A antinomia liberdade-Estado, constitutiva da práxis econômica liberal, fez o mundo prosperar, mas sempre teve um ponto esquizofrênico, dissociado da realidade. Fernando Primo de Rivera para El Confidencial:
Hemos
tenido la suerte de contar en Madrid con la visita de uno de los
grandes pensadores de finales del siglo pasado, autor de la célebre
obra, 'El fin de la Historia y el último hombre' (1992), Francis
Fukuyama. Vino a presentar su última producción, un librito corto, pero
denso y sabroso: 'El liberalismo y sus desencantados', defendiendo la
tesis original de su obra culmen. Que el liberalismo, su articulación política y económica, democracias liberales y capitalismo, supone una propuesta política de carácter universal ganadora en la Historia.
Lo
hace en un momento crítico en el que la vorágine de acontecimientos
durante este siglo —gran crisis financiera, emergencia política de China y su capitalismo de Estado,
crisis medioambiental, Rusia y crisis energética, paroxismo monetario y
su salida, etc.— marca una nueva época calada por populismos y
cuestiona en apariencia la vigencia de la propuesta original. Tan
enajenada y dejada de la mano de Dios (una especie de optimismo
religioso) estuvo la figura del Estado bajo la praxis política del
neoliberalismo (consenso de Washington) que su irrupción sistémica tiene
absorta a la intelectualidad y despistada la comunicación política.
Sirva de ejemplo la hondura y honestidad de base del debate el otro día.
Y
lo hace el autor americano reconociendo la vigencia de los principios
fundacionales del liberalismo que trascienden las dificultades de un
presente contingente: individuo digno, autonomía moral y racional, y
propiedad privada, y señalando el "poder de agencia" de la actividad
política. Para no perder el norte, son los mismos principios que
conforman el Estado de derecho. Como apuntaron ya los clásicos, un
Spinoza o un Locke: sin ley no hay libertad.
La
visita es una buena ocasión para sondear, desde la pasión por la
crítica, las inconsistencias entre el escritor americano y otro de los
iconos más influyentes del pensamiento liberal, Karl Popper,
separados por una generación entera. Fue este quien previno contra los
peligros del Estado y encauzó las bases intelectuales de toda una época.
Quizá se vislumbren claves para contextuar el cambio en ciernes y
matizar conclusiones. Ambos son pródigos con el término 'Historia', pero
acarrean la suya propia condicionando la perspectiva de sus propuestas.
El
autor austriaco escribió su obra magna, 'La sociedad abierta y sus
enemigos', en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, sufridos
los horrores del fascismo ya derrotado y el comunismo de Stalin haciéndose con la mitad de Europa.
En esta obra clave del pensamiento liberal, hace un alegato razonado
por la "sociedad abierta", cuyo origen remite a la figura primigenia del
pensamiento occidental: Sócrates y su endemoniada manía de cuestionar
infatigablemente (cap. X, I parte) la génesis del método científico. Su
desarrollo moderno lo identifica con la 'democracia liberal' y el
liberalismo económico, el capitalismo, el mismo objeto de estudio que el
autor de origen japonés.
El
momento en que fue escrita la obra, el mundo en llamas por los
totalitarismos, fue sin duda un condicionante importante en la
contundencia de sus conclusiones: cuidadísimo con el Estado. A la
postre, cuando aconteció el tránsito de Keynes a Freedman y Hayek, es
difícil desvincular su influencia de una de las tendencias clave de la
época neoliberal (1980-2020): desde la sospecha al repudio de la figura
del Estado y su poder de agencia, más allá incluso de la legítima
exigencia con el cumplimiento de la eficiencia económica.
El
hilo argumental de la obra es una crítica de lo que llamó
'historicismo', en sus propias palabras: "La teoría según la cual la
tarea de las ciencias sociales es proponer profecías históricas y de que
estas son necesarias si queremos conducir la política de una manera
racional". El tufo religioso de 'profecía' ya predispone en contra y
contrasta sonadamente con la experiencia moderna: la labor prospectiva
del capital en el sector privado o de la acción política pública, aún
enclaustrada en ciclos electorales de apenas un lustro. Más allá parecía
abrirse un mar ignoto, pero mar, al fin y al cabo.
