Em artigo publicado pelo Instituto Independiente,
o professor Alberto Benegas Lynch celebra Wilhelm von Humboldt,
fundador da Universidade de Berlim, amigo de Goethe e Schiller, um raro
liberal alemão hoje esquecido:
El transcurso del tiempo hace lo suyo con algunos más que con otros y
en el caso que nos ocupa tal vez ha contribuido a opacarlo a Wilhelm
von Humboldt -pues de él se trata- su hermano menor, el célebre
naturalista Alexander. Pero cualquiera sea la circunstancia, no solo es
injusto ignorar personajes que han llevado a cabo notables
contribuciones sino que perjudica y hiere a las generaciones que le
siguen ya que en todos los casos los conocimientos se edifican “sobre
los hombros de gigantes” que nos precedieron, y el crecimiento se amputa
si se desconocen trabajos anteriores, lo cual evidentemente perjudica y
consume tiempo innecesario para repasar temas ya explorados por otros.
John Stuart Mill abre su conocida obra sobre la libertad con un
acápite de Wilhelm von Humbolt, cita tomada de su libro más difundido
titulado Los límites de la acción estatal (traducida al inglés por
Cambridge Universtity Press, en 1969, con el título The Limits of State
Action, en un principio titulada Sphere and Duties of Government, aun no
traducida al castellano) que escribió cuando tenía veinticuatro años,
en 1791, referencia que alude a la importancia de la diversidad humana,
un trabajo publicado posteriormente debido a la censura del gobierno
prusiano. Este personaje era amigo de Friedrich Schiller -además de
Goethe y Madam de Staël-, el autor de lo que originalmente denominó “Oda
a la libertad” (An Die Freiheit) también censurada por aquél gobierno
lo cual lo obligó a transformar en “Oda a la alegría” (An Die Freude)
que usó Beethoven en el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía que
luego de derrumbado el Muro de la Vergüenza reivindicó con la letra
original en la parte coral Leonard Bernstein, con su orquesta a ambos
lados de la Puerta de Brandeburgo.
Por supuesto que cuando decimos que este personaje está básicamente
olvidado no me refiero al mundo académico que lo tiene bien presente,
aludo a un público más amplio que recuerda los nombres de Spencer,
Tocqueville y el antes mencionado Mill pero en general deja de lado la
figura de von Humboldt.
Es de gran interés reproducir algunos de los pensamientos de este
autor tomados del libro mencionado para luego formular algunas
consideraciones sobre la trascendencia de preservar la individualidad en
el contexto de los aparatos estatales de nuestra época.
En verdad pocas citas resultan suficientes para develar el eje
central de la obra. Declara de entrada en las primeras líneas que
“descubrir cuál es el motivo de las instituciones estatales y qué
límites deben establecerse a su actividad es el objetivo de las páginas
que siguen”. Al abrir el segundo capítulo manifiesta: “El verdadero fin
del hombre, lo cual prescriben los eternos e inmutables dictados de la
razón y no sugeridos por deseos vagos y transitorios, es el más alto y
armonioso desarrollo de sus facultades como un ser completo y
consistente. La libertad es la condición primera e indispensable que
presupone ese desarrollo”. Y ese capítulo finaliza con la siguiente
conclusión: “La razón no puede apuntar a ninguna otra condición que la
que cada individuo no solo goce de la libertad más absoluta de su
desarrollo y energías sino que no debe ser interferido por ninguna
agencia humana”.
Finalmente, en el tercer capítulo precisa que: “Toda intromisión
estatal en los asuntos privados debe condenarse allí donde no hay
inmediata violencia a los derechos individuales […] me refiero a todas
las manifestaciones estatales que declaran la elevación del bienestar de
la población, de cualquier solicitud en esta dirección referentes a la
subsistencia de los habitantes ya sea directamente a través de las leyes
de pobreza o indirectamente en el subsidio a la agricultura, industria o
comercio y todas las regulaciones relativas a las finanzas o el dinero,
importaciones y exportaciones […] mantengo que todas esas instituciones
se traducen en efectos dañinos y son irreconciliables con un verdadero
sistema político”.
