BLOG ORLANDO TAMBOSI
Os govenos progressistas deveriam responder por que não se permite que a autopercepção determine, por exemplo, a idade das pessoas. A razão é que ninguém aceitaria que a uma pessoa de 30 anos biológicos fosse concedida aposentadoria só porque ela se sente com 65 anos. Dante Augusto Palma para Disidentia:
Identidad”
es la palabra de moda desde hace ya unos años. Con todo, aun a riesgo
de ser poco riguroso, podría decirse que fue el romanticismo en su
querella con el iluminismo el que puso el eje allí y buena parte de los
debates intelectuales de la actualidad son deudores de muchos de
aquellos argumentos cruzados.
Ahora
bien, más allá de esto, hoy parecemos asistir a un escenario en el que
coinciden dos maneras de entender la identidad que resultan abiertamente
contradictorias y a esta problemática dedicaremos las siguientes
líneas.
Por
un lado, quizás la principal novedad de estos tiempos posmodernos, es
que existe todo un movimiento de énfasis en la identidad que, aunque
suene paradójico, invita a la desidentificación. Más allá de que sea una
reivindicación adoptada por cierta izquierda, se trata de una
perspectiva profundamente individualista que afirma que cada persona
puede adoptar la identidad que desea. El caso que más debate trae tiene
que ver con la emergencia de lo “trans” porque allí se estaría llevando
al extremo esta perspectiva. Como ustedes saben, basándose en la
distinción entre sexo y género, se indica que el género es una
construcción social que, en tanto tal, se puede modificar, de lo cual se
seguiría que alguien al que se le ha asignado un género podría, en
algún momento de su vida, “decidir” tener otro. El “decidir” entre
comillas obedece a que hay una discusión acerca de quién o qué es esa
identidad que estaría decidiendo. Esto es, si nuestra identidad está
determinada socialmente, si solo somos una materia amorfa moldeada por
las imposiciones culturales, el lenguaje, etc., ¿cómo podríamos tener un
yo que libremente diga “basta” para quitarse todas las determinaciones
externas y, de repente, decidir? Dada la complejidad del asunto, dejemos
la respuesta para un futuro artículo.
Regresando
al ejemplo transgénero, se nos dice entonces que un ser humano puede
decidir a qué genero pertenecer y la tendencia que se observa en las
distintas legislaciones progresistas a lo largo del mundo, es a
considerar que la autopercepción es razón suficiente para que el Estado
deba aceptar la transformación. Que la autopercepción se haya convertido
en un criterio incontrovertible para un discurso progresista de
izquierda que lleva décadas demostrando los modos en que las supuestas
decisiones racionales de los individuos pueden ser manipuladas por los
dispositivos de poder es, al menos, curioso. Incluso hay ejemplos
llamativos en que un mismo intelectual puede defender, en párrafos
sucesivos, la autopercepción como criterio suficiente para determinar
una identidad y, paso seguido, denunciar el modo en que la derecha capta
las conciencias a través de las fake news. Para elegir mi género la
autopercepción es el camino recto hacia la verdad; para ir a votar un
candidato la autopercepción de mis intereses puede ser manipulada.
Pero
aun dejando de lado esta contradicción, cabe detenerse en la
funcionalidad de esta dinámica que se ha transformado en parte del statu
quo occidental y que, cada vez más, recibe críticas desde sectores
conservadores de derecha, liberales e incluso marxistas.
Por
citar una de estas críticas, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han
advierte en la página 58 de su libro Topología de la violencia:
“El
imperativo de la ampliación, transformación y reinvención de la
persona, que es la otra cara de la depresión, es un ofrecimiento de
nuevos productos ligados a la identidad. Cuanto más cambia la identidad
de uno, más se dinamiza la producción. La sociedad disciplinaria
industrial está ligada a una identidad inmutable, mientras que la
sociedad de rendimiento posindustrial requiere una persona flexible para
intensificar la producción”.
Por
si no ha resultado lo suficientemente claro, en este párrafo Byung-Chul
Han está afirmando que esta dinámica de identidades de las cuales se
puede salir y entrar como quien adquiere un producto, responde a la
necesidad de una nueva etapa del capitalismo que se caracteriza por la
descentralización y una explotación que ya no es realizada por los
dueños de los medios de producción sino por uno mismo.
Desde
una tradición distinta, otro filósofo que ha tomado relevancia pública
en los últimos años, el ruso Aleksandr Dugin, acusa a este progresismo
de izquierda de ser liberal e indica en la página 98 de Identidad y
soberanía:
“Recordemos
que todo empezó con el protestantismo como liberación de la identidad
religiosa católica, de los Estados tradicionales y de la sociedad
jerárquica europea. Luego prosiguió con la creación de los Estados
modernos burgueses y la aparición del nacionalismo. Pero como el
nacionalismo también presuponía la existencia de una identidad colectiva
(…) se creó la Unión Europea para liberarnos de la identidad nacional.
(…) Después los liberales se han dado cuenta de que la identidad de
género también es una identidad colectiva, y por tanto promueven la idea
de que el género y el sexo son también algo opcional. Liberarse de esta
identidad colectiva es precisamente la agenda liberal de la política
actual”.
