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Se o homem é moldável, só há que substituir as mãos do Fabricante pelas do poder e assim alcançar a perfectibilidade. Se o homem não está condenado a ser o que é, podemos pensar em um homem distinto: um homem novo. E, se temos um homem novo, podemos ter também uma sociedade nova. José Carlos Rodríguez para Disidentia:
Qué
es el progresismo? ¿Por qué dice lo que dice y de dónde vienen esas
ideas? ¿Por qué, en ocasiones, nos produce una mezcla de sentimientos
que están entre la risa, la incredulidad, el miedo, y un pesadísimo
hastío?
Esto
último se debe seguramente al innegable éxito que ha tenido ese
monstruo de incontables cabezas que es el progresismo. Ponemos la
televisión o la radio, leemos un periódico, y nos vemos anegados por un
torrente de progresismo especioso y vacuo. Pero ¿y el resto?
Podemos
acercarnos a lo que es el progresismo fijándonos en algunos de los
pilares que lo sostienen. Uno de ellos, no sé si el principal pero uno
de los más importantes, es la idea de que el hombre es un trozo de
arcilla.
La
Biblia (Génesis 2:7) dice lo siguiente: “Entonces, el Señor Dios formó
al hombre del polvo de la tierra, insufló en sus narices aliento de
vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo”. El progresismo, sobre
una base científica a la altura del Génesis, pero sin ese poder
literario, piensa exactamente lo mismo: el hombre es un trozo de arcilla
infinitamente modelable. Sólo que quien ocupa el lugar de Dios es el
propio progresista.
La
idea de que el hombre es perfectamente dúctil y maleable, que no es
consistente o, por utilizar un término muy utilizado al respecto, que no
tiene una naturaleza propia, es una de esas ideas sempiternas. La
naturaleza humana es fija, o es mudable. Y siempre ha habido pensadores
que han pensado que esa naturaleza no es rocosa; tampoco antrifrágil,
por utilizar un concepto de la filosofía del siglo XXI. Por el
contrario, han creído que podemos programar a las personas, aunque este
concepto sea muy reciente.
Aunque
hay antecedentes, para una moderna exposición de estas ideas tenemos
que mirar a René Descartes y a John Locke. Descartes recoge la vieja
imagen de la mente del hombre como una tabla rasa sobre la que se van
imprimiendo los estímulos exteriores. Locke llevó esta idea a una
formulación aún más ingenua. Pretendía que, al nacer, el cerebro, o la
mente, no tiene una estructura previa que ordene los estímulos. Luego
Locke tuvo ciertos problemas para explicar por qué albergamos ideas y,
en particular, cómo llegamos a tener ideas complejas. Pero a él le
sirvió para fundamentar su empirismo, que tuvo un prolongado impacto en
el pensamiento inglés. Hasta cierto punto, se puede seguir esta idea
hasta el pensamiento de Sigmund Freud, que minimizaba la influencia de
la genética en las ideas, y creía que las primeras experiencias en el
seno familiar ordenaban y condicionaban nuestro comportamiento
posterior.
Si
el hombre es moldeable, sólo hay que sustituir las manos del Hacedor
por las del poder para lograr que seamos perfectibles. Si el hombre no
está condenado a ser lo que es, podemos pensar en un hombre distinto; un
hombre nuevo. Y si tenemos un hombre nuevo, podemos tener una sociedad
nueva.
A
esta idea le acompaña otra: lo que Dalmacio Negro llama el
artificialismo. Y es la pretensión de que las instituciones, la misma
sociedad, son como son porque alguien las ha creado así. De aquí surge
la idea del contrato original; no como torpe recurso retórico para
explicarse lo que hay, sino como proposición y justificación de las
instituciones. Por supuesto, como dice por ejemplo Francis Fukuyama en
su doble obra sobre el orden político, es una idea que no se reconcilia
en absoluto con la historia. Nunca hubo tal pacto ni nada que se le
pareciera. Negro señala a Thomas Hobbes como el artífice del
artificialismo.
Si
las instituciones no responden a una necesidad humana, si no son el
resultado imperfecto de la plasmación en la historia de una misma
naturaleza del hombre, si como dice Hobbes son puro artificio, podemos
moldearlas a nuestro gusto para condicionar al hombre. Nos estamos
acercando al núcleo del pensamiento progresista, y al mismo tiempo al
pensamiento totalitario. Y, claro, no es mera coincidencia.
Esta
idea del hombre moldeable, perfectible, se revitalizó en los siglos XIX
y XX con el brutal impacto que tuvo el darwinismo social. Se ha querido
esconder al darwinismo social reservando ese nombre para una parte
ínfima de la traslación de Darwin al ámbito social; esta idea de que la
sociedad prescribe la supervivencia del más apto, y de que quien no
triunfa es porque no se adapta a las normas sociales.
No.
El darwinismo social es otra cosa: es la idea de que el hombre posee
una cualidad que le hace único en el reino animal, la de controlar las
condiciones de su propio desarrollo. Si logramos moldear la sociedad,
seremos capaces de crear un hombre nuevo. Y ese nuevo hombre, programado
desde el poder y con nuevas instituciones, será el instrumento de
nuevos cambios, ya casi decisivos. Por eso el socialismo y el
nacional-socialismo tienen esa obsesión con los jóvenes.
Todas
estas ideas explican varias características del progresismo actual. El
progresismo es ambientalista; culturalista. La cultura hace al hombre
actual. Todos los males sociales se producen porque hemos heredado una
cultura abominable, que se replica a sí misma, y se mantiene por la
actuación consciente de quienes están en el poder y se benefician de la
misma: Occidente, o el hombre blanco como metonimia racista, los hombres
frente a las mujeres, y demás. Sólo tenemos que cambiar la cultura
desde el poder para crear nuevos hombres y mujeres, que acabarán de raíz
con el machismo, las injusticias, etc.
También
explican la rabia indisimulada que se ejerce contra la ciencia. La
ciencia estudia las regularidades de lo que hay. Y ello atañe también al
hombre, y a la incidencia genética en su comportamiento. La realidad de
la genética hace que la ola progresista se estrelle contra un arrecife y
se deshaga en espuma.
La
libertad de conciencia y de expresión no tienen cabida en un mundo
progresista, porque de lo que se trata precisamente es de eliminar todas
esas expresiones que contribuyan a sostener la cultura actual. La
diversidad es esencial, porque con ella mostramos que no hay una
realidad mayoritaria, contingente. Pero esa diversidad no puede alcanzar
al pensamiento. Lo vemos a diario.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi
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