Em artigo publicado por Libertad.org, Rafael Bardaji não poupa críticas ao perdulário monstrengo que atende por União Europeia:
Hay un monstruo en
Europa que se llama la Unión Europea. Nacida de la idea de superar las
catastróficas guerras mundiales y acercar a los enemigos en Europa
mediante la recreación del Imperio Carolingio, acabó por desarrollarse
de manera esperpéntica: para garantizar su ansiada paz en el viejo
continente, hizo outsourcing en Estados Unidos de América y la OTAN;
para ganarse el apoyo popular, puso en marcha un elefantiásico y
socialistoide sistema de bienestar social finalmente del todo inviable;
para avanzar sobre los Estados miembros, un laberinto de instituciones,
antidemocráticas, imposibles de censurar y controlar; y si no hubiera
sido por el sesgo pacifista de la izquierda europea, ahora también
contaríamos con una suerte de ejército europeo para misiones
humanitarias, habida cuenta de que para ser un súper Estado ya tiene la
moneda y sólo le falta la espada. Hasta cuenta con su propia
constitución, ésa donde se niegan las raíces judeocristianas de la
civilización europea.
Poca gente lo sabe,
pero el funcionamiento de la UE exige que los Estados miembros pongan en
común 160,000 millones de euros, el presupuesto que la Unión Europea se
va a gastar en 2018. La semana pasada tuve la oportunidad de asistir,
junto con los líderes de Vox a varias reuniones en el Parlamento
Europeo, y fui testigo, una vez más, del despilfarro con el que se
utilizan los recursos de los contribuyentes: 751 europarlamentarios que,
con sus sueldos base de 7,000 euros al mes, consumen el 22% del
presupuesto anual, su generoso personal que se come el 34%, y sus fondos
para actividades políticas, visitas, campañas, viajes, transporte, etc.
En una visita que hice a Paul Wolfowitz cuando era director del Banco
Mundial, impresionado por el tamaño de las oficinas, le pregunté que
cuánta gente trabajaba allí, él me respondió con sorna: “El 10%”. No
creo que hubiera sido tan generoso de ser el presidente de la
Eurocámara, sinceramente.
El hecho de que
después de décadas de funcionamiento, la UE haya sido incapaz de
concentrar sus trabajos parlamentarios en una única sede y siga
desplazado a su personal, equipos y miembros de Bruselas a Estrasburgo
en un trasiego absurdo, costoso y sin fin, dice poco de la voluntad de
racionalizar el gasto, incluso en momentos de crisis aguda y profunda
como la que hemos estado viviendo desde 2008.
Con todo, lo peor y
por mucho, es que la Eurocámara aspira a dar legitimidad institucional y
política a un proyecto profundamente antidemocrático. Queriendo ser el
control de la Comisión Europea, un órgano no electo y cuyo fin es
defender las políticas de una “cada vez más estrecha cooperación”, en la
senda del federalismo europeísta, su principal estorbo son,
paradójicamente, los ladrillos que la componen, las naciones.
Justo en los días de
nuestra visita dos acontecimientos tuvieron lugar en el Europarlamento.
El primero, el ritual de ver comparecer al presidente de la Comisión en
un remedo de sesión anual de control, en el que se le permite, además,
lucirse como presidente de Europa, cosa que no es, en una copia mala del
discurso del Estado de la Unión que los presidente americanos dan en el
Congreso todos los eneros. Pero Juncker, gracias a Dios, no es Trump,
ni siquiera Obama o Bill Clinton. Entre otra serie de cosas, porque no
vive sobre una verdadera Unión y porque él solamente representa a la
maquinaria tecnócratas y federalista de Bruselas, no a los Estados
miembros.
El segundo evento ya
tiene más enjundia: la votación, a propuesta de una eurodiputada de
izquierdas, de iniciar un procedimiento de censura contra Hungría que
acabaría con retirarle el derecho de voto. Tiene más significado por dos
razones: la primera de procedimiento. Los parlamentarios claramente se
atribuyen competencias que no le corresponden; la segunda, de concepto:
los europarlamentarios se creen superiores a los parlamentarios húngaros
que han sido elegidos por el pueblo húngaro, sobre el gobierno electo
de Hungría y sobre sus instituciones nacionales, a los que censuran por
no someterse a una política de inmigración que no les convence. Es más,
conviene recordar aquí, que la actual política migratoria de la UE no es
la obra del parlamento, sino la proyección de una decisión unilateral
de Angela Merkel en el verano de 2015.
La historia del
llamado Parlamento Europeo es la historia de una ambición: parecerse lo
más a un parlamento nacional, con todas las competencias que eso
conlleva. Su primer gran paso en esta dirección se dio cuando cambiaron
las reglas para ser europarlamentario y, en lugar de ser designado por
los parlamentos nacionales, ser eligió directamente por los ciudadanos
de los estados miembros. Así y todo, la pregunta clave persiste:¿por qué
un parlamento europeo debe tener más importancia que un parlamento
nacional? En realidad ni puede, ni debe. A diferencia de los mecanismos
políticos e institucionales nacionales, que se hunden en la Historia y
responden a las tradiciones y culturas de los pueblos que conviven en el
continente europeo, las instituciones de las UE son artificiales,
producto de una visión imperialista y universalista, sólo reales en las
cabezas de unos pocos.
De ahí, en buena
medida, que el Parlamento Europeo se haya quedado es un gran instrumento
de fabricar complicidades: para los políticos, es una ganga; para el
personal, un premio; para los funcionarios, un sueño; para los partidos
pequeños, una fuente de ingresos para invertir en sus actividades, para
los partidos grandes, una fuente suplementaria de colocación… ¿quién
puede dar más? Hasta ahora se decía que cuando los políticos españoles
llegaban al Senado se volvían ateos inmediatamente, puesto que no podían
creer en una vida mejor. Porque no han visto a sus colegas en
Bruselas/Estrasburgo.
Si de verdad se
quiere una reforma de la UE orientada a dar respuesta a los problemas
reales de los ciudadanos de los Estados miembros, hay que cerrar el
Parlamento Europeo. Hay que restar la autolegitimidad que se han
otorgado gratuitamente los tecnócratas de la Unión y hay que reforzar el
peso de las naciones que son los verdaderos depositarios de la voluntad
popular de cada uno de ellos. Los tecnócratas y funcionarios deben
estar al servicio de las naciones, no sobre o contra las mismas. Que es
el absurdo surrealista al que hemos llegado con la Unión Europea.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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