Sin
embargo, por otro lado, les comentaba que estamos asistiendo a un
fenómeno contradictorio dentro de la agenda progresista y esto parece
ser pasado por alto por los autores mencionados. Es que esta dinámica de
un “mercado de identidades” convive, incluso dentro de ese mismo
discurso progresista, con perspectivas identitarias fuertemente rígidas.
El mejor ejemplo, que alguna vez hemos citado aquí, es el de Rachel
Dolezal, bien desarrollado en el documental de Netflix “The Rachel
Divide”. Dicho rápidamente, se trata de una activista de la causa
antirracista que, pese a ser blanca, hizo propia la cultura negra desde
su discurso hasta sus modos de vestir, pero mintió al afirmar que sus
padres eran negros. Una vez revelada la farsa, Rachel fue “cancelada” en
medio de un escándalo. Sin embargo, ella planteó la posibilidad de ser
transracial, lo cual incluso derivó en interesantes debates académicos.
Con mucho de sentido común, Rachel se preguntaba por qué se puede
transicionar hacia otro género y no se puede transicionar hacia otra
raza. Difícil hallar una respuesta puesto que, en todo caso, lo que vale
como impedimento para transicionar racialmente debería valer para las
transiciones de género. Pero tomemos un argumento que vio a la luz en el
caso de la poetisa negra Amanda Gorman, famosa desde su discurso en la
asunción de Biden, aunque también por la controversia en torno a la
exigencia de que sus textos sean traducidos solo por mujeres negras y
no, por ejemplo, por varones blancos ya que estos serían incapaces de
transmitir lo que una poetisa negra siente. Si el argumento es que
Rachel no puede autopercibirse negra porque no ha vivido en carne propia
la historia de padecimientos que la comunidad negra ha sufrido en
Estados Unidos, lo mismo podría decirle una mujer biológica a una
persona que nació con genitales masculinos y vivió como un varón hasta
que “decidió” transicionar mujer.
Lo
particular, insisto, es que todo esto se da dentro de ese complejo
entramado que hoy se entiende por movimiento progresista Woke y, lo que
también resulta llamativo, es que las políticas públicas muchas veces se
suben a estas contradicciones sin reparar en ellas y por razones de
corrección política, generando una batería de leyes que colisionan entre
sí o que suponen formas de discriminación.
En
la misma línea, los Estados progresistas deberían responder por qué no
se permite que la autopercepción determine, por ejemplo, la edad de las
personas. La razón es que nadie aceptaría que a una persona de 30 años
biológicos se le conceda una pensión por el solo hecho de que afirme
sentirse de 65; o que alguien de 50 años biológicos exija al Estado que
le reconozca lo joven que se siente para poder aplicar a una beca para
menores de 25. Volviendo a los ejemplos de antes, ¿por qué es posible
que se reconozca a los transgénero y no a los transraciales o a los
transedadistas? La edad también es una construcción social al fin de
cuentas. Por último, qué hablar de la nacionalidad. Sin caer en nombres
propios, la gran mayoría de los países europeos ponen un sinfín de
trabas para formalizar inmigrantes. Lo que es peor, muchas de esas
trabas son superiores para los casos de personas que tienen el derecho a
tramitar la ciudadanía por ser descendientes de europeos que migraron o
por haber pertenecido a alguna colonia. Si el género es una
construcción política, social, cultural, lingüística, ¿acaso no podría
decirse lo mismo de la nacionalidad? ¿Por qué una mujer se puede
autopercibir varón y un venezolano no se puede autopercibir español?
De
estos ejemplos se sigue que parecería haber un selecto grupo de
identidades de las cuales se puede entrar y salir a voluntad y por
decisión propia, mientras que existiría otro grupo que tiene la entrada y
la salida vedada; unas identidades a las que se puede ingresar tan solo
con la autopercepción y otras a las que no. A partir de los casos
expuestos, entendemos que no queda claro el porqué de esa
diferenciación.
Para
finalizar, entonces, se llevarían una conclusión equivocada quienes
consideren que estas líneas buscan deslegitimar las reivindicaciones
transgénero. Muy por el contrario, soy de los que cree que el Estado
debe dar alguna solución a esa problemática que si bien atañe a una
porción muy minoritaria de la sociedad, expone como pocos otros casos,
las dificultades por las que atraviesa una persona cuando no existen
instrumentos legales que le permitan ser reconocido e ingresar en la
“formalidad”.
De
lo que se trató, más bien, es de marcar cómo coexisten dos miradas
acerca de la identidad que son abiertamente contradictorias y que
suponen distintos tratamientos. El nivel de complejidad de estos asuntos
es tal que merecemos dirigentes que encuentren soluciones robustas y no
de ocasión. La razón es que, paradójicamente, legislar respondiendo a
los espasmos de las modas y las presiones de redes sociales puede
generar nuevas discriminaciones que acaben siendo perjudiciales incluso
para aquellos a los que, con buena voluntad, se pretendía ayudar.
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