Ático de los Libros publica el ensayo de Robert Knapp sobre la "gente corriente" que constituía la base social romana. En ese estrato también figuran libertos, pobres y bandidos. Alfredo Asensi para El Cultural:
Para
reconstruir las formas de vida y las mentalidades de los "invisibles"
de la antigua Roma, Robert Knapp (1946-2023) acudió no solo a la
"literatura de la élite" sino también a novelas, comedias y romances,
colecciones de fábulas y proverbios, la papirología y la epigrafía.
El
historiador enfoca a la "gente corriente" que constituía la mayor parte
de la población del Imperio y que se encontraba por debajo de los
estratos superiores de la pirámide social. Son Los olvidados de Roma
(Ático de los Libros), entre los que encontramos una amplia gama de
oficios, actitudes y modos de vida: gladiadores, prostitutas, forajidos,
esclavos, pobres… Knapp examina sus roles, desafíos, inquietudes y
esperanzas, que alguna había.
Empecemos
por lo que más nos interesa, que es el sexo. En el ámbito conyugal,
todas las posiciones excepto la "natural", esposo y esposa cara a cara,
eran consideradas aberrantes, así como la fellatio. En el matrimonio
resultaban deseables la fidelidad mutua y el recato y pasividad de la
mujer en el acto sexual. Y los hijos, claro, con preferencia por los
varones.
El
autor colige que en la gente corriente había más compromiso con el
matrimonio y más rechazo a las prácticas homosexuales que en la clase
dominante. Visitar prostitutas (estaban por todas partes, la mayoría
bajo el control de proxenetas) era "una actividad inocua". A las
autoridades no les importaba "el aspecto moral de la prostitución". Las
muestras artísticas de Pompeya proporcionan ejemplos gráficos de lo que
las prostitutas ofrecían a sus clientes. Aunque la explotación y el
maltrato estaban muy extendidos, algunas llevaban una vida
"razonablemente buena".
Como
afirma Knapp, doctor en Historia Antigua por la Universidad de
Pensilvania, las vidas de los hombres corrientes en Roma y el Imperio
estaban marcadas sobre todo por la familia, los negocios y las
relaciones sociales. Confiaban en la superstición, la magia y la
religión para dar sentido y control a su existencia.
El
papel fundamental de la mujer (el mundo grecorromano introdujo la
afirmación de su "inferioridad física y mental" en "todos los
intersticios posibles de la vida") era ocuparse del marido, los hijos y
el hogar, si bien algunas desarrollaban actividades fuera del ámbito
familiar (comerciales, sociales, religiosas…).
La
mujer ideal era alabada por su modestia, prestancia, rectitud moral y
lealtad (y su tolerancia a los defectillos del marido, abuso del alcohol
o del juego, devaneos con esclavas o prostitutas…). Su posición era de
desventaja ante la ley: carecía de capacidad jurídica.
Capítulo
pobres. Aquí entra la mayoría de la población del Imperio: campesinos,
jornaleros, mendigos… Vivían al día y su objetivo principal y
comprensible era la supervivencia.
No obstante, es una categoría "borrosa". Para estudiar su mentalidad hay que acudir sobre todo a los proverbios y las fábulas.
En
esta esfera social se cultiva una sabiduría popular que da protagonismo
a la acción sobre la reflexión. Las fábulas retratan los
comportamientos antisociales de los pobres. Tienen aversión al riesgo y
creen en "la voluntad de los dioses". A pesar de su posición
subordinada, conservan la autoestima, como refleja un episodio del
Satiricón de Petronio. Hacían frente al sometimiento con adaptación y
resistencia.
Los
romanos nunca negaron la humanidad de los esclavos, cuyas voces no son
fáciles de rastrear en las fuentes de la Antigüedad. Knapp recurre a los
epitafios y los papiros. El porcentaje aproximado de población esclava
era el 15 %, y en la mayoría no había una señal o rasgo visible que
identificase su condición.
En
el proceso de expansión del dominio romano en tiempos de la República,
los prisioneros de guerra proporcionaron la mayor cantidad de esclavos.
Era frecuente que los hijos no deseados de personas libres fueran
abandonados y acabaran en la esclavitud. La Lex Cornelia prohibía la
venta de ciudadanos como esclavos, pero "los tratantes eran conocidos
por no hacer preguntas".
El
hecho central de la servidumbre "era la total sumisión del esclavo al
amo": disponible siempre y para lo que fuera. El maltrato físico era
habitual (y aparece con frecuencia en las obras de ficción de Plauto,
Apuleyo y Petronio). El maltrato psicológico tenía como finalidad
fundamental el aprendizaje de la sumisión. Y no faltaba el abuso sexual.
