BLOG ORLANDO TAMBOSI
Os cidadãos, de qualquer ideologia, merecem um discurso que recorra ao amplo espectro da complexidade e da diversidade, e que, em meio a isso tudo, lhes fale mais de suas vidas. Beatriz Gallardo Paúls para El País:
Existe
un universal lingüístico según el cual todas las lenguas lexicalizan al
menos dos términos para color, traducibles (con matices) como “blanco” y
“negro”, es decir, claro y oscuro. Esa estructura mínima de dos polos
supone la representación enormemente reduccionista de una realidad, la
cromática, en la que los seres humanos estamos capacitados para percibir
millones de matices. Obviamente, que solo existan dos términos de color
no impide a esas lenguas transmitir diferencias cuando sus hablantes lo
necesitan, pero para hacerlo no cuentan con palabras específicas y
recurren a otras técnicas lingüísticas. En cualquier caso, las lenguas
con solo dos términos de color, como el bassa de Liberia, ejemplifican
bien cómo una realidad enormemente rica y compleja puede simplificarse
al máximo en su representación verbal.
El
discurso público actual, el que proporciona escenario a nuestros
procesos electorales, ilustra otro tipo de reduccionismo que ya no es
léxico sino discursivo. Los múltiples factores sociales, tecnológicos y
culturales que alientan ese proceso esquematizador populista
son bien conocidos. La digitalización, el individualismo, la gran
concentración empresarial del sistema de medios, la desinformación
creciente o la celeridad general de nuestras vidas son algunos de los
fenómenos que facilitan esta tendencia a lo simplificado y, en suma, a la polarización; proceso,
por cierto, en el que tampoco se debe olvidar el papel de los modelos
educativos neoliberales, enormemente importantes para desintegrar la
conciencia cívica y la ciudadanía crítica. Con ese contexto, en las
últimas décadas nos hemos acostumbrado a aceptar que la esfera pública
está polarizada.
A
partir de los ámbitos ideológicos manejados por la politología o la
filosofía, situados normalmente entre progresismo y conservadurismo,
socialdemocracia y liberalismo (obviamos aquí los avatares del lexema
“liberal”), cabría pensar que estos sean los mismos polos que articulan
el eje discursivo político, de manera que cada uno tenga una
manifestación discursiva propia. Pero al observar ambos modelos
(”izquierdas” y “derechas”, por utilizar otra simplificación léxica) se
diría que su retórica es diferente, quizás porque no mantienen una
relación simétrica. Así lo indicaba Albert Hirschman al inicio de Retóricas de la intransigencia (1991), donde
señalaba una desventaja intrínseca en el pensamiento conservador debida
a la visión generalizada del progreso como algo positivo. Por decirlo
brevísimamente, la era moderna asume que la historia es inevitablemente
progresista y, por lo tanto, considera que las objeciones conservadoras a
la acción de los autodeclarados progresistas son, por naturaleza, no
simplemente reactivas, sino reaccionarias. Esta asimetría se da entre
evolución e involución, pero también entre afirmación y negación: puesto
que solo puede negarse una afirmación previa, la negación es siempre
reactiva. Ingrato papel, pues, el de los conservadores.
Ante
esta desventaja, seguía Hirschman, las tres grandes olas reaccionarias
de los siglos XIX y XX (contra la Revolución francesa, contra el
sufragio universal, contra el Estado de bienestar) habrían desarrollado
tres estrategias retóricas para trasladar su oposición a las propuestas
progresistas: los argumentos de perversidad (la ley o las medidas con
las que se pretende solucionar cierto problema solo conseguirán
agravarlo), de futilidad (serán inoperantes y no lograrán los
objetivos), y de riesgo (suponen un precio demasiado alto). Estos
esquemas textuales permiten enmascarar la oposición a unas medidas o a
unas políticas, mientras aparentemente, en un alarde de concesión
ciceroniana (”sí, pero…”), se defiende lo contrario; no en vano los
discursos conservadores se apropiaron en los noventa de la terminología
progresista: ¿cómo explicitar que no se defiende la igualdad, la
justicia, el Estado de derecho o la libertad?