La
enjundia intelectual que le investía su bagaje con la filosofía de la
ciencia y el método científico, un legado del positivismo lógico,
confirió a su filosofía política un halo mágico. El futuro es
efectivamente intrínsecamente incierto, pero la inhibición a la hora de
enfrentarlo como axioma, una certidumbre 'incosteable'. La renuncia
apriorística a la calibración de riesgos en política occidental más allá
del lustrillo, evidente en toda la deriva del siglo XX, ha resultado a
la postre una solemne frivolidad. Libertad sin responsabilidad no rima.
Fukuyama,
un hijo de emigrantes japoneses a EEUU tras la derrota de la Segunda
Guerra Mundial, segunda generación, escribe su obra en los noventa,
durante la misma eclosión del neoliberalismo económico. Imagino un fondo
de humildad y contención en toda su propuesta ante la posibilidad de
plantar cara al icono quizá máximo del pensamiento político liberal. Sin
duda un título más exacto de la obra del japonés hubiera sido 'El
principio de la Historia…'. Se hubiera ahorrado toda la polémica actual
de raíz y quizá facilitado prevenir mejor posibles embates a esa línea
de contención ahora azuzada entre liberalismo y el resto.
Lo
que Fukuyama expresa: la consolidación de la sociedad abierta es un
elemento singular determinante en la Historia, lo evitó el propio
Popper, a pesar de identificar su origen, emparedado entre su
experiencia vital y la excelencia del método científico. Al fin y al
cabo, la emergencia de las bases filosófico-políticas de la democracia
liberal en aquel s. XVII singular están intrínsecamente vinculadas con
la eclosión del pensamiento científico. No se puede entender una sin la
otra. Y si existiera alguna 'ley universal' que pueda predicarse en la
Historia —'historicismo'—, es, con altísima probabilidad, precisamente
este paradigma que irrumpe con un antes y un después en los designios de
la humanidad.
La
comparativa entre ambos autores genuinamente liberales exuda, pues, una
actualidad tremenda ateniéndonos a la experiencia. Todas y cada una de
estas crisis apuntadas arriba que soliviantan en apariencia la tesis de
Fukuyama presentan un factor común: la inhibición del Estado y su poder
de agencia, incluida la capacidad para prospectar escenarios,
incurriendo eventualmente en posturas que hubieran podido calificarse de
'historicistas'. En rigor, lo frenético del último medio siglo avala la
inocencia del desencuentro.
La
antinomia libertad-Estado, constitutiva de la praxis económico
neoliberal, ha permitido al mundo prosperar en esteroides, pero siempre
tuvo un puntito esquizofrénico, disociado de la realidad. Sin Estado no
hay buen mercado, ni este es capaz de abordar toda la problemática. La
medida en que un posible enconamiento ideológico puede haber socavado a
su paso la virtud cardinal de la sociedad abierta, la adaptabilidad, de
tal forma que lo que no se quiso hacer en un momento pasado se hace
ahora a un coste muchísimo más alto, no es despreciable. En el límite,
la adulteración de un principio cardinal del liberalismo —que sin ley (o
sea Estado) no hay libertad— puede inducir a esa misma sociedad abierta
a un fallo inmunológico frente a amenazas internas o externas.
Los
riesgos actuales son evidentes: paroxismo monetario y su salida…,
crisis medioambiental, emergencia política de China y/o fortalecimiento
de autoritarismos vindicativos y, por dentro, los consiguientes
populismos. A un futuro cercano, no son despreciables ni la inteligencia
artificial, ni la ingeniería genética, ni aun la proliferación nuclear,
todo producto de la ciencia. Frente a todos ellos, la capacidad de
agencia política desde el interés general es irrescindible.
En
esta recuperación de la figura del Estado por mor de la adaptabilidad,
en un sentido orgánico (España o Hungría), en un sentido funcional
(EEUU) o en ambos en una Europa en busca de su constitución política,
conviene no confundir lo que se pretende defender —el Estado de derecho—
con los instrumentos para ello.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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