera República de Consejos de
Baviera, un insensato, inocente, idílico sueño anarquista que no
derramó una gota de sangre y quiso cambiar al mundo, como Dios, en siete
días. En ese plazo exacto fue desplazado por la Segunda República de
Consejos, ya abiertamente soviética y autoritaria, que terminó aplastada
el 1 de mayo por fuerzas militares bávaras y prusianas en cuyas filas
apareció conspicuamente el símbolo nazi.
Los
principales protagonistas de ese drama murieron más temprano que tarde,
directa o indirectamente a consecuencia de él. Landauer, la cabeza
intelectual del anarquismo romántico, fue espantosamente vejado,
torturado a golpes de rifle y macana, y asesinado el 2 de mayo. Weber
murió un año después, víctima de una neumonía. La extenuación política
no pudo ser ajena a su final: nunca perdió la fuerza interna, pero la
soledad de su batalla contribuyó seguramente a debilitarlo.
¿Se
cumplió su profecía? Se cumplió con creces. La revolución de Múnich,
que incluyó aspectos y momentos conmovedores de generosidad e idealismo,
probó que, en efecto, “del bien no se sigue el bien, sino a menudo lo
contrario”. Demagogos, socialistas, pacifistas, anarquistas, muchos de
buena fe, habían incurrido en el pecado político mayor: el pecado de
irrealidad.
No,
“las masas”, es decir, las masas obreras, no eran ni remotamente
mayoritarias en Baviera, ni en Alemania. No, la vocación política no
consistía en idear planes de salvación desatendiendo los fastidiosos
problemas prácticos. No, las fábricas no se avenían al orden socialista
sino a la continuidad capitalista, bajo otros patronos, no menos
imperiosos. No, el orden liberal, constitucional y parlamentario no
estaba liquidado en Occidente. No, el verdadero enemigo de los soñadores
de la revolución no era el Partido Socialdemócrata –al que
inexplicablemente detestaban, por tibio y reformista– sino el
nacionalismo militarista cuya reacción previó Weber y ellos nunca
vieron.
Algo
más no vieron aquellos líderes aunque tampoco, en rigor, el propio
Weber. No vieron reaparecer en toda su magnitud al monstruo de la
historia alemana: el odio contra los judíos. En Múnich, sobre todo a
raíz de la revolución, ese odio alcanzó proporciones demenciales. “Era
imposible evadir –escribió poco después el joven Gershom Scholem– los
enormes pósters rojos, sangrientos como el texto que convocaba a los
discursos de Hitler: ‘Bienvenidos, compañeros alemanes; no se admiten
judíos.’” Y no menos perplejo, Thomas Mann describiría a Múnich como “la
ciudad de Hitler”. Culpar a Eisner y sus colaboradores de ese desenlace
fue la previsible reacción de varios sectores: las víctimas, no los
victimarios, se volvían responsables de su propia muerte. Weber no
incurrió en ese juicio bárbaro. No solo eso: al final reconoció la buena
fe de Eisner y defendió decisivamente a varios líderes presos,
explicando ante los jueces el sentido de la “ética de la convicción”.
Admitiendo
la irrealidad política que cegaba a aquellos románticos, ¿tenía razón
Weber en su condena ética? Había entre ellos gradaciones que Weber no
supo reconocer. Eisner, el socialdemócrata, era un Kérenski alemán,
nunca un Trotski. Menos aún lo era el anarquista Landauer, idealista en
las antípodas extremas del realista Weber, santo laico, si los hay,
místico que detestaba la voluntad de poder de los marxistas y escribió
tratados de redención terrenal. Y aun en términos políticos, cabe
preguntar: ¿era de verdad irresponsable la postura pacifista de Eisner?
¿Eran irrealizables, al menos en pequeña escala, los proyectos de vida
comunitaria de Landauer? Tras el infierno de la guerra –que tanto ellos
como Weber vivían como el ciclo final de la racionalidad occidental–
Weber asumía la imposibilidad de devolver el hechizo al mundo. En cambio
Eisner y Landauer se resistían a ese sacrificio. Imaginar la utopía,
mantener la esperanza, vislumbrar un futuro distinto para la humanidad,
eran actos de fe, sí, pero también testimonios perdurables. Eisner y
Landauer no engañaron a nadie al ejercer hasta el límite la “ética de la
convicción”. Murieron por ella.
“La
política como vocación” nunca perderá vigencia. Max Weber hizo su parte
en defender los fueros de la objetividad del intelectual y la
responsabilidad en la política. E hizo más: vindicó para Alemania la vía
constitucional y parlamentaria. Pero ni siquiera él pudo prever los
extremos diabólicos a que llegarían los totalitarismos del siglo XX. ¿O
era esa “la noche polar” que anunciaba? Solo los espíritus heroicos,
dijo, ayudarían a remontarla. Por fortuna, no faltaron en las
democracias de Occidente héroes como él, que se atrevieron a ver de
frente “la urdimbre trágica de la historia” y trajeron consigo el alba.
Y yo me pregunto, ¿dónde están esos héroes, ahora, en esta nueva noche?
Discurso de ingreso como académico honorario
de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de España,
pronunciado en Madrid el 17 de octubre de 2023.
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Historiador, ensayista y editor mexicano, director de Letras Libres y de Editorial Clío.
Postado há 4 days ago por Orlando Tambosi

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