Hirschman,
hay que decirlo, es cuidadoso en señalar que el discurso progresista
tiene también su manera de recurrir a estas estrategias, aunque con
otros matices retóricos. En cualquier caso, se diría que para 2023 su
análisis de grandes tópicos argumentativos en el discurso conservador ya
no es válido. El tipo de sutilezas que describe no ha estado presente
en la campaña, tal vez porque nuestra sociedad —esa que, en un formidable arrebato negacionista, Margaret Thatcher afirmó que “no existe”— es incapaz de gestionarlas.
Gran
parte del discurso político actual ha sido fagocitado por historias en
clave personalista y temas casi anecdóticos, mientras el ecosistema
comunicativo, especialmente en televisión y redes, facilita el
protagonismo de discursos simples, más aptos para el maniqueísmo
moralista que para el debate democrático. Estos discursos enfatizan una
polaridad axiológica, de buenos y malos, que permite caracterizarlos
como “retóricas negativas”. Derogar, anular, suspender, revocar, abolir son sus promesas electorales preferidas.
Por supuesto, se trata de acciones inherentes al rol de oposición, pero
no van acompañadas de propuestas alternativas, de discurso en positivo.
Se vio en la moción de censura, presentando un posible candidato sin
programa; lo hemos visto en la reciente campaña basada en acusaciones.
La intransigencia, resumida en el dicho español “de entrada, no”, es su
posición enunciativa más característica.
Las
retóricas negativas de los populismos —conservadores o no— no se
entretienen en dar empaquetado argumentativo a sus tesis, sino que apuntan directamente a las presuntas consecuencias (catastróficas, huelga decirlo) de las políticas ajenas:
te ocuparán el apartamento, implantarán una dictadura, excarcelarán
terroristas, no habrá pisos de alquiler, Europa retirará sus fondos… te
quitarán las chuches. La acción política prometida no se refiere a la
sociedad o sus valores, al bien común, sino al oponente político; hablan
(vehementemente) de lo que desharán más que de lo que harán; el personalismo condensa la ideología (”sanchismo”);
el mensaje focaliza filias y fobias, banaliza el dolor; en su forma
extrema, muestra una desinhibición que ya no se azora por reivindicar la
injusticia o el fin del Estado de derecho. Es, en definitiva, un
discurso que se mueve entre el sí y el no, siendo casi irrelevante
aquello que se afirma o se niega. El resto es hojarasca discursiva que
rellena turnos de habla y que tanto medios como ciudadanos amplifican
mejor —sobre todo en redes y mensajería— cuanto más excéntricos y
pasionales resultan. Este discurso, por lo demás, no actúa en el vacío
ni es exclusivo de la clase política; conecta y moviliza a un tipo
específico de ciudadano destinatario que tiene ese mismo concepto de la
polis y la res publica. La cuestión es cómo debe hablar quien pretende
interpelar y movilizar a los otros ciudadanos, muchos de ellos
claramente refractarios a la simplificación, sabiendo que su discurso
apenas tendrá eco en esa esfera discursiva en blanco y negro.
Decía
al comienzo que existe un universal lingüístico según el cual todas las
lenguas tienen al menos dos términos para color, traducibles como
“blanco” y “negro”. Pero es importante saber que la distancia entre
ambos no solo incluye todos los matices del gris, sino también toda la
escala cromática. De hecho, un segundo universal afirma que, si las
lenguas tienen un tercer término de color, este es el “rojo”, o sea, el
color(e)ado. Y algo parecido ocurre con la realidad del discurso
político: sus temas, sus argumentos, sus conceptos y sus tonos exigen un
discurso amplio y elaborado que no puede reducirse al eje lineal y
egocéntrico construido entre “nosotros, los buenos” y “ellos, los malos”,
entre blanco y negro. Los ciudadanos, de cualquier ideología, merecen
un discurso que recorra el amplio espectro de complejidad y diversidad
de la sociedad, y que, en medio de todo eso, les hable más de sus vidas.
Postado há 3 weeks ago por Orlando Tambosi

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