Lo peor es que la política del bien es un vivero de oportunistas cuyo poder y notoriedad depende de convertir la mentira en una forma de vida. Javier Benegas para The Objective:
La
división entre buenos y malos, entre víctimas y victimarios, entre
salvadores del planeta y negacionistas se ha convertido en el motor de
la política. Una confrontación moral donde las ideas no pueden valorarse
en función de los resultados sino de las buenas intenciones. De esta
forma, si las políticas resultan contraproducentes, no podrán ser
juzgadas, mucho menos removidas, porque su pertinencia no atiende al
pragmatismo sino a un bien mayor.
La
igualdad, la justicia social, el ecologismo son aspiraciones
irrenunciables, por cuanto representan ese bien mayor que sólo los
malvados pueden cuestionar. En este sentido todas las iniciativas
legislativas estarán justificadas, aun cuando se demuestren
perjudiciales, porque lo que importa es su propósito. Si no puedes
demostrar, no ya que estén equivocadas, sino que su propósito es
inmoral, tendrás que renunciar a la crítica. Los daños podrán ser
nefastos, pero no sólo estarán justificados sino que, en comparación con
el bien mayor que se persigue, deberán ser ignorados.
Así,
la mera declaración de no dejar a nadie atrás logrará que aquellos que
queden abandonados a su suerte se vuelvan invisibles. Comprometerse en
la lucha por la igualdad permitirá interpretar el aumento de la pobreza
como un desajuste estadístico que se subsanará cambiando los términos,
no las políticas. Repartir la riqueza de forma equitativa, porque los
ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres,
justificará aumentar los impuestos hasta comprometer el sustento de los
más humildes. Salvar el planeta hará que cualquier medida que se adopte
sea indiscutible, por ruinosa que resulte, y que el ideal de la
seguridad se imponga a la peligrosa libertad.
No
a la violencia, no a la guerra, no a la pobreza, no a la injusticia, no
a la discriminación, no a la enfermedad, no al hambre, no al
sufrimiento, no al abuso, no al calentamiento global, no al machismo, no
a la xenofobia, no a la homofobia, no a la transfobia… la política ha
devenido en la lucha contra el mal en cualquiera de sus formas, en
cualquiera de sus infinitas manifestaciones. En consecuencia, el poder
como encarnación del bien aspira a ser incuestionable. Siempre tendrá un
motivo, una justificación, un fin los suficientemente elevado como para
sobrevolar la realidad. No podrá ser auditado porque no obedecerá a las
reglas de este mundo, que es imperfecto y malvado, sino a las de otro
moralmente superior.
Sin
embargo, ese paraíso proyectado siempre estará por llegar, porque el
mal nunca descansa, nunca se extingue. Y como la lucha es inacabable,
aquel que encarne el bien podrá exigir gobernar eternamente, sin
alternativa. Por el contrario, quien se aferre a la realidad, a los
resultados y no a los buenos deseos, estará a favor del sufrimiento, la
injusticia, el hambre y la enfermedad. En definitiva, estará del lado
del mal.
La
política del bien exige fijar la mirada en el futuro, en ese mundo
mejor que siempre está por llegar, nunca en los errores que comete ni el
daño que causa en el presente. Si acaso, atiende al pasado para
reescribirlo y lanzarse hacia el futuro imaginado. De esta forma
sobrevuela sus fracasos, incluso sus abusos. Allí donde desafía el
Estado de derecho y la igualdad ante la ley, contrapone el bien mayor de
la concordia, pero no como una promesa para hoy, por su puesto, sino
para mañana. La concordia también llegará más adelante, algún día.
La
política del bien no miente, cambia de opinión. Durante décadas
pronosticó que se agotarían los recursos naturales porque, advertía, los
consumíamos a un ritmo insostenible. Cuando el vaticinio no se cumplió,
cambió de enfoque. Sustituyó el argumento del agotamiento de los
recursos por el calentamiento global que provocaba su consumo. En
realidad, el argumento siempre fue indiferente, se podía cambiar las
veces que fuera necesario. El verdadero objetivo consistía en convertir
la salvación del planeta en un bien mayor indiscutible. Así se explica
que se pueda estar en lo cierto al afirmar que las políticas
medioambientales son un despropósito que acarreará mucho sufrimiento sin
ningún beneficio y sin embargo ser tachado de negacionista, es decir,
de malvado, porque cuestionar los resultados y los medios empleados por
la política del bien en el presente implica cuestionar el bien mayor que
persigue en el futuro.
La
política del bien es una trampa moral que elude la rendición de cuentas
pero exalta el ajuste de cuentas. Que no sólo desprecia la realidad
sino que la proscribe. Que promueve el desconocimiento y rellena el
vacío de la ignorancia con un sentimentalismo inasequible a la razón.
Que miente al público haciéndole creer que erradicará el mal legislando,
cuando en la sociedad de masas bastan unos poco individuos entre
millones para que el bien absoluto resulte inalcanzable. Así, por
ejemplo, su compromiso de erradicar la violencia machista por completo
es un engaño que sirve para ampliar sus atribuciones sin límite. Su
consigna de que una sola vida importa convierte los umbrales
estadísticos en inaceptables y transforma la función legislativa en una
actividad disparatada donde lo imposible es moralmente irrenunciable.
Con
todo, lo peor es que la política del bien es un vivero de oportunistas
cuyo poder y notoriedad depende de convertir la mentira en una forma de
vida. Personajes que nos abocan a un mundo de apariencia, victimismo,
falsedad y picaresca. Y a un conflicto social generado artificialmente
entre quienes abrazan el engaño y quienes, en nombre de la racionalidad,
se resisten a él.

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