Spinoza abandonou a comodidade do negócio familiar para dedicar-se à filosofia. Ao rejeitar os valores do êxito material e social, empenhou-se em encontdrar um modo de felicidade que não dependesse das circunstâncias. Steven Nadler para Letras Libres, que apresenta neste mês um dossiê sobre Spinoza:
Cada
día, miles de millones de personas dedican una cantidad significativa
de tiempo a adorar un ser imaginario. Más precisamente, alaban, exaltan y
rezan al Dios de las principales religiones abrahámicas. Ponen sus
esperanzas en –y temen a– una deidad trascendente y supernatural que,
creen, creó el mundo y ahora ejerce providencia sobre él.
En
los escritos proféticos del judaísmo, el cristianismo y el islam, ese
Dios está dotado de características psicológicas y morales familiares.
Él –el Dios abrahámico es típicamente concebido como masculino– tiene
conocimiento, percepción, intención, voluntad y deseo, y Él experimenta
emociones tales como los celos, la decepción, el placer y la tristeza.
Dios es poderoso y libre, ilimitado en Su omnipotencia. Él decreta
mandamientos con la seguridad de que serán cumplidos, y Él aplica un
severo juicio sobre aquellos que no los obedecieron. Dios es también
bueno, benevolente y misericordioso, y el plan providencial concebido y
llevado a cabo por Dios se fundamenta en la sabiduría y la justicia.
Este
Dios demasiado humano no existe, o así argumenta el filósofo del siglo
XVII Bento de Spinoza, quien sostiene que semejante divinidad es una
ficción supersticiosa fundada en las irracionales pasiones de los seres
humanos que a diario sufren las vicisitudes de la naturaleza.
Sintiéndose perdidos y abandonados en un mundo inseguro que no atiende
sus deseos y, sin embargo, encontrando al mismo tiempo en ese mundo un
orden y una conveniencia que parecen más que accidentales, imaginan un
Espíritu gobernante que, según el modelo de la acción humana, dirige
todas las cosas hacia ciertos fines. He aquí cómo Spinoza describe el
proceso psicológico común:
como encuentran en sí mismos y fuera de sí no pocos medios que contribuyen en gran medida a la consecución de su utilidad, como, por ejemplo, los ojos para ver, los dientes para masticar, las hierbas y los animales para alimentarse, el sol para iluminar, el mar para criar peces, etc., de ello resultó que consideraran a todos los seres naturales como medios conducentes a su utilidad. Y como saben que esos medios han sido hallados, pero no dispuestos por ellos, tuvieron así motivo para creer que hay algún otro que ha dispuesto tales medios para uso de ellos. En efecto, después de considerar las cosas como medios, no han podido creer que se hayan hecho a sí mismas, sino que de la existencia de aquellos medios que ellos suelen disponer debieron concluir que había algún o algunos rectores de la Naturaleza, dotados de libertad humana, que les han procurado todo y han hecho todo para uso de ellos.
Pensamiento
reconfortante en verdad, pero no más verdadero por la consolación que
produce. Esa gente “que ve a Dios como hombre […] se aleja del verdadero
conocimiento de Dios”. No hay deidad trascendente; no hay ser
sobrenatural, no hay ser que esté separado o sea diferente de la
Naturaleza o esté más allá de ella. No hubo creación; no habrá juicio
final. Solo existe la Naturaleza y lo que pertenece a la Naturaleza.
La
palabra “Dios” sigue disponible, incluso es útil, particularmente en
tanto encierra ciertos rasgos esenciales de la Naturaleza que
constituyen (al menos entre los filósofos de los tiempos de Spinoza) la
definición de Dios: la Naturaleza es una sustancia eterna, infinita, que
necesariamente existe, la causa más real y auto-causada de todo lo que
sea real. (Spinoza define “sustancia”, la categoría básica de su
metafísica, como “aquello que es en sí y se concibe por sí”, esto es, lo
que tiene verdadera independencia ontológica y epistemológica.) Por
ende, Dios no es nada distinto de la Naturaleza misma. Dios es la
Naturaleza, y la Naturaleza es todo lo que hay. Es por ello que Spinoza
prefiere la expresión Deus sive Natura (“Dios o la Naturaleza”).
