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Ainda que a ilustração liberal tenha um lado obscuro, sobre o qual há que se jogar luz, é preciso ter cuidado na hora de dirigir o foco. Este magnífico livro nos ensina a compreender melhor nossa própria tradição, ajudando a identificar o que devemos guardar para o futuro. Ensaio do professor Manuel Arias Maldonado para Letras Libres:
Durante
los últimos años, la teoría decolonial y la denominada ideología woke
han sometido a la tradición ilustrada de la sociedad occidental a una
crítica severa: de acuerdo con sus portavoces, los principios del
liberalismo político habrían estado contaminados desde un primer momento
de supremacismo racial y vocación imperialista, de tal manera que la
modernidad sufriría un pecado de origen del que no puede ya redimirse.
Se ha venido así discutiendo acerca del racismo de Kant, el machismo de
Adam Smith o el esclavismo de Locke; por no hablar del impacto
medioambiental del ideal decimonónico de progreso cuyo desarrollo es
indisociable de la revolución industrial. También se actúa fuera de las
bibliotecas: pensemos en el derribo violento de estatuas o en los
reproches que nos dirige de manera periódica el presidente de México a
cuenta del descubrimiento y conquista de América hace más de quinientos
años. Siendo común a todos estos postulados la tesis de que el
liberalismo político, la Ilustración o la modernidad –según donde se
ponga el acento– padecen un vicio de origen, su conclusión es que ningún
orden social justo puede construirse a partir de la herencia que nos
han dejado.
¿Tienen
razón quienes así razonan? A esa pregunta trata de responder María José
Villaverde en este jugoso volumen –más conciso de lo que parece si
restamos el exuberante cuerpo de notas que figura al final del texto–
mediante el estudio del caso particular de Alexis de Tocqueville.
Hablamos de una figura heroica del liberalismo, un aristócrata que se
desempeñó con brillantez en el pensamiento y la vida pública cuya
reputación ha sido cuestionada por algunos especialistas tras salir a la
luz unos textos sobre la colonización de Argelia. Para saber si
Tocqueville formaba parte del lado oscuro de la tradición liberal y
discernir en qué consiste exactamente ese reverso tenebroso, nuestro
país quizá no tenga a nadie más apropiado. Villaverde fue catedrática de
ciencia política en la Universidad Complutense de Madrid y sigue siendo
una de nuestras mejores historiadoras de las ideas políticas; conoce
como pocos el decisivo xviii francés y, como demuestra este trabajo,
tampoco es extraña al intenso siglo XIX en el que vivió Tocqueville: el
siglo del último Napoleón y de la máquina de vapor, de las revoluciones y
las restauraciones, del imperialismo y los nacionalismos.
Pero
este pasado, ¿cómo podemos conocerlo? La cuestión no es baladí y se
relaciona de manera directa con el reproche que el presente dirige hacia
el pasado cuando censura los valores entonces dominantes o las
opiniones expresadas por sus intelectuales. Villaverde apuesta por el
análisis contextual, que persigue la inmersión del historiador en la
época que estudia y trata de evitar el presentismo –o ahistoricismo– que
pide al ayer que sea como somos hoy. Para comprender rectamente a
Tocqueville o a cualquiera de sus colegas, por el contrario, tendríamos
que situarlo en su tiempo: solo así se apreciará “en qué se diferencia
de ellos, de qué tradiciones se nutre y qué aportaciones originales se
le pueden atribuir”. Hay que sumergirse en los textos publicados
entonces –libros, panfletos, periódicos, actas parlamentarias– para
averiguar que aún no se empleaba el término “imperialismo” o
sorprendernos de que el socialista Louis Blanc y los sansimonianos
fuesen firmes partidarios de la colonización de Argelia. Tal amplitud de
miras se hace patente durante la lectura del libro, ya que la profesora
Villaverde pone su erudición al servicio del análisis sin caer jamás en
el exhibicionismo académico.
Recordemos
que el siglo XIX fue asimismo el siglo de América, o sea de aquella
naciente república estadounidense que había culminado con éxito su
emancipación de la metrópoli británica e impulsaba su expansión hacia el
oeste arrasando con cuantos obstáculos encontraba a su paso: guerreando
contra los indios, quitando territorio a los mexicanos o pagando a
tocateja a franceses y españoles por sus viejas posesiones imperiales.
