BLOG ORLANDO TAMBOSI
En 'Mentiras monumentales', Robert Bevan aborda el candente debate sobre las figuras históricas que colisionan con los valores morales del presente. Antonio Maldonado para El Cultural:
Uno
de los debates habituales de los últimos años gira en torno a qué hacer
con monumentos o estatuas que celebran momentos o biografías que
colisionan con los valores morales del presente. En los últimos años ha
habido numerosos movimientos que han exigido la retirada de
representaciones de figuras históricas variopintas, acusadas de fijar un
marco histórico que perpetúa una visión blanca, colonialista e incluso
racista y esclavista.
Pocos países occidentales se han liberado de una reivindicación que ha afectado a personajes como Cristóbal Colón
o el general Lee, entre otros muchos. Un debate que afecta al corazón
de nuestras identidades colectivas y a la salud de nuestras democracias.
Se
trata de un debate que hay que afrontar sin apriorismos, y a ese
objetivo contribuye este ensayo del periodista y consultor de patrimonio
Robert Bevan (Londres, 1964), que ya abordó este tema en La destrucción de la memoria (La Caja Books, 2019).

Vuelve
ahora sobre los mismos asuntos, aunque con un enfoque más cercano a
controversias políticas actuales, como la que enfrenta a cierta
izquierda hipersensible a cualquier representación de personajes
históricamente polémicos y a una derecha instalada en una resistencia
numantina ante cualquier cambio del relato histórico y sus
protagonistas.
Aunque
si bien Bevan critica a los primeros, les concede una razón de fondo
que niega a los segundos: “Los verdaderos temores de la clase dirigente
no conciernen a las estatuas, sino a la posibilidad de que se cuestione
con éxito su visión parcial e interesada de la historia”, escribe.
Dos
son los asuntos centrales de este oportuno y lleno de matices Mentiras
monumentales. Por un lado, responder a la pregunta de fondo que plantea
el debate: qué hacer con dichas estatuas y monumentos.
Para
Bevan, si bien la izquierda tiene razón en su condena, es un error el
enfoque que apuesta por el derribo de los mismos: “Tenemos que buscar
formas de preservar los estratos de sentido que atesoran nuestros
monumentos y nuestra ciudad, con el fin de convertir ciertos elementos
hoy conmemorativos en monumentos capaces de alterar el valor del pasado
sin renunciar por ello al valor evidencial que encarnan dentro de la
esfera pública”.
Porque
“a pesar de todo el cinismo y la hipocresía y del propio historial de
borrado del Estado, los monumentos nos ayudan a comprender el pasado.
Son registros históricos”.
Por
otro lado, Bevan aborda el debate sobre la arquitectura, sobre la
tensión entre el clasicismo y el modernismo, y sobre las distintas
visiones sociales que representan cada una de ellas. Es interesante el
desglose que hace del cambio de posición dominante a lo largo de los
años, así como su relato del papel cambiante del enfoque de la UNESCO
relativo a la conservación del patrimonio.
En
coherencia con su posición con las estatuas y los monumentos, Bevan es
contrario a la reconstrucción historicista de edificios o
infraestructuras dañadas o destruidas: “La restauración de la
arquitectura por sí misma nunca puede poner fin a los conflictos. Si se
lleva a cabo de forma apresurada, creando réplicas perfectas del pasado
antes del conflicto, se corre el riesgo de eliminar cualquier memoria
tangible y material de la injusticia original o expiación, que son
fundamentales para alcanzar la verdad y la reconciliación”.
Su obsesión por los registros de la verdad histórica le lleva a citar a Hannah Arendt
y a reclamar que la UNESCO vuelva a su anterior forma de considerar el
patrimonio histórico. Y pone ejemplos como la reconstrucción del viejo
puente de la ciudad de Mostar, en el que es imposible ver hoy las
cicatrices de su pasado reciente. Un peligroso autoengaño con riesgos
evidentes. Porque, en cuanto a estatuas y monumentos, la “verdad y la
historia deben primar siempre sobre la memoria”.
Postado há Yesterday por Orlando Tambosi

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