Al
principio de su obra maestra, la Ética, Spinoza dice que “todo lo que
es, es en Dios” y “de la necesidad de la naturaleza divina deben
seguirse infinitas cosas en infinitos modos”. Todas las cosas, sin
excepción, están en y son parte de la Naturaleza; son gobernadas por los
principios de la Naturaleza y producidas por otras causas naturales.
Spinoza puede ser leído ya sea como un panteísta –que históricamente
parece ser la interpretación más común– o como un ateo, como algunos de
sus más vehementes críticos (y entusiastas) han hecho. De una u otra
manera, lo que no está a discusión es el rechazo al Dios abrahámico
personal y antropomórfico.
De
ello se deriva que no hay, ni puede haber, tal cosa como la divina
providencia, por lo menos como habitualmente se entiende. Todo lo que
ocurre en la Naturaleza y conforme a las leyes de la Naturaleza ocurre
como necesidad ciega y absoluta. Cada cosa y cada situación están
causalmente determinadas para ser como son. Ni la Naturaleza misma ni
nada en la Naturaleza hubieran podido ser distintos. Como Spinoza lo
formula, “en el orden natural de las cosas nada se da contingente; sino
que todo está determinado por la necesidad de la naturaleza divina a
existir y obrar de un cierto modo”. En la visión de Spinoza, este no es
el mejor de todos los mundos posibles; no es siquiera uno entre muchos
mundos posibles. Este es el único mundo posible. “Las cosas no han
podido ser producidas por Dios de ningún otro modo ni en ningún otro
orden.”
No
es necesario decir que no hay ni puede haber milagros, entendidos como
excepciones de origen divino a las leyes de la naturaleza. No es solo
que los milagros sean altamente improbables o difíciles de detectar,
sino que son metafísicamente imposibles. La naturaleza no podría de
ninguna manera contravenir sus propios y necesarios modos. Los
acontecimientos que consideramos milagrosos son simplemente aquellos
cuya explicación natural ignoramos. “Nada existe en la naturaleza que
sea contrario a sus leyes universales […] es lo cierto que los antiguos
consideraban como milagroso todo aquello que no acertaban a explicarse
de la manera que el vulgo explica las cosas, es decir, pidiendo a la
memoria el recuerdo de algún suceso semejante que se tenga costumbre de
concebir sin asombro, porque el vulgo cree comprender suficientemente
las cosas cuando han cesado de sorprenderle.”
La
teleología también es una ficción. No hay finalidades para la
Naturaleza ni finalidades en la Naturaleza. La Naturaleza misma no
existe por el bien de ninguna otra cosa, y nada es dirigido por la
Naturaleza hacia ningún fin. Lo que sea que es, solamente es; lo que sea
que ocurra, solamente ocurre (y debía ocurrir). Ni el universo mismo ni
ninguna cosa en el universo fueron creados para alcanzar un objetivo.
Lo
que es cierto para la teleología también es cierto para los valores
morales y estéticos. Nada es bueno o malo o bello o feo en sí mismo.
“Por lo que atañe a lo bueno y a lo malo, tampoco indican nada positivo
en las cosas, por lo menos consideradas en sí mismas, y no son sino
modos de pensar o nociones que formamos porque comparamos las cosas unas
con otras.” Dios no creó el mundo porque era bueno; ni es bueno el
mundo porque Dios lo creó. De nuevo: cualquier cosa que es, solamente es
y debía ser como es, punto. Tal es el universo que Spinoza describe y
establece por medio del “método geométrico” –una serie de definiciones,
axiomas, proposiciones demostradas, corolarios y escolios– en las partes
metafísicas de la Ética. A primera vista parece un panorama más bien
sombrío, uno que atañería a la forma más radical del nihilismo.
Pero hay más.
La
necesidad inviolable de la Naturaleza gobierna no solamente el mundo de
los objetos físicos –en el que las manzanas caen de los árboles y las
rocas ruedan cuesta abajo– sino también el terreno de la actividad
humana, incluso lo que sea que ocurre en la mente humana. Pensamientos,
ideas, intenciones, sentimientos, juicios, deseos, incluso la voluntad
–nuestros actos deliberados del día a día–, están todos sujetos a las
leyes del pensamiento tanto como los cuerpos en movimiento lo están a
las leyes de la física. De hecho, Spinoza proclama con atrevimiento, al
inicio de la parte tercera de la Ética dedicada a la psicología humana:
“trataré de la naturaleza y de las fuerzas de los afectos, y de la
potencia del alma sobre ellos, con el mismo método con que en las partes
precedentes he tratado de Dios y del alma, y consideraré las acciones y
los apetitos humanos igual que si fuese cuestión de líneas, superficies
o cuerpos”. Un acto mental o suceso psicológico sigue a otro con la
misma necesidad y certeza deductiva con la que, a partir de la
naturaleza del triángulo, se infiere que sus ángulos interiores suman
ciento ochenta grados. En la mente, no menos que entre los cuerpos,
gobierna un estricto determinismo causal, y nada hubiera podido ser
diferente de como es.
