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A história foi escrita pelos vencedores. Mas o que se passa quando se o foco são os perdedores? O livro do historiador Luis E. Íñigo oferece a resposta. David Barreira para El Cultural:
Quienes
han tratado de rebajar su importancia se han escudado en que todo había
sido una pantomima, un encuentro amañado entre los ejércitos francés y
prusiano. Pero la batalla de Valmy, que tuvo lugar el último día de
verano de 1792 al norte del territorio galo, no solo marcó una frontera
entre dos formas de hacer la guerra,
la tradicional de la era del absolutismo, llevada a cabo por soldados
profesionales obedientes, y la nueva de la época del nacionalismo,
protagonizada por fervorosas milicias inspiradas por el sentimiento de
pertenencia a un pueblo que combatían hasta el último aliento alentados
por sus generales.
En
realidad, el triunfo de las tropas francesas en el duelo artillero
dictó la sentencia de muerte del Antiguo Régimen y alumbró la Edad
Contemporánea. El orden moldeado por monarcas con un poder
incuestionable entregó el cetro a un nuevo cosmos en el que los
individuos aspiraban a ser dueños de sus destino, a reconocer tan solo
la verdad de la voluntad nacional. Goethe,
que contempló el choque desde el campamento prusiano, profetizó sobre
aquella jornada mítica dirigiéndose a sus camaradas: "En este lugar y a
partir de este día comienza una nueva era en la historia del mundo, y
vosotros habéis presenciado su nacimiento".
Fue
una derrota —o una victoria, según se mire— decisiva, una de las veinte
seleccionadas y radiografiadas en Vae Victis!, el nuevo ensayo del
historiador Luis E. Íñigo Fernández (Guadalajara, 1966) en el que
presenta una singular lectura del pasado poniendo el foco en los
derrotados, en las civilizaciones, pueblos, naciones o ejércitos que en
coyunturas críticas fueron vencidos y apeados de su lugar preeminente.
Es una vuelta de tuerca más al enfoque que ya había abrazado en su
anterior libro, Historia de los perdedores
(Espasa), donde trataba de hacer justicia a los grupos que han sido
olvidados y maltratados dos veces —por la historia primero y los
historiadores después—.

La batalla de Trafalgar, según William Clarkson Stanfield (1836).
Además
de la trascendencia, el doctor en Historia Contemporánea por la UNED y
autor de un buen puñado de ensayos de alta divulgación ha aplicado otros
dos criterios en la selección de las batallas. El primero de ellos es
que la derrota en cuestión provocase en dicho pueblo un hito
concluyente. Pudo ser extremo, como el saqueo de Roma por el caudillo
godo Alarico en 410, que pese a carecer de relevancia material y
política tuvo un impacto emocional decisivo en la disolución del Imperio romano de Occidente
materializada medio siglo después; o inaugurar el repliegue de una gran
potencia: en Rocroi, en 1643, los Tercios, el principal sostén de
hegemonía de la Monarquía Hispánica, perdieron el mito de su
imbatibilidad.
Otra
de las posibilidades es que la derrota propiciase un acontecimiento
fundamental en la historia de la humanidad, como cuando los cartagineses
cayeron frente a los romanos en la batalla de Zama (202 a.C.)
entregando el dominio del Mediterráneo, o en ese secular enfrentamiento
entre Occidente y Oriente, entre el cristianismo y el islam —las
consecuencias de la conquista de Constantinopla o la batalla de Lepanto
son iluminadoras en este sentido—. El autor, no obstante, desmitifica
muchas interpretaciones hechas desde postulados eurocéntricos: Poitiers
(732), por ejemplo, no fue el freno de las razias musulmanas —los
ejércitos francos solo lograrían empujar a sus enemigos al sur de los
pirineos tres décadas después—.
Derrotas que fueron victorias
En
el libro, que se abre con la batalla de Maratón (490 a.C.) y la derrota
del Imperio aqueménida y se cierra con un enfrentamiento más
político-ideológico que bélico —la caída del Muro de Berlín y del comunismo—, contiene muchas referencias a la historia hispánica.
Esta subselección geográfica empieza con la batalla de Guadalete
—fin del reino visigodo que a su vez dio la bienvenida al progreso
material e intelectual andalusí— y se cierra con la del Ebro, epítome de
la derrota republicana y que, según el autor, experto en el periodo,
"puede erigirse en símbolo del fracaso de quienes, desde postulados muy
distintos, muchos de ellos poco compatibles con los ideales democráticos
de que la República había tratado de encarnar, compartían el deseo de
defenderla".

La
batalla de Trafalgar, por el contrario, constituye un ejemplo de la
importancia de abordar estos hechos decisivos de forma crítica. El
historiador recuerda no solo que las consecuencias de la derrota de la
flota hispanofrancesa ante la Royal Navy fueron casi irrelevantes para Napoleón, que pocos meses después se convertía en Austerlitz en dueño y señor de Europa.
Tampoco este desenlace fue el causante de la ruina de la Real Armada española
ni de la independencia de los virreinatos americanos, como ha repetido
alguna propaganda. "Es necesario decirlo: el idolatrado Nelson no salvó a
su país de nada; si en el siglo XIX Gran Bretaña gobernó las olas, no
fue como consecuencia de la batalla de Trafalgar", resume.
En
Vae victis! —traducido del latín como "¡Ay de los vencidos!", expresión
atribuida a un caudillo galo que invadió y saqueó Roma en 390 a.C. y
que escondía una enseñanza de cabecera para los antiguos romanos: la
patria no se defiende con oro, sino con hierro—, Íñigo Fernández vuelve a
hacer una reivindicación de los derrotados: ni los persas ni los incas
eran tan bárbaros, ni la pérdida de las últimas colonias en 1898,
sellada con la derrota en la breve batalla naval de Santiago de Cuba, se
convirtió en un desastre para España. Fue, en realidad, "un revulsivo
que tuvo por efecto acelerar el crecimiento de su economía y la
modernización de su sociedad". Derrotas que evolucionaron a victorias.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi

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