Ainda que o processo de globalização das últimas décadas tenha apresentado alguns problemas ou gerado tensões políticas, o benefício que a sociedade dela obteve é muito maior que os custos, digam o que digam os anticapitalistas e nacionalistas. Álvaro Martín para o Instituto Juan de Mariana:
No
es ninguna novedad que nuestro modelo de globalización se encuentre
amenazado por los sospechosos habituales. Desde hace varias décadas son
muchas las fuerzas político-institucionales que han tratado, sin mucho
éxito, de retraer la expansión de la globalización y atacar sus
principales estandartes. Si algo hemos observado a lo largo de los
últimos años es una intensificación del movimiento antiglobalización,
tanto por las tendencias políticas posteriores a la Gran Recesión como,
más recientemente, por el incipiente reordenamiento geopolítico y de
poder a escala global. Fue la geopolítica la que dio paso a la
globalización moderna -con el derrumbe del muro de Berlín y el colapso
de la Unión Soviética- y puede ser la geopolítica la que destruya el
modelo de globalización al que estamos acostumbrados -tanto a raíz de la
pandemia, como de la guerra de Ucrania o las severas fricciones entre
China y EEUU-.
Como
siempre he pensado y repetido en múltiples ocasiones, los enemigos de
la globalización no se confinan en una esquina del espectro político,
sino que ocupan ambas alas de este, yendo desde la izquierda postmoderna
y anticapitalista hasta la derecha nacionalista y aislacionista. Aunque
el ideario y el argumentario de ambos grupos sean distintos, uno de sus
fines es común: acabar con la globalización tal y como la conocemos hoy
en día para imponer un modelo alternativo de comercio a escala global.
Aún
así, no debemos ser excesivamente pesimistas con el panorama actual, ya
que, aunque durante el último par de años no haya cesado la
conversación sobre la posible desglobalización, dicha tendencia no se
refleja en las cifras de comercio a escala global. De hecho, los datos
de flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital e incluso
personas se encuentran en máximos históricos en multitud de países. Esto
no significa que no debamos preocuparnos por las amenazas existentes a
la globalización, sino que el sistema actual está tan consolidado y las
redes comerciales a escala global son tan sólidas que el coste de
retraerlas sería muchísimo mayor que optar por la continuación del
presente modelo.
El
modelo autárquico que proponen como alternativa la mayoría de los
enemigos de la globalización simplemente conllevaría a una mayor
miseria, pobreza y sufrimiento; no solo en Occidente, sino, asimismo, y
de manera más importante, en los países emergentes, ya que muchos de
ellos son notablemente dependientes del comercio internacional. Por
ello, aunque actualmente observemos cierta solidez en las cifras de
comercio internacional, no debemos olvidar que las cadenas de valor
globales son muy frágiles y pueden verse fácilmente afectadas por shocks
externos. Ejemplo de ello han sido o son la pandemia del Covid-19 y la
guerra en Ucrania. Mientras el primero supuso un freno en seco a los
flujos internacionales de personas y multitud de bienes, la segunda ha
supuesto la ruptura definitiva de los vínculos diplomáticos y
comerciales de Occidente con Rusia y su círculo de influencia. A todo
ello hay que añadirle el factor de las actuales tendencias políticas,
con la izquierda anticapitalista y la derecha nacionalista campando a
sus anchas, y ya tendríamos el cocktail perfecto para desestabilizar el
modelo económico actual.
No
debemos pensar en el movimiento antiglobalización y sus tendencias como
algo que siempre ha existido o estado ahí, ya que hace 15-20 años, con
la construcción y consolidación de algunas de las principales
instituciones de apoyo al comercio internacional, los movimientos
políticos contrarios a la globalización eran cuasi marginales. En EEUU,
por ejemplo, tras la Gran Recesión, prácticamente nadie se atrevía a
hablar de desglobalización en público. Pero eso ha cambiado, y
probablemente para siempre, ya que, hoy en día, la oposición a la
globalización no es ya un tema puramente ideológico. El caso más claro
es el de EEUU, donde tras el incremento de aranceles e implementación de
medidas proteccionistas durante la Administración Trump, el presidente
Biden no ha hecho nada especial por reducirlos ni revigorizar las
relaciones comerciales del gigante americano. De hecho, parece que en la
actualidad existe prácticamente un consenso político en torno a la idea
de repatriar empresas pertenecientes a industrias consideradas
estratégicas, para reducir la dependencia de terceros países como China.
Cabe
resaltar que esta no es una tendencia unilateral de Occidente, ya que,
por ejemplo, China ha contribuido enormemente a ello promoviendo e
incluso forzando la producción nacional de tecnologías estratégicas y
componentes clave a través del programa Made in China 2025, el cual fue
lanzado previamente a la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.
La
economía y la geopolítica presentan diferentes lógicas y argumentos en
el asunto de la globalización y en el estado del debate actual. Mientras
desde el punto de vista económico sigue siendo mucho más eficiente
deslocalizar la producción de la gran mayoría de bienes y servicios,
desde el punto de vista geopolítico o estratégico, dicha deslocalización
productiva puede suponer numerosos riesgos a nivel de seguridad
nacional. Por ejemplo, la invasión de Ucrania ha mostrado el riesgo de
depender de países autoritarios para el suministro de materias primas o
bienes esenciales, como es el caso del gas ruso. Por ello, actualmente
multitud de organismos e instituciones se plantean una remodelación de
las relaciones de Occidente con China, ante los elevados riesgos que
supone depender de este país.
Esto
último se observa muy claramente con el asunto de los semiconductores.
Estos componentes son esenciales para la producción de casi todos los
productos tecnológicos, desde móviles hasta misiles, pasando por
cualquier tipo de equipo informático. Lo preocupante es que el 90% de la
producción global de semiconductores se halla localizada en Taiwán, lo
que significa que si China invadiera Taiwán podría paralizar la
exportación de semiconductores y causaría una debacle productiva y
comercial nunca antes vista. Es por ello por lo que en EEUU se aprobó
recientemente el Chips Act, que pretende que EEUU sea un jugador
relevante en el mercado de los semiconductores, garantizando así su
suministro ante el elevado riesgo geopolítico. A pesar de que los
motivos que subyacen dicha Ley son sólidos, no deja de representar un
freno muy importante a la globalización, ya que el Chips Act restringe
la inversión americana en algunos países y limita seriamente la
capacidad de las empresas americanas de producir semiconductores en
China.
Aunque
la globalización de las últimas décadas haya podido presentar algunos
errores o haya generado tensiones políticas, el beneficio que la
sociedad ha obtenido de ella es mucho mayor que sus costes, digan lo que
digan anticapitalistas y nacionalistas. Oponerse a la globalización no
es solo ineficiente a nivel económico, sino que da alas a aquellos que
quieren destruir el actual modelo económico y político.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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