Esto
significa que no hay tal cosa como el libre albedrío. La idea de que lo
que uno quiere o desea o elige es una especie de espontáneo acto de la
mente –posiblemente influido por otros objetos mentales, como las
creencias o las emociones, pero de ninguna manera determinado
absolutamente por ellos– es una ilusión. “Todos los hombres nacen
ignorantes de las causas de las cosas […] creen ser libres, puesto que
son conscientes de sus voliciones y de su apetito, pero no piensan, ni
en sueños, qué causas los disponen a apetecer y querer, porque las
ignoran.” Existe, desde luego, un tipo de libertad accesible a los seres
humanos, y es nuestro mayor interés luchar por alcanzarla; ese es el
gran propósito de la Ética. Pero la libertad humana no consiste, ni
puede consistir, en la clásica capacidad de haber elegido o deseado o
actuado de modo diferente a como uno lo hizo. “En el alma no hay ninguna
voluntad absoluta o libre, sino que el alma es determinada a querer
esto o aquello por una causa que también es determinada por otra, y esta
a su vez por otra, y así hasta el infinito.”
No
viene al caso lamentar nada de esto –la desaparición de un Dios
providencial, el vaciamiento de todos los significados y valores del
mundo, la pérdida de nuestro libre albedrío– ni desear que las cosas
fuesen diferentes (ya que en ningún caso podrían ser diferentes). Pasar
la vida en estado de resignación pasiva o lamentando su suerte y
maldiciendo la Naturaleza por las cartas que a uno le tocaron no es solo
una pérdida de tiempo, sino que es también irracional y dañino. Es, en
efecto, sufrir y ser (en palabras de Spinoza) un “esclavo” de las
pasiones.
¿Pero
cuál es la alternativa? Dentro de ese mundo eterno, infinito,
necesario, determinístico y carente de sentido, ¿hay alguna manera de
florecer para seres finitos y mortales como nosotros, sujetos a las
hondas y flechas de la ultrajante fortuna? Cuando no hay un Dios sabio,
justo y providencial dirigiendo las cosas hacia algún fin, cuando todo
es gobernado por una necesidad inviolable, semejante a una ley, y nada
podría haber sido diferente, ¿podemos, a pesar de ello, esperar
alcanzar, con nuestros propios recursos y esfuerzo, una vida de
bienestar, incluso de “bienaventuranza” y “salvación”?
Esa
es precisamente la pregunta que condujo a Spinoza, alrededor del tiempo
de su herem (proscripción o excomunión) de la comunidad
judía-portuguesa de Ámsterdam, a abandonar su vida de comerciante y
comenzar a investigar la más profunda e importante de las indagaciones
morales: ¿qué es la felicidad humana y cómo es posible alcanzarla?
*
Una
gran parte de la vida de Spinoza está envuelta en misterio. Nació en
Ámsterdam el 24 de noviembre de 1632, hijo de los inmigrantes
portugueses Miguel d’Espinoza y su segunda esposa, Hanna Deborah. Miguel
y Hanna venían ambos de familias de “conversos” –católicos en
apariencia cuyos ancestros judíos habían sido convertidos a la fuerza– y
regresaron a la práctica abierta del judaísmo solamente tras llegar al
ambiente generalmente tolerante de la República holandesa. Miguel era un
comerciante y la familia, relativamente próspera, era prominente entre
los sefarditas de Ámsterdam. Spinoza y sus hermanos asistían a la
escuela de la comunidad judía y ayudaban en el negocio de su padre.
