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O Estado deve manter-se à margem da administração e financiamento da eutanásia voluntária e do suicídio assistido. Manoel Pulido Mendoza para Disidentia:
La
defensa del derecho al suicidio tiene una larga historia. Sus orígenes,
al menos para la tradición occidental, pueden remontarse a los
filósofos cínicos y estoicos de la Antigüedad, quienes, siguiendo el
ejemplo socrático, eran dados a cometer lo que podríamos denominar
“suicidios virtuosos” y a teorizar moralmente sobre esta práctica, que,
de todos modos, no era totalmente extraña en la sociedad de la
Antigüedad pagana. Según los doxógrafos de estas escuelas helenísticas
de filosofía, Zenón, Cleantes y Antípater de Tarso, escolarcas estoicos,
cometieron este tipo de suicidio: hay ocasiones en las que el hombre
sabio puede o debe quitarse la vida, si hay una razón apropiada para
morir, como pueda ser por el país, por los amigos, o si está afectado
por un dolor intolerable y una enfermedad incurable.
El
tema vuelve a aparecer en Plutarco y Cicerón y otros autores que
trataron la muerte del repúblico Catón de Útica o “El Joven”: antes que
rendirse al triunfo de César en la guerra civil que acabaría con la
República romana, decidió suicidarse. Pero tras el primer intento, algo
teatral, falló, y tras encontrársele desmayado con la espada en el
vientre, consiguieron salvarlo y vendarlo. Cuando recuperó el sentido,
enfurecido, con sus propias manos, arrancó las vendas, se abrió la
herida y sacó por ella todos sus intestinos hasta morir.
Dudamos
si para los estándares actuales esto puede considerarse una buena
muerte o eutanasia por el término griego, pero la doble influencia del
materialismo epicúreo y de esta tradición estoica, en Séneca se llega a
interesantes conclusiones en esta cuestión: ya no haría falta que un
dios interior (daimon) o exterior (Providentia), tal y como expone
Platón (Fedón, Leyes), le dé una señal al hombre sabio o virtuoso de que
es necesario aceptar con naturalidad la muerte o incluso
autoadministrársela.
De
modo secular, Séneca enfatiza el derecho al suicidio como última
libertad humana y liberación final de todos los males. El tema del
suicidio aparece en De Providentia y en las Epístolas Morales a Lucilio
en varias ocasiones, donde llega a afirmar que el hombre sabio vivirá
tanto como deba, no tanto como pueda; siempre piensa en la calidad de la
vida, no tanto en la cantidad de la misma. Dice Séneca: “Morir más
pronto o más tarde no tiene importancia; lo que sí la tiene es morir
bien o morir mal, y es, ciertamente, morir bien huir del peligro de
vivir mal” (Ep. M., VII).
Séneca
está lejos de exaltar el suicidio, pues depende mucho de las
circunstancias y de la persona que puede cometerlo. Pero sí existe,
entonces, al menos desde Séneca, una vinculación entre el suicidio,
libertad, orgullo y dignidad del hombre libre que no se había observado
antes: considera la libertad no tanto como la oportunidad de actuar sino
más como un estado en el que a uno no se le puede obligar a actuar.
Como ha indicado J.M. Rist, “su énfasis en el suicidio es un énfasis en un concepto negativo de libertad”.
En
De ira llega a decir Séneca, “¿Me preguntas cuál es el camino a la
libertad? Cualquier vena de tu cuerpo.” Cuando cayó en desgracia ante el
emperador Nerón y supo de su muerte segura, decidió morir dignamente,
así, desangrado en la bañera de su casa, mientras dictaba sus últimos
pensamientos y hablaba de filosofía con los amigos. La última libertad
del ser humano, cuando es segura y próxima su muerte, sería elegir el
modo de morir, con el objeto de escapar de la indignidad y el
sufrimiento innecesario, tanto propio, como ajeno. No debía ser cometido
bajo angustia emocional sino como la expresión de un principio, de un
deber o del dominio responsable del fin de la propia vida.
Con
Agustín de Hipona se abandona esta línea de pensamiento y se vuelve a
la línea órfica, pitagórica, platónica y aristotélica de crítica al
suicidio como acto de orgullo egoísta y rebeldía humana contra la
autoridad divina y terrena. Los valores cristianos incluyen la
paciencia, la resistencia, la esperanza y la sumisión a la omnipotencia
de Dios y condenan la práctica como el peor de los homicidios posibles.
Tomás de Aquino afirma que el suicidio es contrario a la ley natural de
la conservación de sí mismo, perjudica a la comunidad y usurpa el juicio
final de Dios.
Habrá
que esperar al Renacimiento para recuperar la línea de pensamiento de
los antiguos paganos. Michel de Montaigne aborda el tema en varias
ocasiones en sus ensayos llegando a afirmar que la “muerte voluntaria es
la más hermosa. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la
nuestra” (Ensayos, III, 2). Con la Ilustración y el Romanticismo, y
sobre todo, con el desarrollo del empirismo racional, el método
científico y la medicina, los códigos legales fueron progresivamente
adaptándose a esta visión más racional -psicológica y medicalizada-
llegando a la despenalización generalizada del suicidio en Occidente.
