A menos que haja instruções do autor, a obra deveria permanecer como o criador quis - e não como convém aos seus herdeiros. Ricardo Caiuela Gally para The Objective:
La
buena literatura no es edificante. Tampoco puede ser inducida o
programada. Ahí está el ridículo colosal del realismo socialista o la
literatura comprometida para comprobarlo. Los clásicos son una cofradía
involuntaria y variopinta de espíritus libertarios –casi siempre
incómodos y deslenguados– que logran sin proponérselo –quizá salvo el
obseso Thomas Mann– fotografiar un instante fugaz del alma humana.
Unidos en una red invisible, uno puede entrar por cualquiera de las
aristas de la malla y desde ahí seguir cualquier ruta. No importa ni la
metodología, ni la bibliografía auxiliar, ni la cronología.
En
el caso de la literatura infantil –la mejor de ella es también para
adultos– se complica, porque ese acceso fortuito está intermediado por
los tutores, padres, maestros. Y estos suelen ser particularmente
cobardes ante una obra que transgreda la norma moral de su momento.
Prefieren la moraleja explícita, el mensaje unívoco, el sermón.
Prefieren todo lo que no es literatura. Por eso en la era de la
cancelación, Roald Dahl resulta
molesto. No para sus millones de lectores, sino para la minoría que se
arroga el derecho de ser su escudo protector. Todo plagado de buenas
intenciones y su lengua de madera: «inclusión», «potencialmente dañino»,
«perpetuar estereotipos peyorativos».
Roald Dahl, como han señalado ya Fernando Savater,
Sergio del Molino, Elvira Lindo, Rodrigo Cortés, Karina Sainz Borgo y
muchos otros en estos días, busca la complicidad del joven lector al
hablarle con picardía, y al burlarse con énfasis verbal de las figuras
de autoridad que lo limitan, oprimen o encasillan. Sus libros son viajes
de descubrimiento que, con trampas necesarias y groserías graciosas, a
veces en rima para que no se olviden, acaban en un alegato no obvio de
los valores humanos universales: la valentía, el amor y la verdad sobre
la cobardía, el odio o la mentira. Todo dicho con economía de medios,
poder metafórico y mucho humor. Cruel, incisivo e irreverente, pero con
un fondo humanitario indudable. Una heredera cabal, por cierto, es hoy
la argentina Isol, «descubierta» por el genial editor mexicano Daniel
Goldin cuando trabajaba en el Fondo de Cultura Económica.
Los
libros de Dahl fueron manejados por sus herederos, a través de una
fundación, hasta el año pasado, que vendieron el conjunto de todos sus
derechos de autor (libros, guiones, derechos subsidiarios y demás) a
Netflix por una cifra astronómica. Aquí las cosas comenzaron a
complicarse, porque una inversión así requiere un programa de
recuperación agresivo. Y qué mejor manera que, siguiendo el aire podrido
de nuestro tiempo, publicando una versión depurada de Dahl, que no dañe
los inocentes cerebros de los niños. El poder cultural de los gerentes.
Quiero
pensar que este error monumental de gestión del patrimonio empresarial
también se debe a una suerte de contagio, dentro de la compañía, de la
relación sádica que mantiene toda productora que se respete (y Netflix
hace mucho que no es solo una plataforma de streaming) con sus
guionistas o generadores de contenido. Ningún escritor sale entero de la
tormentosa experiencia de escribir un guion para una productora. Ni los
consagrados ni los novatos se salvan de las versiones infinitas o de
revisiones cada vez más caprichosas. Pero en última instancia, esas son
las reglas del juego. Y tienen una lógica económica detrás (los famosos
parámetros de producción) que los escritores muchas veces no comprenden.
Dueños por fin de los derechos de Dahl y sin ningún obstáculo legal que
lo impida, por qué no hacerle una buena sesión de mordazas, látigos y
amarres, como hacen habitualmente con sus otros «generadores de
contenido».
En
Las brujas de Roald Dahl, la Real Sociedad para la Prevención de la
Crueldad con los Niños es, en realidad, el parapeto legal que usan las
calvísimas hechiceras para reunirse sin despertar sospechas a planear
cómo acabar con los niños británicos. En la vida real, la calvinísima
sociedad que asesoró a los nuevos dueños de los derechos mundiales de
Dahl se llama Inclusive Minds, una organización británica al servicio de
la industria editorial para conectar (previo pago de la factura) a sus
«embajadores de la diversidad» con los editores y creadores de libros
para niños y jóvenes. No se trata, dice su presentación de servicios, de
«eliminar contenido potencialmente controvertido sino de incluir y
envolver de experiencias inclusivas y auténticas desde el principio».