Aquí es donde Villaverde empieza su recorrido, describiendo el famoso
viaje que Tocqueville hace a Norteamérica junto a su amigo Gustave de
Beaumont en 1831 y detallando su manera de ver la cuestión racial, lo
que a su vez exige diferenciar entre el trato dispensado a los nativos
americanos y los regímenes de esclavitud “legal” (en el sur) o
discriminación sistemática (en el norte) de los negros procedentes de
África. Tocqueville pasa de idealizar al nativo –había leído a
Chateaubriand y Fenimore Cooper– a condolerse de su menosprecio,
culpando a los estadounidenses de engañarlos de manera sistemática a
golpe de tratados incumplidos. Es el tipo de detalles que pasaron
después por alto estudiosos de la revolución norteamericana tan
prominentes como la propia Hannah Arendt, aunque un western como Flecha
rota dejase claro ya en 1950 que los norteamericanos habían jugado sucio
con quienes estaban allí cuando llegaron ellos. También lamenta
Tocqueville el destino de los negros, a quienes paradójicamente se trata
peor en los estados norteños donde son nominalmente libres: la
jerarquía legal impuesta en el sur permitía al menos, observa, cierta
condescendencia paternalista.
Acusar
a Tocqueville de racista, sostiene Villaverde, carece no obstante de
fundamento. Pese al clima intelectual de la época, el liberal francés
nunca creyó que existieran diferencias innatas entre las razas y el
completo repaso que el libro ofrece de su larga correspondencia con
Joseph de Gobineau –padre de la teoría racial– así vendría a
demostrarlo. Es verdad que Tocqueville, temprano miembro de la Sociedad
de Amigos de los Negros fundada en 1788 por un grupo de ilustrados que
demandaba la extensión de los principios de la revolución a las colonias
francesas, apoyó la idea de indemnizar a los propietarios de esclavos a
fin de hacer posible su emancipación pactada. Pero aquí no hablaba el
pensador, sino el diputado que prefería un mal acuerdo al mantenimiento
de la situación existente. Menos original se muestra Tocqueville cuando
defiende la colonización de Argelia, persuadido como está de que el
expansionismo de las potencias europeas es una tendencia imparable. Al
igual que tantos otros pensadores de su tiempo, participó de la creencia
en un colonialismo filantrópico que perseguía la mejora de los pueblos
“atrasados” en el marco de una “misión civilizadora” cuyos orígenes
conceptuales sitúa Villaverde en el comienzo mismo de la modernidad. De
ahí a afirmar que la Ilustración solo fue una empresa de dominación
revestida del lenguaje paternalista de los buenos samaritanos, sin
embargo, hay un trecho.
En
cualquier caso, Tocqueville renegó desde el principio de los atroces
métodos de dominio empleados por las autoridades francesas y censuró el
olvido en que cayeron enseguida los intereses de los colonizados.
Resultan esclarecedores los intercambios epistolares entre Tocqueville y
John Stuart Mill, el gran teórico de la libertad que se permitía
sermonearlo pese a estar trabajando –lo hizo durante treinta años– para
la infausta Compañía de las Indias Orientales. Y si bien Mill terminó
por condenar la empresa colonial, Tocqueville fue más lúcido cuando
predijo su fracaso: los sentimientos negativos que el colono inspira en
el colonizado no pueden ser erradicados. Pero ¿es casualidad que
liberalismo, nacionalismo e imperialismo coincidan en el tiempo? ¿No
será que el liberalismo es secretamente nacionalista y tiende hacia el
imperialismo? Para Villaverde, es al revés: un imperialismo de base
nacionalista empleó de manera temporal e instrumental los conceptos
liberales. Y es que un liberalismo rectamente entendido es incompatible
con la exaltación de las colectividades o la supresión de la libertad
individual; asunto distinto es que la praxis liberal no siempre haya
estado a la altura de su mejor teoría.
Si
bien la causa abierta por los críticos de Tocqueville no es objeto de
sobreseimiento, el acusado termina absuelto de la mayor parte de los
cargos que se elevan contra él; no solo podemos seguir leyéndolo, sino
que tiene aún mucho que enseñarnos. Y aunque la propia Ilustración
liberal tiene un lado oscuro sobre el que hemos de arrojar luz, hay que
tener cuidado a la hora de dirigir el foco: no sea que acabemos por no
ver nada en absoluto. Este magnífico libro nos enseña a comprender mejor
nuestra propia tradición, ayudándonos de paso a identificar aquello que
de la misma todavía podemos guardar para el futuro.
Manuel Arias Maldonado (Málaga,
1974) es catedrático de ciencia política en la Universidad de Málaga.
Su libro más reciente es 'Abecedario democrático' (Turner, 2021).
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi
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