En
general, sin embargo, sabemos realmente poco de la juventud y edad
adulta temprana de Spinoza –incluyendo las razones detrás del herem, más
allá de lo que el documento de la proscripción llama “herejías
abominables y hechos monstruosos”– y apenas poco más de los años de su
madurez antes de su muerte prematura el 21 de febrero de 1677. Cuando
murió, el círculo de amigos responsables de compilar ediciones latinas y
holandesas de sus escritos inéditos decidió aparentemente destruir toda
la correspondencia de naturaleza personal, privando así a las
generaciones futuras de cualquier atisbo que esas cartas pudieron haber
contenido acerca de su vida y sus pensamientos sobre asuntos no
filosóficos.
Y,
sin embargo, lo que generalmente se considera el primerísimo escrito
que tenemos de Spinoza comienza con una poco usual narración
autobiográfica. Por un breve momento, somos testigos de cómo Spinoza
reflexiona sobre la trayectoria de su vida en los primeros párrafos del
inacabado Tratado de la reforma del entendimiento, el cual probablemente
comenzó hacia 1658, apenas un par de años después de su excomunión.
Después que la experiencia me había enseñado que todas las cosas que suceden con frecuencia en la vida ordinaria son vanas y fútiles, como veía que todas aquellas que eran para mí causa y objeto de temor no contenían en sí mismas ni bien ni mal alguno a no ser en cuanto que mi ánimo era afectado por ellas, me decidí, finalmente, a investigar si existía algo que fuera un bien verdadero y capaz de comunicarse, y de tal naturaleza que, por sí solo, rechazados todos los demás, afectara al ánimo; más aún, si existiría algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema.
Antes
del herem, que tuvo lugar en el verano de 1656, Spinoza y su hermano
Gabriel dirigían el negocio de importaciones que heredaron de su padre
tras su muerte. A pesar de que el negocio, lastrado por una deuda
importante, no era ciertamente una gran fuente de “honor y riqueza”, el
tren de vida que le proporcionaba a Spinoza era suficiente para hacerlo
dudar de renunciar a él “si quería dedicarme seriamente a una nueva
tarea”. Aunque sentía cierta insatisfacción con la vida que estaba
llevando, “parecía imprudente querer dejar una cosa cierta por otra
todavía incierta”. Al mismo tiempo, percibió que la “suprema felicidad”
residía fuera de la vida mercantil, con sus altas y bajas frecuentemente
incontrolables y sus recompensas imperfectas y fugaces, y le preocupaba
perder la oportunidad de alcanzar el bien superior.
Lo que es más frecuente en la vida y, por lo que puede colegirse de sus obras, lo que los hombres consideran como el sumo bien, se reduce a estas tres cosas: las riquezas, el honor y el placer. Tanto distraen estas tres cosas la mente humana, que le resulta totalmente imposible pensar en ningún otro bien.Por lo que respecta al placer, el ánimo queda tan absorto como si descansara en el goce de un bien, lo cual le impide totalmente pensar en otra cosa. Pero tras ese goce viene una gran tristeza que, aunque no impide pensar, perturba, sin embargo, y embota la mente. La búsqueda de los honores y de las riquezas distrae también, y no poco, la mente, sobre todo cuando se los busca por sí mismos, ya que entonces se los considera como el sumo bien.
Como
muchos pensadores antes que él, el joven Spinoza se dio cuenta de que
los supuestos beneficios del éxito material y social tienden a ser
efímeros e impredecibles. Más aún, están invariablemente acompañados de
una variedad de males, incluyendo la ansiedad, la envidia y el deseo
frustrado. En busca de una fuente más perdurable de satisfacción,
concluyó que ya era tiempo “de embarcarse en una nueva manera de vivir”.
A pesar del riesgo y la incertidumbre que significaría, estaba
convencido de que hacerlo así era lo mejor para él. “Abandonaría un bien
incierto por su propia naturaleza […] por otro bien incierto, pero no
por su naturaleza (pues yo buscaba un bien estable), sino tan solo en
cuanto a su consecución.” De hecho, razonó, “dejaría males ciertos por
un bien cierto”. Fue así que renunció a una vida convencional guiada por
valores mundanos y entregada a la búsqueda de bienes transitorios, por
la vida de la filosofía y la búsqueda del “sumo bien”: la felicidad
suprema.
Lo
que revela Spinoza en estas líneas iniciales de su obra más temprana es
que su proyecto intelectual era, desde el inicio, fundamental y
esencialmente una filosofía moral en el sentido más amplio del término.
