Junto às tradições ocidental e islâmica há um terceiro jogador, mais recente: a cultura do cancelamento. Miguel Ángel Quintana Paz para The Objective:
En una época como la nuestra, tan habladora, sorprende cierta moderación con que se ha acogido el apuñalamiento del novelista Salman Rushdie,
amenazado desde 1988 por su irreverencia para con el islam. Y sorprende
más aún si consideramos qué pone en juego: justo conservar tal libertad
para seguir hablando tanto. Quizá sea culpa de agosto. Quizá, que una
cosa (bonita) es disfrutar la libre expresión y otra (más antipaticota)
ponerse a defenderla. Pero tengo para mí que acaso exista otro motivo
que explicaría esta tibieza ambiental.
Con
miras a entenderlo, reparemos antes en algo que a menudo se olvida: hoy
compiten a nuestro derredor, en toda sociedad occidental, tres modelos
de civilización.
Está,
por supuesto, nuestra herencia de siglos: griega, romana,
judeocristiana. Lo que cualquiera identifica como el legado europeo, el
legado de Occidente, el legado de la Cristiandad. Pero a esta heredad le
han surgido de reciente dos vigorosos rivales.
Uno
de ellos ha sido importado: el islam, que ha llegado a los países
europeos sobre todo vía inmigración legal o ilegal. Sí, desde antaño ha
habido musulmanes en Europa y sí, hay autóctonos conversos. Pero de no
ser por su alta tasa de inmigración y por su transmisión a segundas,
terceras y cuartas generaciones de la fe islámica, los musulmanes hoy no
serían más significativos entre nosotros que cualquier otra religión
abrahámica, tal que los mormones o los testigos de Jehová.
Es
más: otras religiones no cuestionan el marco jurídico en que se
insertan, mientras que se diría que el islam no puede evitarlo. Por el
sencillo motivo de que no consiste solo en una creencia sobre si Dios es
así o asá, sino de todo un marco jurídico y político alternativo (el
que se deriva del Corán, los hadices y la sunna). Dicho de otro modo: el
islam no es solo una fe metafísica, sino toda una civilización
alternativa a la nuestra. Una que concatena política y religión de modo
férreo. Y solo así se entienden los problemas que sus inmigrados
suscitan, mientras que los budistas, confucianos o ateos, no.
Y
bien, junto a estas tradiciones occidental e islámica, el tercer
jugador hoy en liza es mucho más reciente, pero no más bisoño. Hablamos,
claro está, de algo que aún no tiene un nombre bien definido, aunque
todos lo percibamos alrededor: wokismo, progresismo, lo políticamente
correcto, la cultura de la cancelación, la política de la identidad, el
deconstructivismo, la interseccionalidad. Se trata de un modelo de
civilización alternativo porque desea (y de ahí recibe uno de sus
nombres) deconstruir nuestra herencia civilizacional. ¿Con qué fin?
Sustituirla por otra más «inclusiva», nada opresiva, más «diversa»,
menos
«heteropatriarcal-colonialista-racista-homófoba-especista-antiecológica».
Cuando
dos civilizaciones se enfrentan acaso solo quepa un choque entre sus
dos trenes; pero si tenemos tres participantes, la cosa da mucho más
juego. Dos pueden aliarse contra la tercera, por ejemplo.
Eso
es lo que hoy contemplamos: las dos nuevas candidatas a la hegemonía,
islam e izquierda woke, caminan a menudo unidas, pese a sus enormes
diferencias. Ambas piensan que ya se ocuparán de su actual compañera de
bando cuando hayan derrotado al rival común: la civilización aún hoy
hegemónica, la occidental de toda la vida. De hecho, cada una piensa de
sí misma que, si logra derrotar nada menos que a la tradición secular
más típica de Europa, ¡cómo no vencer luego a su actual aliada, tan
novedosa en tierras europeas como es!
Esta alianza wokismo-islam es tan evidente que sorprende que aún sorprenda que los partidos de izquierda, teóricamente feministas, caminen de la mano de los muy patriarcales islamistas.
Ha ocurrido en el resto de Europa y es normal que en España suceda
igual. Tampoco ha de extrañarnos que los gobiernos izquierdistas
subvencionen con una mano a asociaciones LGBT y con la otra a grupos musulmanes,
en cuyos países de referencia a menudo el único gasto público que se
dedica a homosexuales y transexuales es el que acarrea encarcelarlos o
ejecutarlos. Ni debería asombrarnos tampoco que el periodismo español,
tan sesgadete a la izquierda y «respetuoso con la diversidad» él, apenas
haya dado bombo al dato de que el principal representante oficial del
islam en nuestro país, Ayman Adlbi, lleve año y medio detenido por
terrorismo. Imagine el lector por un instante la matraquita con que nos
despertaríamos durante meses si se hubiera descubierto que el
representante del Papa en España financiaba bombas con que masacrar
ateos; o si un arzobispo cualquiera estuviese hoy encarcelado por montar
una red de secuestro de agnósticos.
Es
fácil, pues, entender que nuestros progres patrios hayan reaccionado
con tanta parquedad ante el atentado a Rushdie. Cierto es que, por un
lado, les gustan las sátiras antirreligiosas como la de este autor.
