À luz de "As Origens do Totalitarismo", de Hannah Arendt, que examina o nazismo e o fascismo, o Kremlin reflete inquietantes paralelismos. Fernando Vallespín parda El País:
Hay que ser cuidadoso con las palabras. Hannah Arendt, quien más y mejor se ocupó de la pesadilla totalitaria del siglo pasado, hizo una advertencia que siempre conviene tener en mente. Precisamente porque dicha forma de gobierno
“es la única con la que no es posible la convivencia”, conviene
extremar la prudencia a la hora de aplicar dicho calificativo. Ella
misma lo restringió al nazismo y el estalinismo. Otra cosa es lo que
ocurre en el lenguaje vulgar, muy dado a generalizar términos como
genocidio o totalitarismo, ignorándose que detrás de ellos se esconde un
significado muy específico. En el caso que aquí nos ocupa, por seguir
con nuestra autora, este sería la “dominación total por medio del
terror”. Todo despotismo o dictadura, como ya había apuntado
Montesquieu, se vale del miedo para conseguir la obediencia; lo novedoso
en el caso que nos ocupa es que no se limita a ser un mero medio para
mantenerse en el poder, es su misma “esencia”. Y ello por su íntima
conexión con la ideología y la propaganda.
La
característica fundamental de la ideología totalitaria es que parte de
firmes presupuestos axiomáticos que no admiten discusión: ya sea la
lucha darwinista entre razas en el nacionalsocialismo o la lucha de
clases y su interpretación histórico-dialéctica en el bolchevismo. Son
presupuestos que no requieren demostración y, por tanto, se sustraen a
cualquier disputa. Con el agravante de que tampoco se admite su
refutación por los hechos. Los hechos “dependen del poder del hombre que
pueda fabricarlos”, generalmente el líder, dotado de una presunta
infalibilidad. Este jamás puede reconocer un error, su palabra es ley.
Para que estos postulados puedan ir asentándose es necesario valerse de
la propaganda, bien sintonizada a la intimidación del terror, que va
desde las “acciones gansteriles” de las fuerzas represivas hasta las
alusiones amenazadoras hacia los potenciales disidentes. Su función no
es persuadir ni siquiera propagar convicciones, sino destruir la
capacidad misma para llegar a formar alguna convicción, impedir que
puedan formularse opiniones.
Como
se observa, el concepto de totalitarismo parece casi diseñado para
ajustarse al nazismo y estalinismo, y no a la inversa. En la Guerra Fría
subsiguiente, en pleno conflicto ideológico entre democracias y
regímenes de socialismo de Estado, proliferaron otras visiones del
totalitarismo más propicias a acoger fenómenos como el comunismo
soviético y chino, o el fascismo. Totalitarismo equivaldría ahora al
opuesto radical de la democracia bien entendida. O a algo diferente del
autoritarismo propiamente dicho. El sociólogo Juan Linz, por ejemplo, ve
la diferencia entre estos sistemas fijándose sobre todo en el grado de
pluralismo que están dispuestos a tolerar. Contrariamente a lo que
ocurre en los totalitarios, los autoritarios permitirían una cierta
apertura hacia el pluralismo social, como la aceptación de familias o
sectores distintos dentro del régimen. O en la naturaleza de la
ideología dominante, que se presenta como “totalizadora”, con capacidad
para penetrar todos los ámbitos de la vida social. Para ello se requiere
un partido y liderazgo únicos, adoctrinamiento desde arriba y férrea
represión de la disidencia más o menos asentada sobre el “terror”.
En este modelo encajarían regímenes como el de Corea del Norte, el de la China de Mao, los Jemeres Rojos y
algunos regímenes militares puntuales, por referirnos a algunos
sistemas de posguerra. Hoy, fuera del caso coreano, y salvo aberraciones
como la del Estado Islámico, sería algo totalmente excepcional.
Preferimos restringirnos a la cómoda distinción entre democracias,
democracias iliberales —Hungría o Turquía— o regímenes autoritarios
—Venezuela, Nicaragua, Myanmar, etcétera—. O la propia Rusia. A la vista
del giro experimentado allí con la guerra de Ucrania, la cuestión es si
no deberíamos volver a resucitar el concepto para adaptarlo al régimen
de Putin. En ese caso, ¿en qué deberíamos fijarnos teniendo en cuenta el
cambio en las circunstancias históricas?
En
estos momentos postideológicos, la ideología, ese factor tan relevante
para definir el totalitarismo canónico, pasa a un segundo plano. Ahora
es sustituida por un nacionalismo radical trufado de conservadurismo de
valores, algo muy próximo al mesianismo euroasiático de Alexander Dugin.
Y si bien mira más al pasado que al futuro, su capacidad para
presentarse como una lógica implacable que no admite réplica racional
aparece en la práctica como un perfecto equivalente funcional de las
ideologías analizadas por Arendt. Qué piense el pueblo ucranio o qué
imponga el derecho internacional es indiferente. Importa la realización
del designio histórico reservado al pueblo ruso. Si es preciso, como ha
acabado ocurriendo, recurriendo a la violencia y al terror. “Desucranizar Ucrania” sería
aquí la máxima, sin que importen los medios para alcanzar el fin. Y eso
sirve también para quienes osan ponerlo en duda en la misma Rusia.
Recordemos las exorbitantes penas recién aprobadas para reprimir toda
disensión pública.
Fíjense
en lo que esto significa en la práctica. Si Ucrania se percibe como una
parte más de Rusia, la represión bélica se estaría ejerciendo no sobre
un enemigo externo, sino sobre su propio pueblo. Igual que sobre quien
disienta de las premisas presentadas como verdaderas. No cabe la
discrepancia con lo que se presenta como una implacable fuerza de la
historia. Como decía Arendt, “la fuerza coactiva de la lógica es
movilizada para evitar que nadie comience a pensar”. O como señalaba la
misma autora, el objetivo de la dominación totalitaria es “eliminar la
distinción entre el hecho y la ficción y entre lo verdadero y lo falso”.
La propaganda ocupa, por tanto, un lugar central. Una propaganda
erigida desde la monopolización de los medios de comunicación y su
sujeción a una manipulación continua para controlar la opinión. Empieza
ya por las mismas distorsiones del lenguaje: “desnazificación” para
anular la humanidad de los combatientes ucranios, “operaciones
especiales” para ocultar un conflicto bélico generalizado, “cancelación”
de Rusia para referirse a las reacciones occidentales frente a la
guerra, etcétera. O el uso del símbolo de la Z para poder evaluar las
manifestaciones públicas de apoyo.
A decir del economista ruso y profesor del Instituto de Ciencias Políticas de París Serguéi Guriev,
la manipulación engañosa (spin) y las mentiras fueron ya desde sus
comienzos el instrumento idóneo usado por Putin para mantenerse en el
poder y ocultar la corrupción de su régimen. Ahora, tras el comienzo de
la guerra, habría recurrido al miedo —al terror en el caso de Ucrania—
para encubrir toda forma de oposición y protesta frente a las sanciones
económicas. Se dirá que carece de sentido aplicarle esta evaluación a
quien sigue contando con tan amplio respaldo popular. También lo
tuvieron en su día otros líderes totalitarios. Recordemos, como nos
advierte Arendt, que otra de las señas de identidad del totalitarismo es
que, una vez suelto a su propia dinámica, se acaba disolviendo la
distinción entre víctimas y verdugos.

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