Os hinos nacionais clamam pela morte com glória na luta e os primeiros textos gregos enaltecem a guerra em nome da liberdade. A guerra não é bela, mas sim, às vezes, o relato da guerra. David Toscana para Letras Libres:
El
pacifismo es una virtud hasta que deja de serlo. Poner la otra mejilla
es una prueba teórica de la solidez espiritual, pero difícilmente
funciona en la realidad. “Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los
aborrecen; bendigan a quienes los maldicen, y oren por los que los
calumnian. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y
al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.” La fórmula justa
para ser sometido y humillado. Habría que cuestionar hasta dónde la
mejilla es solo la mejilla o si es metáfora que se extiende a otras
partes del cuerpo, de hombre o de mujer. Aquí me alejo del cristianismo y
me acerco a “mas si osare un extraño enemigo” y supongo que esta cita
de Lucas no es a la que acude el himno colombiano cuando se dice
comprender “las palabras del que murió en la cruz”.
Nuestros
himnos nacionales nunca son un llamado a ofrecer mejillas o marchar
dóciles al matadero, sino a morir con gloria en la lucha, a combatir en
el campo de honor, a lanzarse a la guerra a morir, a estar siempre
cebando el cañón, a aprestar el acero y el bridón o el hierro y el plomo
fulmíneo, a convertir la tosca herramienta en arma, a jurar mil veces
morir antes que ver humillado de la patria el augusto pendón, a clamar
“la patria o la tumba”, “república o muerte”, “muera la opresión”.
Ya en los primeros textos griegos se enaltece
la guerra en aras de la libertad, el honor de morir en la batalla, no
enfermo y viejo en casa. La guerra de Troya fue escenario de esos
hombres que están dispuestos a matar y morir por ciertos valores más
personales que colectivos. En cambio las guerras contra los persas
llevan una carga menos individual y más “nacional”. Está bien declarada
la idea de defender la libertad. Podemos decir que los caídos en Maratón
“murieron por la patria”; no así los aqueos caídos en Troya.
Leemos
en Heródoto arengas como: “No hay duda, jonios, de que nuestro destino
se halla sobre el filo de una navaja: nos jugamos ser libres o esclavos…
si están dispuestos a afrontar ciertas penalidades, de momento la
pasarán mal, pero conseguirán imponerse a sus adversarios y alcanzar la
libertad”. O bien: “Calímaco, en tus manos está en estos instantes sumir
a Atenas en la esclavitud o bien conservar su libertad y dejar, para
toda la eternidad, un recuerdo de tu persona superior, incluso, al de
Harmodio y Aristogitón.”
Hay
mucho más estatura moral en el invadido que en el invasor. Por eso
decimos “guerra, guerra sin tregua al que intente de la patria manchar
los blasones”, y lo mismo contra quien profane con su planta nuestro
suelo. Pero los himnos no suelen cantar: “Mas si antojásesenos el
petróleo ajeno lucharemos con vigor” ni “Oh jardín del vecino, moriremos
con tal de hacerlo nuestro”. Eppur, se hace lo que no se canta y la
defensa brota porque hay un ataque.
De
todos es conocida la arenga de Pericles, cuando habla de los hombres
audaces, conocedores de su deber, que “daban su vida por la comunidad
recibiendo a cambio cada uno de ellos el elogio que no envejece y la
tumba más insigne, que no es aquella en la que yacen, sino aquella en la
que su gloria sobrevive para siempre en el recuerdo… Estimando que la
felicidad se basa en la libertad y la libertad en el coraje, no miren
con inquietud los peligros de la guerra”.
Aquí
se enaltece la guerra; pero cuando las cosas van mal, cambia el modo de
verla. Tucídides nos dice páginas después: “Los atenienses habían
cambiado de sentimientos; acusaban a Pericles de haberlos persuadido a
hacer la guerra y de ser el responsable de que hubieran caído en
aquellas desgracias, y anhelaban llegar a un acuerdo con los
lacedemonios”.
Muy
distintas emociones sobre la guerra quedan en el lector cuando termina
de leer a Heródoto que tras leer a Tucídides. Si bien, pese a que el
primero narra una historia con sabor a triunfo, y el segundo, lo
contrario, Heródoto no deja de escribir: “Nadie es tan estúpido que
prefiera la guerra a la paz, pues en ésta los hijos sepultan a los
padres, mientras que, en aquella, son los padres quienes sepultan a los
hijos”.
Suele
llamársele antibélica a la literatura que muestra el lado crudo de la
guerra. Otra vez los griegos lo hicieron antes que nadie con piezas como
Las troyanas, Los persas o Lisístrata. A muchas novelas fascinantes se
les colgó esta etiqueta. Ahí están algunas sobre la Primera Guerra
Mundial, como Sin novedad en el frente,
Bajo fuego y Hombres en guerra. Me cuesta trabajo aceptar el prefijo
anti. En ellas vemos tragedia y heroísmo, cobardía y virilidad; el
triunfo de la muerte, pero también el triunfo de la vida. Acaso a la que
mejor le va el mote es a Johnny tomó su fusil, pero este texto de
Dalton Trumbo se aleja de la literatura para echar por delante el
discurso.
“¿De
modo que todos esos chavales murieron pensando en la democracia y la
libertad y el honor y la seguridad de la patria y para que vivan para
siempre las estrellas y las franjas? … Murieron llorando como niños…
Murieron añorando el rostro de un amigo”, escribe Trumbo y comienza a
brincarse la puntuación. “Murieron sollozando por la voz de una madre un
padre una mujer un hijo. Murieron con el corazón destrozado deseando
mirar una vez más el lugar donde habían nacido por favor una última
mirada. Murieron gimiendo y suspirando por la vida. Sabían qué era lo
importante. Sabían que la vida lo era todo y murieron en medio de gritos
y llantos. Murieron con una sola idea. La idea quiero vivir quiero
vivir quiero vivir.”
Palabras ordinarias por sinceras, superficiales por ordinarias.
En
cambio estuve ayer revisando mis notas y subrayados en los pasajes
bélicos de Guerra y paz, Caballería roja , Doctor Zhivago y Vida y
destino. Vasili Grossman escribe: “Pasó la noche. Entre la maleza
quemada yacían los cuerpos de los caídos. Sin alegría, lúgubremente, el
agua jadeaba en la orilla. La melancolía se adueñaba del corazón ante la
visión de la tierra devastada, los esqueletos de las casas quemadas.
Daba inicio un nuevo día, y la guerra estaba dispuesta a llenarlo con
abundancia de humo, cascajos, hierro, vendas sucias ensangrentadas”.
La guerra no es bella, pero sí, a veces, el relato de la guerra.
David Toscana (Monterrey, 1961) es escritor. Fue ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 por su novela Olegaroy.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

Nenhum comentário:
Postar um comentário