Sin
embargo, el tema de la eutanasia voluntaria o la muerte voluntariamente
autoinflingida por enfermos incurables mediante asistencia sanitaria
sigue considerándose hoy una última frontera de las libertades civiles.
Parece que su defensa se remonta a un ensayo publicado por Samuel D. Williams en 1873;
en ese mismo país, Gran Bretaña, ya en 1935 se había creado la
‘Asociación de la eutanasia voluntaria’ (The Voluntary Euthanasia
Society, VES) que estuvo refrendada por celebridades de las ciencias y
las letras como J. Huxley, G. B. Shaw y H. G. Wells. Recordemos que
Miguel Ángel Lerma, fundador de la asociación española Derecho a Morir
Dignamente (DMD) en 1984, fue miembro de esta primera asociación.
En
1974, un nuevo manifiesto apoyado por numerosos intelectuales en la
revista The Humanist, volvió a relanzar la campaña por la legalización
de esta práctica: los avances técnico-médicos permitían la prolongación
de la vida más allá de los límites tradicionales, pero se abría el
debate ético sobre la conveniencia de esto en todos los casos. Como bien
señaló el filósofo Vladimir Jankélévitch
a propósito de esta campaña, el tema de la eutanasia, o del suicidio
voluntario y asistido de enfermos terminales, no era ya tanto un
problema ético o jurídico del paciente, como del médico. Son muy pocos
los países en el mundo que tienen legalizada y regulada esta práctica.
En algunos otros como Argentina, Uruguay y Colombia, se autoriza bajo
algunos causales, y en otros se practican formas pasivas de muerte
asistida para aquellos que así lo desean en su testamento vital
-retirada de terapias de soporte vital, sedación y control de síntomas
dolorosos o desagradables, etc.-, así como suicidios asistidos a
enfermos, aunque la práctica aún sea ilegal. Este último es el estado de
la cuestión en España hoy día.
Con
el nuevo gobierno socialista, y con las proposiciones de ley sobre el
tema de otros partidos, se nos viene la legalización encima. Como
liberal y librepensador me he preguntado qué es lo correcto en este
caso. El trilema liberal de John Locke, derecho natural de cada
individuo a la vida, la libertad y la propiedad, puede reducirse a un
derecho solo: el de propiedad. El derecho a la vida y la libertad no es
más que ejercer el derecho de propiedad sobre el cuerpo y su agencia. El
suicidio crea la paradoja aparente por la cual la destrucción del
objeto poseído conlleva la del sujeto o agente. Pero es el derecho del
propietario acabar, eliminar o desechar cualquier objeto de su propiedad
cuando este no cumple más con su función. El cuerpo, la vida, es la
primera posesión con la que obligatoriamente llegamos al mundo. Es
lógico que sea lo último que podamos libremente descartar cuando
desaparecemos de él, sin que nada o nadie pueda o deba impedirlo.
Como
en otras cuestiones polémicas de bioética, creo que se debe separar muy
bien la despenalización de la regulación, y un tipo de regulación,
mínima, que deje el asunto en manos privadas, de una máxima, que deje
toda la acción en la administración pública. Esto nos lleva, a su vez a
la cuestión de la financiación del “derecho” y su administración: la
sociedad española está preparada para la despenalización o
liberalización, pero debemos cuidarnos mucho de que esto nos cuele de
rondón, con el discurso de los derechos sociales, el control público y
la financiación de dicha práctica; mucho menos la coacción a enfermos,
familias, médicos o personal sanitario a realizar nada contrario a sus
principios religiosos, morales o éticos.
El
Estado laico, precisamente por la aplicación del principio de
neutralidad religiosa, ideológica o moral que debería regirlo, debe
mantenerse al margen de la administración y financiación de la eutanasia
voluntaria o del suicidio asistido. Son los enfermos y las familias los
que deben asumir el coste material y psicológico de querer morir antes
de que se produzca el hecho final ineluctable y agónico. Y nadie debería
ser juzgado por ello. El Estado solo debe estar como último garante de
que no se realiza fraude o coacción contra el enfermo afectado, y que,
libremente, y en plenas facultades, ante notario, ha expresado
claramente sus últimas voluntades que a nadie incriminan. El Estado debe
sencillamente dejar hacer, pero no inmiscuirse. Máxime cuando los
costes onerosos de las pensiones de reparto y de la sanidad pública
todavía dependen de su administración. Para evitar toda tentación o
incentivo del sistema público por ahorrarse costes coaccionando a
enfermos terminales o crónicos y ancianos, debemos sacarlo de la
ecuación. Y, pensándolo bien, quizás sea ésta la verdadera última
libertad: poder morir libremente, lejos de un funcionario.
Postado há 1 week ago por Orlando Tambosi
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