BLOG ORLANDO TAMBOSI
Em relação à moral, indo atrevidamente mais longe que o peripatético Aristóteles, sou de opinião que a evidência é seu único fundamento. Javier Gomá para El Cultural:
Epicuro,
que como seguidor de Demócrito era materialista, creía a pies juntillas
en los dioses. Los consideraba felices y eso quiere decir de ánimo
imperturbable. Entendía muy bien que se desentendieran de los negocios
de los mortales, pues la preocupación los turbaría haciéndolos
desdichados. Creía en ellos por intuición directa de la mente,
corroborada por el consensus omnium sobre su existencia, toda vez que,
según Aristóteles (Ética a Nicómaco 1172 b 35), “lo que todo el mundo cree decimos que es verdadero”.
Cuando
todo el mundo cree algo al unísono es porque resulta evidente,
manifestum en latín. Luego la evidencia puede llegar a tener una función
determinante en el conocimiento de la verdad, tanto la metafísica como
la moral. Respecto a esta última, yendo atrevidamente más lejos que el
peripatético, soy de la opinión de que la evidencia es su único
fundamento.
Cada
época ha creído encontrar un fundamento absoluto para los que
consideraba sus bienes superiores: la monarquía absoluta había sido
establecida por Dios (Bodino), la libertad de los mares venía exigida
por la luz de la razón y el mandato de la naturaleza (Grocio), la
propiedad individual era de derecho natural (Locke). Sin embargo, con el
discurso del tiempo los bienes fundados pasaron o se transformaron
sustancialmente, por lo que esos fundamentos supuestamente absolutos no
eran tales. ¿Qué significaban entonces tan graves conceptos: Dios,
razón, naturaleza? Designaban la pretensión de hallarse ante una
radiante evidencia, uno de esos axiomas morales que, a juicio del
tratadista, no necesitan prueba explícita porque todo el mundo sensato
los toma por obviamente verdaderos.
Ciertamente,
nadie ha demostrado empíricamente el valor de la democracia o los
derechos humanos, ignorados o menospreciados durante la mayor parte de
la Historia y ahora constituidos en el sanctasanctórum de nuestra
civilización. ¿Con qué fundamento? El sentir generalizado de que es así.
Luego hemos de reconocer en el percibir sentimental de la evidencia –lo
manifiesto que salta a los ojos– el sostenimiento único de la
moralidad.
De
ahí el acierto mayúsculo de los redactores de la Declaración de
Independencia de Estados Unidos (1776) cuando, prescindiendo de
cualquier otro argumento, proclaman que “sostenemos como evidentes estas
verdades” y a continuación se refieren a la igualdad y a ciertos
derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la
felicidad. He aquí todo cuanto puede decirse: We hold these truths to be
self-evident. No hay más.
Por
supuesto, los sentimientos son mudables, circunstancia que produce
sofocos a los temerosos del relativismo moral, pero ¿qué no lo es? Sin
duda, están expuestos a la manipulación de los oportunistas, pero ¿hay
algo a salvo de estos? Mejor es saberlo: en los asuntos humanos nada es
definitivo ni seguro, y tomar conciencia de nuestra condición finita,
hecha de la materia voluble del tiempo, nos hace comprender mejor la
trascendencia superlativa de la educación sentimental del ciudadano,
sobre la que pende el edificio completo de la civilización.
Si
sus integrantes se mantienen unidos se debe a esa constelación de
evidencias que todos ellos comparten de forma no problemática: sienten
lo mismo a la vez aun sin saberlo, y este consenso implícito acerca de
esa especie de constitución invisible y no enunciada –decantación de un
aprendizaje moral colectivo de una lentitud desesperante pero creadora–
permite, en todo lo demás, la pluralidad, la deliberación y la
discrepancia.
Al
final, lo único importante es la instrucción del ciudadano y, dentro de
ella, no tanto la acumulación de conocimientos reglados en su memoria
como la buena educación de su corazón, preparado para aprender a “gozar,
amar y odiar de modo correcto”, que es como Aristóteles en cierto lugar
memorable define la virtud (Política, VIII).
Postado há 6 days ago por Orlando Tambosi

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