BLOG ORLANDO TAMBOSI
A relação entre ambos os filósofos, entre os mais influentes do século XX, se manteve ao longo de toda a sua vida e transcendeu a dimensão intelectual. David Lorenzo para Ethic:
«Solo hay sombras donde brilla el sol. Y ese es el fondo de tu alma». Con estas palabras se dirigió Martin Heidegger a Hannah Arendt
en una de las muchas cartas que atestiguan la correspondencia que
mantuvieron durante décadas. Ambos filósofos podrían parecer polos
opuestos. El pensamiento de ambos autores enfrentó dos posturas
irreconciliables. Heidegger fue pangermanista y defensor de, al menos,
ciertos rasgos del nacionalsocialismo. Arendt, por su parte, se opuso
con fiereza al nazismo y estudió a fondo la cuestión del mal y su
génesis.
Las
desavenencias en el pensamiento de ambos, sin embargo, no impidieron su
particular relación personal, un vínculo que llegó a trascender la
camaradería intelectual.
Alfa y omega de una pasión
Una
joven Hannah Arendt de apenas 18 años acababa de llegar a Marburgo para
estudiar en la universidad. Comenzó a recibir clases, entre otros
profesores, de dos de los más destacados pensadores de la Alemania de
1924: Nicolai Hartmann y Martin Heidegger. El fenomenólogo gozaba ya por
aquel entonces de una creciente fama: aún no había publicado Ser y
tiempo, la obra que lo situaría a la vanguardia del pensamiento europeo,
pero su trabajo había recibido una importante acogida intelectual.
Arendt pronto destacó por su inteligencia desbordante, lo que permitió
que ambos tejiesen una intensa relación, intelectual primero, y
sentimentalmente –aunque brevemente– después.
El
orden correcto para describir la muy peculiar relación de ambos fue,
precisamente, la capacidad que tuvieron para oscilar entre la discusión
filosófica y el amor que mantuvieron el uno por el otro hasta el final
de sus días. Arendt fue crítica con su querido maestro. Combatiente del
régimen nazi, opuso resistencia desde su filosofía política a las ideas
de Heidegger, defensor, en gran medida, de las ideas del partido
nacionalsocialista alemán. Mientras la filósofa hizo su vida en un país
que comenzaba a quebrarse ante sus ojos, Heidegger recibía honores y
respetos por parte de un partido al que no dudó en adscribirse desde
1933. En sus diarios, el alemán dejó bien claro que incluso el asesinato
en masa de judíos y otras etnias no le parecía algo escalofriante, pues
en China eran miles de personas las que cada día morían de hambre. Su
amada Hannah, en cambio, fue detenida por la Gestapo en la Francia
ocupada por su condición de judía, si bien logró escapar y huir hasta
Estados Unidos a través de Lisboa. La correspondencia entre ambos no se
reanudó hasta 1950, cuando Arendt regresó a Europa.
La filósofa alemana fue tajante a la hora de dialogar con el pensamiento de metafísico. Atacó con fiereza alguna de sus ideas, que tachó de nihilistas.
La idea de una nada, a merced de las influencias budistas y taoístas de
las que el erudito se había nutrido, fueron material suficiente para
desarticular su noción del Dasein [aproximadamente, «existencia» o
«ser-ahí»]. Sin embargo, en el aspecto personal, Arendt se comportó de
una manera muy distinta. Tan diferente que, teniendo en cuenta la
investigación de la pensadora de Hannover, ha sido señalada por
diferentes autores posteriores como un incomprensible blanqueamiento del
nazismo que Heidegger manifestó.
Quizá
la más curiosa controversia de Arendt le afectó a sí misma. En 1937, el
gobierno de Adolf Hitler le retiró la nacionalidad a la teórica
política. Ya en Estados Unidos, en 1959, intervino en el debate sobre
Little Rock criticando los movimientos de derechos civiles contra las
Leyes Jim Crow, que fueron una evidente inspiración para las decisiones
raciales que tomaron los nazis. De igual manera, sembró la polémica en
su crítica sistemática a la democracia representativa prefiriendo, en
todo caso, una democracia directa, al estilo de la ateniense, también
más transversal hacia el conjunto de la población que el modelo clásico
griego.
En
esta línea, cuando Heidegger fue reprendido y juzgado intelectualmente
por su pertenencia ideológica al nazismo, Arendt perteneció al pequeño
grupo que lo juzgó. Por ejemplo, en su investigación sobre el origen y
manifestación del mal en el juicio a Adolf Eichmann,
determinó la idea de la «banalidad del mal» que, en resumen, significa
que la participación en un acto dañino más extenso puede no ser
consciente y seguir criterios de conducta grupal, burocráticos o de
cadena de mando. Una observación real, pero que, de alguna manera,
servía para disculpar a personas que sí eran muy conscientes de las
consecuencias de sus actos, incluso de su rol en la misma cadena
considerada parte del problema. Así lo expone el escritor francés
Emmanuel Faye en su ensayo Arendt y Heidegger: el exterminio nazi y la destrucción del pensamiento o en el libro Hannah Arendt y el siglo XX.
Martin Heidegger y Hannah Arendt se amaron y admiraron a pesar de las
mutuas decisiones, de la distancia y de sus matrimonios. Filosofía y
biografía, que siempre caminan de la mano, mezclaron bruscamente sus
caminos en multitud de planteamientos, en especial en los de ella. Sólo
la muerte, que les llegó con apenas un año de diferencia, les separó (o
les unió) definitivamente.
Otros casos destacables
Pero
la muy compleja relación intelectual entre Hannah Arendt y Martin
Heidegger fue una de las muchas que han sucedido a lo largo de la
historia. Una de las más antiguas de todas relaciona a Sócrates con
Diotima, una desconocida sacerdotisa y filósofa de la que Platón
describe un esbozo de su pensamiento en su diálogo Banquete. El
personaje de Sócrates afirma que Diotima
fue su maestra en las cuestiones del amor, con la extensión posible en
significado de esta afirmación. A partir de ese momento, la influencia
de una mujer de la que desconocemos si su existencia fue o no real se
muestra absoluta: Sócrates adoptó como suyas la mirada de la filósofa
sobre el eros y la filia.
Caso semejante fue el estrecho vínculo que fraguaron Marie de Gournay y Michel de Montaigne en el siglo XVI.
Ambos quedaron deslumbrados de su sapiencia y pronto se convirtieron en
amigos y confidentes. Gournay fue una de las más influyentes defensoras
del igual rol de la mujer en la sociedad de su tiempo. Montaigne, el
padre del moderno género del ensayo y humanista ferviente, se alzó como
uno de los principales filósofos franceses de su tiempo. En su
testamento dejó su obra en la mano de Gournay, y no de su esposa e hija,
afirmando que ella era la única capacitada para comprender y gestionar
su legado.
En España también tuvimos un caso paradigmático, el de José Ortega y Gasset y su discípula, María Zambrano.
Aunque esta relación nunca sobrepasó los límites de la admiración
académica, la influencia del pensamiento orteguiano es evidente en la
obra de la malagueña. De alguna manera, Ortega hubiese tenido el interés
en que Zambrano fuese una brillante continuadora de su pensamiento,
algo en lo que la filósofa tuvo muy claro desde el principio que no iba a
convertirse, defendiendo siempre posiciones originales e
independientes.
Postado há 3 weeks ago por Orlando Tambosi

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