Texto de Rafael Bardají e Oscar Elia ("Que fazer com o jihadismo?"),
publicado no site Libertad.org, faz certeira crítica a Obama, que
jamais culpa os islâmicos pelos crimes que os islâmicos cometem. Até
parece que as armas, por si próprias, são responsáveis pelo bárbaros
assassinatos perpetrados pelo fundamentalismo muçulmano. Aí vai o
artigo:
Mientras
los ojos estaban puestos en Francia y la Eurocopa, el yihadismo
planeaba un nuevo ataque en suelo norteamericano, esta vez en la Costa
Este, en Orlando, la meca del turismo familiar e infantil. Como suele
ocurrir cada vez que un yihadista comete un atentado en Estados Unidos,
el presidente Barack Hussein Obama apunta a todas direcciones y se
niega, en primera instancia, a considerar el islam radical como el
agresor, culpando a todo tipo de factores por la matanza. En este caso,
otra vez, a las armas. Pero las armas no matan; las personas que
aprietan los gatillos, sí.
Y
de nuevo nos encontramos ante un musulmán. En este caso, nacido en
Estados Unidos, de padres afganos. Aún peor, según avanzan las
investigaciones, era conocido por sus vinculaciones con el yihadismo. A
su padre se le puede ver en un canal que tiene en YouTube vestido de
militar, simulando ser el presidente de Afganistán y alabando a los
talibanes. Del hijo, se conoce que estuvo en el seminario sobre
conocimiento del islam de Marcus Dwayne Robertson, un exmarine
sospechoso de reclutar yihadistas para operaciones de terrorismo
suicida. También se sabe que el criminal, Omar Siddiqi Mateen, se reunió
dos días antes del atentado con Imán Shafiq Rahmán en el Centro
Islámico de Fort Pierce, una tranquilo pueblecito costero a una hora y
poco de Orlando. De dicho centro salió Moner Mohammad Abu Salha, un
joven nacionalizado americano que se voló en un atentado en Siria en
2014. Los dos jóvenes se conocían, y por eso el FBI había vigilado a
Omar. Con todo, el FBI fue incapaz de decir que se trataba de un ataque
terrorista islamista durante demasiadas horas. Terrorismo sí, pero sin
calificativos.
Esta
historia no es gratuita. Pone de relieve dos cosas: la primera, que la
corrección política y el rechazo del presidente Obama a admitir que el
yihadismo, el islamismo radical, existe y es una amenaza real, mata. Su
programa para reemplazar las investigaciones sobre el yihadismo bajo el
nombre de contrarradicalización y extremismo sólo ha servido para poner
el énfasis en no discriminar a los musulmanes y no para frenar la
amenaza yihadista; la segunda, que el esfuerzo de todos los líderes
occidentales en subrayar que el islam es una religión de paz es un
autoengaño que sólo promete más destrucción en nuestros países.
Como
se ha visto en San Bernardino y ahora en Orlando, la segunda generación
de musulmanes en América se comporta como lo hace en Europa, con una
fuerte predisposición al fundamentalismo religioso y una gran tentación
por tomar el camino de la radicalización. Habida cuenta del creciente
número de ciudadanos en esta tesitura, la tarea de inteligencia y
policial es ingente; pero la buena noticia es que, con un programa
agresivo de inteligencia humana y una mayor sofisticación de la
electrónica, se puede combatir. Eso sí, hay que levantar los vetos
políticos para dejar trabajar a las unidades contraterroristas. Por
ejemplo, suele asumirse que los jóvenes convertidos al yihadismo y al
terrorismo lo hacen normalmente a través de un proceso de
autoaprendizaje online. O lo que es lo mismo, imposible de detectar.
Pero la estadística nos dice todo lo contrario.
El estudio más detallado hasta la fecha sobre los casos yihadistas es Islamist Terrorism in Europe,
de Petter Nesser. En él se comprueba que el factor determinante de la
captación y radicalización no es Internet, sino un conocido, normalmente
un familiar, quien es el encargado de dar legitimidad moral y
psicológica al reclutamiento. También sabemos por investigaciones del
FBI que en todos los casos se produce un cambio de hábitos, que afecta
también a la vestimenta, fácilmente observable por su entorno. Por
último, los servicios de inteligencia israelíes han podido comprobar
cómo en la mayoría de los atentados con cuchillos de los últimos meses
los terroristas habían modificado su perfil en Facebook y hecho
comentarios sobre sus intenciones en su entorno de familiares y amigos.