Cabe señalar que von Humbolt incursionó varias veces en la política a
la que consideraba geistlos, es decir, como algo más bien chato y falto
de imaginación, tal como consigna el editor en su introducción a la
mencionada edición de la Universidad de Cambridge, al igual que Ortega,
quien escribió: “La política se apoderó de mi y he tenido que dedicar
más de dos años de mi vida al analfabetismo (la política es
analfabetismo)”. En realidad, en esta etapa del proceso de evolución
cultural, el monopolio de la fuerza que denominamos Gobierno se hace
necesario para proteger derechos, pero en el proceso electoral los
políticos son cazadores de votos que deben responder a lo que la opinión
pública demanda lo cual, a su turno depende del plano en el que se
desarrolla la batalla cultural, es decir el debate de ideas de fondo que
en definitiva marca las agendas y configura el discurso de los
políticos.
Por todo esto es que resultan de tanta trascendencia pensadores de la
talla de von Humboldt y por ello es que reviste tanta importancia el
debate de ideas y la actualización de las potencialidades del individuo.
Antes he escrito sobre el tema que sigue, pero se torna imperioso
insistir en la materia al efecto de apuntar el valor de la
individualidad tan bastardeado en nuestro tiempo a favor de la
colectivización y, por tanto, a la ruina de todos pero muy especialmente
de los más necesitados que se perjudican grandemente por el desgaste y
el consumo de capital humano y material que redunda en la destrucción de
las bases morales de la cooperación social y en la reducción de
salarios e ingresos en términos reales.
Lo extraordinario del ser humano es que cada uno es único e
irrepetible en el cosmos aún teniendo en cuenta los pastosos
experimentos con la clonación, ya que el aspecto central del hombre no
son sus kilos de protoplasma sino su psique, que no es susceptible de
clonarse puesto que excede lo puramente físico.
Entonces, aquellas condiciones únicas, aquellos talentos, vocaciones y
potencialidades que son característica exclusiva de cada uno, deben
desarrollarse para ser esa persona especial que cada uno es en la
historia de la humanidad. En la medida en que el hombre renuncia al
cultivo de sus condiciones particulares en dirección a la excelencia
para asimilarse a lo que piensan, dicen y hacen otros, está, de hecho
abdicando de su condición natural para convertirse en una impostura
humana. El hombre masificado es, en definitiva, un aglomerado sin perfil
propio, es un conjunto amorfo e indistinguible del grupo.
No puede escribirse sobre este tema sin recordar al antes mencionado
Ortega, a Gustave LeBon y, con anterioridad a ellos, a los horrores de
la masificación señalados por Jerome K. Jerome (The New Utopia de 1891),
Yevzeny Zamyatin (We de 1921). También cabe recordar las obras de
Orwell (1984), Alduous Huxley (Nueva visita a un mundo feliz), David
Reisman (The Lonely Crowd), C.S. Lewis (La abolición del hombre) y, mas
contemporáneamente, el trabajo de Taylor Caldwell (The Devil´s Advocate,
el mismo título que posteriormente usó Morris West para su obra). Todos
ellos desde ángulos distintos y explorando diversas avenidas, ponen de
manifiesto preocupaciones múltiples de lo que ocurre cuando el hombre se
deja deglutir por lo colectivo.
Esta renuncia a ser propiamente humano, esta falsificación de nuestra
naturaleza, esta grosera adulteración de la única especie conocida que
posee el atributo de ser libre, conduce por lo menos a tres efectos que
colocan al hombre en el subsuelo mas sórdido y lastimoso que pueda
concebirse. En primer lugar, se pierde a sí mismo y, por ende, no saca
partida de sus potencialidades en busca del bien y, de este modo, amputa
sus posibilidades de crecimiento y realización personal. En segundo
término, priva a sus semejantes de disfrutar de aportes y contribuciones
que reducen el espacio para la cooperación social recíproca. Y, por
último, al fundirse en el conjunto, estos sujetos se embarcan en
andariveles que conducen a la búsqueda del común denominador: a lo más
bajo y embrutecedor, a las frases hechas, al acecho de enemigos, a la
envidia y el resentimiento para con lo mejor, a la ausencia de
razonamientos, a los cánticos agresivos, en suma, a la barbarie que
siempre capitalizan los megalómanos sedientos de poder, todo lo cual, de
más está decir, constituye un peligro manifiesto para la privacidad de
quienes conservan un sentido de autorespeto y dignidad.