*
El
tema de la filosofía moral clásica era alcanzar el bienestar personal.
Para filósofos antiguos como Sócrates, Platón y Aristóteles, lo mismo
que para los cínicos, escépticos y estoicos, el interés de la ética
versaba ante todo en cómo un ser humano ha de llevar una buena vida. Su
tratamiento de la virtud se encaminaba a revelar cómo podría uno lograr
la eudemonía, traducida frecuentemente como “florecimiento” o
“felicidad” (en el entendido de que semejante vida incluía también
tratar a los otros seres humanos de manera considerada). Para los
filósofos medievales de la tradición cristiana y los pensadores que
escribían en hebreo y árabe en las tradiciones judía y musulmana, el
objetivo era casi semejante, aunque se entendía ahora como
bienaventuranza y salvación en un contexto que incluía un Dios
providencial. (Como lo formulan algunos estudiosos, las éticas antiguas y
medievales son más “egocéntricas” que las concepciones modernas: más
enfocadas en “lo bueno” que en lo “correcto”.)
Spinoza
encaja bien en esta amplia tradición eudemonista. Ciertamente es
tentador, al leer a Spinoza, concentrarse en su presentación
asombrosamente “herética” de Dios y la naturaleza en la Ética, lo mismo
que en su rechazo de los milagros y la autoría divina de la Biblia y en
su crítica inmisericorde de lo que comúnmente se considera la religión
en el Tratado teológico-político, que suscitó gran alarma al momento de
su publicación en 1670. Después de todo, fueron estas ideas audaces y
radicales las que escandalizaron tanto a sus contemporáneos, y han sido
el foco de la atención académica y popular durante siglos. Sin embargo,
la meta primordial de la filosofía de Spinoza –a la que sirven sus
teorías metafísicas, epistemológicas, políticas, teológicas y
religiosas– es nada menos que demostrar el camino al verdadero
bienestar, a un modo de felicidad humana que es estable, completo y no
sujeto a los caprichos de la suerte. La pregunta que, por encima de todo
lo demás, lo condujo en primer lugar a abandonar la aparente seguridad
del negocio familiar –e igualmente importante, un lugar cómodo en su
comunidad– y a dedicarse a la filosofía era una pregunta muy antigua:
¿qué es la buena vida?
Lo
que descubrió Spinoza, y lo que quiere que sepamos, es que existe una
particular manera de vivir que significa un tipo de perfección de
nuestra naturaleza humana. Es de hecho un estado que constituye un
verdadero florecimiento humano, e incluso nos asemeja de algún modo a
Dios o a la naturaleza misma.
Si
hay un objeto que recorre y unifica los escritos de Spinoza es la
libertad. El Tratado teológico-político tiene por tema la libertad de
pensamiento y de expresión –una libertad personal, cívica y religiosa
por la cual ni los poderes fácticos políticos ni los eclesiásticos
podrán interferir con la “libertad para filosofar” de cada quien–. El
tratado concluye, de hecho, con lo que es posiblemente la declaración de
tolerancia más notable del periodo moderno temprano:
Nada hay más seguro para el Estado que encerrar la religión y la piedad en el solo ejercicio de la caridad y la justicia, y limitar el derecho de los poderes soberanos, tanto en las cosas sagradas como en las profanas, a los actos únicamente; por lo demás concédase a cada uno, no solo libertad de pensar como quiera, sino también de decir cómo piensa.
La
Ética se ocupa de un tipo de libertad relacionada pero diferente: no
tanto la libertad de pensar o decir lo que uno quiera, sino más bien la
libertad que consiste en ser un agente activo y autogobernado. Uno puede
vivir a merced de las circunstancias, buscando y evitando
precipitadamente cosas cuyas idas y venidas están por completo fuera de
su control. La persona libre, en contraste, tiene control de su vida.
Actúa en vez de reaccionar. Ciertamente hará lo que desea, pero lo que
desea –y por ende su comportamiento– está guiado desde adentro, por el
conocimiento y no por la imaginación, el sentimiento o las impresiones.
La persona libre es guiada por la razón, no por la pasión. La vida de la
persona libre, en suma, es el modelo de vida para un ser humano.
Traducción de Andrea Martínez Baracs.
Fragmento de Think least of death. Spinoza on how to live and how to die. Copyright © 2020 Princeton University Press.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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