Os colaboracionistas foram fundamentais para que o regime nazista controlasse a Europa com uma quantidade relativamente baixa de tropas. Cristóbal Villalobos para The Objective:
En enero de 1941 Adolf Hitler proclamó que aquel sería el año del Nuevo Orden. Tras
la caída de Francia, la Alemania nazi dominaba gran parte de Europa y
preparaba la Operación Barbarroja con el objetivo de invadir la Unión
Soviética durante el verano.
Pero el Nuevo Orden ya se estaba implantando en aquellos territorios conquistados por los nazis a partir de septiembre de 1939.
En Polonia, Noruega, Francia o en los Balcanes las autoridades
ocupantes perseguían la creación de una sociedad dirigida por la raza
aria: judíos, eslavos o gitanos eran considerados racialmente inferiores
y debían desaparecer de la tierra para dar paso a un gran imperio
continental que disputase la hegemonía mundial a Estados Unidos.
Para
que este proyecto pudiera implantarse se hacía necesario el apoyo de
parte de la población de los países ocupados, donde ya desde los años 30
se habían fundado partidos ideológicamente cercanos al nazismo. Con el
paseo triunfal hitleriano de comienzos de la contienda, estas
organizaciones se convirtieron en los instrumentos perfectos para
intervenir en las naciones vencidas, estableciendo gobiernos títeres y
creando milicias destinadas a ejercer la represión y la limpieza
étnica.
Los
colaboracionistas fueron, de esta manera, fundamentales para que el
régimen nazi controlase Europa con una cantidad relativamente baja de
tropas. A los pronazis de cada país, minoritarios, se sumó rápidamente
una cohorte de medradores y buscavidas, capaces de vender su alma al
diablo con tal de enriquecerse o de alcanzar el poder en el momento en
el que se creía que Alemania era invencible. Junto a ellos, fueron
también miles los europeos que, por miedo o por intentar evitar males
aún mayores, colaboraron con los invasores facilitando una ocupación
que, con excepciones, fue plácida para los teutones en un primer
momento.
Los personajes
El
historiador David Alegre acaba de publicar la monografía
Colaboracionistas. Europa occidental y el Nuevo Orden nazi, editada por
Galaxia Gutemberg, en la que se estudia, por primera vez en España de
forma global, el apoyo a los nazis por parte de las sociedades de
Francia, Bélgica, Países Bajos y Noruega dejando, para nuevas
publicaciones, los casos de Europa del Este y los Balcanes.
Tras
los éxitos de la guerra relámpago y la conquista de vastísimos
territorios, tomaron protagonismo filonazis como Pierre Laval y Joseph
Darmand en Francia, el líder rexista Léon Degrelle en Bélgica o
Christian Schalburg en Dinamarca. Pero la obra, aunque destaca a alguno
de estos interesantes personajes, se centra en crear una visión
panorámica del fenómeno más allá de la historia política y militar, para
intentar descifrar las motivaciones y los perfiles de los
colaboracionistas, así como el conflicto interno entre aquellos que
pretendían salvar una pequeña porción de la soberanía de su país
colaborando con los ocupantes, los que apoyaban a los nazis por total
convicción ideológica y los miembros de las distintas resistencias, lo
que en algunos casos llevó a verdaderas guerras civiles que la
historiografía oficial ha silenciado frecuentemente.
El
joven investigador, ganador del premio Miguel Artola por su tesis
doctoral, también habla de colaboracionismo en el caso de España, un
país declarado entonces no beligerante que, aún sin entrar en la guerra,
no oculta sus simpatías por el Eje mientras manda a la División Azul a
combatir en el frente ruso y suministra materias primas e información a
sus aliados.
Perseguidos y ajusticiados
Tras
la guerra, la vergüenza llevó a los estados a ocultar estos hechos
mientras se magnificaban los movimientos de resistencia, que solo fueron
un verdadero problema para los alemanes en zonas concretas y ya cuando
empezaban a perder la guerra.
A
las mujeres que acogieron en sus casas a soldados alemanes, o tuvieron
relaciones con ellos, se les rapó al cero y se les condenó al
ostracismo, al igual que a los jóvenes que fueron mandados al frente del
lado alemán como voluntarios. Muchos colaboracionistas destacados
fueron condenados a muerte, como a Pierre Laval o al mariscal Pétain,
aunque a este último, como en muchos otros casos, se le acabó conmutando
la pena. Otros tuvieron mayor suerte y acabaron refugiados en terceros
países tolerantes con los evadidos nazis, como Léon Degrelle, que pasó
el resto de sus días tranquilamente en España.
La
enorme cantidad de colaboracionistas obligó a decretar el final de los
procesos de depuración y a aprobar amnistías a finales de los años
cuarenta y principios de los cincuenta, para acabar, como fue el caso
francés, por generalizarse el falso mito de que solo una minoría
colaboró con el invasor mientras que el resto de la población se alzó y
luchó patrioticamente.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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