En La psicología de las multitudes, LeBon escribe que “en las
muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez” y que
el contagio masivo en la multitud hace que “el sentimiento de la
responsabilidad que siempre retiene al hombre, desaparece enteramente”.
Cuando lo mencionamos esta segunda vez a Ortega, naturalmente teníamos
en mente La rebelión de las masas, pero, a nuestro juicio, los mejores
escritos de este filósofo en esta materia se encuentran recopilados en
El hombre y la gente. Allí dice: “Cuando los hombres no tienen nada
claro que decir sobre una cosa, en vez de callarse suelen hacer lo
contrario: dicen en superlativo, esto es gritan [...] ¿quién es la
gente? ¡Ah! la gente es...todos. Pero ¿quién es todos? ¡Ah! nadie
determinado. La gente es nadie [...] Hoy se diviniza lo colectivo. Desde
hace ciento cincuenta años se han cometido no pocas ligerezas en trono a
esta cuestión; se juega frívolamente, confusamente, con las ideas de lo
colectivo, lo social, el espíritu nacional, la clase, la raza. Pero en
el juego las cañas se han ido volviendo lanzas. Tal vez, la mayor
porción de las angustias que hoy pasa la humanidad provienen de él [...]
la sociedad tiende cada vez más a aplastar al individuo, y el día que
pase esto habrá matado la gallina de los huevos de oro”.
Desde la más tierna infancia, muchas son las personas que reciben un
insistente adoctrinamiento estatal para huir de la idea de ser distinto y
se inculca hasta el tuétano la necesidad de parecerse al otro. Se crea
así un complejo que aleja las posibilidades de sobresalir y se crea un
acostumbramiento a mantenerse a toda costa en la media. Jacques Rueff
apuntaba que resulta paradójico que en el mundo subatómico se necesita
del microscopio para detectar diferencias mientras que en los hombres
éstas se perciben a simple vista y, sin embargo, se los suele tratar
como seres indiferenciados.
En gran medida nos encontramos con que hay una obsesión por aparecer
“ajustado” a las conductas y pensamientos de los demás, por tanto, como
queda dicho, a convertirse en un hombre impostado que, a fuerza de
imposturas, se transforma en los demás. Esa es la raíz de las crisis
existenciales: la pérdida de identidad. Es el nuevo latiguillo que se
usa en muchos colegios cuando se les dice a los padres que “su hijo está
desajustado”. John Dos Passos -uno de los novelistas estadounidenses
mas destacados del siglo XX- sugiere que se “consulte hoy a cualquier
sociólogo sobre el significado de la felicidad en el contexto social y
seguramente responderá que significa ser ajustado”. La felicidad ya no
sería la plena realización y actualización de las propias
potencialidades en busca del bien, sino la uniformidad con los otros y
en dejarse arrastrar y devorar por el grupo en caída libre a un bulto
inidentificable, antihumano y degradado. El hombre así se convierte en
una caricatura grotesca, como decimos, en una lamentable impostura.
Es en este contexto que resulta sumamente aleccionador repasar
autores como Wilhelm von Humboldt, puesto que no podemos darnos el lujo
de despreciar tamañas observaciones y advertencias como las formuladas
por ese autor. Celebro que en la provincia de Mendoza -el terruño de mis
ancestros- ahora un grupo de jóvenes, algunos de los cuales han sido
mis alumnos, han establecido la Fundación Wilhelm von Humboldt. Es de
desear que mantengan la vara a la altura de la que marcó este personaje
tan noble y enriquecedor, especialmente en momentos en que los aparatos
estatales en lugar de cumplir con sus misiones específicas de protección
de derechos los conculcan.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

Nenhum comentário:
Postar um comentário