Escribe el lobo disfrazado de oveja: «Inclusive Minds no edita ni
reescribe textos, pero brinda a los creadores de libros información
valiosa de personas con experiencias relevantes que pueden tener en
cuenta en el proceso de escritura y edición».
Nada
de este atractivo portafolios servía para Dahl, por suerte. No me
imagino al pobre Dahl discutiendo con un «embajador» si su James (sí, el
del melocotón gigante) no es ya de por sí suficientemente desdichado:
huérfano y criado por dos tías que lo odian y maltratan.
Casi
al final de la hoja de servicios de la compañía británica aparece esto:
«A veces los editores se acercan a nosotros para consultar a los
Embajadores de Inclusión cuando quieren reimprimir títulos antiguos. Si
bien este no es el objetivo principal de los Embajadores (pues creemos
que se logra una mayor autenticidad a través de aportes en las etapas de
desarrollo), sí creemos que aquellos con experiencia pueden brindar
aportes valiosos al revisar el lenguaje que puede ser dañino o perpetuar
estereotipos hirientes». Todo este colosal edifico de improperios está
sustentado en esta baldosa: «En nuestro trabajo con jóvenes marginados,
es un tema recurrente el muy real impacto negativo y el daño causado a
la autoestima y a la salud mental de las representaciones sesgadas,
estereotipadas o falsas». Y ahí calló Netflix, redondita, por pura mala
conciencia empresarial, la misma que lleva a las grandes petroleras
declararse ecologistas.
La
censura preventiva y retrospectiva envuelta en eufemismo y servicios.
No puedo dejar de pensar en esos «embajadores de la inclusión». ¿Jóvenes
de los barrios marginados que dejan de serlo al trabajar contando sus
sufridas vidas en nombre no propio sino de los excluidos que
representan? ¿Adultos recién estrenados que explican los obstáculos de
una sexualidad no normativa? El camino del infierno está sembrado de
inclusivas intenciones. Aun así, no creo que haya sido ninguno de estos
«embajadores» lo que decidieron que la lista de lecturas de Matilda, la
niña prodigio que con cuatro años ha devorado los libros de la
biblioteca del barrio, el único refugio ante el maltrato de sus padres y
de la directora de la escuela. Aquí se ve la mano un poco más perversa y
docta de algún mentecato con birrete. Esto huele a traición de clérigo,
señorías.
El
asunto no acaba aquí. Por una parte, abre un debate sobre los derechos
de autor heredados. Una cosa es recibir las regalías por la obra y otra
distinta es reescribirla, mutilarla, adulterarla. Los derechos de autor
son inalienables e irrenunciables en vida del autor, y quizá a su muerte
deberían ser inalterables. A menos que haya instrucciones póstumas del
autor, la obra debería quedar como el creador quiso y no como conviene a
sus herederos. En el caso de Dahl es mayor la traición, si se sabe con
el celo que cuidaba que las producciones cinematográficas de sus libros
fueran fieles al original.
Penguin
Random House Reino Unido, que había lanzado al mercado las reediciones
edulcoradas de Dahl en Inglaterra, ha aclarado, derrotada por la
indignación en todo el espectro político de aquel país (primera señal de
que el péndulo de lo políticamente correcto llegó a su máximo punto de
elongación) que las hará convivir en las librerías con las ediciones
originales. En sellos diferentes, eso sí. Estoy ansioso por comparar los
resultados de ventas el año que entra. No auguro el triunfo al bando
woke en esta pequeña pero significativa batalla cultural. Ojalá se
demuestra que son una minoría, encerrada en su castillo del lenguaje
inclusivo y preguntándole al espejo, espejito quien es la más sufrida
víctima de todes. La gente común y corriente suele tener más hijos, pero
sobre todo muchos menos prejuicios.
Celebro
el comunicado de Alfaguara para el mundo de habla española y de
Gallimard para el mundo en lengua francesa aclarando que sus ediciones
de Dahl seguirán siendo las originales. Hay que poner en salmuera a los
arenques y a los puritanos que vienen del norte.
Postado há 4 days ago por Orlando Tambosi

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