Es
decir, adelantarse a los yihadistas no es imposible. Basta con mirar
donde hay que mirar. Pero eso es, precisamente, a lo que nos negamos los
occidentales, que preferimos la cantinela del lobo solitario y de que
no se puede mezclar religión con terrorismo. Justo el discurso que hemos
visto ayer por boca del líder de la mezquita de Orlando, de quien hay
vídeos en YouTube en los que justifica la pena de muerte para los
homosexuales, dicho sea de paso. Creerse a estas alturas que no hay
relación directa entre las enseñanzas del islam en mezquitas y madrasas y
el terrorismo yihadista es una ingenuidad letal.
Conviene
aquí una reflexión sobre el riesgo que suponen las sucesivas olas de
refugiados provenientes de países en plena guerra civil religiosa, como
Siria e Irak. Como hemos podido observar ya en numerosos casos, aquí se
cumple a las mil maravillas el principio del Dr. House, a saber, “todos
los pacientes mienten”. Basta darse una vuelta por Facebook para
encontrar perfiles de yihadistas haciendo violenta gala de su profesión
(con armas, vestidos de paramilitares, con cabezas decapitadas y otras
lindezas similares) que han acabado como refugiados en suelo europeo.
Con nombres e identidades falseadas. No sería imposible poner en marcha
una serie de filtros que pudieran discriminar efectivamente quién es
quién entre todos los que quieren llegar al continente europeo. Bastaría
con hacer algunas preguntas bastante sencillas para conocer, por
ejemplo, si mienten sobre su lugar de origen (como cuánto se tarda
andando de tal sitio a tal otro), así como vigilar las redes sociales.
Gracias a Dios, los yihadistas son muy exhibicionistas y dejan un rastro
relativamente sencillo de seguir. Desgraciadamente, el escrutinio no se
hace de manera eficaz, imbuidos como estamos de buenismo y amor al
prójimo. Pagamos por acoger pero somos incapaces de financiar un buen
programa de detección en las fronteras.
La
cantidad, decía Lenin, en algún momento se vuelve calidad. Y es verdad.
Incluso imaginando el escenario más rosa y benigno de que los cientos
de miles de refugiados (en realidad, emigrantes, hasta que se les
conceda dicho estatuto legal) son pacíficos, no están involucrados en
episodios violentos y no nos traen a casa sus tensiones bélicas, ¿qué
podemos esperar de sus hijos, a tenor de lo que conocemos de los
emigrantes musulmanes de segunda generación? Aún peor, a diferencia de
la primera generación instalada en Europa, motivada por razones de
progreso económico, los nuevos emigrantes parten de una radicalización
ya presente y viva en sus países de origen. Han estado expuestos a las
ideas yihadistas como nunca antes. Su interpretación del islam ya es más
radical.
Por
último, los comentarios que hemos visto en estas horas dicen mucho de
la izquierda mundial y mucho más -y peor- de la española. No creo que
haga falta comentar el tuit de Alberto Garzón,
el líder de Izquierda Unida de España, culpando al “heteropatriarcado”
de la matanza de Orlando. Pero es una constante el deseo de exculpar al
islam, ese islam que, en Irán, cuelga a los gays de las grúas en plena
vía pública. Faltos de proletariado autóctono, parecería que necesitasen
importarlo del islamismo.
La
reivindicación por parte del Estado Islámico, organización que no suele
mentir en estas lides, nos vuelve a recordar, otra vez, que lo que
ocurre en el Oriente Medio no es algo distante y de lo que podamos
olvidarnos. Al frente exterior se suma un frente interior en Europa,
América, Australia y en todo aquel lugar en el que encuentre oposición a
sus macabros designios. Hay quien piensa que, en la medida en que la
presión militar sobre su territorio se incrementa (gracias, sobre todo, a
Rusia e Irán), el Estado Islámico multiplicará sus acciones fuera de
sus fronteras, en nuestro suelo. Tal vez. Su lógica nunca ha sido
entendida por completo. Lo que sí es claro es que una cosa es el Estado
Islámico, al que se puede destruir militarmente, y otra el yihadismo: la
lucha contra este último tiene que ser mucho más general y compleja. El
combate contra la yihad requiere de un espíritu de entomólogo: hay que
prestar atención a los pequeños detalles (el trabajo perfecto para la
policía) y hay que tener la habilidad y el arte de combinar esos
detalles en una pauta de comportamiento general (en teoría, el papel de
la inteligencia).
Por
último, es preciso que las Fuerzas Armadas actúen sobre los nidos de
los terroristas cuando se encuentren fuera de nuestras fronteras. Lo que
no hay que hacer es gastar el dinero de nuestros Ejércitos y de los
cuerpos de seguridad del Estado, amén de la inteligencia, en un supuesto
humanitarismo que sólo nos acerca la violencia, el terror y la muerte a
nuestras casas.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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