Pero, por otro lado, ¡las que de veras les molan son las que se hacen
contra el cristianismo! El escritor indobritánico les coloca, pues, en
una situación incómoda. ¡Por qué tuvo que bromear sobre el islam! ¡Ya
nos burlaremos de él una vez hayamos derribado juntos la civilización
cristiana! ¡Pero no tan pronto como 1988, cuando se publicó su libro Los
versos satánicos! A Rushdie le ha faltado sentido del tempo, de modo
que un pequeño castigo casi que le resulta razonable.
De la izquierda actual, por consiguiente, hemos podido leer estos días como mucho vagas condenas hacia «todas las religiones»;
condenas que aprovechan la sangre derramada por un musulmán en
obediencia a clérigos musulmanes apoyados en textos musulmanes… para
atacar a las abuelitas que recen el rosario en una parroquia de
Mondoñedo.
Resulta
además interesante extrapolar ese razonamiento a otras esferas: cuando
alguien asesine por motivos políticos, ¿ello implicará también que todos
los interesados en la política son un problema? O, si el criminal mata
por despecho sentimental, ¿eso corrobora que todo amor erótico es un
invento luciferino? Lo sé, estoy pidiendo coherencia argumentativa a un
colectivo, como el del progresismo woke, que a menudo rechaza la
racionalidad por «opresiva» y «colonialista»; pero ciertas preguntas
surgen en la cabeza de modo espontáneo.
Hay
más grietas, de todos modos, que el caso Rushdie nos recuerda, más allá
de las dos que ya hemos señalado (la que aleja al progresismo actual de
la tradición occidental y la que amenaza su alianza con el islam). Pues
dentro de esta última religión, a su vez, atentados de este carácter
destapan asimismo cierta quiebra.
Sí,
sería injusto afirmar que todos los musulmanes gozan cuando se arrebata
la vida a los críticos con su religión; pero también sería injusto
atribuir a los musulmanes moderados una especial belicosidad contra sus
feligreses más violentos. Hace tiempo que lo venimos defendiendo aquí en The Objective:
mucho se avanzará cuando millones de musulmanes se manifiesten contra
los crímenes que se cometen en nombre de su fe, igual que mucho se
avanzó cuando los vascos empezaron a llenar sus calles contra ETA.
Ahora
bien, acaso la fractura más interesante que Rushdie nos revela no sea
ni la que divide entre sí a los musulmanes (y acobarda un tanto a los
más moderados de ellos), ni la que fragmenta a los progres en
contradicciones, ni la que pone en riesgo la alianza entre estos dos
grupos. Pues la fractura más interesante que Rushdie nos revela tiene
que ver con quienes no profesamos el islam ni el wokismo. Tiene que ver
con quienes nos sentimos orgullosos herederos de la civilización
occidental, quienes nos vemos compatriotas de Atenas, Roma y Jerusalén.
Entre
nosotros también crece cierta hendidura que aleja a los más liberales y
a los más conservadores. Estos últimos están algo cansados ya de que la
religión pueda ser objeto de mofa constante; desconfían de una sociedad
que solo sabe reírse, pero no gozar, de lo sagrado; no entienden que
cuando más trabas se ponen a todo tipo de chistes (contra gais, negros,
moros, mujeres, gangosos, gitanos…) a su vez se tolere cualquier
irreverencia contra los creyentes.
Quienes
recogen, en cambio, la faceta más ilustrada, más liberal de nuestra
tradición, siguen pensando que la crítica, incluso la más mordaz, contra
religiones, cleros y dogmas, ha proporcionado beneficios indudables a
Occidente; que no podemos limitar la libertad de expresión cuando
alguien se ofende (pues los ejemplos más interesantes de esa libertad
son a menudo los más ofensivos); y que nadie, por muchas sotanas o
hiyabs que se ponga encima, es quién para dictarme a mí qué puedo o no
decir.
Estas
cuestiones que enfrentan cada vez más a conservadores y liberales son
de calado. De hecho, algunos sospechan que acabarán por dinamitar su
coalición. Hablamos de este asunto hará un par de años aquí en The Objective.
Baste ahora con señalar que ambos pueden reclamarse dignos herederos de
Occidente, pues tan occidentales son el irreverente Voltaire como la
piadosa Santa Teresa. O sus casos extremos: el patibulario Robespierre y
el inquisitorial Torquemada.
Y
esto ocurre porque Occidente es en realidad una gran paradoja: vivimos
en una civilización que estimula las correcciones a esa misma
civilización. Es parte de nuestro ADN la crítica racional de los griegos
y la irreverencia judía contra el poderoso; el cristianismo nos enseñó
la importancia de la conciencia individual, aunque sin despreciar por
ello el sentido de comunidad. Tratar de conjugar elementos tan dispares
constituye nuestra grandeza, pero también nuestro talón de Aquiles.
Cuando Dios nos otorga un don, lo acompaña siempre de un látigo, como
diría Truman Capote; un látigo que sirve solo para autoflagelarnos.
¿Saldremos
sanos y salvos de todo esto? De momento, parece que Rushdie se recobra
poco a poco del crimen sufrido, aunque quizá pierda algún ojo. Si un
escritor de 75 años es capaz de tal recuperación, ¿no lo será nuestra
civilización con más de tres mil años judíos, unos dos mil seiscientos
años grecorromanos y dos mil años cristianos detrás?
A
nosotros atañe la respuesta a esa pregunta. Pues una civilización nunca
es solo unos libros venerables, una arquitectura hermosa o un pasado
glorioso. Una civilización es la que nos dice por qué merece la pena
vivir.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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