São importantes a exigência e a tradição acadêmica, a rigorosidade e a seriedade, mas muito mais importane é descobrir. Carlos Granés para The Objective:
Los
procesos educativos, con toda su importancia y trascendencia, no dejan
de tener un elemento aleatorio y caprichoso. Un buen compañero de clase
puede ser más determinante que todo un pensum. Algún profesor en estado
de gracia que contagie una pasión, despierte la curiosidad o
ejemplifique un modo de relacionarse con los libros y con el
conocimiento, con las ideas y la realidad, puede ser mucho más decisivo
que un cartón con el escudo de una universidad prestigiosa.
Son importantes la exigencia y la tradición académica,
la rigurosidad y la seriedad, sin duda, pero mucho más lo es descubrir
-¿y cómo se hace eso, cómo se enseña?- el placer enorme que entraña la
comprensión del mundo, lo que significa ampliar los horizontes, los
temas de conversación; ganar costas desconocidas y arrojar luz donde
sólo había misterio, un eufemismo para la ignorancia. Pero, insisto,
¿cómo se hace eso, cómo se logra y más aún en el mundo contemporáneo
donde dos exigencias o tentaciones académicas, la especialización y el
activismo, conspiran contra la idea del aprendizaje con apetito voraz y
entusiasmo: contra ese ideal añejo de ensanchar el espíritu porque sí,
porque vale la pena comprender lo que han hechos las mentes más
privilegiadas con las que hemos compartido planeta?
Ninguna
de estas dos tentaciones o exigencias me parece, sobre el papel,
negativa. Todo lo contrario. Leo con interés a hiperespecialistas en
distintos campos y admiro a los activistas que se juegan el pellejo por
alguna causa. El conocimiento avanza o convulsiona cuando los primeros
traspasan las fronteras de su campo con hipótesis que desafían una
tradición, y la moral pública pasa por tránsitos similares cuando los
segundos revelan el rostro nefando de ciertas conductas naturalizadas,
como el machismo o el maltrato animal. Aclarado esto, también he de
decir que he visto a algunas de las mejores mentes de mi generación
destruidas por la especialización y el activismo.
La
primera supone o demanda un sacrificio enorme: dejar a un lado, como
irrelevante, como tema de otro experto, todo aquello que no encaje en
los límites de un campo de conocimiento cada vez más delimitado. Supone
dedicar la vida a señalar un punto en el mapa. En campos como las
ciencias duras el empeño puede ser premiado con una explicación que
amplíe la comprensión del mundo; en el de las humanidades, que no
avanzan, que no necesariamente progresan, incita a rizar el rizo y a
inventar teorías y conceptos, a problematizar cualquier cosa con el fin
de parecer transgresor o groundbreaking, un término que excita mucho a
los teóricos del campo. Queda prohibido abarcar, mezclar, contaminar las
inquietudes y las fuentes para ver qué pasa. El ensayo, el más
hermafrodita de los géneros, ya ni se contempla como un asunto
académico.
Mucho
más nefasto, sin embargo, es el activismo, sobre todo cuando se asumen
sus demandas antes de tener un entendimiento cabal del mundo. Que hay
muchas injusticias y taras por las que vale la pena actuar, no hay
ninguna duda. El problema viene cuando se llega a la conclusión antes de
haber estudiado el problema; cuando el activismo reemplaza la
comprensión: hay un racismo estructural, vivimos en una sociedad
heteropatriarcal, la dominación colonial oprime a los cuerpos
subalternos… Todas esas sentencias taxativas eliminan los matices. El
fresco terrible que pintan no deja más alternativa que la acción. ¿Para
qué perder el tiempo en bibliotecas o seminarios si la única opción
moralmente aceptable es combatir el mal? Todo lo que no sea asumir una
causa es connivencia con la opresión.
El
asunto se vuelve más dramático cuando la especialización se transforma
en activismo y una pequeña parcela del conocimiento se convierte en un
ariete contra los males de la sociedad. Entramos en el terreno del profe
activista que usa sus conclusiones teóricas como justificación para
purificar el mundo o, como mínimo, la universidad. Esa mezcla, la peor,
la que está desnaturalizando la academia estadounidense, es la que debe
evitarse a toda costa.
Nada socava más la misión de la universidad que reducir el conocimiento a sentencias que reemplazan al racionamiento crítico e incuban el moralismo fanático.
El conocimiento se ideologiza y se convierte en el aglutinante de
grupos sectarios, y el activismo deja de sacudir la moral pública para
transformarse en cancelación y amenaza. Tal vez las universidades
yanquis se liberen de estos vicios algún día. La española y la
latinoamericana deberían amarrarse al poste para no sucumbir al canto de
sirena. Si hemos de ser antiimperialistas en algún momento, que sea
para rechazar el sectarismo y el puritanismo disfrazados de
especialización y activismo.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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