Hay
testimonios legales de esclavos que reclamaban justicia en estos casos
(como puede suponerse, con poca fortuna). La mentalidad romana no
concebía una estructura social en la que la esclavitud no fuese
aceptada. También se producían episodios de violencia entre los miembros
de la comunidad esclava, en la que una idea siempre presente era la
fuga, hasta el punto de que los amos recurrían a los collares de
esclavos.
Algunos
lograban formar una familia. Y algunos eran liberados, y se convertían
en exesclavos. Los libertos se parecían a la gente corriente, pero
provocaban una animadversión que surge del retrato que la élite hacía de
ellos. Juvenal, Marcial, Tácito y Suetonio revelan que, para la clase
dirigente, los libertos eran ofensivos y a veces odiosos.
Pero,
igual que los esclavos, eran "indispensables para la vida acomodada de
la aristocracia". Se les encomendaban tareas de responsabilidad en las
casas y las fincas rústicas. La manumisión podía llevarse a cabo de
diferentes formas, y también en la relación con los patrones hay muchas
variaciones, posibilidades y matices (algunos permanecían en la casa del
amo, otros creaban su propio hogar…).
Cabe
pensar que los libertos eran numerosos y se sabe que existían
rivalidades entre ellos y que se mezclaban con esclavos. Encontraban su
identidad en la libertad, la familia y el trabajo (en muchas ocasiones
desarrollaban el oficio —panadero, cocinero…— que habían aprendido en la
esclavitud). El "liberto típico" era "un hombre polifacético,
socialmente avispado y económicamente apto".
El privilegio de ser militar
En
una sociedad no muy flexible en la que no era fácil encontrar una
manera de ganarse la vida, convertirse en soldado era una buena opción
para un hombre joven y sano. Pero las fuentes no ofrecen mucha
información sobre ellos (sobre su cotidianidad, más allá de las
batallas, la épica y la muerte).
Miembros
de ejércitos o legiones (masas uniformes) rara vez comparecen en los
testimonios de manera individual. Pero Knapp aclara que tenían una vida
privilegiada (aunque dura y a veces corta), ya que gozaban de "una
estabilidad y unas ventajas a las que muy pocos hombres corrientes
podían aspirar".
Se
alistaban (la cifra anual de reclutamientos era bastante baja) en torno
a los 20 años. El ejército les ofrecía un empleo a tiempo completo,
comida suficiente y un salario regular, y privilegios como otorgar
testamento sin tener en cuenta los deseos paternos y beneficios legales y
judiciales.
Muchos
eran analfabetos y otros tantos desarrollaban un sentido de
superioridad sobre la población civil (Apuleyo describe esta
arrogancia). Knapp subraya que el aspecto más controvertido de la vida
militar era la llamada "prohibición matrimonial".
Los
veteranos gozaban de exenciones y privilegios, pero en ocasiones
"dilapidaban sus recursos en malas inversiones o en mujeres y bebida",
si es que eso es dilapidar. No era mala decisión convertirse en soldado
del Imperio romano, si bien había que renunciar a algunos aspectos
importantes de la libertad civil.
De
todos los romanos "corrientes", los gladiadores, de gran impacto en el
cine, son quizá el colectivo más fascinante. Procedían de dos grupos:
esclavos y voluntarios libres. Los procesos de organización, dirección y
suministro de gladiadores involucraban a muchos personajes, entre ellos
los lanistae, que los compraban, entrenaban y alquilaban. Sus epitafios
hacen hincapié en su obsesión por la gloria. Había asociaciones
profesionales de gladiadores. Y se conocen casos de gladiadoras.
Terminamos
el recorrido con los bandidos y piratas, la gente que se pasaba al otro
lado de la ley, en lucha contra el sistema que hacía que los pobres y
oprimidos no dejaran de serlo y que los recursos siguieran monopolizados
por los poderosos.
Era
una vida "alternativa", pero no buscaba el cambio ni se trataba de una
forma de resistencia. Muchos forajidos (lo leemos en Apuleyo, Jenofonte,
Estrabón) nacían de la desesperación. Otros, de la avaricia.
Cuando
eran capturados, el castigo implicaba a menudo la exposición pública
antes de la ejecución de la pena, que solía ser la muerte (por
crucifixión o entre las fauces de fieras salvajes en el ruedo). A la
plebe le gustaba ver al malo encadenado y sufriente antes de ser
pasaportado.
Cicerón
nos transmite que la gente viajaba de una ciudad a otra para ver estos
espectáculos, algo así como la Champions League de la época, pero en vez
de Mbappé y Bellingham estaban Seluro y Trasileón.
Nenhum comentário:
Postar um comentário